Adolescencia. El segundo despertar sexual (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Adolescencia. El segundo despertar sexual (Psicoanálisis)

lunes, 26 de junio de 2017 0 comentarios



“El día sábado 1 de julio departiré en Causa Psicoanalítica de gral Roca sobre la adolescencia no como momento de la psicología evolutiva sino como momento lógico de la estructuración subjetiva, tal como el psicoanálisis lo presenta desde Freud: por ello se lo llama “segundo despertar sexual”. Además en nuestro tiempo, donde un cambio de discurso dominante se asoma en el horizonte de la polis, compitiendo con el discurso Maître, el del inconciente; al adolescente se le presenta la difícil encrucijada de vérselas con una configuración del goce que lo obliga a sumar a su ya exigida nueva estructuración, los desafíos de integrarse, o no, a la nueva configuración del Otro social.
En este Diario Literario Digital presenté, dividida en cuatro grupos, reflexiones sobre la adolescencia. Hoy las presento en su totalidad como modo de preparación del seminario."


Revista literaria online psicoanálisis


El segundo despertar sexual:

Pasaje del Otro al otro



Escrito por Silvia Amigo, Psicoanalista


Para Diario Literario Digital

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Punto 1

Alcance del fantasma infantil




Lacan joven

A pocas situaciones estructurales les dio Freud una importancia tal como para nombrarlas específicamente humanas. 

Una de ellas es la característica peculiar de la sexualidad humana de presentar dos picos de aparición: uno en la primera infancia, al que llamó primer despertar sexual y otro, después de atravesado el período de latencia, al que llamó segundo despertar sexual. Esta doble aparición, escandida por la latencia, le parecía singularísima y pletórica de consecuencias a punto de colocarla, junto con la capacidad de lenguaje, entre los elementos que hacen una diferencia infranqueable entre el hombre y cualquier otra especie viviente.

El segundo despertar corresponde a la pubertad, tiempo en que reaparece en escena la sexualidad, pero cambiada profundamente en su eje de direccionalidad en cuanto su objeto debe ser otro. En tanto su fin recién deberá incluir lo genital. Y por fin en sus consecuencias. En efecto, de la sexualidad infantil no podría haber como resultante un niño engendrado. 

Detengámonos un momento en la etimología de las palabras pubertad y adolescencia.

Pubertad proviene del latín pubes puberis que denotará después el hueso pubiano pero originalmente, y aquí pondremos el acento, el vello pubiano que diferencia a los impúberes de los adultos. Era en la antigüedad el signo que se esperara apareciese en un niño que se torna capaz ya de luchar en combate.








Adolescencia proviene del verbo latino adolescere que significa tanto crecer como estar ardiendo. Ambas etimologías son preciosas. Indican bastante el rumbo que han de seguir estas reflexiones.

La sexualidad infantil (cuya existencia causó en tiempos de Freud un formidable rechazo en la comunidad en general, y en particular en la médica y científica) se gesta en la larguísima dependencia del primate humano (que nace con muchas menos aptitudes corticales que los primates superiores no humanos) de los cuidados del Otro, aquél que hizo venir al niño como promesa de un goce para la consecución del cual hará los formidables esfuerzos de crianza.

Esta prematuración incluye como premisa biológica que sean unos pocos reflejos innatos los que posea el bebe para sobrevivir, reflejos que además desaparecen al poquísimo tiempo de nacido, dependiendo la mera sobrevida exclusivamente de los cuidados del Otro auxiliante, ese que Freud nombrara, en su célebre Entwurf, Nebensmench. Por otra parte el niño no habla en un mundo de hablantes, lo que lo torna parasitable por una palabra que lo rodea y que él mismo aún no puede emitir. La etimología nos volverá a ayudar. En efecto infans significa en latín caresciente de palabra. 

El Otro que habla es quien, bañando al bebe con su palabra, con su interpretación del grito como demanda estructural, en efecto, introduce la pulsión como “concepto límite entre lo psíquico y lo somático” en un movimiento simultáneo a la primera identificación a lo Real del Otro real (identificación al padre preedípico, actuante en la voz de la madre, que hace devenir al lenguaje simbólico al desgajar el significante fálico, Φ agujereador de lo real de la vida) solidaria de la represión primordial y del narcisismo primario. 

Es el momento de la pérdida de la cosa incestuosa, das Ding freudiana, cuya pérdida deberá ser refrendada en nombre del padre.










Este es también el tiempo de formación, junto al cuerpo pulsional, del narcisismo preespecular (llamándose habitualmente “especular” al espejo plano). El narcisismo primario depende de la imagen real del cuerpo dependiente de la función del espejo esférico, suma éste del cortex más la palabra de amor que lo estimula. Por más córtex sano con que el niño llegue al mundo no habrá formación de cuerpo ni habrá pulsión sin el auxilio del Otro. Sólo habrá organismo, soma.

No es esta la ocasión de trabajar sobre la ardua polémica que debiera producirse con las neurociencias, pero aprovecharemos la ocasión para señalar que la prematuración con que nace el bebe humano hace de la palabra de amor del Otro el factor de importancia epigenética capital, puesto que no solo induce los movimientos estructurantes que acabamos de describir, sino que además, al mismo tiempo, termina de modelar en su base biológica misma al sistema nervioso central, que culmina su maduración de forma tal de alcanzar una cierta aptitud considerable “normal” a fuerza del trabajo de esta palabra incidiendo sobre su mismísima materialidad. Entonces, dada su prematuración al nacer el bebe humano está prometido, a fuerza de depender tan largo tiempo del amor del Otro, a conocer un primer pico de despertar sexual, libidinación que dirige este despertar hacia el Otro que le oferta sus cuidados. 

En este esquema se puede observar este narcisismo del lado izquierdo del espejo plano.


La segunda identificación, a lo Simbólico del Otro real dejará como saldo el rasgo unario, S1, significante separado de la cadena y que permitirá horadar la plenitud del saber del Otro, y que, se hará, o no, núcleo del ideal del yo. Y esto se decidirá, como vemos en el segundo despertar. Se adeuda esta letra al padre, ahora el edípico, al varón sexuado de la madre o ése o ésa por quien la madre profese deseo sexual, por fuera de la relación que lo une a su niño. Su consecuencia narcisista es el alcance del espejo plano, la adquisición de un narcisismo secundario y su consecuencia sobre la pulsión será la de otorgarle la voz pasiva, las defensas prerepresivas de la vuelta contra sí mismo y la transformación en lo contrario. Lo cual se puede seguir en el esquema de más arriba a la derecha del espejo plano.




Es interesante señalar que en la infancia, época del primer despertar sexual, hay una prematuración donde la imagen del espejo plano se "adelanta" en su forma plena y supuestas habilidades, a la incapacidad del niño (inmaduro neurológico como señaláramos) de hacer gala de las performances de la que supuestamente es capaz la imagen especular. Veremos que en el segundo despertar se produce una típica inversión de prematuraciones.










La tercera identificación, a lo Imaginario del Otro real, dependiente de la faz prescriptiva del padre edípico, permitirá acreditar como propia la letra –φ, canal de caída del objeto, que lo hará pasible de entrar en el fantasma. Recién en tiempo de esta tercera identificación la castración se consolidará como herida narcisista. Y el fantasma encauzará la dirección del deseo del sujeto. 

La pulsión habrá encontrado su bucle, que la hace “fuerza motriz” del deseo.

Los fantasmas primordiales de Freud están escritos en este fantasma.

