Antígona refuta a Freud (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Antígona refuta a Freud (Psicoanálisis)

jueves, 23 de noviembre de 2017 0 comentarios

"Quien está de duelo está en el lugar de erastes, de deseante. Algo de sí (un trozo de sí, dice Allouch) ha sido llevado junto con el muerto. Este detenta ese agalma, ese pequeño trozo del deudo, de inestimable valor, lo que hace al muerto eromenos. 
“My heart is in the coffin, there with Caesar,” proclama el Antonio de Shakespeare en su Julio Cesar... "

Fragmentos de

“Antígona refuta a Freud”

Trabajo de PatriciaLeyack

Presentado en la Reunión

Lacanoamericana Rio 2017


Quien está de duelo está en el lugar de erastes, de deseante. Algo de sí (un trozo de sí, dice Allouch) ha sido llevado junto con el muerto. Este detenta ese agalma, ese pequeño trozo del deudo, de inestimable valor, lo que hace al muerto eromenos. “My heart is in the coffin, there with Caesar,” proclama el Antonio de Shakespeare en su Julio Cesar.



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      Cesar




En tiempos del “trabajo de duelo” el deudo está privada y hasta públicamente ubicado en posición de erastes. En una visión quizás un tanto romántica, el trabajo de duelo, nos dice Freud, permite, al iluminar cada una de las escenas vividas con el muerto, ir desprendiendo con ello la ligazón amorosa hasta, culminado el trabajo, poder sustituir al muerto por otro vínculo. Freud no problematiza el duelo, lo considera normal y le asigna el mencionado trabajo de duelo. Tal vez porque su objetivo es despejar la melancolía. En su obra el duelo tiene más bien un rol de contraste con el devastado sujeto melancólico. Pero la comprobación clínica es que el duelo muy habitualmente, sobre todo cuando para el deudo la desaparición irrumpe en forma inesperada, no transita por carriles normales. Sus accidentes a lo normal son más bien la norma. Identificaciones, con el consiguiente congelamiento sintomático del duelo, afecciones psicosomáticas variadas componen, en mi experiencia, lo más habitual de estos accidentes a lo pretendidamente normal del duelo, terminada la etapa aguda del trabajo de duelo. Es Freud mismo quien, en las primeras líneas de Duelo y melancolía, nos aclara que su intención es “echar luz sobre la naturaleza de la melancolía comparándola con un afecto normal: el duelo.”



Freud hombre contra Freud teórico.

Freud tuvo la desgracia de perder a una de sus hijas, Sophie, y la experiencia de esta pérdida parece desmentir, de algún modo, la romántica idea de que es posible, terminado el trabajo de duelo, sustituir la pérdida. En una carta a Binswanger le confiesa: “se sabe que el duelo agudo que causa una pérdida semejante hallará un final, pero que uno permanecerá inconsolable sin hallar jamás un sustituto.” “Todo lo que tome ese lugar”, prosigue, “aun ocupándolo enteramente, seguirá siendo siempre algo distinto”. “Y a decir verdad, finaliza, está bien así. Es el único medio que tenemos de perpetuar un amor al que no queremos renunciar”.




Freud seguramente no ignoraba que su experiencia personal refutaba lo que él había planteado en Duelo y melancolía. Sin embargo, no teorizó a partir de su experiencia personal. Podría haber agregado una addenda. No lo hizo. La pregunta que nos debemos plantear es: ¿si descartamos la sustitución en función del carácter irremplazable, único, de cada objeto, podemos plantearnos un final para el duelo?




 Antígona refuta a Freud.


Si hubo alguien para quien la pérdida resulta insustituible es Antígona. Puede reemplazarse a un marido muerto por otro, argumenta, incluso otro hijo que reemplace al que ha muerto, pero si los propios padres están ya muertos, no es posible reemplazar a un hermano. Lacan desplaza un poco la razón de lo insustituible en el hecho de que su hermano “es lo que es”. Ella no evoca ningún otro derecho para oponerse a los edictos de Creonte que esto que el significante fija en un “es lo que es”. Y es en cuanto tal, en tanto que ser, que de ninguna manera puede ser reemplazado. Alli, en lo real del ser, radicaría para Lacan lo insustituible. De cualquier modo y a contra luz, diga lo que diga Antígona e incluso Lacan, ella está tomada por la Até familiar. Ella intenta ordenar lo que está inevitablemente desordenado por el goce incestuoso que le dio origen tanto a ella como a sus hermanos, a su vez hijos y hermanos del padre. Su vehemente intento solo la lleva al sacrificio mortal. Sófocles deja pasar una verdad: un origen así de impuro es una sentencia de muerte sobre la descendencia. ¿Podemos seguir llamando deseo puro a aquello que mueve a Antígona? Habida cuenta del goce no vaciado el inclaudicable movimiento de Antígona, que la lleva a enterrar a su hermano en contra del edicto de su tío y gobernante, queda comprimido en un puro deseo de muerte, distinto a lo que, años después, Lacan ubica como deseo decidido, aquel que emerge cuando, vaciado el goce, el vacío de la causa comanda.


