Un poco de calor (Cuento del Tahuantinsuyu) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Un poco de calor (Cuento del Tahuantinsuyu)

lunes, 16 de enero de 2017 0 comentarios


"Habla con el cóndor: Apenas quedan rescoldos, Sami estará muerto y nosotros pronto vamos a morir por culpa de esto. Se yergue y toma la caña del erke. Es larga y pesada..."

Resultado de imagen para erke musica tradicional andina

Un poco de calor 

Escrito por Orlando Esposito

Wisa llegó enojado porque Sami andaba por los cerros haciendo sonar el erke antes de que terminara el verano. Bajó de la cumbre y dijo que eso a la Pacha no le gustaba, que traería desgracia y que por su culpa cuando viniera el invierno los iba a tapar la nieve y la pasarían mal. Pero cuando le contó esto a Sami, lo único que hizo fue encoger los hombros, embutir un cuero en la trompa para apagar el sonido y enseguida volvió a subir a las cumbres para seguir tocando a su antojo. 

Así que Wisa regresó al día siguiente hecho una furia por esa desobediencia. Como él no estaba, nunca estaba, fue ella la que terminó recibiendo el reto. Alzando la voz le dijo: No puede hacerlo sonar ahora, va a traer frío y hambre. Están pasando cosas muy malas y es preciso andarse con cuidado. Llegaron otros dioses al Tahuantinsuyu venidos del mar en grandes canoas, servidos por hombres con pelo en la cara que montan sobre animales extraños.

Ella esperó que Sami regresara, sirvió la comida y después le pidió que terminara con eso y que devolviera el erke. Él no la escuchó. Quispe se lo había prestado para que practicara hasta que todos pudieran escucharlo desde lejos y supieran que era él, Sami, quién lo hacía sonar y no iba a dejar de hacerlo por más que rabiara el viejo. 

Unos días más tarde partió. La dejó cuidando el camino y los hijos. Lo vio marcharse bordeando el cerro hacia lo de Quispe, arriando los animales cargados de cueros. Pasaron dos lunas. Sopló el viento, trajo las nubes y vinieron la lluvia y el frío. Después el aire se aquietó, empezó a nevar y siguió sin parar hasta que todo quedó tapado de blanco: todo menos el cielo que tenía el color gris de las piedras y tapaba al sol.


Ella está sola y habla con la montaña: Me dejó sin leña, sin comida, tarda en volver y todo lo que queda son unas papas, unos puñados de maíz y grasa de llama. Creyó que la suerte le iba a durar para siempre pero trajo la desgracia. Se fue con calor y ahora vino este frío. Si no vuelve pronto vamos a morir los tres.

Y le susurra a los cerros: La pequeña Chami está mal. Apenas si se mueve. Duerme día y noche. Ya está aflojando, pobre mi niña. Achiq es más fuerte, como todo varón aguanta más. Ayer comió un poco de papas con chicharrones. Chami ni las probó. 

Mira el erke apoyado contra la pared. Piensa en usarlo para avivar el fuego y que entibie un poco la pieza. Aunque sabe que nadie la escucha habla a los hijos, a la montaña, a la nieve, reprocha a Sami el abandono: Le avisé que iba a nevar. Él miró las nubes, encogió los hombros, dijo que todavía era época de viento y que iba a estar pronto de regreso. 

 Resultado de imagen para llamas y nieve

Sigue nevando. Hace tiempo que dejaron de pasar los chasquis por el camino. Echa en el fogón la última bosta que trajo del corral y el mango de la azada. Se acurrucan los tres bajo las mantas y pieles. El frío entra igual y Chami tiembla. Está caliente y tiembla. Se le escapa el calor del cuerpo. Arde. 

La noche es larga, dura. El viento chifla, se filtra por entre las piedras, agita el humo, hace saltar chispas. No afloja, no amaina. Hurga por los rincones, busca. Busca a los niños y los sacude para desprender la carne, quiere llevarse las vidas.

Habla con el cóndor: Apenas quedan rescoldos, Sami estará muerto y nosotros pronto vamos a morir por culpa de esto. Se yergue y toma la caña del erke. Es larga y pesada. La levanta con los brazos abiertos y arrebatada, mientras brama un alarido, la parte al medio de un golpazo contra el muslo. Grita y golpea una y otra vez rompiéndola en trozos que arroja sobre las brasas. Sopla para avivar la llama. Quiere acercar a Chami al fuego pero está fría, ya no tiembla. Los dos están quietos. Los tapa con lo que puede aunque comprende que están dormidos para siempre. 

No sabe cómo prepararlos ni cómo devolverlos a la Pacha. Wisa sí que sabe, él sabría, sí, pero está lejos y no va a venir. Piensa que tiene que arroparlos y ponerles algo para que coman y no pasen hambre. Los envuelve con lo que tiene y canturrea como hacía antes cuando quería que se durmieran.

Está amaneciendo. Levanta a la hija; no pesa. La alza y la aprieta contra su cuerpo. La lleva fuera de la casa y la ubica mirando hacia donde sale el sol. Entra a buscar a Achiq. Lo pone al lado de su hermana. Ruega a Inti que les dé calor. Siente que están juntos, como tiene que ser. Ya no cae nieve. Les tapa los piecitos. A su lado coloca un cuenco con papas y otro con un puñado de maíz. 


Se sienta junto a ellos. Todo está blanco. Abajo, lejos en la cañada, ve una mancha oscura que se mueve. Parecen animales grandes, enormes. Son muchos. Suben por el camino. El reflejo de un rayo de sol le hiere los ojos. Nunca antes había visto el relumbrar del acero.

Resultado de imagen para conquistadores españoles en america 
Share this article :

Publicar un comentario

 
Letras Opacas.org | |
Copyright © 2011. DIARIO LITERARIO DIGITAL - All Rights Reserved
LETRAS OPACAS (Diario Digital Literario) .Argentina
Proudly powered by Blogger
Conseguir la ú…e Flash Player Blogger {{Usuario escritura-4}}width=device-width, initial-scale=1.