Escena primaria: fantasma de la escena entre los padres que dio nacimiento al niño mismo. Fantasma no tanto del coito entre ellos (aunque pudiera serlo) sino más bien del pacto de goce que precedió esa procreación.

Fantasma de seducción, esto es: qué clase de objeto fui convocado a ser para el goce del Otro. De donde en el fantasma se escenifica un "hay relación sexual" (ya que según el propio Lacan la hay...por un tiempo, entre generaciones). De ahí que en el fantasma se represente (no es que se realice) la fórmula 1+a.

Fantasma de castración, esto es: cómo he dejado de ser ese objeto. De donde en el fantasma es nuclear la escenificación del padre que golpea, prohibiendo ese "hay relación". Por lo cual el fantasma integra paradojalmente un 1-a.

A la salida de la primera vuelta edípica el niño contará pues con el campo pulsional constituido, el narcisismo que le permite estabilizarse en una imagen de sí y de sus semejantes, y un fantasma infantil que le provee la vía por donde desplegar el deseo, pasible de ser utilizado tanto lúdica como sublimatoriamente en la latencia. 

En cuanto ha sellado esta primera matriz fantasmática: el niño, cuyas pulsiones, originadas en el campo del Otro tenían al objeto como factor más lábil, más aleatorio, encontrará en el fantasma que precede en su formación al tiempo de latencia un objeto pantalla provisorio hacia donde dirigir el deseo. 








Una vez sellada esta matriz fantasmática la latencia hará su entrada en escena permitiendo al niño acumular, sobre las tres letras fundacionales que mencionáramos más arriba, las letras y las cifras de la enseñanza y del juego infantil a la espera de la llegada de la pubertad.

Estas adquisiciones identificatorias, que pueden ser resumidas en estas tres letras ordenadoras: Φ, S1, -φ; serán llamadas por Lacan “títulos en el bolsillo”. 

Sin duda alguna no todo niño posee la suerte de haber transitado su primera vuelta edípica, también pasible de ser llamada primer atravesamiento del Edipo, habiendo podido reducir al Otro a no ser más que unas letras residuales al proceso identificatorio logrado; y un fantasma propio donde se escriba el objeto que al Otro se ha logrado sustraer. 

Es claro que muchos niños naufragan parcial o integralmente en la navegación por esta primera vuelta. Este naufragio producirá el autismo o las psicosis que se presentan clínicamente ya en la infancia. 

Pero es clínicamente constatable que la mayoría de las psicosis desencadenan el fenómeno elemental durante el segundo despertar sexual, momento en que recién podrá evaluarse la validez o la invalidez de los títulos que el niño llevaba en el bolsillo.

Detengámonos pues en el locativo “en el bolsillo” con que Lacan ubica a esos títulos (esas letras) que el niño atesora a la salida de la primera infancia.

¿Por qué en el bolsillo? Uno lleva en el bolsillo una moneda que aun no ha utilizado, a la espera en que llegue el momento en que se haga preciso pagar por algo que uno desee. Estos títulos, en la infancia, aun no podrán ser usados como medio de pago. ¿De pago de qué adquisiciones?


Detengámonos un momento a considerar el estatuto del fantasma provisional que ha adquirido un niño durante la primera infancia (si es que lo ha logrado formular). 

Este constituye una respuesta que el niño se ha dado a la presión acuciante del deseo del Otro que lo auxilia, constituye una orientación, pues en el laberinto que constituye, de no mediar el auxilio del fantasma, ese deseo.

El fantasma, producto de la adquisición de las letras (o títulos) que los escalones identificatorios han permitido adquirir, depende pues de las sucesivas identificaciones de la función paterna (los nombres real, simbólico e imaginario del padre): incorporado el padre como posición inconciente, y para continuar con el apólogo del laberinto, estos nombres del padre actúan como señalización, como balizamiento que permite al sujeto salir airoso de esa verdadera trampa. De faltar esta marcación, el niño podrá vivir extraviado en ese ominoso dédalo.

Dos palabras sobre la crítica que el feminismo y en general el culturalismo espetan al psicoanálisis. Según estas corrientes falo y padre como preeminentes dependen de una toma de posición patriarcal que debiera ser superada. 

Creemos que en psicoanálisis falo es el nombre del símbolo que la humanidad ha homenajeado desde el neolítico como herramienta de transmisión cultural por antonomasia. Dólmenes, menhires, obeliscos, monolitos, testimonian el asombro de una especie que, gracias a ese significante, flor de lo simbólico, entra en la cultura y sale de la mera fuerza de gravedad, que va en contra de cualquier erección hacia lo alto.

Falo es el nombre del ingreso en la cultura y no el modo de llamar al órgano masculino. Bien lo sabemos las mujeres, que estamos llamadas a encarnarlo en el entero de nuestro cuerpo.

Padre, igualmente, denota al ser que toma a su cargo la misión exquisitamente simbólica de inscribir que el recién nacido no ha venido al mundo para llevar a cabo eso que Freud llamó "el servicio sexual de la madre". Nombra, entonces, a un personaje exclusivamente presente en el parlêtre y de ninguna manera al genitor macho.

Entonces, el logro del alcance del fantasma infantil ha de permitir que se ingrese en el período de latencia con la serenidad mínima imprescindible para estudiar, jugar y hacer vínculos lúdicos con los partenaires infantiles.

Si éste fantasma resulta tan importante… ¿por qué aquella mención a cierta puesta en suspenso de la puesta en juego de estos “títulos” cuya adquisición presupone el fantasma?

Nos adentramos aquí en un terreno polémico. Hay muchos psicoanalistas, también lacanianos que, consideran que la estructura “cierra” ya en la primera vuelta edípica, y que afirman que el fantasma infantil es definitorio de la posición deseante para el resto de la vida del sujeto.

No lo creemos así, aunque creamos de peso inmenso a este logro escritural que debe ser construido aun en el análisis de un adulto que no quiera encallar de antemano en una mera faz terapéutica. Presentamos nuestra hipótesis de que recién en la adolescencia se consolida un fantasma definitorio en los conceptos que aquí vertimos.

Punto 2

La crisis puberal

El muchacho del auto azul, primera parte.








Tal como intentábamos formalizar en el punto anterior, se trata de que en la infancia hay algunas cimas y performances cuyo alcance resultará inminente en la adolescencia y que de ningún modo entran en juego en el tiempo lógico de la infancia.

Ningún niño debe acceder a los primeros escarceos genitales con el partenaire sexual, pletóricos de significación simbólica y que exigen “sacar del bolsillo los títulos” y poner a prueba su valor o su falta de garantía y de fondos.
Al no tener en su horizonte esta iniciación, el niño no tiene por qué imaginar cuántas responsabilidades en los tres registros, simbólico, imaginario y real aparejaría el engendramiento de un posible hijo, dado que la posibilidad de procrear acompaña inevitablemente al “acto” sexual.Tampoco tiene el niño, entonces, la exigencia de probar en lo real que ha abandonado al objeto incestuoso, pues no tiene forzosamente que elegir un objeto pantalla exogámico.
Esta elección del objeto otro que el Otro se anticipa en la posibilidad de jugar con otros niños, pero no debe pasar por el filoso desfiladero de la elección de partenaire sexual.
Por ello es posible que con títulos apenas miméticos, por así decirlo, con remedos burdos de esas letras cruciales, un niño puede pasar por la infancia sin desencadenar un primer brote, que aparecerá recién cuando esos títulos sean exigidos en el segundo despertar sexual. Téngase en cuenta el hecho, totalmente constatable en la clínica, de la cantidad de niños sobreadaptados, que jamás molestan, que andan bien en los estudios, y dejan confundir a padres distraídos por sus propios problemas de estructura (sea ésta cual fuere) que no advierten que sus retoños más tarde van a desarrollar, en la adolescencia, por ejemplo un primer brote de esquizofrenia.
Por ende, no es lo mismo poseer títulos en el bolsillo que probar su validez cuando la vida exija que estos entren como moneda de pago y garantía de los goces exogámicos adultos.

