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Clínicas del cuerpo (Psicoanálisis)

lunes, 3 de septiembre de 2018 0 comentarios

"¿A qué llamamos cuerpo, nuestro cuerpo? ¿Qué diferencia al cuerpo del parlêtre al de cualquier otro ser viviente? ¿Por qué Lacan insistió hasta el cansancio en situar al cuerpo como res pensante y no como res extensa, al punto de nombrar este envío del cuerpo propio a la extensión como “la gran forclusión de Descartes”? "




Comentario del Editor del libro y nuevo 

prólogo:

Clínicas del cuerpo

de Silvia Amigo

Publicado por la editorial 




Comentario del Editor


El inconsciente no solo se ubica entre las palabras –su retórica y su lógica– y los objetos de pulsión. Silvia Amigo había ya demostrado en libros anteriores que el cuerpo y el inconsciente se construyen ambos de modos y en tiempos específicos: las tres identificaciones. 

En este libro estudia una condición particular para que la articulación de dos naturalezas que nada liga entre sí –el significante y el objeto– pueda hacerse: el incorporal. 

La cuestión del cuerpo ha suscitado, desde que el hombre es tal y se piensa a sí mismo, una cascada de malentendidos. Equívocos de los que muchas veces participan los analistas mismos. 

¿A qué llamamos cuerpo, nuestro cuerpo? ¿Qué diferencia al cuerpo del parlêtre al de cualquier otro ser viviente? ¿Por qué Lacan insistió hasta el cansancio en situar al cuerpo como res pensante y no como res extensa, al punto de nombrar este envío del cuerpo propio a la extensión como “la gran forclusión de Descartes”? 

Esta reedición ve la luz en el 2018, en este siglo XXI, que, como el anterior, está marcado a fuego por la "inmixión galopante de la ciencia" en nuestro cotidiano. En este momento en particular por los fabulosos avances de las ciencias biológicas. 

Estas ciencias libran una batalla contra el psicoanálisis blandiendo como ariete a las neurociencias y las terapias cognitivo conductuales. Para esta concepción el inconsciente está en el cerebro, sustancia extensa cuya integridad es desde luego deseable desde la concepción y a través de la vida. 

El psicoanalista, en cambio, insiste en diferenciar cuerpo erógeno, que es sustancia pensante; de soma o cuerpo biológico que es sustancia extensa. Y el inconsciente es el cuerpo erógeno. Cuerpo de lo simbólico que sólo en un segundo tiempo devendrá cuerpo narcisista. Al inconsciente el cuerpo le es homeomorfo. 

Este volumen se apoya en las construcciones toponodológicas que, sin contradecir en nada las formalizaciones anteriores, Lacan desgrana hacia el final de su obra. Y, siendo construcciones arduas, las hace inteligibles sin perder por ello su rigor.



