¿Sobre qué cuestión clínica no engaña la angustia? (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

¿Sobre qué cuestión clínica no engaña la angustia? (Psicoanálisis)

viernes, 21 de abril de 2017 0 comentarios

Invitada por gentileza de Alberto Santiere a escribir en la recién aparecida edición de la revista Imago-Agenda dedicada al tema de la angustia, decidí escribir sobre dos valencias de ese fenómeno clínico. Para ello traté de ver cómo, rescatando de Freud el valor que el analista vienés le daba a la angustia como afecto displacentero pero también como señal de alarma en el yo para alertar al sujeto de un peligro al que deberá hacer frente pergeñando algún recurso, comencé por realizar un breve paneo sobre la emergencia del concepto en Freud para luego ver cómo Lacan, dedicándole un seminario entero, la revisita. Es en Lacan que se puede seguir más claramente cómo la angustia es a la vez un fenómeno clínico “patológico” (por así decirlo) así como también, como afecto que no engaña, se torna Nombre Real del Padre. De ahí su valor “estructural” y estructurante. Esta doble vertiente (la “patológica” y la “estructural”) es frecuente en los términos de la metapsicología de Lacan. Lo que hace que su enseñanza no tome el bies de un adoctrinamiento, sino la cuna de fecundas paradojas. Será función del deseo del analista hacer inclinar la balanza de la angustia, dado que en esta ocasión me centré sobre este término, de un costado al otro de su doble valencia.






¿Sobre qué cuestión clínica no engaña la angustia?


Escrito por Silvia Amigo, Psicoanalista

Para Diario Literario Digital

Freud introdujo la angustia como el quantum de energía que podía desligarse de la representación que lo "sujeta" y, reprimida ésta, devenir perceptible como afecto displacentero; para más tarde hacerla señal que alertaba al Ich (recuérdese que das Ich nombra a la instancia yoica, mientras Ich al sujeto) sobre un peligro interior que debía ser yugulado progredientemente con un acto resolutivo o un "retroceso" hacia la formación de síntoma. No hay contradicción sino paradoja fecunda entre estas dos formalizaciones. La angustia es un afecto displacentero cuyo representante el sujeto no puede localizar. También una señal para que el sujeto prepare una solución sintomática que interprete psíquicamente ese enigma o, de estar en condiciones de poder actuar, diseñe un acto que "arranque a la angustia su certeza". En ese último sintagma reconocemos ya al lector francés del maestro vienés. Certeza. Esta palabra fuerte es usada comúnmente para señalar un bies paranoico en quien la esgrime. Sólo que también sabemos que el conocimiento opera por interpretación de hechos en nada ligados aparentemente entre sí. Por ende adquiere también una tonalidad paranoide. La magistral frase de Freud dirime esta cuestión espinosa. Afirma: "Yo (el analista) triunfo donde fracasa el paranoico". Esto es, a nuestro juicio: el analista sabe dónde ya no puede seguir interpretando. Dónde lo real opaca la intelección y obliga a detener la interpretatividad. Entonces la angustia, tanto la de desprendimiento de quantum como la señal, siendo afecto propio de la neurosis, como certeza que no es paranoica ... ¿es señal que no engaña sobre qué fenómeno clínico?
Lacan dedica un año entero de seminario al afecto angustia[1]. Refuta así a André Green, quien lo acusaba de intelectualizar demasiado fríamente el fenómeno tan "humano"  del que se ocupa el psicoanalista (el sujeto y su padecimiento mental), descuidando los afectos. Lacan le responde en acto. En ese año se ocupa centralmente de la angustia. No sin dejar de nombrar el impedimento, el embarazo, la emoción, la turbación, amén del amor tierno y sexual, de deseo, de goce, para dejar para más adelante a la vergüenza de la que tratará ampliamente en el seminario El reverso del psicoanálisis. Claramente, sí le interesaban los afectos. Sólo que dará a la angustia un rol central, nodal. Dado que la hace "el afecto que no engaña". A la vez despliega por primera vez en ese seminario, que sería el último que dictara completo dentro del grupo Societé Française de Psychanalyse, escindido de la Societé psychanalytique de Paris, una teoría del objeto a. La escisión fue liderada por Lagache, Dolto y Lacan entre otros y negociaba su entrada en la I.P.A. en ese año crucial. Era una cuestión angustiante obtener ese reconocimiento. De ahí la respuesta al didacta Green, cuya "acusación" implicaba un mar de fondo muy espeso. El escollo de esa admisión que se retrasaba era el modo de clínica y la enseñanza impartida por Lacan, este didacta que no se encuadraba en el relato oficial de los post freudianos.
El seminario es luminoso. Se ocupará de la angustia rescatando su carácter "no sin objeto". Y la hará certera señaladora del momento en que al sujeto se le presentifica el deseo del Otro no sabiendo él mismo si en su imagen (reflejada en el espejo plano que figura ese mismo Otro) acaso no se dibuja él mismo como objeto que ese deseo podría consumir para obtener un goce no regulado "en la escala invertida de la ley del deseo". En sus veinticinco largas clases Lacan desgranará una nueva definición del objeto a, ya no como mero objeto metonímico. Y, de forma deslumbrante, explicitará cuánta razón tenía Freud al insistir en que si el pecho, las heces, la mirada se hacen objetos perdidos, sólo alcanzan esta dimensión de falta a posteriori de la eficacia de la castración fálica. Sin el intermedio de la cual sólo serían objeto de la demanda al Otro (el seno) o del Otro (las heces), o del deseo al Otro (la mirada) a ser consumidos sin pérdida alguna. Es sólo por el efecto de esa retroacción que cada uno de esos objetos se hace un objeto cuya falta motoriza al deseo. Lacan ha de agregar al objeto voz, como testimonio del deseo del Otro. No es la ocasión de detenernos en un compte rendu de la lectura del seminario. Sólo agregaremos que unos años más tarde Lacan estará en condiciones de poder acercar una figura topológica a cada uno de los objetos.