Estas reflexiones podrán hacernos inteligible el verdadero momento dramático (en los mejores casos, dado que puede también resultar trágico) que constituye aquel tiempo en que desde lo real del cuerpo y desde la sanción del Otro se arribe al puerto de la pubertad.
Desglosemos ambos componentes:
En principio el cuerpo infantil va a ser literalmente desajustado en su imagen y en lo real van a cambiar trascendentalmente sus posibilidades de goce cuando irrumpan en su superficie los caracteres sexuales secundarios y ese niño o esa niña aparezca en escena del mundo como hombrecito o mujercita.
Volvamos aquí a la discronía que señaláramos en el apartado primero. Así como durante el estadío del espejo presenta la paradoja de que la imagen "puede" más que lo real biológico del niño, dado que ésta se presenta erecta, coordinada y parformante; al tiempo que el niño apenas puede dominar su soma; en la adolescencia la imagen que el niño en vías de devenir adolescente tiene de sí es aún la de un niño, mientras que su cuerpo biológico está ya apto para el coito y la procreación. En este quiasma se encuentra la ocasión de comprobar cuánto el tiempo, uno de los a priori de la estética trascendental kantiana, se encuentran subvertidos por el psicoanálisis.
Consideremos ahora la sanción del Otro, y no ya solo el Otro de la historia sino el Otro social que comienza a tomar a ese que hasta ayer era un niño como posible partenaire sexual.
Recuerdo aun paseos por la ciudad acompañada de mi hija en la época en que ella entraba en la pubertad. Aun jugaba con muñecas cuando los hombres la miraban y la piropeaban por la calle. El Otro, en este momento, ése que acucia con su deseo, comienza a encarnarse paulatinamente en el Otro sexo. Frente a esa anticipación a la que el Otro obliga, el púber en ciernes se verá compelido, no sin angustia y, muchas veces, fastidio y rehusamiento (que por un tiempo resultarán normales y esperables) a tener que ver qué diablos hace con esos a la vez atractivos y conflictivos caracteres sexuales que, bajo la presión de los convites del Otro, no tendrá más remedio que asumir como pueda. 
Como comentábamos más arriba la palabra pubertad tiene su raíz en la palabra pubis. Es ese pubis, alterado tanto en su aspecto morfológico como en su capacidad de encarar el coito, el que da nombre al momento de este pasaje.
Reiteremos también, a riesgo de repetirnos la etimología de la palabra adolescencia. Esta proviene del latín adolescere, que no significa adolecer (aunque la homofonía con este “adolecer” se preste a interesantes conexiones) sino que significa “crecer” y “estar ardiendo”.

Algo arde y urge en la adolescencia, y ese ardor va a poner en juego con fuerza toda la batería de letras que el púber traía desde la infancia.
Consideramos de relevancia la sanción del Otro sexo. Hay niños, en efecto, que preferirían conservar su angélica vida infantil desconociendo las exigencias de este “ardor”.
Hay padres que, por su propio malentendido estructural, no pueden re-investir a sus retoños bajo las nuevas vestiduras que esta etapa les proporciona, y siguen tratándolos como niños.  Muchas veces el Otro de la historia, que venía invistiendo con amor al niño o niña, vira a la hostilidad abierta, al rechazo, no pudiendo investir al joven sexuado en que se ha transformado su retoño. Momento doloroso pero inevitable de "dejar ir" al que fuera un niño hacia los brazos del Otro sexo, a sus aventuras y sus riesgos. Suele suceder que padres o madres aceptablemente dispuestos a dejar crecer a sus hijos en la primera infancia y la latencia súbitamente se rehúsen a aceptar la nueva y posiblemente definitiva separación que implica la adolescencia.Este rehusamiento puede ser acatado por el púber, quien oculta su crecimiento y se refugia en una prolongación sine die de la niñez.
Puede producir retracciones pseudomelancolicas en algunos que de pronto se ven frustrados de un amor con el que habían contado en tanto y en cuanto continuaran cerca de sus padres.
O, las más de las veces, suscita verdaderas tormentas domésticas donde el púber, impedido del acompañamiento y la mirada aprobadora de la separación que se avecina, actúe aún más alocadamente de lo que habitualmente lo hace. Verdaderos tsunamis de acting outs, impulsiones, y episodios en que se pone en riesgo son la ruidosa manera en que suele actuar un joven a quien se le niega el aval del mero hecho de crecer.
Pero el Otro sexo, que puede encarnarse en cualquier transeúnte (como en el caso que comentaba más arriba) en los amigos del barrio o en los compañeros de estudios, va a poner entre la espada y la pared al niño que deviene adolescente: más temprano que tarde deberá hacer algo con el formidable empuje pulsional que lo acomete, visible en los cambios corporales indisimulables en esa etapa. Como también a sus padres, que deberán aceptar este desprendimiento de sus angélicos herederos...o peor, vérselas con las consecuencias que someramente enumerábamos renglones arriba.

He aquí que los mentados títulos tendrán que mostrarse solventes para asumir el costo de esta asunción.

Ante este empuje que llega por las dos vías que señaláramos, lo real del cuerpo y la sanción del Otro que anticipa al niño como “grande”, el adolescente suele buscar refugio en la formación de bulliciosos y muchas veces transgresores grupos de pares.

A este ímpetu colectivo de salvaguarda lo llama Daniel Paola, quien se ha ocupado de forma brillante de la adolescencia, el “frenesí adolescente”. 
Esta impetuosa pertenencia a un grupo de pares con códigos de vestimenta, corte de pelo, gustos musicales y larguísimas salidas a vagabundear por la calle o los “boliches” suele preceder al temido momento en que el sujeto deba encontrarse a solas con el compañero sexual para encarar el ansiado y temido encuentro sexual. El coito, al que Lacan , dada su importancia simbólica (reproduce la escena primaria en que cada quien fue concebido) llamara coiteración es sumamente difícil de abordar (razón por la cual muchas veces se lo fuerza para "trivializarlo" "curtiendo" con cualquier "flaco" o "flaca" para que de una buena vez haya sucedido). Cuando el verdadero quid de la cuestión radica en estabilizar algún lazo con el otro bajo la forma de algo parecido a un noviazgo.
 La pertenencia a estos grupos suele estar acompañada de “transa” esto es, entregarse a escenas de besos y algún que otro toqueteo que, para sorpresa del adulto no implican compromiso alguno (ningún chico considera a otro “novio” por haber “transado”) ni preceden al acto sexual, que puede postdatarse indefinidamente.
Además la jerga adolescente que cunde en estos grupos "frenéticos", que cambia año a año, pretende dejar fuera a los adultos que nunca estamos seguros de comprender la nueva acepción de un vocablo o un neologismo hecho ad hoc para que no comprendamos lo que sólo comprenden entre ellos.En estos grupos el adolescente encuentra una comunidad de sostén donde guarecerse.
Hostigar la pertenencia del hijo o hija a uno de estos grupos es manifestar no comprender cuán necesario resulta, en esta etapa, tener "el grupo" que acompañe al chico en el trance por el que atraviesa.



