Doña Leonor (Cuento) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Doña Leonor (Cuento)

miércoles, 15 de marzo de 2017 0 comentarios

"Llovía con más frecuencia de lo adecuado y ese estado, gris y húmedo, prolongado por semanas y meses, hacía que las personas estuvieran adormecidas, tristes, sin ánimo para nada... "

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Doña Leonor

Escrito por Isabel Llor Cerdán

Para Diario Literario Digital


Corrían los días en que la oscuridad ganaba a la luz que intentaba prevalecer pero era casi imposible porque el sol había sido tapado y su fuerza apenas podía abrirse paso entre las nubes espesas y negras. Llovía con más frecuencia de lo adecuado y ese estado, gris y húmedo, prolongado por semanas y meses, hacía que las personas estuvieran adormecidas, tristes, sin ánimo para nada. Muchas plantas habían muerto y los colores de las flores habían desaparecido. Los caminos, antes llenos de bullicio, habían pasado a estar desiertos y los pocos que se atrevían a transitarlos lo hacían llenos de miedo porque había crecido el número de bandidos y muchos animales se habían vuelto salvajes y atacaban vengándose de las personas que ya no se ocupaban de ellos.La silueta del castillo se recortaba contra el horizonte y, como todo lo demás, la piedra dorada y brillante con la que había sido construido se había transformado en gris y todo él parecía decir: “Si te aproximas, morirás”. La gente de lugares cercanos había olvidado quien vivía allí y si por obligación tenían que pasar cerca, preferían dar un gran rodeo. Un día, los campesinos del pequeño pueblo de Arlés vieron un hermoso caballo blanco engalanado con cintas de todos los colores. Sobre él un caballero, con armadura tan reluciente que para no ser deslumbrados debían mirar a otro lado. Su cabeza iba cubierta de un casco todo él cerrado de forma que no podían ver su rostro. Lo acompañaba un escudero que iba diciendo:-Dejad paso y decid si vamos bien encaminados ¿Este es el castillo donde vive la hermosa Leonor, hija de los condes de la Esmeralda?Nadie contestó. Seguían llenos de miedo y nadie recordaba que el castillo estuviera habitado. Por fin un muchacho dijo:-Mejor máchense de aquí. No tenemos nada que podamos ofrecerles. Pero tal vez el abad del monasterio, allí se ve, pueda darles la información que necesitan. Y, dicho esto, toda la gente se refugió en las humildes chozas que les servían de morada, atrancando bien las puertas, no fuera a ser que, bajo aquella apariencia magnífica, se escondiera un malvado que pretendiera hacerles daño ya que nadie le había visto ni los ojos.Como les habían indicado, caballero y escudero, siguieron hacia el monasterio y llegados al portalón llamó el muchacho y luego gritó:-En el nombre de Dios, abrid. Solo precisamos respuestas a algunas preguntas y sin más continuaremos nuestro camino. Somos cristianos de bien y orden. Abrid. El fraile portero abrió el ventanuco:

-No hace falta tanto alboroto ¿qué precisáis?

-Venimos de lejanas tierras y mi señor se enteró que la princesa del castillo busca esposo y está dispuesto a presentarse a las pruebas que le pidan pues le han dicho que la doncella es de gran belleza, sabiduría, y en su corazón se unen el amor y la compasión hacia los demás-No sé yo nada de esos asuntos. Os traeré agua fresca, mientras esperáis que el abad os reciba.-Está bien, aquí aguardaremos. 

Ya el crepúsculo se aproximaba e inquieto el escudero pensó dónde  encontrarían un lugar para pasar la noche.Le gustó al abad aquella estampa del caballero bien protegido con su armadura sobre su engalanado caballo blanco y la humildad y buen decir del escudero y enseguida los hizo pasar a un gran patio, ofreciéndoles algo de comida, sencillas celdas donde pasar la noche e incluso sitio donde albergar a los animales. El caballero descendió de su cabalgadura y se quitó el yelmo descubriendo su rostro

-Muchas gracias, mi buen abad, por vuestra generosidad al darnos cobijo, que Dios os bendiga. ¿Conocéis personalmente a los dueños del castillo?-Mi señor caballero, mucho me temo que habéis llegado hasta aquí en vano. Efectivamente, según me contaron mis antecesores y quedó escrito en un grueso volumen que se guarda en nuestra biblioteca, hubo una bella joven para la que sus padres solicitaron un esposo, pero lo más curioso es cómo llegó eso hasta vos pues sucedió hace más de veinte años. Alguien llegó de su agrado, el mismo abad los unió en matrimonio y parece que tuvieron varios hijos. Con el tiempo los padres de doña Leonor, que así se llamaba la joven, murieron; las princesas se casaron y los príncipes, por indicación de su padre, partieron a lejanas tierras y cuando el esposo también falleció, fue cuando se tapó el sol y esto se convirtió en un lugar triste y desolado. Nadie volvió a acercase al castillo y mucho menos a entrar en él, así que no sabemos si la dueña del castillo aún vive, ya que, por edad, podría ser. Todo esto es muy extraño. Decidme : ¿cómo llegó a vos la noticia? -Fue en sueños. Se me aparecía una dama de gran porte y belleza. Es verdad que ya no era joven sino de edad madura pero tan sabia y de sonrisa tan dulce que no tuve duda en venir. -Bien, descansad ahora y mañana al amanecer, yo mismo os acompañare y podremos desentrañar el misterio.-Así sea. Buenas noches.

