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Las propiedades terapéuticas del humor (Psicoanálisis)

miércoles, 14 de diciembre de 2016 0 comentarios

“... no sé si se encuentra a menudo otro pueblo que se burle tan sin reservas de sus propios defectos... ”

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Pensamiento judío y psicoanálisis. Parte II:



Las propiedades terapéuticas del buen humor





Escrito por Eduardo Urbaj (Psicoanalista)



Para Diario Literario Digital





Decíamos en la primera entrega que si algo distingue radicalmente a un psicoanalista es su posición en relación a la escucha y que esa posición es lo que lo diferencia de toda otra oreja en el mundo. Es una escucha advertida de lo Real, y de la limitación que todo saber encuentra al pretender acercarse a la verdad. 


Planteamos que el que escucha posee el poder discrecional del oyente, y es quien, puntuando, subrayando esto o aquello, va a modificar o consolidar el sentido de ese texto del que habla. Simplificando un poco, podría decirse que el analista recoge un texto dramático, y lo convierte en algo trágico por la vía de la castración, o en algo cómico por la vía del humor. Y tras ubicar el dramatismo talmúdico en el diván dejamos pendiente por desarrollar esa otra vía que le permite a un sujeto bordear la falta atenuando los efectos devastadores del encuentro descarnado y sin velos con lo real. Esa vía es la del humor.

Freud se percata de ella y después de “La interpretación de los sueños” y de su “Psicopatología de la vida cotidiana”, abordará el tema en el libro del “Chiste y su relación con lo inconciente.” Sin lugar a dudas no le faltaba material ligado a la cultura de sus ancestros. ¡Ese libro es una antología comentada de chistes judíos!
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El humor judío proviene de una tradición que se remonta hasta el Talmud. Se manifiesta en el tono general del texto. Sobre los venerables folios flota un buen humor constante que se agudiza en punzantes ironías cuando el debate se apasiona en las pequeñas disputas. Veamos algunos ejemplos:

Un Rabí le pregunta a su colega con la intención de debatir.
“- ¿Qué debo hacer con este contrato?
* Un corcho para tu botella.”

Se le atribuye a la lectura del Talmud virtudes terapéuticas contra la tristeza y la migraña, justificadas en esta cualidad humorística.

“- ¿Cuándo es necesario empezar a rezar para la llegada de las lluvias?


- A partir del momento en que se entra la leña en la casa de Tabut, el cazador de pájaros.”




Después de numerosas consideraciones acerca de los daños que las aceitunas ocasionan a la memoria aparece el siguiente relato:



“Un Rabí pobre y hambriento, le pide a un judío rico la caridad de una comida. Éste le sirve un plato de aceitunas. El Rabí las come ávidamente y pide más. El avaro se enoja:



- ¿no sabes acaso que, según el Talmud, las aceitunas hacen perder la memoria?



- ¡Oh sí! ¡Y cuán verdadero es ese pasaje! Si como tantas aceitunas, es debido a que cada una de ellas me hace olvidar la anterior”



Estos fragmentos están extraídos de un libro de Gerard Haddad1, que propone la tesis de que el Talmud es un gran libro de humor, y que los fariseos pudieron descubrir que frente a las desgracias que sufría el pueblo, la única salvación podría provenir de la inclusión en la vida cotidiana del recurso inextinguible de la risa, como medio para tomar distancia de tanta catástrofe.



En el libro del “Chiste...” dice Freud:


“no sé si se encuentra a menudo otro pueblo que se burle tan sin reservas de sus propios defectos”.

Este comentario evoca un detalle clínico de singular importancia. El recurso al humor se torna del orden de lo indispensable en un análisis; indispensable para poder soportar “los propios defectos” cuando van cayendo los velos que los mantenían como “no sabidos”. Hay analistas que consideran que la ausencia de sentido del humor es un límite que torna insoportable el análisis. El humor es un aliado en la lucha contra las resistencias.


En 1927 Freud escribe un ensayo muy breve y de un valor extraordinario que, sin embargo, suele pasar desapercibido. Precisamente se titula así: “El humor”.

Comienza dando como ejemplo a un reo conducido un lunes a la horca que exclama: “¡linda manera de empezar la semana!”. Dice que “la esencia del humor consiste en que uno se ahorra los afectos que la respectiva situación hubiese provocado normalmente, eludiendo mediante un chiste la posibilidad de semejante despliegue emocional”.

