Cuando la impotencia no es un síntoma (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Cuando la impotencia no es un síntoma (Psicoanálisis)

viernes, 14 de julio de 2017 0 comentarios

"Es habitual encontrarnos en nuestra práctica con pacientes que consultan por padecer de impotencia psíquica. Solemos tomar a priori este fenómeno como un síntoma  y  disponernos a tratarlo como  tal. Pero  la experiencia nos confronta con la evidencia de que en ocasiones la impotencia puede no ser del orden del síntoma y tomar otros estatutos, como por ejemplo, el del acting out..."


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Cuando la impotencia no es un síntoma


Escrito por Eduardo Urbaj, Psicoanalista


Para Diario Literario Digital



Es habitual encontrarnos en nuestra práctica con pacientes que consultan por padecer de impotencia psíquica. Solemos tomar a priori este fenómeno como un síntoma  y  disponernos a tratarlo como  tal. Pero  la experiencia nos confronta con la evidencia de que en ocasiones la impotencia puede no ser del orden del síntoma y tomar otros estatutos, como por ejemplo, el del acting out.
En el acting el analista es un espectador del relato de un paciente donde sus interpretaciones no alcanzan a tocar su cuerpo. Una repetición que se ofrece como mostración al Otro de un objeto que el sujeto ha sido y padecido traumáticamente y no se enlazó a ninguna representación. No tiene un significante  que lo represente. Lacan nos enseña que lo que se muestra en el acting es distinto de lo que es, y que es ignorado por el sujeto del acting. Ignorado, no Inconsciente. No se trata del retorno de lo reprimido. Entonces podemos encontrarnos con la impotencia como acting y no sólo como síntoma cuando esté en juego primariamente algo del orden de un  más allá del principio del placer.
Como ejemplo paso a referir  un recorte clínico. Se trata de un hombre de 43 años, que comenzó a sufrir episodios de impotencia a partir de los 40, y que hasta entonces había tenido varias relaciones con distintas mujeres, desde su adolescencia, sin mayores inconvenientes. Comienzan  a repetirse en todos los encuentros las dificultades para conseguir la erección o, en caso de tener erecciones, no puede sostenerlas a la hora de intentar la consumación del coito. Como suele suceder, la repetición lleva al temor a que la disfunción eréctil se repita y  produce inhibiciones para llegar al encuentro sexual mismo, por el temor y la creencia  de que el fracaso  se repetirá.
Durante cierto tiempo del análisis intento abordar el problema como si fuera un síntoma: ubicar el lugar de la mujer idealizada; sus fantasías de tener que rendir como un “homo eroticus supermacho”; la problemática de la disociación de las corrientes tierna y sensual; la culpa como un modo de creerse demasiado importante y dándole a la situación una dimensión de exagerada relevancia en su fantasía,  es decir…. los distintos recursos con los que habitualmente la impotencia como síntoma comienza a ceder al perder la cara de goce incestuoso que la determina,  y así poder acceder al objeto sexual como tal, como objeto, apelando al rebajamiento necesario para poder abordarlo. La persistencia del problema sin ningún tipo de eficacia terapéutica me lleva a sospechar que estoy errando el blanco.

En este punto permítanme por un momento una pequeña digresión:   esto nos ilustra acerca de uno de los riesgos de tomar muy al pie de la letra un texto explicativo de las razones de la impotencia psíquica como lo es “La degradación general de la vida amorosa” (Freud, 1912), y es  el de caer en la tentación del análisis aplicado porque el analista crea saber lo que tiene que encontrar: la falsa conexión que hace aparecer siniestramente a una mujer con rasgos familiares.
Bien, volvamos al caso, les decía que durante cierto tiempo del análisis intento abordar el problema de su impotencia como si fuera un síntoma. La persistencia del problema sin ningún tipo de eficacia terapéutica me lleva a sospechar que estoy errando el blanco y que lo que estaba en juego no era un síntoma. La impotencia era una mostración del objeto abyecto que él había sido en su infancia y que a partir de un episodio que vive a sus 35 años y que se resignifica a sus 40  -por lo mal que le pega la cifra y  con el agregado de que entre los 35 y los 40 muere el padre- se activa. Él había sido el “gordito”, el chico que se veía a sí mismo como menos que los demás, el que siempre prefería el bajo perfil, no entrar en el juego;  si jugaban a la pelota él se quedaba afuera total  “el gordito no puede correr”, y faltó allí la presencia de una figura  paterna que lo habilitara y lo sacara de ese lugar de inferioridad desvalorizado.  
Con la metamorfosis de la pubertad entra en la adolescencia, crece, adelgaza, ingresa a un nuevo colegio, cambian los amigos, su cuerpo deja de ser “diferente al resto”,  se transforma en otro, y el gordito queda enterrado (por 20 años). Y su vida se desarrolla sin mayores conflictos hasta los 35 años, cuando estando en pareja con una mujer a la que amaba y con quien todo indicaba que iba a casarse y formar una familia, se manda una tremenda “macana”: frente a una decisión que tenía que  tomar realiza una acción en la que no piensa en absoluto como alguien que está en pareja. Actúa como si estuviera solo, y esa acción desencadena que unos meses después la novia  lo abandone sin que él intente revertir esta situación.
Decía Lacan que el acting no es interpretable pero llama a una interpretación. No es como el síntoma que se basta a sí mismo:  necesita del Otro a quien se dirige para que le ponga nombre a lo que sea que está en juego allí en esa escena que se muestra y no deja de repetirse en la medida que no cesa de no escribirse. Y  fue necesario ubicar que su acción egoísta, la que terminó en el abandono, fue hacer lo que el padre le había enseñado: “primero pensá siempre en vos”, cosa que él había padecido de chico cuando el padre –que pensaba siempre en él mismo-  no podía ver lo que él sufría siendo el gordito, y el “loser”  (perdedor), significante que se produce en el análisis dando un primer esbozo de interpretación a la insistencia actual de sus episodios de impotencia, que eran a la vez un castigo –porque él sabía que había hecho “la macana” que llevó a que ella lo abandone- y un acting, en tanto mostraban el objeto que él era y nunca había dejado de ser, aunque haya escapado de allí durante dos décadas. Él era el gordito, el perdedor, el que no podía entrar en el juego, su impotencia mostraba que no valía la pena ni intentarlo, que estaba condenado al fracaso: neurosis de destino. Y se ponía en juego en la transferencia en el intento de dejarme también a mí en el lugar del impotente que no podía hacer nada para curarlo de este problema… Me transfería el lugar de objeto en el que él había estado, el objeto que él era, y él se ubicaba conmigo como el padre que se desentendía del asunto…

