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La cueva (Cuento)

lunes, 3 de julio de 2017 0 comentarios

"Al principio fue algo maravilloso: los deseos de cualquier tipo se diluían poco a poco hasta que desaparecían. Todo estaba allí, dentro, nada era necesario, a nadie se echaba en falta... "


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LA CUEVA

Escrito por Isabel Llor Cerdan (España)


Exclusivo para Diario Literario Digital




...Y volvió a entrar en la cueva dónde las paredes tenían incrustadas pequeñas estrellas que brillaban y sonreían haciendo que todos los que entraban sintieran una profunda alegría y, si se quedaban el tiempo suficiente, la paz los atrapaba de tal forma que ya nunca más querían salir.



Al principio fue algo maravilloso: los deseos de cualquier tipo se diluían poco a poco hasta que desaparecían. Todo estaba allí, dentro, nada era necesario, a nadie se echaba en falta. Cada poco subía hasta la cima de la montaña, entraba en la cueva y al rato salía, llevándose un poco de aquella paz que tanto necesitaba.



Pasó el tiempo, pero no sabía cuanto, porque hacía años que había prescindido del reloj y justo ahora sintió la primera alerta y, casi con urgencia, buscó la entrada de la cueva, pero por más que lo intentó, fue imposible encontrarla.


Se dio cuenta que dormía muchas horas y sabía que soñaba siempre, aunque hacía ya mucho que no recordaba nada.



Desde joven, había tenido la certeza de que hay seres capaces de meterse en los sueños de otros, Podían ser “malos” o “buenos”. Los primeros estaban representados por un ser de piel oscura tirando a rojizo con dos cuernos diminutos en las sienes, un largo rabo y siempre llevaba un tridente con el que lo torturaba. A su lado había fuego dónde, en varias ollas de barro, hervía agua con distintas sustancias que producían un olor terrible y aquello le obligaba a estar en aquel lugar oscuro. Tenía miedo porque su corazón latía con tanta fuerza que terminaría explotando.


Eso lo vencía, haciendo que, tirado en el suelo, se envolviera sobre sí mismo. Cuando despertaba era una liberación, aunque sus lágrimas seguían saliendo hasta que conseguía calmarse por completo.


La parte “buena” estaba representada por una doncella que venía a rescatarlo de todo aquello. Lo abrazaba con fuerza y le decía una y otra vez que sí había una salida y ella lo guiaría para poder encontrarla. Allí había mucha luz, el sol brillaba con intensidad, podía ir en cualquier dirección y disfrutar toda aquella belleza.


Pensó que ya que otros seres entraban en sus sueños, él podía hacer lo mismo, pero no quería aterrorizar a nadie y tampoco transmitir algo que no entendía muy bien, demasiado bueno aunque fuera solo un sueño. Mejor que cada cual cargara con los suyos, fueran como fueran, pero eso de entrar en alguien le parecía muy poco ético. Mejor tener mucha paciencia y esperar a que todo se solucionara, era evidente que si había entrado en la cueva, de alguna forma podría salir.

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Y entonces, un día, se presentó la doncella en carne y hueso. Lo miró largamente a los ojos y besó sus mejillas.
-Te ayudaré -dijo
-Sí, solo tienes que decirme por dónde has entrado ahora mismo y podré salir de aquí
-No es tan fácil, solo tú puedes encontrar el camino de regreso y yo estaré contigo, pero no puedo hacer nada más. No debes tener miedo, piensa que todo es ficticio, irreal, así que lo conseguirás.
-Pero nadie sabe cómo se entra en un sueño.


Tardó mucho en dormirse. Muchas veces había recorrido la cueva por todas partes, tenía la sensación de que era circular. Y muchas veces se había parado a contemplar cada una de las estrellas preguntándose cómo habían llegado allí, de dónde procedían...


Se levantó y, muy despacio, fue contemplando cada una. Se dio cuenta que sentía con ellas una conexión especial y, fue entonces, cuando se le ocurrió hablar, preguntarles cosas...