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Los de la demanda: la esfera hendida para el objeto oral. Esta figura,  bastante descuidada, merecería un trabajo específico que muestre la devastación de la oralidad no retrabajada por la retroacción parcializadora de lo anal y la falta que le imprime lo fálico. De ese devorar (el ser del Otro, pues lo oral no apunta sólo ni principalmente a la comida) testimonia el rock Peperina: "te amo, te odio: dame más!". En efecto el "dame todo" se hace "nada" en cuanto es otorgado. Para lo anal: el toro con los giros de la demanda del Otro, donde el sujeto "se extravía" en las vueltas demandantes no pudiendo advertir que saltea el cómputo del agujero del deseo.



El "objeto" fálico. Cuya pérdida, vía castración, hace de éste el significante "marcador" del objeto faltante. Pues de no faltar operaría una cópula que con el Otro haría relación. Significante cero figurado también en el objeto sagrado de los misterios: desde la antigüedad el falo velado señalaba el lugar copulatorio de goce total que sólo los dioses podían experimentar. Estando el humano excluido de acceder para entrar en la cultura. La hybris, la desmesura, el querer "jugar a los dioses" creyendo que esa cópula es alcanzable, desencadenaba en Atenas la tragedia. La clínica nos muestra la vigencia del estrago trágico de ese no aceptar ningún quite al goce.


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Los objetos testimonios del deseo. La mirada, encuadre (fuera cual fuera el objeto de fijación) que da el pertinaz marco escópico del fantasma, cuya figura topológica es el cross-cap. La voz, indicial del deseo del Otro (figurado en la botella de Klein). Estos objetos ya muestran la torsión del deseo y de su corte se espera, en el caso del cross-cap la travesía del fantasma. En el de la botella de Klein el alcance de la propia voz, la subjetivación del deseo del Otro como deseo decidido.Transitar las páginas de este seminario no puede sino enriquecer al que las lea o aún mejor las relea.