Los códigos comunes que comparten le ofrecen algún amparo para mantenerse a flote mientras van saliendo de a poco los mentados títulos del bolsillo. Por ello resulta clínicamente importante no sumarse a la eventual ansiedad de los padres, quienes ven a su antes angélico niño enredado en estas pequeñas hordas de las que necesita vitalmente.

La verdadera situación preocupante la constituye el aislamiento y la falta de pares durante ese período crucial de pasaje.


Comentaremos aquí un recorte clínico al que ya nos hemos referido en otros lugares[1]. Se trata de un muchacho que consulta en la adolescencia, cuando está volviendo a pasar, según la certera definición de Freud, por el segundo despertar sexual, reinscribiendo  los tiempos de la falta transitados en la primera vuelta edípica. En esa primera pasada ningún niño precisa poner a prueba en lo real la solidez de las adquisiciones de la primera vuelta. El encuentro con el Otro sexo y las responsabilidades del engendramiento, dado que en la adolescencia “el individuo pasa a la especie”[2], quedan por fuera del horizonte del niño.Cuando llega el momento de estas verificaciones en lo real, suelen presentarse desajustes importantes de los equilibrios precarios que se habían logrado la infancia. Así le sucedió a un joven que me consultara hace ya varios años, enviado por un tío analista, preocupado a la vez por la "locura" de su sobrino y por la inacción de sus padres.En principio, este joven se presenta  exhibiendo un personaje de éxito. No era falso, dado que se trataba de un muy buen estudiante,  de un deportista solvente, y de un galán que tenía muchas mujeres.
Hay algún matiz de exceso bizarro en su relato: en Ciencias Exactas cree que podrá descubrir "las relaciones formales de la sustancia extensa y la pensante"!  Ahondando interrogamos esta extraña afirmación: en verdad quiere demostrar la existencia de Dios de alguna manera que le resulte irrefutable. No logra creer, y no puede aceptar que "con la muerte se termine todo".

En su instituto de artes marciales debieron varias veces detener una pelea deportiva porque tendía nuestro héroe a hacerlas virar en una pelea a muerte.

Su personaje de galán había producido algunas refriegas en su barrio porque no podía dejar fuera de su alcance a algunas chicas de sus íntimos amigos...
Relata algunos sueños, que no suscitan asociaciones: con mares, oleajes tempestades.Pero que, lejos de producirle temor, le parecen "fantásticos", energizantes, exaltantes.Esto resultaba paradójico porque en general no se toma un turno con un analista para contarle lo bien que andan las cosas.
Por mi parte yo comenzaba a barruntar que la preocupación de su tío era justificada.Tardó mucho, realmente, en comentar qué lo hacía sufrir. Estaba evidentemente probando el territorio transferencial, básicamente en el sentido de poder establecer si me sumaba yo a la corte de partenaires fascinados con su carismático personaje.
En efecto pertenecía a un grupo “frenético” de pertenencia, donde chicos y chicas se encontraban en las calles del barrio y muy frecuentemente en la terraza de su casa. Allí bebían un poco más de la cuenta, fumaban algún “porro”, comentaban sus hazañas deportivas o las características risibles de los adultos y… transaban. El, por su parte, "curtía" bastante. Con muchas. Con todas las que pudiera. Ninguna lograba ese valor añadido que despertara su amor. En este grupo ocupaba el lugar indiscutido de líder.










Su madre parecía no ver ni las latas de cerveza, ni las botellas vacías de vodka, ni las colillas de cigarrillos...ni de porros. Su padre ni siquiera se molestaba en subir a la terraza.Cuando se siente seguro de que no me ha deslumbrado pero que tampoco lo juzgo, puede comentar que en realidad en medio de esta vida de éxitos tenía momentos de crisis muy complicadas, muy graves.
En medio de éstas, afirma, todo se le hace “gris” (guarde el lector el dato de esta pérdida de color) y padece una angustia demoledora.

Se trata de una angustia que lo inunda, no de la angustia señal que a todos nos permite orientarnos en la existencia.

En medio de esas crisis, donde él ve todo gris y donde se anega de angustia, una voz, cuyo estatuto me costó determinar (deduje luego de un tiempo que no se trataba de una voz alucinada, sino de una voz superyoica) le espeta: “sos impotente, sos maricón, vas a perder un ojo, vas a perder un dedo o un brazo” y “Dios no existe”. 

En medio de estos derrumbes subjetivos, este joven mujeriego y brillante científico en ciernes tiene serias dificultades para estudiar y para “levantarse minas”.He aquí el motivo de su pedido de análisis. Es claro que la integridad de su cuerpo viril y su identidad sexual están amenazadas. Y que la existencia de Dios guarda una relación enigmática con esta amenaza.
Lo que va a desplegar en análisis es típico: un ligamen excesivo con su madre, a cuya falta –localizada correctamente, según lo planteado bajo los conceptos que venimos desarrollando, nuestro joven ha suturado demasiado plenamente.
Este joven realizó en exceso la identificación al significante fálico y a la imagen yoica ideal. Preso en la sublimidad, cautivo en la atmósfera del pleno del ser, sus apasionadas relaciones con las chicas no encontraban adecuada resolución. Este joven ingresó excesivamente en la equivalencia “yo soy tu falta”.
El trabajo analítico dejaba colegir que funcionaban en él, si bien puestas rudamente a prueba, las letras obtenidas como títulos en el curso identificatorio. Su decir estaba ordenado por la significación fálica, que hace que toda la cadena simbólica se refiera como referencia a un punto agujereado umbilical. Esta direccionalidad hacia un nudo vacío asegura que no se esté en el delirio.
Además pudo desgajarse, en medio del análisis, como en seguida veremos, el trazo unario que le permitía separar de los dichos del Otro la temible holofrase, con una rara transparencia. Es decir, que también contaba con su S1, producto de la identificación a lo simbólico del Otro real. Pero este tiempo se lo adeudaba más a su abuelo materno, a quien quería y respetaba muchísimo, y cuya muerte lloró con sincero pesar; que a su propio padre.
Por este último sentía un desprecio indisimulado ya que lo consideraba una suerte de caricatura autoritaria del pater familias. Puro grito, puro ejercicio de chantaje económico. En efecto, este hombre muy rico supeditaba la entrega de dinero a todo tipo de deals  degradantes para con su mujer y sus hijos. Nuestro joven no había advertido, y no advertiría hasta bien establecida la transferencia y bien entrado en análisis, en qué medida su madre participaba de esta estructura extorsiva.
La mamá no era una mujer ni perversa ni especialmente incestuosa con el chico, sobre todo en la primera infancia. Veremos más tarde qué paso en la entrada a su pubertad. Pero si se transformaba en una madre seductora e inductora de una inmensa fijación de este chico con ella (y esto sí, desde la infancia), no era tanto porque lo sedujera directamente a él, aun cuando, por así decirlo, se pasara un poco de la raya con los mimos y con ciertas proximidades físicas.
El factor inductor de esta fijación era otro ingrediente mucho más poderoso:  esta madre rechazaba sistemáticamente al padre. Lo rechazaba rudamente en el plano erótico. Y exhibía ante quien fuese, inclusive frente al hijo, este rechazo como signo de superioridad. Le daba  vuelta la cara, fruncía el ceño y muchas veces estas muecas solicitaban y obtenían la explícita complicidad de su hijo.