Así pasó bastante tiempo, tal vez semanas, tal vez meses. El caso es que las estrellas empezaron a contestarle. Al principio eran solo percepciones, la sensación de que lo oían, lo comprendían. Con algunas sentía paz, con otras alegría, algunas le trasmitían colores y muy poco a poco, le llegaron palabras.
Empezó a diferenciar sus voces: unas eran graves, muy masculinas, otras sonaban dulces, melodiosas, tiernas y las más agudas eran como de niños pequeños, esas eran las más alegres.


Trazó un orden y fue preguntando una por una, la pregunta siempre era la misma
-¿Cómo puedo salir de aquí?
Las respuestas eran muy variadas, pero enlazándolas todas, daban esta resolución:
-Cuando entraste por primera vez estabas feliz de haber encontrado esta cueva, te sentías como si, por fin, hubieras llegado a tu meta, como si hubieras encontrado un gran tesoro. Todo lo que siempre habías deseado estaba aquí y tu mismo dijiste, en voz alta y muy convencido, que este era tu lugar perfecto y que te quedarías aquí para siempre y en ese momento la entrada se cerró. Piensa ¿qué es lo que ha cambiado en ti, porqué tanta prisa en salir?


Sonaban como un coro desafinado, las voces se expandían y se repetían varias veces por el eco.


Se quedó escuchando. Según lo que entendía, toda su situación actual no era más que la consecuencia de algo que él mismo había provocado. Su bella idea se había vuelto su enemiga y no tenía ni idea de cómo cambiar todo aquello.


Sentado en el suelo lloró, esta vez no era de miedo sino de impotencia, de pensar que no podía hacer nada para salir de esa situación.


Contagiadas por ese sentimiento, las estrellas también lloraron y le hicieron recordar la primera vez que había subido a la montaña: era una mañana fría, con niebla muy espesa. Su perro lo acompañaba y, de cierta forma, le iba marcando el camino. Vio grandes trozos de musgo color rosa y, como incrustadas, unas pequeñas flores blancas. Pensó que era una de las cosas más bellas que había visto en su vida y que le gustaría que las florecitas se convirtieran en estrellas.


Y así fue, porque los verdaderos deseos del corazón siempre se cumplen.


Pensó que tal vez podría revertir todo el proceso. Cerró los ojos, respiró lo más profundamente que pudo, pero lo que empezó a ver no fue la montaña, las flores, las estrellas, la cueva. Tampoco vio aquel terrible personaje de sus sueños que lo aterrorizaba, ni la muchacha que se había vuelto real y trataba de ayudarlo. No, se fue mucho más atrás, a una montaña cubierta de nieve dónde se sentía feliz esquiando y se iba poniendo metas cada vez más arriesgadas, recorridos más largos, piruetas más difíciles...


Se vio en el borde de un precipicio, con los esquíes calzados y a punto de tirarse porque tenía la sensación de que podía conseguirlo. Y se tiró.


Durante un momento voló y en su mente solo estuvo esa sensación del vuelo:
la libertad de ser un gran pájaro meciéndose en el aire, la alegría plena.


Luego, oyó el terrible crujido de su cabeza al estrellarse contra el suelo.


La doncella estaba a su lado, cogió su mano y le dijo:
-Bueno, conseguiste lo que querías: saliste de la cueva y todo lo que te atormentaba ha desaparecido.


Pero él ya no podía oírla.


Todo quedó parado, sumergido en un profundo silencio.


Después, la doncella besó su rostro con mucha dulzura y dijo:
-Bien, abre los ojos, vuela, te acompañaré ¿Dónde quieres que vayamos?



-Solo quiero volar y volar, recorrer todo el mundo, ver todos los lugares más bellos, sin ningún trabajo u obligación, hasta que me duelan las alas y quiera volver a empezar otra historia.
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