El vodka de Simeón (Cuento) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El vodka de Simeón (Cuento)

sábado, 29 de julio de 2017 0 comentarios

"Bajo los efectos de tan terrible temperatura, ese trago de vodka tribal me supo a una cucharada de miel de flores primaverales recientemente cortadas en un fresco vergel de mi amada Transnistria... "




EL VODKA DE SIMEÓN

Escrito por Rolando Yankelevich

Para Diario Literario Digital


Eran las siete y media de la mañana y no había nadie, pero lo que se dice nadie, en aquel borroso amanecer de la Ciudad Luz. El termómetro se había congelado en quince grados bajo cero, yo me encontraba cruzando la Place des Innocents y de no ser por el crujido de mis pisadas en la nieve, la Place permanecía en el más absoluto silencio. El frío es un lobo que muerde de a poco y empieza siempre por las orejas. Y a mí, el lobo ya me estaba devorando los pantalones.
De pronto, percibo una silueta que desde el otro lado de la Plaza me hace señas desesperadas con la mano. Se me acerca un tipo con una chapka atornillada hasta las cejas y en un afligente inglés de aeropuerto me pregunta donde queda la rue Rambuteau. Tras indicarle el camino le pregunto con mi consuetudinaria caballerosidad: "Where are you from?". "I come from Moldova, sir", responde el tipo. ¡Glups, un moldavo! Le cuento entonces que mi bisabuelo nació en Besarabia, la actual Moldavia, que se marchó a la Argentina cuando era joven y que mi tatarabuelo peleó en la Guerra de Crimea contra los británicos y los turcos. El hombre me mira incrédulo, levanta enérgicamente los brazos al cielo y se pone a cantar a gritos "Moldovaaa, Moldovaaaa!"... mientras zapatea sobre la escarcha. "Wich is yourrr name, sirrrr?", inquiere entusiasmado. Y apenas le digo mi apellido, al tipo le da el ataque: "Iankelevik, Iankelevik!", clama en medio del hielo. "I know a lot of Iankelevik in Kishinau, sirrrr!". El momento era grandioso y no encontré mejor manera de festejar tal acontecimiento que ponerme a zapatear yo también sobre la escarcha, pues por fin había llegado la hora clave, la mágica Hora stacatto en la historia de mi importante linaje y nobilísima alcurnia.

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El tipo -que se llamaba Simeón- abre la valija, pela una botella de Stolichnaya y me ofrece un trago a la voz de: "Drrrink, please, drrrink!". Bajo los efectos de tan terrible temperatura, ese trago de vodka tribal me supo a una cucharada de miel de flores primaverales recientemente cortadas en un fresco vergel de mi amada Transnistria. Simeón aprovechó el convite para echarse un buen sorbo entre pecho y espalda antes de cerrar la botella, darle un par de golpecitos afectuosos, abrazarme y despedirse con un estentóreo: "O rrrevuarrrr, Iankelevik, O rrrevuarrrr!..."
Francamente, con esos quince grados bajo cero, si no hubiera sido por el vodka de Simeón, me habría quedado ahí, seco, clavado como estaca de hielo en medio de la Place des Innocents.

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