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Retomemos el hilo de estas reflexiones. La angustia, en efecto, no engaña. Nos señala que estamos frente al deseo del Otro. Y...¿por qué éste nos habría de angustiar? ¿No afirmó acaso Lacan que el deseo del hombre es el deseo del Otro? Sí. Pero sin el intermedio de la falta de objeto que la vigencia en cada momento de la vida del sujeto que la castración fálica asegura, sin la evidencia de que esa falta está operando...¿qué nos garantiza que no habremos de figurar nosotros mismos el mismísimo objeto que ese deseo pudiera deglutir? Por ello, el afecto angustia se hace "hoja de ruta" de la dirección de la cura. Porque señala esos momentos de vacilación de la eficacia de la castración fálica  donde, para el sujeto en cuestión, nuestro analizante, no está momentáneamente  vigente la falta de objeto ("falta la falta"). En ese caso, el deseo del Otro, en medio de la hybris, avanzaría sin escollos, trágicamente, para hacerse goce del Otro. Posibilidad que Lacan dejó explicitada claramente cuando desglosara cómo podría presentarse en la clínica la amenaza de este goce[2]. Pero...¿acaso no dijo Lacan que el goce del Otro no existe? Pues sí. Lo dijo. ¿Qué significa en la teorización de la Lacan ek-sistencia? Ek-sistir expresa en Lacan lo real insituable por no estar ligado a un significante presente y actuante. A un significante le ek-siste un real. Que algo no ek-sista no implica que se algo no sea, no esté, no se constate como fenómeno clínico. Por el contrario. Que La mujer o la relación sexual no existan puede argumentarse de la misma manera. Son reales que no tienen significante que los amarre.  Ello implica que no hay simbólico disponible al cual ese real pueda arrimarse para ek-sistir. Esa falta engendrará una distorsión imaginaria siniestra. Aparecerá ese registro parasitado por la imagen terrorífica de un objeto que, como Alicia[3], no hubiera debido jamás subirse a escena ni pasar del otro lado del espejo.
Si la función del afecto angustia es la de señalar un stop que no engaña frente a la eventualidad de que el deseo del Otro vire a temible goce del Otro (que no ek-siste pero opera como horizonte desmesurado) del que nos haríamos la presa, se comprende el por qué Lacan se empeña en hacerla guía de la cura, afecto que no engaña, paridora en algunos casos del síntoma resolutivo. Recordemos el caso de Juanito, donde al amarrar a su angustia el significante caballo, logró el niño una solución, transitoria pero eficaz, ante la avanzaba del goce caprichoso al que conducía el deseo de su madre y la inanidad del padre.
En otros casos resulta partera del acto, ese que, como corte topológico (del objeto del que se trate), renueva la eficacia de la castración, haciendo que el deseo del Otro, subjetivado, pase al estatuto de deseo decidido en un sujeto que al "pasar por caja", al perder the pound of flesh, logrará acceder al goce "en la escala invertida de la ley del deseo".
La única clase del seminario Los nombres del padre, es dictada cuando ya sabía Lacan que había sido objeto (situación angustiante!) de una negociación llevada a cabo por cuatro discípulos que obtuvieron la venia de la I.P.A. logrando el reconocimiento como institución miembro al precio de quitar a Lacan de la lista de los didactas y de transformar a su seminario en no validante para obtener el título de analista miembro. Le dejaban, como describe Giorgio Agamben[4], la nuda vida. Peor que una expulsión, Lacan lo llamó excomunicación. Nos atrevemos a decir que, no sin angustia, Lacan se ve obligado a llevar a cabo su acto: dejar la casa del padre. Pues eso era para él la I.P.A. El lugar que Freud diseñara para que se trasmitiera su enseñanza.
En esa única clase hablará largamente del sacrificio de Abraham, momento histórico-mítico en que el dios del goce todo, el Elohim que exigía sacrificios humanos, por caso el del hijo de la baraka divina, Isaac; deviene dios de la ley. El joven es liberado del sacrificio y su sitio es ocupado por el carnero en la piedra fatídica. En su lugar se mata al dios animal, el del goce supuesto todo. Su cuerno, el shofar, expresará el último grito de ese dios de horda al que se le quita el imperio del goce. La circuncisión, pequeña pérdida en el órgano copulatorio sellará el pacto con la ley del deseo.
En esa misma clase Lacan describirá cómo el bebe humano, que cree que el seno le pertenece y lo hace estar en continuidad con su madre, se angustia en cuanto ésta le hace saber su deseo de que se prenda al pecho. La angustia aparece cuando emerge ese deseo, que hace colegir al pequeño en tren de humanización que el seno es un objeto que no le pertenece y que tomarlo podría implicar acceder al algún goce en la madre. La perspectiva de que su hambre es hambre del Otro aparecerá como horizonte angustiante. Señal que el analista avezado reconoce como entrada en la norma.
Por ello, al final de su obra Lacan llamará a la angustia "Nombre real del Padre". Y la colocará en el nudo borromeo como zona que testimonia una reacción propicia al corte cuando el goce del Otro invade y parasita lo imaginario, el cuerpo propio tomado como presa.
Demás está señalar la gravedad que implica que falte a la cita este Nombre real del Padre cuando el sujeto, impasible, se entrega al goce que, más temprano que tarde, demostrará su cara trágica.
Por ello, si no es desbordante (situación que la dirección de la cura debe regular para que permita el espacio de solución que, de inundar, impide) la angustia no puede faltar a la cita del análisis, ni de una vida de sujeto.

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[1] Lacan, Jacques L'angoisse. Versión staferla.free.fr
[2] Ibid Nota 1. Cuatro últimas clases.
[3] Carroll, Lewis Alicia a través del espejo. Se encuentran cientos de ediciones.
[4] Agamben, Giorgio Homo Sacer Le pouvoir souverain et la vie nue. Seuil. Paris. 1997
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