Para conseguir fondos para una viaje, una compra importante de ropa, joyas o autos la madre “se dejaba”, jugaba el juego de “gatita” con el marido. Sistemáticamente repetido este ritornello en escenas domésticas, quedaba destruido en la base la mínima posibilidad de respeto por el padre, quien por supuesto no era inocente en toda esta triste trama.
Este hombre resultaba indigno en su rol de varón de la madre. En esas condiciones no estaba habilitado  para desplazar normativamente a su hijo de la posición en la que se hallaba de saturar de forma excesivamente plena la falta de la madre. No podía acreditar él mismo título alguno creíble para hacerse cargo de poner fuera de cuestión para su hijo la garantía de la satisfacción del hueco de la madre, ocupándose él de la tarea.






Punto 3

La reconstrucción de la neurosis 

infantil y la crisis puberal inicial


Un sueño de particular importancia


Revista literaria adolescencia




Esta falta de respeto por el padre edípico tenía una pesada estela de consecuencias en la percepción de nuestro joven sobre el género femenino. Si su padre, de quien la madre no se divorciaba aún despreciándolo ostensiblemente, no significaba nada para su mujer…¿qué rol le cabría a él en relación a las mujeres, por las que sentía una profunda atracción sexual y una no menos profunda desconfianza?

¿No habría de caberle a él mismo el rol de tonto enamorado de quien se habrían de burlar a su turno? Como salida ante esta angustiante encerrona le quedaba la conducta de Don Juan, consumiendo mujeres una tras otra y entrando en pánico cuando el amor tocaba su puerta.

El coito, en efecto, en este joven, jamás formaba parte de una elección de “novia”, de una estabilización, aunque más no fuera parcial, del objeto femenino en su fantasma.De hecho su madre contribuía a esta conducta subsidiaria de la degradación de la vida erótica. Ella no encontraba inconveniente alguno en que su hijo, al igual  que su hermano menor, tuvieran “minitas”. Pero se ponía “loca” si alguna amenazaba devenir novia. Si una mujer de sus hijos, además de ser deseada sexualmente, era amada, habría problemas, y muy serios, con la madre.
Entrando en su pubertad el muchacho recuerda su extrañeza y aún el miedo que le produjo la reacción desmesurada de la madre cuando propuso invitar a una vecina de barrio. La madre los había sorprendido dándose "piquitos". Cumplía trece años y conoció por primera vez esa faz de su cariñosa madre, admirativa, siempre aliada a él.

 
Pero más grave fue lo que sucedió más tarde cuando su hermano apenas menor llevó un chica a la casa nombrándola como novia.
Recuerde el lector que en la terraza de su casa pasaba literalmente de todo entre chicas y muchachos.Pero esta chica no se limitó a "pasar" por la terraza. La madre, otra vez, enloqueció. Decretó que era una interesada en "engancharlo". Que lo quería por el dinero de la familia. Y que era una cualquiera. Una chica fácil. Una verdadera puta. Nótese cuánto puede endilgársele al otro lo que uno mismo tiene en el centro del propio ser...
Brujas, fotografías pinchadas, conjuros fueron esparcidos por esa casa de holgada clase media profesional. Pero lo verdaderamente grave es que junto con la madre nuestro don Juan urdió el plan que lograría la plena demostración de esos dichos. No sin gran esfuerzo logró llevarla a la cama y tener con ella una relación sexual.
Allí comenzaron las voces superyoicas de las que hablamos en el apartado primero. Esa vez recurrió a un expediente frecuente cuando el dolor psíquico resulta intolerable. Cortó la piel de su antebrazo con un filo. Trocó el dolor en físico. SE castigó y aún así erró el blanco: no era esa la superficie por donde debía pasar el corte. Luego hizo bendecir, en ausencia de la familia, a su casa por el párroco ante quien se confesara para tomar su comunión. Un padre, le hago notar, a quien llamó en el límite del desmoronamiento de su estructura.Este caso demuestra, como tantos otros, hasta qué punto la adolescencia es un momento fecundo para que un error en el entramado de la estructura se verifique y se haga oír sintomáticamente.

 
Este joven no era psicótico, pues contaba con un muy aceptable juego con el objeto, que tuvo la chance de ser variado y disfrutable en la infancia, pero súbitamente degradado cuando fue el tiempo de ser depositado en la figura femenina. El margen de juego infantil le permitió haber podido leer la traza que representaba, en la madre, el deseo de ella, a través de las vueltas de la repetición. Por eso mismo es que tuvo la posibilidad de darse el recurso de llamar a un "padre" que bendijera, que diga bien a su casa.Había, pues, llevado a cabo una lectura y por cierto una lectura neurótica de su rasgo unario. Lo que no implica que pudiera utilizarlo en ese entones como nódulo de su ideal del yo. Nos detendremos más adelante en ello. Puede demostrar esta capacidad lectora el relato de un sueño soñado apenas se inicia el análisis, es decir, cuando la transferencia se establece, luego de un largo período de entrevistas preliminares.
Este sueño muestra cómo él había localizando la traza común en las demandas de la madre.
Comenta el sueño: “Yo entraba al garaje. Me impactaba el azul, era un azul espectacular”. Se detiene largamente en describir ese azul. Lo interrumpo e, interrumpiendo el relato fascinante,  lo interpelo: ¿qué era azul? “El auto. Veía mi auto, es de mamá, pero lo uso yo. Hay tres autos. Este lo uso yo. Veía el auto azul y subía al auto, pero el auto andaba solo, era terrible, iba marcha atrás a toda velocidad. Lo intentaba parar con el freno, pero no frenaba. Después con el freno de mano, pero tampoco andaba. Con la palanca de cambios tampoco. Yo estaba desesperado, seguía marcha atrás. De pronto salía despedido del auto. Me tranquilizaba. El auto se caía en un pozo en forma vertical. Yo corría preocupado a ver si había quedado entero. Estaba ahí, entero, azul. Me desperté”.

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Pido que asocie con lo que se le ocurra alrededor del sueño.

Asocia con el azul, color preferido de su madre, quien trata de usar, siempre que puede, el azul. El agua del mar, que remite a confusos sueños fusionales con el mar relatados en las primeras entrevistas, también es azul.El auto es un regalo de cumpleaños, pero no pusieron el auto a su nombre. Se podía, dice, pero no sabe qué problemas surgieron. Me pregunta, algo avergonzado: ¿total es lo mismo que esté a nombre de mamá, no?
Puedo interpretar entonces: “Es lo mismo ser un “marcha atrás” que estar en mamá, a su lado, sin ponerle freno, total es lo mismo?
Esta interpretación constituirá el eje de todo un largo tramo del análisis, donde comienza a hacérsele claro el por qué de las admoniciones de la voz superyoica. La interpretación va a girar sobre si es lo mismo ser un “marcha atrás”, alterando angustiosamente la identidad sexual (pero a la vez, evitando a todas las mujeres, evitar a su propia madre, o estar con mamá, a su lado. Azulado, sin poder ponerle freno. Lo que interpreto es una relectura de una lectura que ya estaba articulada en su sueño. Fue él mismo quien pudo aludir a esta traza “ a su lado” organizada delicadamente en el trabajo del inconsciente.
El ya había leído la  traza común en cada una de las demandas de la madre. Que estudie, que llegue temprano, … o tarde porque le interesa tener un hijo “piola”, que fume menos… pero para ella, dado que quiere que no tenga novia.
Todas esas demandas tenían un trazo común: “ella me quiere a su lado, le gusta el azulado”. Esta lectura asegura que el chico es neurótico. Lo cual no asegura, para nada, que haya salido airoso de las impasses de las neurosis, ni que haya dado curso a la plena asunción de las responsabilidades y los goces de la elección de partenaire  sexual.
Porque no había podido aun, y tardaría bastante tiempo de análisis en hacerlo, hacer de este rasgo el núcleo de su ideal, utilizando el “a su lado” para hacer de marco al vínculo con una mujer de la que pudiera decir el performativo “tú eres mi mujer”.
En efecto, este muchacho había accedido al coito, pudiendo extraerse por momentos del grupo de pares para encontrar al Otro sexo en el coito.
Y el Otro sexo no puede sino encarnarse en otro que oficie de compañero en ese trance iniciático que es el “acto” sexual. Acto humano por excelencia, dado que repite (y por eso Lacan lo llama en L’étourdit coiteración[1]) la escena primaria en que cada uno fue engendrado.