La noche fue profundamente oscura y después de varias horas, se removió inquieto el caballero y, entre sueños, oyó cantar a una mujer. Hablaba su canción de soledad y tristeza, con tan lastimero acento que las lágrimas brotaron mojando sus mejillas.Se levantó de golpe y raudo siguió la voz sin darse tiempo ni de ponerse la armadura, montar su caballo o avisar a su escudero que dormía tranquilo.Salió a campo abierto y corrió hacia dónde lo encaminó la voz y enseguida llegó al castillo al que entró sin ninguna traba.Subió las amplias escaleras y entró en una estancia iluminada con antorchas. Una dama, sentada muy cerca de un gran ventanal era la que cantaba. Por su posición daba la espalda al caballero. Vestía lo que más parecía hábito monjil de tosca tela gris y manto negro que la cubría de la cabeza a los pies. El caballero no sabía qué hacer pero después de tan largo viaje, su curiosidad pudo más y, casi tartamudeando, dijo:-Perdonad, señora, mi atrevimiento ¿me mostraríais vuestro rostro?. Un largo viaje me ha traído hasta aquí, contadme lo que os sucede para que tan triste sea vuestra canción. Volvió la cara pero lo que se presentó no fue una bella dama sino un terrible dragón, que, con voz metálica dijo: -Fuera de aquí. Mío es este castillo y todas las tierras que lo rodean y también la princesa que está encadenada en una mazmorra a la que nadie podrá llegar. La Bruja me creó y, con sus encantamientos, tapó el sol, trajo la lluvia y aterrorizó a los habitantes del pueblo. No sé cómo vos habéis conseguido entrar.Lanzó entonces una gran llamarada y continuó: -No tendréis una segunda oportunidad. Marchad y conservaréis la vida ¡Marchad! Nada contestó el caballero sino que corriendo salió del aposento y comenzó a bajar la escalera pero, de pronto, se paró y pensó: “Yo soy el Caballero Blanco, aliado de la Luz, el Bien y la Bondad. Mi honor quedaría en entredicho sino liberara a la princesa y venciera a la malvada bruja que hizo todo esto”A toda prisa regresó al monasterio, pero de nuevo, a medio camino, se paró: “No preciso amigo, me sobro solo para vencer todos los hechizos y descubrir todos los misterios”. Con mucho sigilo, entró de nuevo al castillo, bajó a la parte más profunda y oyó voces pidiendo auxilio. Era un largo pasillo, en ambos lados había celdas repletas de animales y personas. Debía encontrar a la dama. Dio vueltas y vueltas hasta que un gemido extraño lo alertó, era un sonido tan triste que encogía el corazón. Y allí, tras la puerta, un lugar inmundo y, en medio de paja hedionda un cuerpo postrado, doblado sobre sí mismo. Se acercó el caballero y la sacó hasta el pasillo. La mujer abrió los ojos y casi sin voz, dijo:-¿Acaso sois mi amado? Espero que después de tantos años hayáis venido a rescatarme. Entendió el caballero que la mujer había perdido el juicio y lleno de compasión dijo: -Estáis a salvo, señora, vuestro martirio acabó. En esto llegaron corriendo el abad y el escudero que venían en su busca al darse cuenta de que no estaba en el monasterio. Traían su espada y el abad portaba una gran cruz. Liberaron toda aquella gente y a los animales y llevaron después a la mujer a un convento donde las monjas se encargarían de ella. Regresaron al monasterio y allí el caballero relató todo lo acontecido en el castillo. Después de varios días el caballero fue hasta el convento para enterarse del estado de la señora. La encontró sentada frente a un ventanal casi idéntico y vestida de igual manera que cuando se encontró con el dragón y una punzada de miedo rozó su corazón. Pero, al volverse, vio que el rostro de la dama era el mismo que él siempre veía en sus sueños. Se postró entonces y besó sus manos, diciendo:-¿Cómo os encontráis señora?-Aún me siento muy débil, pero poco a poco voy recobrando la memoria de todo lo que sucedió. Mandad venir al abad que, con su sabiduría, él nos aconsejará sobre qué hacer para que todo el mal salga y todo esto se libere.-Así lo haré. Descansad ahora. -Muchas gracias porque me dijeron que gracias a vos sigo viva. Que Dios os lo premie. 
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A los dos días volvieron a visitarla el abad y el caballero y siguieron la conversación. Algo tímido, el abad preguntó: 

