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Cuando irrumpe lo siniestro (Psicoanálisis)

jueves, 20 de abril de 2017 0 comentarios


"... ese instante siniestro en que su mano no es su mano, su mano es la boca de ese perro..."

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Cuando irrumpe lo siniestro


Escrito por Eduardo Urbaj, 

Psicoanalista

Reescritura resumida de lo expuesto en el Cap. V de su libro “El manejo de la transferencia”. 


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Para Diario Literario Digital

Una mujer de 39 años es traída en ambulancia a la guardia de un  hospital tras haber ingerido medio litro de lavandina. Pasa la noche internada y al otro día, cuando ya está bien clínicamente como  para darle de alta se entrevista con la psicóloga de guardia:

(P: Psicóloga; L: Paciente)
  
“P: - ¿Qué pasó, L?
L: - Bueno, ayer estaba muy mal a la mañana pensando que no se iba a resolver algo, pero  evidentemente no...
P: - Qué es lo que no se iba a resolver?
L: - No, más que nada tomar decisiones. Yo venía de un trabajo anterior y tenía la idea de un  trabajo independiente. Dejé ese trabajo anterior para ahora uno de diseño. Y empecé: ‘no voy a poder’
P: -¿Desde cuándo? 
L: - Cuando yo estaba muy enganchada tuve algo traumático para mí; fue mi perro que me mordió, me cortó la falange; estuve dos meses sin mover la mano. Como yo venía con un  tren de entusiasmo...
(…)P: - ¿Por qué dice ‘traumático para mí’? 
L: - Si, porque eso que me había pasado, fue algo que me sorprendió.
P: - ¿Qué pasó ese día?
L: - No logro entender porque no había ninguna razón objetiva ni lógica; tendría que investigar más a fondo. Me sorprendió.
P:- ¿Cómo fue?
L: - Yo estaba jugando con él sin hacer nada agresivo y de golpe se dio vuelta y me  agarró la mano. Capaz que otro se lo toma con liviandad, pero yo no. Fue duro para mí, y a partir de ahí yo con la mano izquierda no pude hacer absolutamente nada, y ahí me empecé a deprimir ‘no voy a poder, no voy a avanzar’. Era como que miraba lo que hacía, no era yo. Por ahí me conformaba: ‘bueno, no se puede, pero tengo que poder’.
 Ese contrapunto…
 (…)P: - ¿Por ese tenés que poder? ¿Tenías la idea de matarte?
L: - No, la verdad que no. Quería como suspender el pensamiento de que tenía que poder y no estaba en las mejores condiciones.(…) 
P: - ¿Y la idea de matarse? 
L: - No, no, en mi mente no estuvo la idea de matarme. 
P: -¿Tal vez porque se acercaba lo de la muestra?

L: - Bueno, eso y muchas otras cosas más.
P: - ¿Qué cosas?
L: - Y, la parte impositiva, catálogos. Porque uno viene a media máquina y llega un cuello de botella: ‘hay cosas que no voy a poder hacer’.
P: - ¿Qué problemas hay con la parte impositiva?
L: - Creo que todo era para un día.
P: - ¿Cuándo iba a ser?
L: - Un lunes. 
P: - ¿El lunes de esta semana que pasó?
L: - No, mañana. Ahora lo vamos a postergar. 
P: - ¿Se puede postergar?
L: - Sí.
P: - No era tan perentorio.
L: - Era perentorio. Pero me genera alivio que pueda haber una prórroga.
(…)P: - ¿Y su padre?
L: - Murió hace veinte años.
(…)L: -Era muy exigente. Exigía con libertad, pero vos tenías que tomar la responsabilidad.  Muy de darte la libertad. Desde los seis años yo me iba al colegio y tenía la llave de mi  casa. Yo sentía una exigencia tras esa libertad.[1].  

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Algunos  interrogantes

¿Cuál es el problema de esta mujer? ¿Qué le pasó?  ¿Qué estaba haciendo en una guardia? Porque está claro que a lo largo de toda la entrevista hay algo  que ella no puede precisar.  Hay algo impreciso, algo imposible de formular. Algo que ella nombra como una necesidad imperiosa: “suspender el pensamiento”¿Que es lo que había que suspender?

Angustia automática. Angustia señal.