 
Pero, a pesar de haber iniciado sus relaciones sexuales, volvía disparado como un resorte hacia su grupo de pares, puesto que se le hacía insostenible elegir como “novia” a una chica.  No podía sino persistir en la insistencia de sostenerse en ese grupo, a pesar de haber pasado el tiempo lógico esperable de apoyo en esa instancia. Su grupo de amigos en el cual, no lo olvidemos, ocupaba el lugar de líder, de excepción; no podía ser recambiado por la elección de una mujer con la que estabilizara su relación al otro. Seguía entrampado en su fantasma en complacer al Otro, su madre.
Es de subrayar cómo él se aseguraba en su sueño, en el límite mismo del despertar, que el auto azul quedase entero. Con el sello que asegura la cara más patológica de la neurosis, este joven quería a la vez  salir despedido del auto azul y al mismo tiempo no hacer la más mínima mella en la entereza de ese azul “espectacular”.
Por supuesto esto fue señalado en análisis. Y fue subrayado que él habría de elegir qué prefería perder: la entereza del azul o su plena identidad sexual. No por nada afirmaba Freud que, en el varón, la castración (esto es: ni ser el falo de la madre ni, para ella, tenerlo) viriliza.
Lo que el análisis añade, y no es poco, es la posibilidad de liberar la traducción preconsciente de la traza que el sueño ya había urdido para que el sujeto decida si es que quiere aquello que desea, dejando de lado la parte de yo que él ofertaba a esta demanda. Liberando su yo del rol de tapón, dejando de suturar la falta de objeto en la madre, podría correrse del temible acoso superyoico que lo acusaba, no sin razón, de ser un “maricón”, un “nene de mamá”, un dejado de la mano de Dios padre.
Este muchacho, a pesar de todo, había logrado metaforizar al estilo neurótico, es decir, mediante una transacción, el deseo de la madre. Pero esa metaforización no era refrendada por un adecuado tiempo de cambio de direccionalidad hacia el objeto exogámico. Para ello la entente sexual de los padres hubiera sido necesaria. O bien un divorcio digno y padres que eligieran una pareja con quien funcionara tal entendimiento.La traza que él desgaja, por más a su lado que lo invite a permanecer, aún así es paradojalmente es una traza de corte, porque al ser leída, aunque vehiculice un mandato de cercanía, resulta utilizable para ser usada como gatillo de la poiesis inconsciente.
 “A su lado” (azulado) nombra el deseo de la madre, que, una vez nominado, deviene más manejable, menos aspirador del entero de su ser. El falo, significante al que este muchacho, desde niño, tendía a  identificarse al cien por cien, así como su yo ideal intentaba cubrir totalmente el fondo del espejo que es el Otro, va a aparecer, luego del tiempo metafórico, como algo que opera en nombre de la traza paterna.

En la adolescencia, la inhóspita cohabitación de la metáfora lograda con el pasaje fallido al objeto exogámico estallará en las severas crisis de grisura (ya no hay azul), la angustia abismal y en las temibles admoniciones superyoicas.Este muchacho se encuentra tironeado entre la eficacia y la ineficacia del padre edípico, tironeo en medio del cual queda cautiva su identidad sexual. Y este fracaso, preparado sin dudas desde su infancia, recién puede estallar como severa crisis durante el tiempo lógico de la adolescencia.La castración no se había retraducido aún en este muchacho, tal como hubiera debido suceder, como herida narcisista. Como la asunción de la castración plena, tal como comentábamos, viriliza, el efecto de esta falla se traducía en esa sensación de insuficiencia en tanto que hombre que lo ponía tan en crisis.
El trabajo de análisis construyó trabajosamente la zona eludida de la castración, intentando llevarla a cabo en transferencia.

Para ello, este joven tuvo que “aprender” a utilizar la misma traza “a su lado” para el juego exogámico. Intentando, con una mujer que pudiera amar, intentar estar “ a su lado”.

Recién en medio de su análisis el rasgo unario pudo ingresar al núcleo de su ideal del yo, bien separado del objeto, al que pudo depositar en una figura femenina no degradada, sino también amada.
Años después, el análisis terminaría con nuestro héroe de novio, trabajando, pero aún con dudas sobre el amor de su futura mujer.
Señalándole que aún faltaba un tramo de trabajo, nos despedimos de muy buena forma. Yo, por mi parte, afirmé que siempre estaría dispuesta a escucharlo si volviera a necesitar un tramo más de análisis.
En efecto, tal como consigné en el artículo "Creer allí. De lo que no es capaz el ADN", que figura en esta página web, el muchacho devenido hombre pleno volvió a pasar por mi consultorio y necesitó otra vuelta de análisis. Esta vez pudiendo desgastar de profunda desconfianza del objeto femenino... y de sí mismo que, atenuada, retrabajada, y comparativamente aceptablemente superada, le había permitido llegar al puerto de la paternidad.


Revista literaria psicoanálisis paternidad





Punto 4

Avril y la dificultad de la iniciación 

sexual


Reflexiones estructurales sobre la 

adolescencia


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La Maga-Rayuela


Escuchemos ahora un breve fragmento de la consulta de Avril, una jovencita que consulta apenas después de terminado su secundario. Un fondo de angustia es permanente en ella. No logra "tener novio". Bellísima e inteligente, teme carecer de atractivos suficientes para que un chico "la tome en serio".



Acaba de comenzar una exigente carrera universitaria. Ama lo que debe leer y estudiar, pero posdata hasta el límite las fechas de exámenes cruciales para ir pasando su ciclo básico. Arriesga siempre no llegar a la fecha. "Se cuelga" con su grupo de amigos. Cuando alguno de ellos la llama pidiendo una oreja amiga, puede pasar una noche entera (sic) charlando. Además se divierte mucho con este grupo de sesgo intelectual, irónico, cultores del arte y la política. Egresó de un colegio del que se supone emerge la intelligenzia argentina. Allí se siente segura y valorada. A solas con un hombre la devoran sus miedos y pierde su aplomo.Como suelo hacerlo, al pasar, le pido que me cuente cuándo comenzó a sentirse así. Repasa mentalmente su vida. Con seguridad al ingresar a este colegio, aunque cree percibir que era una niña un poco angustiada, demasiado pendiente de las necesidades de sus padres. Le hago notar lo extraño que resulta que una nena tan chica crea poder tener que asegurar el bienestar de dos adultos plenos, profesionales establecidos. En eso, no se había detenido a pensar nunca, tan natural que le parecía la situación.

¿Qué había sucedido cuando ingresó? En ese año sus padres se divorciaron.
Comenta largamente la pesada disputa entre sus padres, iniciada cuando, sin que pareciera que las cosas anduvieran mal (dato que más tarde en análisis veremos que no reflejaba la verdadera situación, pues había pesados indicios de malestar conyugal que la familia pasaba por alto), decide el padre, unilateralmente, divorciarse.



La madre toleró tan mal esa separación que no vaciló en llorar día a día en los brazos de su hija, desesperada, como si la pequeña pudiera sostenerla en ese trance.