-Entonces, señora ¿vos sois doña Leonor? -Así es, buen abad. Aquí nací y me crié como hija legítima de los condes de Esmeralda. Fue mi infancia muy feliz, protegida por el amor de mis padres. Cuando llegó mi edad de quince años decidieron buscarme un buen esposo para que cuando ellos faltaran no me sintiera sola, pues no tenía hermanos ni parientes próximos y además conociera la dicha de formar mi propia familia. Llegaron varios candidatos y yo elegí al que sentí más próximo a mi corazón. Nunca se me olvidará el día de mi boda: era invierno y después de la ceremonia comenzó a nevar. Los dos cogidos de la mano, salimos corriendo y danzamos bajo los hermosos copos de nieve, nos abrazamos y nos dimos el primer beso. Tuvimos cuatro hijos: dos hembras y dos varones. Viajamos a muchos lugares, algunos muy lejanos como las tierras dónde nació mi esposo. Así pasaron casi veinte años. Mis padres murieron ya muy ancianos, las princesas se casaron y los príncipes partieron a otras tierras por indicación de mi esposo que quería lo mejor para cada uno.Así que, en menos de dos años mi corazón no dejó de sufrir por tanta ausencia. Y, un día, de repente, mi esposo no se despertó. Ya no pude soportarlo y perdí la razón. No sé de dónde apareció una malvada bruja que lo primero que hizo fue tapar el sol y después de crear un terrible dragón, me encerró en una sucia mazmorra y ahí permanecí hasta que me liberasteis. Durante años viví en aquel terrible lugar atormentada por imágenes pobladas de monstruos y animales que me mostraban toda su fiereza, haciéndome pensar que, sin duda, estaba en el infierno y jamás saldría de allí. También pensaba cual había sido mi culpa para recibir tan cruel castigo. Estaba tan desesperada que deseé morir y entonces oí una voz que dijo: “Aguanta un poco más, tu liberación está ya muy cercana”. Después de eso empecé a tener esperanza y casi a diario soñaba con un caballero todo vestido de blanco y rodeado de luz que sería el que viniera a rescatarme. Durante todo el relato, doña Leonor no había dejado de llorar. El abad la bendijo y se puso a orar en voz muy baja para no interrumpir porque sabía que a la dama le resultaba de gran consuelo poder contar toda la historia y así limpiar su alma. Llegó un punto en que ella pidió continuar otro día pues se sentía extenuada. Vinieron dos monjas que la condujeron a su aposento y allí durmió casi dos días completos. Al seguir su relato, doña Leonor, con una dulce sonrisa, dijo: -Mis buenos amigos, gracias por vuestra ayuda, la paz ha entrado en mí y, poco a poco, me siento más fuerte y capaz de entender. Hoy, por primera vez en tantos años me he mirado a un espejo y me he reconocido. Pero en él no solo estaba mi reflejo, sino que de mí salía también la horrible bruja y el terrible dragón y aunque tuve dudas, pude perdonarme porque, en mi locura, yo misma, llena de rabia, creé a la bruja, y ella a su vez dio vida al dragón. Nadie me encerró sino mi propia tristeza y sentido de culpa.Bendecidme de nuevo, abad, para que pueda comenzar de nuevo. Y luego, dirigiéndose al caballero, le dijo: -Mi estimado caballero ¿querréis acompañarme a destapar al Sol?-Sí, mi señora y si me lo permitís, no solo eso sino que me sentiría muy honrado si quisierais compartir vuestra vida conmigo -Lo pensaré, pero ahora vayamos y a ver qué sucede.Al amanecer los dos salieron montados en el caballo blanco y de pronto, al animal le salieron dos hermosas alas.Llegaron cerca del sol y vieron como una gran nube muy negra lo cubría por completo. Entonces se presentó el dragón que ya no era terrible y peligroso, sino todo blanco y luminoso. Se lanzó y de un solo mordisco retiró toda aquella oscuridad y el sol quedo libre mostrando todo su esplendor y vieron como sus potentes rayos todo lo vivificaban. El valle donde estaba el castillo, el monasterio y el pueblo se llenó de pasto verde. Las flores recobraron sus colores y de una montaña próxima surgió un caudaloso río. Regresaron al castillo y limpiaron y cerraron las mazmorras.
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Y lo mejor fue que nunca más las personas de aquel lugar sintieron miedo. En los caminos volvió el bullicio y el tránsito de mercaderes. Hubo fiestas, risas y hasta llegaron gentes de otros lugares porque se corrió la voz de que aquel era muy buen sitio para vivir. Por supuesto, doña Leonor y el caballero Blanco se casaron. Semanas después del casamiento, el abad fue a buscar el libro dónde estaba la primera historia para añadirle todo lo que le había contado la dama. Al abrirlo, con gran desconcierto, vio que ya estaba todo escrito y, además con firma y rúbrica. La última frase decía: 

En el año del Señor de 1516, para que no se pierda lo que realmente sucedió:  Doña Leonor, hija única de los condes de Esmeralda

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