Nota preliminar a la tercera edición


La cuestión del cuerpo ha suscitado, desde que el hombre es tal y se piensa a sí mismo, una cascada de equívocos. Equívocos de los que muchas veces participan los analistas mismos.
¿A qué llamamos, en efecto, cuerpo, nuestro cuerpo? ¿Qué diferencia al cuerpo del parlêtre al de cualquier otro ser viviente? ¿Por qué Freud insistió en el carácter eminentemente plano, proyección de una superficie, que figura al cuerpo como yo (das Ich, el moi de Lacan)? ¿Por qué Lacan insistió hasta el cansancio, siguiendo al maestro vienés, en situar al cuerpo como res pensante y no como res extensa, al punto de nombrar este envío del cuerpo propio a la extensión como “la gran forclusión de Descartes”?[1]
Esta reedición ve la luz en el 2018, en este siglo XXI, que, como el siglo XX, está marcado a fuego por la célebre “inmixión galopante de la ciencia”[2], en nuestro cotidiano. Pero en este momento de la cultura, la subjetividad está influida en particular por los fabulosos avances de las ciencias biológicas, tal el descubrimiento y manejo de los neurotransmisores, del mapa genético humano y su manipulación, la posibilidad de engendrar niños “a medida” y casi para cualquier pareja o sujeto que no la tenga. Época del diagnóstico por imágenes del organismo y, en particular, del sistema nervioso central.
Ni Freud ni Lacan quisieron jamás enfrentarse con la ciencia. Despreciaban el oscurantismo y sus propuestas “alternativas”, irracionales y lindantes con la magia, para aliviar el sufrimiento. Ellos siempre bregaron por colocar al psicoanálisis en una relación (crítica) con la ciencia. Lo que sí ambos señalaron es el peligro que entraña la idea de que la ciencia pueda saberlo y resolverlo todo. El psicoanálisis le recuerda a las Luces que hay zonas necesariamente oscuras, que la exactitud y la elegancia matemática de los cálculos suelen ser “arruinadas” cuando el sujeto y su goce interfieren en su despliegue. Y que este error hace a la singularidad del sujeto y no sabría ser eliminada sin exterminar la mismísima subjetividad. Ya lo advirtió Goya: el sueño de la Razón engendra monstruos. El psicoanálisis especificará ajustadamente la fina intuición del artista: no es la ciencia sino su discurso totalizante, con su pretensión de calcular por entero al organismo, creyendo que allí mora el sujeto, quien sostiene un proyecto forclusivo.
Hoy las ciencias biológicas libran una batalla (y en muchas latitudes la ganan) contra el psicoanálisis blandiendo como ariete a las neurociencias y las terapias cognitivo-conductuales. Con esa herramienta se lanzan a proponer para el sufrimiento un “recableado” de conexiones sinápticas, estableciendo por condicionamiento circuitos performantes en lugar de los circuitos mal trazados que al sujeto lo aquejarían.
Para esta concepción el inconsciente está en el cerebro, sustancia extensa cuya integridad es desde luego deseable desde la concepción y a través de la vida.
El psicoanalista, en cambio, insiste en diferenciar cuerpo erógeno, que es sustancia pensante, de soma o cuerpo biológico que es sustancia extensa. Y el inconsciente es el cuerpo erógeno. Cuerpo de lo simbólico que sólo en un segundo tiempo devendrá cuerpo narcisista. Al inconsciente el cuerpo le es homeomorfo. Por eso, en una de sus muchas boutades, Lacan insistía en que pensaba con los pies, o con los pliegues de su frente. El gozaba (así lo creemos) de épater les bourgeois, es verdad. Pero lo que afirmaba es así: el inconsciente piensa con el cuerpo todo.
Pero para adquirir tal cuerpo erógeno (puesto que con ese cuerpo no venimos al mundo) es necesario que el lenguaje se haga cuerpo de lo simbólico. Lo cual para nada está asegurado. Es además necesario que de ese simbólico se pueda desgajar un trazo asemántico que, como indicial, señale al objeto que, sustentando al sujeto como real para sí mismo (no holograma del Otro ni su objeto de goce) y profundamente investido en el cuerpo propio, le permita separarse, descontarse del Otro que lo convocó a la vida. Y por fin, que ese cuerpo pueda imaginarizar su búsqueda de un objeto para el poco de gozar que hace a una vida disfrutable.
En esta ocasión nos apoyamos en las construcciones toponodológicas que, sin contradecir en nada las formalizaciones anteriores, Lacan desgrana hacia el final de su obra.
Ningún condicionamiento hará surgir un sujeto del inconsciente. Pues el adoctrinamiento condicionante modifica, sí, al cerebro, sustancia extensa. Transformando en robot al niño o al adulto adiestrados (explícitamente) según el modelo de Pavlov.
En el prólogo a la segunda edición confesaba la timidez que me produce volver a publicar, y esta vez también me sucede, ahora con el auspicio de la nueva editorial Cascada de Letras, que acaba de ver la luz. A pesar de lo cual reincido. Creo que el psicoanálisis, cuya eficacia de cura es impar, puesto que labora dando la palabra a quien sufre sin pretender condicionarlo hacia la obtención de algún bien repertoriado por quienes suponen detentar el saber, arriesga a desaparecer en la ciudad del discurso “como un síntoma olvidado”.
En esta ocasión debo añadir a los agradecimientos que oportunamente señalé, uno especial a Antonio Q Gimenez, sin cuyas correcciones, su cuidadosa lectura y su apoyo, este nuevo volumen no hubiera visto la luz.
Por supuesto quedo siempre agradecida al posible futuro lector.


[1] Así lo hace en su seminario L´acte psychanalytique. Inédito.
[2] Lacan Jacques.  Science el verité. Escrits. Paris, 1966.




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