Esa mujer no se sentía solamente dolorida. Actuaba como un ser humillado, vulnerado y carente de futuro. Profesional sólida, intelectual que comenzaba a hacerse conocida, se daba por perdida. Tenía apenas 40 años!
El padre, un buen hombre, estaba sin embargo tan seguro de cada opinión que emitía que creía entender a su hija sin la menor duda, saber qué le pasaba y por qué; y no vacilaba en atribuir a la “locura” de la madre todo lo que a su hija le pasaba. En la ecuación que presentaban Avril y sus malestares, el padre resolvía despejando la x con certeza: la madre era la causante.
Hombre que había iniciado un análisis antes del divorcio, creía que su condición de analizante lo habilitaba para tener siempre a mano una “interpretación” para lo que a su niña le sucediera.
La hija, que lo amaba profundamente, no encontraba, sin embargo, alguna hendija de sin sentido donde el padre pudiera tomarla como enigma, ni por ende involucrarse con alguna pregunta acerca de que lo a él mismo le concernía en cuanto a lo que a su hija la aquejaba. Esta chica tardó mucho en poder poner en cuestión a su padre, porque él mismo dejaba deslizar que amarlo implicaba sine qua non acordar con sus dichos, sus ideas sobre el mundo, la política, el estado del planeta...y sobre nuestra atribulada jovencita.
La depresión larguísima e irresuelta de su madre, quien no vacilaba en variar desde la posición de humillarse frente al padre rogándole que volviese a su lado hasta el ataque judicial más inopinado para exigir alimentos para sus hijos y para ella, disputa sangrienta que duró años, dejaron a Avril con la convicción de que una mujer que pidiera algo a un hombre devenía algo así como un personaje lamentable y patético. O peor, viraba a bruja reivindicativa y sanguinaria.
El análisis de esta joven permitió rastrear más atrás, en la primera infancia, cuán insoportable le resultaba la posición de su madre frente a su hombre. Dependiente y poco femenina, demandante y poco “autónoma”, en fin nada que la niña quisiera tomar como escalón identificatorio. Y todo esto, como comentáramos más arriba, de parte de una sólida profesional con un nombre que comenzaba a perfilarse en su disciplina.

Beautiful young woman playing hopscotch with a red dress 
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Esta mujer recubría con una gruesa capa de ideología "de género", feminista por supuesto, los problemas que sin dudas le impedían la coquetería, el encanto, el savoir faire más elemental en la misión que Cortázar nombrara de forma deslumbrante en su inolvidable personaje femenino: la Maga.Maga: la que transforma un apéndice sin tono ni erección en un vibrante falo deseante, erecto y firme... Lejos de ser una tarea degradada es la inconmensurable ventaja de una feminidad bien llevada. Darle al hombre el falo. Dado que por sí mismo, no lo tiene. A toda esta sencilla argumentación la madre no tenía la menor posibilidad de arrimarse. Como suele suceder, cuando un sujeto se agrieta, cuando no comprende, cuando no acepta un límite y busca una solución válida; recurre, como su madre, al expediente de justificar ideológicamente rellenando la grieta con la pegajosa goma ideológica, despachando la cuestión...a la generación siguiente.



Descuidada, afeada, mal vestida teniendo los recursos económicos y culturales para hacerlo bien, la madre, desde que Avril era muy niña, afirmaba que no iba a rebajarse a intentar complacer al macho. En fin.
Esta mismísima señora es la que rogaba a su marido que volviese, llorando en brazos de su hija.
La confusión de la niña no tardó en plasmarse, durante la adolescencia, como un activo rechazo a asumir roles “femeninos”. Confundía, en efecto la feminidad con la postura degradada de su madre. Y esto a pasar de ser, como dijéramos, una joven muy bella e interesante a la que le atraía claramente el otro sexo.
Como venimos subrayando, esta combinatoria ya preparada durante la infancia, emerge como crisis recién en su adolescencia. Y no sólo, como en principio creía la niña junto con su familia, a causa del desgraciado divorcio de los padres, sino motivada en la puesta a prueba de las identificaciones que había sellado su infancia y que se demostraban insolventes en la adolescencia para respaldar su entrada en el juego sexual.
Cuando Avril llega a consulta ha llegado a un impasse: pertenecía a un nutrido grupo de jóvenes brillantes e intelectuales (y esta intelectualidad era aprobada por su padre vehementemente, dado que él es un hombre culto y dedicado a la cultura). Es en este grupo que ella encontraba un sostén y un amparo para su pregunta angustiada y casi no formulada: ¿qué es una mujer? ¿una pobre cosa humillada como la madre? ¿qué hacer para dar curso a su deseo sexual, dirigido claramente a los varones cuando ella misma, por otra parte, se sentía un varoncito “intelectual”? ¿puede una intelectual ser al mismo tiempo una “minita” (así llamaba ella a las chicas que se ocupaban de “hacer desear” a los muchachos)? ¿puede una “minita” tener alguna aspiración a la dignidad y al intelecto?


Típicamente, su ideal del yo (el intelecto, la agudeza de espíritu, la independencia de criterio) se daba de patadas con su modalidad de goce (los varones a los que hay que “hacer desear” consintiendo un tanto en ser el objeto que causa su erección).
Sin poder casi formularse estas preguntas que el análisis va a poner en claro, ella está preocupada porque no puede pasar de la “transa” con varios integrantes de su grupo, y un par de relaciones sexuales muy poco satisfactorias y con ninguna consecuencia de “noviazgo”. Esta situación la preocupaba y la angustiaba, al igual que a su familia, que veía con malos ojos que el tiempo pasara y el novio no apareciera. Caso típico: la familia reprocha al joven la situación en que ella misma la ha puesto.

Durante su análisis pudo recién ir desprendiéndose de la excesiva adherencia a su grupo y pasar a tener un novio sin renunciar por ello a sus legítimas aspiraciones intelectuales.

Descubrió lentamente, trabajosamente, que una intelectual puede también ser "la Maga".
Recién pudo, y esto es típico del análisis durante la adolescencia, reformular su ideal del yo haciendo del unario que ya había desgajado en su infancia, esa traza sinsentido que horada el todo saber del Otro.
Se trata de hallar una reformulación del núcleo de un ideal del yo que no se pusiera en cruz con su objeto de goce, los muchachos. Recién en la trama de su análisis pudo integrar la función femenina como algo digno, algo que no atentaba contra su aplomo de sujeto. La saga de las historias de amor pudo comenzar a desplegarse, y sus amigos fueron parte importante de su vida sin tomar el lugar de exclusivo puerto de amparo.
Esta chica pudo pasar del Otro al otro del amor y de la sexualidad. 


 

Los recortes clínicos que hemos elegido tratan ambos de jóvenes cuya elección de objeto fue heterosexual. No intentamos afirmar por ello que deba siempre ser así. La elección de partenaire es algunas veces homosexual, y se ha hecho ya (en el fantasma infantil, y sin corroboración en lo real) en la primera vuelta edípica. Este tipo de elección implica otro objeto en el fantasma y una configuración diferente del ideal del yo. No nos ocuparemos de esta eventualidad en esta ocasión. Pero debemos señalar que, tal como venimos afirmando, igualmente estas adquisiciones infantiles recién se pondrán a prueba en el trance adolescente. E implicarán también un pasaje del Otro al otro.