Esa necesidad es la que la  lleva a ese acto extraño de ingerir lavandina, acto a través del cual logra suspender el estado angustioso en el que se encontraba. Podemos decir  que lo que le pasaba a esta mujer, era que estaba  profundamente angustiada hasta que ingiere  lavandina.  Algo de esa angustia se suspende con la lavandina.
Lo primero que hay que ubicar  es lo que desencadena en esta mujer este estado de angustia. Y lo que desencadena este estado de angustia ella lo señala desde el principio: su perro la mordió. Ella venía en un buen momento, había dejado su trabajo en relación de dependencia con todo lo que eso implica y había decidido largarse por su cuenta, y de pronto… está jugando con su perro y repentinamente el animal le agarra la mano y le corta una falange. Después de este episodio tenemos esa enigmática irrupción del “no voy a poder”.
¿Cuál es la frase que da cuenta de que eso es lo principal que a ella le pasó? Que ella dice “fue algo que me sorprendió”. Esto es lo traumático: la sorpresa;  no que le cortó una falange: esta mordida del perro  la dejo en un estado de estupor.  Tuvo para ella valor traumático.
¿Que define que un hecho pueda ser considerado traumático? Freud –a partir de 1925 consideraba traumáticas a todas las situaciones que someten al aparato psíquico a un extraordinario aumento de la carga de la tensión de la necesidad[2]. En  ese punto el  sujeto carece de recursos para poder liberarse de esa carga. Esa sobrecarga es de tal magnitud que produce la  ruptura de la barrera antiestímulo. En estas situaciones el yo es impotente para resolver la situación. Algo de esto le aconteció a esta mujer: de pronto se encontró en un estado de total desamparo, a merced del Otro (con mayúsculas) en forma absoluta. A merced del Otro en forma absoluta en ese instante siniestro en que su mano no es su mano, su mano es la boca de ese perro, su mano y la boca del perro son la misma cosa. El perro no es su perro; hay allí un punto de extrañamiento total con la realidad que deviene traumático.
Lo traumático es la imposibilidad de poder ligar con palabras lo que nos ocurre.  Es esa falta de significación misma la que se vuelve traumática, porque necesitamos hacer entrar a los diferentes acontecimientos de nuestra vida cotidiana en las cadenas asociativas de nuestros pensamientos.
 Por el relato de esta mujer, el episodio en el que su perro le muerde la mano  tiene el carácter de una irrupción violenta e inesperada, lo que implica que no se dio allí la otra condición que Freud sitúa como un atenuante  de lo traumático: no hubo allí una preparación para el peligro. Ella insiste con esto: “me sorprendió, me sorprendió”. No hay apronte angustiado. El apronte angustiado viene después.  Es en este trabajo en donde Freud articula la angustia traumática con la angustia señal. ¿Cómo lo articula? Él dice que desde entonces, desde ese momento traumático, queda activado de manera automática el desarrollo de angustia como una respuesta: una respuesta a cualquier situación que pueda ser considerada peligrosa. Trataremos de ubicar luego  cuál es la situación que puede ser considerada peligrosa, y ahí  articularemos el super-yo y  el lugar del padre. Pero primero hay  que ubicar este momento traumático, que es el que inicia el movimiento.
Freud sitúa en este texto un doble desplazamiento. De esa manera da cuenta de la angustia señal. ¿Qué es la angustia señal? Poder conceptualizar la angustia señal, es lo que permite comprender  por qué esta mujer vive angustiada.
Uno podría decir: es verdad que tuvo un momento traumático; el perro la mordió, lógicamente se angustió mucho en ese momento, pero... después la operaron  y la mano le quedó bien. Entonces ¿por qué seguir  angustiada? ¡Ya pasó! …y sin embargo esta mujer sigue angustiada. Su angustia ya no se manifiesta directamente como fenómeno corporal, no se siente angustiada, sino que  toma la forma de una voz que dice: “no voy a poder, no voy a poder, no voy a poder”.
¿Qué nos enseña  Freud? Que la angustia se desplaza, primero, de la situación de desamparo real - es decir del momento traumático, real, inesperado, sorpresivo, siniestro,  en donde el desamparo se siente en el cuerpo - a la expectativa de una situación de desamparo. Es decir, a la expectativa de aquella situación que podemos suponer peligrosa. Es un gran progreso psíquico porque permite la anticipación. La angustia va a señalar  un peligro al que será posible anticiparse. Ante la expectativa de que algo peligroso suceda se dispara la angustia; no se espera a que aquello efectivamente ya esté sucediendo,  para que aparezca el afecto angustioso.
Pero  hay otro desplazamiento más, y es aquí donde la angustia se vuelve invasiva. ¿Por qué? Porque se desplaza desde la situación que consideramos peligrosa a la condición que haría posible que la situación amenazante se produzca. Remitiéndonos a la constitución subjetiva ¿Cuál es el modelo de esto?: El bebé se angustia cuando la madre se va. Ya no cuando tiene hambre solamente, que es lo que erróneamente se tiende a pensar. Sino cuando se presenta la condición  que hace posible el peligro de que la teta no esté disponible. ¿Cuál es la condición  que el bebé  descubre que tiene que cumplirse para que la teta esté disponible? Que esté la madre. Entonces se angustia ante la ausencia de la madre aunque no tenga hambre. Acaba de terminar de comer, la madre se va a la otra pieza  y el bebé empieza a gritar. Entonces la mamá piensa: se quedó con hambre. Y  no necesariamente es así.  A lo mejor su hambre está saciada, pero  se angustia frente a la condición de que la situación peligrosa pueda volver a suscitarse. Esto da cuenta del  desacomodamiento absoluto entre esa angustia y el objeto real. Eso es lo que explica que alguien esté angustiado en situaciones inexplicables para el sentido común.
Hay que pensar en la clínica  cuál es esa condición en cada caso. ¿Cuál sería para esta mujer la situación amenazante? Para ubicarla hay que leer lo que dice sobre su padre. Un padre “muy exigente”, que la sitúa frente a una demanda paradojal.  Cuando la psicóloga le pregunta: ¿Y con usted cómo era?. Ella responde: “Era muy exigente. Exigía con libertad, pero vos tenías que tomar la responsabilidad. Muy de darte la libertad. Desde los seis años yo me iba al colegio y tenía la llave de mi casa. Yo sentía una exigencia tras esa libertad.”
Me parece que esto que aparece al pasar,  es la clave para pensar alguna lógica del caso. En la entrevista, esta mujer  “dice” para quien lo sepa leer– que a partir de la mordida de su perro,  hay algo de lo reprimido,  aislado o más genéricamente, recluido por algún mecanismo de defensa– que resurge a partir de este hecho traumático. Desde entonces,  ella se encuentra con algo que no puede ligar. Y esto se refleja como impotencia absoluta. El síntoma  es la idea obsesiva de que “no va a poder” cumplir con sus compromisos. Y lo que resurge, lo que retorna de lo reprimido, es la carga de afecto asociada a esas exigencias insensatas del padre. Esa sensación  que no podía ligarse a representaciones definidas, porque la escena  requería de recursos con los que ella aún no contaba plenamente.
La condición que haría posible la situación de peligro –esa  a la cual queda desplazada la situación traumática de desamparo– está determinada  por  la sensación de ser demasiado pequeña para afrontar determinadas exigencias. Ahora, la condición para que se desencadene la angustia es verse demandada por cualquier exigencia. El  peligro real son las consecuencias de no poder cumplir con los compromisos y obligaciones contraídas, y  la angustia se desencadena ante la presencia de su condición: cualquier demanda que se le impone. Ella se encuentra nuevamente con la misma sensación apabullante que a los 6 años con la llave de la casa, situada con algo que ella no puede ligar. Ella  no tiene recursos suficientes para poder hacerse cargo de esa responsabilidad.
¿Qué es lo que a esta mujer la ha dejado anegada en angustia? Algo que se articula entre el hecho traumático actual, el mandato paterno infantil, y lo que  ella nombra como la “parte impositiva”.
Ella estaba en distintas situaciones en las cuales tenía exigencias importantes que cumplir.  Esas exigencias importantes que cumplir se le vuelven una situación de peligro; se le vuelven algo que ella ya no está segura de si va a poder cumplir, porque ella ya no está segura de nada, porque tiene en el cuerpo la sensación de que ella estaba segura  y... de pronto su mano y la boca del perro eran lo mismo; hay algo  que ya no puede ligar. Ella se toma la libertad de elegir su propio trabajo, y abandonar la comodidad de una relación de dependencia, cargándose con una exigencia que, por lo que dice, podía sobrellevar muy bien, hasta que ocurre este episodio con su perro. Hasta entonces venía desarrollando sin inconvenientes un emprendimiento sumamente importante y exitoso.
En relación a la escena infantil que relata, podemos conjeturar que el padre le exigía tomar responsabilidades mayores a las que ella estaba en condiciones de asumir, por sus limitados recursos de aquel momento.