Va a diferenciar al humor del chiste y de lo cómico. Si bien todos ellos tienen un efecto liberador, el humor además tiene algo grandioso y exaltante. Lo grandioso reside en el triunfo del narcisismo, hay una victoriosa confirmación

de la invulnerabilidad del yo. “El yo rehúsa dejarse ofender y precipitar al sufrimiento por los influjos de la realidad”

Plantea que el humor “no es resignado, sino rebelde; no solo significa el triunfo del yo, sino también del principio del placer, que en el humor logra triunfar sobre la adversidad de las circunstancias reales.”

Dice que el humor posee un sitio de honor que lo dignifica especialmente entre los métodos que el aparato psíquico ha desarrollado para rehuir la opresión del sufrimiento, dignidad de la que el chiste carece ya que su beneficio se limita a una ganancia de placer.
¿Por qué el humor merecería este sitio de honor? Por lo visto la actitud humorística brinda una serie de beneficios que podrían sintetizarse en que:

* contribuye a rechazar el sufrimiento

* permite afirmar la insuperabilidad del yo por el mundo real

* y sustentar triunfalmente el principio del placer.

Pero lo más notable es que Freud afirma que todo eso es logrado sin abandonar el terreno de la salud psíquica, precio que indefectiblemente se paga cuando cualquier otro mecanismo se pone en juego con idénticos fines, llámese represión, alucinación, delirio, etc. Casi sorprendido Freud reconoce que este precio que parecería ser ineludible, es sorteado con éxito por la actitud humorística, y se propone comprender lo original de este mecanismo.
A esta altura Freud evoca su teoría formulada en el libro del “Chiste...” de que la persona que adopta una actitud humorística frente a alguien que está plantado con alguna seriedad, en una actitud de gravedad, se ubica como el adulto frente al niño, al sonreírse sobre los intereses o pesares que a éste le parecen tan enormes. Aplica entonces ésta concepción a quien dirige el humor hacia su propia persona para defenderse del sufrimiento amenazante, y se pregunta: “¿Acaso tiene sentido decir que alguien se trata a si mismo como a un niño y que simultáneamente adopta frente a este niño el papel de adulto superior?”

Allí Freud apela a las nociones de instancias diferentes dentro de la estructura del aparato psíquico, y dirá que el superyo a menudo trata al yo como el padre trataba a ese niño en años anteriores. Entonces “la persona del humorista ha retirado el acento psíquico de su yo para trasladarlo sobre su superyo. A este superyo así inflado, el yo puede parecerle insignificante y pequeño”.
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Entonces, así como el chiste -en esas elaboraciones que abruptamente equivocan el sentido esperable- representaría una contribución a lo cómico ofrecida por el inconciente, el humor vendría a ser “la contribución a lo cómico mediada por el superyo.”

Sobre el final, el autor recalca que lo esencial en el humor no es la broma, la chanza, sino que lo principal es la intención que el humor realiza. El humor quiere decirnos: “Mira, ¡ahí tienes ese mundo que parecía tan peligroso! ¡No es más que un juego de niños, bueno apenas para tomarlo en broma!”

Freud se detiene allí, no sin antes señalar que la actitud humorística es un raro y precioso talento del que mucho carecen. Y si bien no lo explicita nos deja un enigma por resolver, al señalar que el superyo -al actuar así- en el fondo rechaza la realidad y se pone al servicio de una ilusión.

¿Pero acaso la realidad es Real? ¿No nos enseña el maestro que es fantasmática, es decir que es una escena que nos permite vivir de este lado del espejo, velando eso que somos allí donde no podemos conocernos? Y como dice

el poeta: ¿Qué es la vida? ¿Una ilusión? Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.

El humor evoca algo de esa verdad que se dice siempre a medias en el arte, en la poesía, en una sesión en la ocasión de una interpretación, verdad re-ligiosa, verdad que re-liga al hombre con lo insondable de su existencia y su destino, otorgándole un margen de libertad que le permite estar a la altura del juego que le toca jugar. ¡Verdad que se escabulle entre los dedos en los relatos de la tradición judía que nos transmite que donde hay dos judíos hay tres opiniones! El judaísmo hizo de esta obsesión por acercarse a una verdad inalcanzable un destino a transmitir en la continuidad de las generaciones.

A ese nivel, Freud voló a alturas nunca antes alcanzadas, otorgándole a aquellos valores propios de la cultura de sus ancestros, de la que se sentía un orgulloso heredero, un alcance universal.


Exclusivo para DIARIO LITERARIO DIGITAL 




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