Con Hamlet:


Hay otro duelante célebre que estudia Lacan. Es el príncipe danés. A Hamlet no le ha sido dado el tiempo para el duelo. “Los asados de los funerales sirven de banquete frío en las comidas de la boda”. Así indica Shakespeare esa falta de tiempo. Es por eso que el ghost aparece en la obra interpelando a Hamlet: “Ocúpate de mí. Solo me podré ir si tú te ocupas de saldar cuentas con los vivos que tuvieron que ver con mi muerte.” La posibilidad de un trabajo de duelo, con eventual sustitución de objeto, tiene una precondición y es que el objeto a pueda ser conservado en el fantasma. En Hamlet, a la inesperada y anómala muerte del padre se suma la voracidad del deseo materno que ha llevado a la madre a reemplazar rápidamente un rey por otro. “Fragilidad, tienes nombre de mujer”, así indica Hamlet la conmoción fantasmática que la conducta materna le ha provocado. A partir de ese quiebre de la confianza en la verdadera capacidad de amar de la madre, todas las mujeres, soportes del fantasma, han perdido crédito para él. El fantasma está colapsado en Hamlet, el objeto se ha dislocado del fantasma, se ha retrotraído hacia el yo, que muestra ahora los rasgos de un objeto desvalorizado. Al embestir contra el yo, al que ahora toma regresivamente como objeto, -nos dice Freud- la pulsión ha cambiado su recorrido. Se trata de lo que él denominó la Liebesversagung, la frustración de amor, que (como en el caso del destronado príncipe danés), nos muestra que la pulsión ya no puede hacer su tour alrededor del objeto, éste ya no está en el lugar de sostener las pantallas del amor.


Así las cosas, su duelo se empantana patológicamente. Apretado en la doble tenaza del desamor materno -su madre consiente incluso que Hamlet sea enviado a una muerte segura en Inglaterra- y del insensato mandato de venganza paterno, Hamlet queda inhibido. Lo insensato de la orden paterna es que Hamlet debe llevar a cabo la venganza sin perturbar a la madre. Lo insensato es dejar intacto el goce de la madre. ¿Cómo avanzar en medio de tamaña contradicción? Hamlet, puesto ante el goce de la madre y bajo la contradictoria orden del padre, sólo puede trabar su movimiento. Su inhibición está en el lugar de un Nombre imaginario del Padre, lo protege de dar un paso sobre un territorio del que perdió las coordenadas. Hamlet no puede agujerear el sentido del Otro, la insensata orden paterna, eso lo deja regresivamente alienado a él. Es que Hamlet venera a su padre. Recordemos sus palabras en los aposentos maternos cuando le describe a la madre la figura y el porte paternos. “Mirad la gracia de esa frente, (…) del mismo Júpiter, la mirada de Marte para el mando y la amenaza, el porte de Mercurio (…) un conjunto de perfectas formas en que todos los dioses parecen haber dejado el sello para brindar al mundo lo que es un verdadero hombre”. El deseo se ha desvanecido en Hamlet porque el Ideal se ha hundido. Este está contradicho, no solo por la voracidad y la ausencia materna de duelo, sino también por la sobrevaloración de Gertrudis, su madre, por parte del viejo rey. La lección que nos deja Lacan con su análisis de Hamlet es el de la función del duelo. Hamlet recobra su deseo a partir del momento en que impacta en él la imagen del semejante, Laertes, apasionadamente dolorido por la pérdida de su hermana. Es en ese momento que Hamlet se arroja al agujero de la tumba de Ofelia nombrándose: “soy Hamlet, el danés”. Y desde ese momento y hasta el desenlace final mostrará un deseo sin aplazamientos. 
Es la rivalidad imaginaria lo que reordena las piezas en Hamlet. El dislocamiento del a que sufría Hamlet vuelve a su lugar de causa a partir de la rivalidad con Laertes. La cuestión del duelo en el nivel escópico, nos dice Lacan, es que el deseo está suspendido no del a sino del i(a), lo que implica necesariamente al narcisismo. Esto es, que toda relación libidinal con un objeto está narcisísticamente estructurada y, en tanto tal, también depende de la instancia del Ideal. El trabajo de duelo tendería a restaurar los vínculos con el objeto enmascarado a, el verdadero objeto de la relación. Se trataría, en el trabajo de duelo, de deslocalizar el a que ha reversionado sobre el yo. Aquí se dividen los caminos del duelo y la melancolía. La libido reversiona sobre el yo de forma diferente en ambos. En el duelo está conservada la relación con i(a) del narcisismo, que representa o enmascara la relación con a. En la melancolía el objeto triunfa, arrasa al yo, al narcisismo (la sombra del objeto ha caído sobre el yo). En el ciclo manía-melancolía lo que está en juego es la no función de a. Al no haber anclaje en ningún a, en el tiempo de la manía la metonimia puede ser infinita. Y en el tiempo de la melancolía el yo queda arrasado por el objeto.


Retomemos la pregunta: ¿si descartamos la sustitución en función del carácter irremplazable, único, de cada objeto, podemos plantearnos un final para el duelo? Ese final, propongo, habría que ubicarlo como una suerte de acto de desprendimiento. Finalizado el tiempo agudo del “trabajo de duelo” se trataría de poder soltar, se verá en cada caso qué. En principio aquello que se conserva del muerto y que está profundamente articulado al síntoma. Más aún, aquello propio desaparecido con el muerto. Si de soltar se trata para terminar de dar por perdido al muerto, esto pasa por poder nombrar y asumir los deseos contradictorios hacia el muerto, los que la pérdida de algún modo suprimen, en tanto sentimientos de compasión y protección de la imagen del muerto predominan cuando el duelo está detenido. Lo que se inhibe de decir, lo que se inhibe de pensar es aquello que contradice la idealización. El padre de Hamlet está para su hijo profundamente idealizado. Shakespeare le hace decir: “he muerto en la flor de mis pecados” pero ese mensaje no le llega al hijo. Atravesar el sentido del Otro, poder por ejemplo explorar cuáles eran esos pecados, -lo que daría entrada al barramiento de ese Otro- y nombrar y “desenterrar” afectos suprimidos relativos al muerto, aligeran el cuerpo. Y permiten concluir lo que del duelo estaba detenido.




(Para esta publicación se extrajo la parte clínica)



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