Las pasiones del ser en la infancia (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Las pasiones del ser en la infancia (Psicoanálisis)

martes, 15 de noviembre de 2016 0 comentarios

"La invitación que me acerco el colegio de Psicólogos de San Isidro en el mes de Octubre para departir sobre las pasiones del ser en la infancia, me convoco a un trabajo de escritura que comparto a continuación con ustedes"  





Las pasiones del ser en la infancia 


Escrito por Silvia Tomas, Psicoanalista

Para Diario Literario Digital




Cuando Tatiana Reitman me invitó a participar de estas Jornadas del Colegio de Psicólogos de San Isidro, además de alegrarme por el convite y de agradecerle, asocié inmediatamente con un niño, hoy devenido adolescente, al que atendí hace unos cuantos años.

Se trataba de un pequeño realmente muy apasionado, amaba y odiaba con locura, diría yo, y por esa razón había sido expulsado de colegios en varias oportunidades.
Una vez, se había apasionado tanto con un compañero, que lo invitaba todos los días a jugar a su casa y allí lo mandoneaba tan pertinazmente que el pequeño dejó de ir, ante lo cual él se enojó muchísimo.
Del verbo en latín patior, pasión significa sentir y sufrir, muy vívidamente, sin límites y con ardor.

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La descripción que de este niño hacían sus padres cuando vinieron a consultarme era la de un pequeño muy caprichoso, que maltrataba a sus compañeros y que desafiaba a la autoridad de maestros y padres, ante lo cual su madre se sentía impotente y su padre se enojaba, castigándolo con dureza.

Padre y madre sentados frente a mí; ella llorando con gran angustia, acongojada, y él haciéndola absoluta y única responsable de los malestares del hijo de ambos.
Desde que era muy pequeño, la madre lo había hecho eco de sus pesares, habiendo llegado a constituirlo en su “paño de lágrimas” –es decir, en un objeto. Le contaba todas sus penas, ansiedades e incertidumbres; sin advertirlo, lo hacía su confesor.
El padre, muy duro con el niño, lo castigaba con penitencias inflexibles y palabras recriminatorias, tal como su propio padre lo había hecho con él.
Las reprimendas y humillaciones delante de los amigos del chico eran una constante.

Sin más, voy a pasar al relato de mi encuentro con el pequeño.
Este ha sido, sin dudas, un análisis en el que tuve la posibilidad de pensar en qué medida el significante de la transferencia puede dar entrada al enlace transferencial, a partir del cual el analista toma el desafío de intentar instaurar el movimiento de deseo. Deseo que se encuentra detenido por la falta de negativización del objeto, por lo cual se busca, a partir de la transferencia, encontrar la palanca que mueve al objeto del lugar de tapón que está ocupando, dando lugar a que se ubique como causa.
Esta secuencia es repetida en nuestro segundo encuentro; vuelve a tomar al bebé y a maltratarlo. Pero esta segunda vez agrega algo: lleva al muñeco al baño y me dice imperativamente: “Esperá acá”, en tono de orden, cosa muy común en su trato con los otros.

Pasado un rato, me llama, me pide que entre al baño y una vez ahí, me dice “mirá”, señalándome el inodoro.
Allí, en el fondo, estaba el muñeco, y sobre él, caca.

¿Me creen si les digo que lo había intuido?
Creo que la intuición es una fina lectura que realiza el Inconsciente. Inconsciente que tiene la capacidad de anticiparse y que, en ese y otros tantos sentidos, no deja de asombrarme.

Mientras me muestra al niño-muñeco, sucio en el inodoro, me mira, muy nerviosamente.
Le digo: “parece que el chico se está aguantando las cagadas del padre”.
Me dice: “vos sos la madre, yo soy el padre”.

A partir de allí comenzará a configurase una escena en donde el objeto heces entrará como causa en juego.
Dejará el de ser él, el desecho, para dar lugar a una ficción en donde el objeto se desliza, se mueve.
De juguete rabioso a creador de su propia ficción, este niño pasará en análisis a llevar a cabo este juego que durará largos meses.

Preparándole la comida al bebé, tapándolo con mantas, acostándonos a dormir, como padres que somos, cuidando el sueño de nuestro pequeño, cada uno de los padres a un costado de Pepo, protegiéndolo.

Él ensayará, como padre, despertarnos con un susto, y se reirá sádicamente, ante lo cual yo -en el papel de la madre– diré que no es lo mejor despertarlo así, que habría que tratarlo de otra manera porque se asustaría.
Le preparamos comida con masa. La hicimos con harina y agua. Se hacía necesario que yo le dijera: “no tanta agua”, “se va a rebalsar”.
Intervenciones del tipo de acotar el goce, intentando trocar ese goce del Otro, en goce de la medida, goce fálico. 

Le señalaba lo bien que hacía las comidas. Porque luego de que la masa estaba lista, se le daba forma de empanadas, pizzas, etc.
Creo que hicimos el juego de la casita o el juego del hogar.
Poníamos un mantel y comíamos los tres.

Cada vez que venía a sesión, preguntaba: “¿dónde quedamos?”

Fue un juego que se extendió, porque luego él, como padre, pasó a ser cocinero de profesión y hacía ricas comidas para vender.
Cola de gente esperando para comprarle.
Él preguntaba: -“¿hay mucha gente?
Comenzamos a anotar, a hacer turnos de espera por escrito.

¿Saben lo que eso significa, llegar a hacer cosas que los demás quieran comprar?
Hay algo del orden de lo agalmático, de amasar el objeto ahí. Sin dudas, en ese juego hay algo del objeto que se cocina.
Luego, en el juego, el padre se quebró una pierna jugando al fútbol.
Parece que dejó ver su falta, su barradura, y entonces, madre e hijo lo ayudaban y cuidaban.
Apareció un padre donador porque le dejó el lugar en el fútbol a su hijo para que lo reemplace.

Creo que el ofrecimiento de hacer jugar la pasión, de anudarla a la ficción, desamarrando al objeto de su ser para ubicarlo como causa, falta en ser, permitió ubicar al objeto en el punto de anudamiento, permitió que ese real, desanudado, pudiera entramarse con simbólico e imaginario.
“El niño está para que el nudo se haga bien” es una frase de Lacan.
Efectivamente se puede ver algo de este entramado surgir en esta cura.

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