Como ven, es muy importante poder ubicar que es lo que está en juego en la “disfunción sexual”, ya que el modo de intervenir eficazmente es diverso según se trate de un síntoma o de un acting out. Y en este caso también se ponía en juego otra dimensión que tenemos que tener en cuenta porque es un afecto que es del orden de las defensas primarias anteriores a la represión: la vergüenza. La vergüenza es un dique pulsional que aparece previo al sepultamiento del Edipo y de la represión secundaria. La vergüenza en un niño es signo de constitución subjetiva, es un dique a la pulsión de ver/mostrar previa a la represión. Del mismo modo que la compasión es un dique al sadismo y el dolor  es un resguardo  frente al masoquismo. Freud en “Tres  ensayos para una teoría sexual”  las ubica como las defensas primarias junto al asco y  la culpa. Hay que tener en cuenta que se constituyen con anterioridad  a la represión secundaria (por lo tanto no hay retorno de lo reprimido y su posible enlace sintomático) y aunque posteriormente queden enlazados a ella (a la represión),  sus retoños tienen un peso propio que no se recubre completamente por el significante. La vergüenza tiene un peso específico en las inhibiciones del deseo sexual que exceden a lo reprimido y muchos casos de falta de deseo en las mujeres especialmente (pero también en varones como en este caso) están vinculados a esta dimensión primaria de la defensa frente a lo desbordado de la pulsión que se ha tornado traumático por la censura que todo lo atinente a lo sexual tuvo desde la infancia, allí donde ese Real no tenía significantes que lo recubran ni siquiera parcialmente. Es en ese terreno, donde un saber sobre la sexualidad encuentra tierra fértil donde germinar, y les permite  aún hoy a muchos “expertos especialistas”,  hacer buenos negocios. Es lo que se conoce como sexología. Y puede cumplir una función útil en ciertas ocasiones y… hay que decir que  a veces los analistas tenemos que hacer semblante de sexólogos  si,  lo que encontramos, es un déficit a nivel del saber de ciertas cuestiones básicas, elementales, pero sabiendo que esa será sólo una tarea preliminar  para poder abordar luego las dificultades que a partir de allí tendrán ocasión de emerger.
Como vemos, son diversas las variantes en las que el fenómeno de la impotencia puede aparecer  sin haberse constituido en síntoma en sentido estricto.  Y lo que emerge es del orden de la  repetición compulsiva,  un goce que no se subsume  al  principio del placer.  La satisfacción que tiene que ver con esta dimensión del  goce  alude a lo  traumático intramitable por el significante. En ese punto el acting out es un intento de anudamiento de lo no ligado (por el significante).

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 En la clínica, frente al encuentro de este  “eterno retorno de lo igual”, procuramos que este retorno encuentre palabras suficientes para construir una escena. Freud va a plantear (a partir de 1920 con la teorización de un "Mas allá del principio del placer") que frente a lo traumático hay  un intento del aparato de transformar la energía no ligada en aquiescente, de ligar lo que resulta traumático, es decir, lo visto, lo oído y no comprendido. Y es lo que caracteriza a la infancia: en la infancia se está rodeado de cosas que uno ve y escucha sin  comprender.  Esto remite a la vivencia original del desamparo o desvalimiento psíquico que reclama una resolución. ¿Y cuál es el recurso  a través del cual  resuelve este problema el neurótico?: La construcción del fantasma. Pero este es ya un tema que requiere de un desarrollo que quedará pendiente para otra ocasión…


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