Esto demanda una sobreadaptación. 

¿Qué es un chico sobreadaptado? Es un chico sometido a la sobrecarga de exigencia, de poder ligar psíquicamente con palabras, poder darle  sentido a determinadas situaciones que exceden   los recursos  con los que cuenta, por su edad, o sus características.  Darle las llaves de la casa a un chico de 6 años es angustiarlo; es sobrecargarlo muy por encima de lo que su estructuración psíquica le permite sobrellevar con calma. La dirección de la cura sería la de propiciar la oportunidad de ligar algo de esa angustia que se ha despertado en ella, con algo de su historia infantil y  de la relación con su padre, no en términos del sentido común y la comprensión: “bueno, el padre se suicidó, ergo ella se quiso suicidar…”
Una vez situado qué le pasó a esta mujer en el punto de su angustia, vamos a tratar de dar cuenta del estatuto de esta ingesta de lavandina: ¿fue un acting out o un pasaje al acto? Pero eso será parte de una próxima entrega…
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[1] La entrevista completa con la psicóloga se encuentra publicada en el Cap. V de “El manejo de la transferencia”. Este trabajo es una reescritura resumida de lo ya expuesto allí.
[2]      Así lo conceptualiza en  ese texto extraordinario que es  “Inhibición, síntoma y angustia” (1925).
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