Algunas reflexiones sobre la adolescencia


¿Qué es un adolescente?
O mejor planteado ¿Cuál es el estatuto psicoanalítico par­ticular del adolescente, su peculiaridad estructural? Me lo he preguntado miles de veces porque trato con ellos todos los días en consultorio.
Escuchemos la enseñanza que nos ofrecen los recortes clínicos que hemos traído a colación (elegidos en esta ocasión por su tipicidad). Estos nos permitirán aproximar una respuesta.
Las infancias de estos muchachos fueron aproximadamente normales. Fueron niños alegres, confiados, estudiosos e investigadores, sociables.
Los problemas comienzan en la pubertad, en ese momento que Freud llama el segundo despertar sexual, el segundo tiem­po de hallazgo del objeto, el momento mítico de liberación de las "sustancias sexuales". ¿Qué pasa entonces en este segundo despertar sexual?
En la entrada en la pubertad en lo real de sus cuerpos el pubis tomará un lugar determinante. Para nuestro muchacho: un órgano (ese que Freud hace pivote del complejo de castración y que Lacan pre­destina a elevarse al significante) se hace utilizable para reunirlo en el coito a una mujer, es decir para separarlo definitiva­mente de La madre.
Para Avril su cuerpo mutado en cuerpo de mujer también la llevara a la inminencia de esa cita. La muchacha no encontrará que el soporte fantasmático del primer despertar sexual le resulte útil.

Ahora bien, desde lo simbólico ocurre algo singular: el adolescente cabalga entre dos posiciones: tiene ya un acervo do Otro simbólico, posee un tesoro significante propio, pero toda­vía su lazo al Otro real es muy fuerte y decisivo.[1]Es por eso que dependerá en gran medida de cómo el Otro Real sancione, de significantes con que ligar ese real que interrumpe masivamen­te para que el sujeto, inmerso en el segundo despertar sexual, pueda integrarlo mejor o peor, anudarlo o no, es decir ingresar­lo a la estructura.
Es a causa de este particular estatuto del Otro (entre simbólico y real) que la presencia de los padres en el análisis deberá ser cuidadosamente evaluada en cada caso singular.Así como está excluido citar a los padres cuando enfrentamos una neurosis de transferencia adulta; así como es de rigor citarlos en tiempos de la infancia, la adolescencia volverá a darnos la ocasión de toparnos con particularidades clínicas insoslayables.
No se trata, como se ha insistido con razón en el ambiente lacaniano, de que seamos “especialistas” en adolescencia. Ni en ninguna otra etapa vital, ni en ninguna estructura clínica. Pero sí se trata de singularidades que no pueden dejar de tenerse en cuenta para abordar estos casos por poco que se tengan en cuenta las peculiaridades del momento lógico que este tiempo del sujeto le hace transitar.
No somos especialistas. Pero algunos tenemos una práctica que, formalizada, puede arrimarnos a algún mejor savoir faire.
Los padres serán citados cuando la cura así lo exija, sea porque son estos los que consultan preocupados por sus retoños, sea en medio de la cura cuando, en lo real, se hallan en posición de dificultar algún alcance de importancia para sus hijos que dependen aun en lo real de ellos. No puede descartarse de plano, como muchas veces se escucha afirmar, la presencia de los padres, aunque esporádica, de la escena analítica.
La asunción imaginaria de los cambios corporales depen­derá profundamente de la respuesta que llegue desde el orden simbólico. Respuesta que podríamos situar en el mejor caso en el standard: "Ya sos un hombre". “Ya sos una mujer”. Respuesta que nuestra cultu­ra, al no fijar un rito de iniciación, deja en el margen del equívo­co. En las sociedades llamadas primitivas este rito se encarga de sancionarlo sin dudas.
Este cambio en lo real, con el reacomodamiento de regis­tros que implica, prepara una verdadera reformulación edípica, es por eso que el propio Freud dirá que es la represión del in­cesto la que se renueva. Es decir que nos hallamos en un pe­ríodo donde la estructura espera una ratificación o un verdade­ro caos.
Los cambios son enumerados por Freud en sus tres ensayos.  En sus términos diríamos que el cambio en el cuerpo y la sanción del Otro obligan a:
a.            Encontrar un nuevo fin sexual: el coito, abandonando total o parcialmente la masturbación infantil. La sexualidad va a entrar por vez primera a convocar a lo genital. Esto obliga a:
b.  Encontrar un nuevo objeto, ya no el Otro sino algún otro, lo que trae aparejado como consecuencia inmediata la exogamia, en todos los planos y en todas sus consecuencias;
c.             Tratar de unir las corrientes tiernas que quedaron adhe­ridas a los padres y las corrientes sensuales que se dirigen a una mujer o un hombre, para no caer en la degradación general de la vida eróti­ca.


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Lacan afirmó en L’étourdit que el órgano peneano se ha de elevar al significante. Para niño y niña esta “elevación” al símbolo deberá tener lugar. Ofrezco a discusión la tesis de que hay dos tiempos de elevación del órgano al significante. Lo que equivale a afirmar que la ins­cripción del significante fálico tendría dos momentos privilegia­dos:
1° ) el de la conclusión infantil del complejo de Edipo;
2°) el de la crisis puberal.
Entre ambos momentos el significante fáli­co espera en souffrance para asegurar su papel ordenador el nachträg de la pubertad.
Cuando este segundo tiempo se encuentra con “turbulencias” (que no pueden no faltar a la cita)  se hallan trabados los pasos que Freud enumerara.
a. Nuevo fin sexual: coito. Nuestro muchacho sólo lo hace bajo la premisa de una fuerte degradación de la vida erótica. Nuestra muchacha apenas puede encararlo, y sin disfrutarlo.
b.    Nuevo objeto. La madre de nuestro protagonista "enloquece" si hay novias o chicas a la vista. Y él consiente en no tomar ninguna como “novia”. Avril prefiere conservar un apego y una identificación excesiva al padre. La endogamia aun prima.
c.   Unión de tendencias tiernas y sexuales. Nuestros muchachos no pueden aun amar a quienes colocan como objeto sexual, se refugian, aunque con angustia, en la degradación de la vida erótica. Y en sus pares, amigos, "transas" sin consecuencias.


Esto explicaría por qué los brotes psicóticos se inician electivamente en la adolescencia.
Aclaro que para que haya un verdadero brote psicótico es necesaria una grave falla en la primera inscripción fálica. De todos modos es notable que el brote se desencadene cuando debiera por lo menos rectificarse la inscripción fálica fallida.
Volvamos ahora a la frase que inicia el  Punto 1 de esta serie de reflexiones: siguiendo el hilo de los argumentos que vamos desgranando podemos colegir por qué Freud sitúa en los dos picos de despertar sexual algo de impor­tancia estructural suficiente como para ponerlo en la lista de las cosas específicamente humanas.





[1] Pueden hallarse referencias a este mismo caso en De la práctica analítica. Escrituras Ed. Vergara Buenos Aires 1994, capítulo N° 1, y en Los discursos y la cura Ed. Acme-Agalma Buenos Aires 1999. Capítulo dedicado al discurso del analista. Ambos por Silvia Amigo.
[2] Así lo afirma Freud en sus “Tres ensayos para una teoría sexual”.Obras Completas  Biblioteca Nueva. Madrid 1972.
[3] Lacan, Jacques L´étourdit Scilicet N°4 du Seuil. Paris 1973. Allí re refiere Lacan a la repetición (iteración humana por excelencia) que implica el coito. Se trata de la repetición de la escena primaria, donde fue gestado el propio sujeto.
[4] Puede consultarse también, a ese respecto De Silvia Amigo “Clínica de los fracasos del fantasma” Homo Sapiens 1999, segunda edición 2002. En particular el capítulo “El despertar de la primavera”
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