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Transferencia Salvaje (Psicoanálisis)

miércoles, 19 de octubre de 2016 0 comentarios

"La experiencia analítica nos confronta con obstáculos que en ocasiones no atinamos a esclarecer con claridad, circunstancia que conlleva el riesgo de extraviarnos en la dirección de la cura y encontrarnos al borde del desgarro del delicado tejido transferencial..." 

Observaciones sobre el objeto que encarna el analista en la transferencia[1]

Transferencia salvaje <> Intervenciones del analista

apuestas de carrera de caballos

Escrito por Eduardo Urbaj, Psicoanalista

Publicado también  en 
"Cuadernos Sigmund Freud Nº 29"



La experiencia analítica nos confronta con obstáculos que en ocasiones no atinamos a esclarecer con claridad, circunstancia que conlleva el riesgo de extraviarnos en la dirección de la cura y encontrarnos al borde del desgarro del delicado tejido transferencial. Me propongo abordar uno de esos obstáculos, que es el que resulta de no alcanzar a distinguir a nivel del objeto su dimensión visible de aquella que sólo se muestra velada en el acting out siendo el analista quien porta sin saberlo la encarnadura del objeto que se escabulle de la escena. Un recorte clínico será la herramienta que utilizaré para delinear los contornos espinosos de  este problema.
Un joven de unos 25 años me llega a una consulta traído por  su madre, quien se queja de no saber como ayudarlo. Lo ve muy angustiado, desesperado, llorando hasta altas horas de la noche desde que volvió a la casa materna tras una ruptura amorosa.
Ella habla por ella y por él, hace juicios sobre las chicas con las que sale. El joven permanece en silencio durante largos minutos hasta que  reacciona y  comienza  a cuestionarle a ella las parejas que ha tenido y el tipo con el que vive actualmente. Se arma ante mi una escena  bizarra de “pareja” que decido interrumpir. Les digo que ellos no están acá para hacer una terapia vincular y que, si él está de acuerdo,  yo estoy dispuesto a iniciar entrevistas con él.
Así es como empieza a venir él solo. Se dirige a mí en un estilo muy frontal, muy “callejero”, pero  respetuoso. Dice que  me gané su respeto por como la paré a la vieja y que me va a contar todo, todo lo que nunca les contó a  otros  psicólogos que había visitado. Se refiere a  que hace cinco años que consume drogas sin parar y que desde hace un año aproximadamente aspira cocaína todos los días desde la mañana hasta la noche;  que “toma a morir”, que duerme una hora, se levanta y se va a trabajar. Con lo cual se resignifican, entre otras cosas, el estado en el que llega cuando viene con la madre: no podía ni hablar de lo “duro” que estaba; y también esos dichos de la madre acerca de que él lloraba todas las noches y que ella no sabía que hacer: era el estado de angustia desesperante  que lo invadía  cuando el efecto estimulante de la cocaína  pasaba.   
Durante el primer mes de entrevistas me relata una serie ininterrumpida de actos impulsivos que realiza cotidianamente  que implican situaciones de alto riesgo,  y que se van alternando  con momentos de angustia desesperante.  Le pregunto  si él tiene alguna idea de por qué llegó a esto. Dice que no. No piensa, se hace muy evidente  que no piensa. Y en esas primeras entrevistas comienza tal vez por primera vez a poder pensar, acompañado por mis escansiones y preguntas que le permiten ordenar un relato. Cuenta como se fue convirtiendo en un personaje respetado en el mundo de  la noche y las patotas porque él pegaba como ninguno y siempre iba al frente. Cuenta de sus manejos en el borde de lo legal, y cómo ya había estado preso en una oportunidad y zafó por un pelo de una condena de prisión efectiva. Y en esas primeras entrevistas comienza a poner en cuestión  el valor del respeto ganado a las trompadas, y aparece la dimensión del perdido respeto por el valor de la palabra en el entorno familiar. Empieza a reconocer que todo ese mundo no le gusta, que es un mundo que no le inspira “verdadero”  respeto.
“Respeto” toma el valor de significante de la transferencia[2]. Un significante que remite a múltiples significaciones y que funda la transferencia. Vamos construyendo la historia, produciendo como síntoma sus acciones impulsivas,  armando nexos verbales. Y  comienzan a aparecer los lazos con su historia infantil. La historia de  un chico muerto de miedo desde que tiene recuerdos, y un mundo adulto que jamás se dio por enterado de lo que él sufría. Refiere haber crecido con una profunda sensación de soledad y  desamparo.  Hay de mi lado un reconocimiento - cuestión que creo muy importante con estos pacientes que vivieron el desamparo tan descarnadamente - de su lugar de víctima de esa soledad y desamparo allí donde los adultos no lo veían. Allí donde fue objeto de la mirada de nadie.


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Durante estas primeras entrevistas hago préstamo de significantes, hago hipótesis, hago construcciones, hago preguntas, pero preguntas no al estilo de  “a vos qué te parece”,  sino del tipo “no será que...”, hago hipótesis[3]. A partir de  estas hipótesis empiezan a aparecer de su lado asociaciones prolíficas, agudas, de una lucidez insospechable. Este chico no era ningún tonto. Estaba absolutamente aplastado en relación a sus recursos simbólicos.Muy rápidamente asocia el destino trágico al que se dirige compulsivamente  como una identificación a su padre. Aparece la historia de un padre que tuvo  grandes posibilidades, una carrera en un momento sumamente exitosa y luego  tirada por la borda y como se ha despeñado en una dirección de decadencia absoluta. Por el camino que va, en cualquier momento termina mendigando en la calle, y él empieza a verse como siguiendo ese destino. El destino de un padre otrora idealizado a quien le ha perdido el respeto  pero al que aún así se propone acompañar. Modos    de   sostener a un padre…
Es decir que el acting, no en forma directa sino a través de todas estas vueltas, empieza a encontrar su interpretación. Lacan decía: “el acting out llama a la interpretación”, no es interpretable pero llama a la interpretación, a que alguien lo vea, a que alguien pueda prestar atención a lo qué sea que  se muestra allí[4]. Una vez interpretado aparece el problema: cómo parar, cómo parar de consumir, porque mientras todo esto pasa, mientras estas entrevistas van desplegándose, un mes, mes y medio, él sigue tomando a morir, él sigue agarrándose a las trompadas, él sigue sin poder parar…. Algo se detiene, exclusivamente, cuando viene a las entrevistas. Decido entonces apoyarme en la punta de transferencia que asoma y hago una intervención de claro corte sugestivo. Le digo dos cosas: la primera es que le pido que confíe en lo que le voy a decir;  que seguramente le va a resultar descabellado pero le pido que me tenga confianza y que me crea y lo que le digo es “la angustia pasa”. Mi hipótesis es que su  compulsión al consumo tiene que ver con la desesperación por tapar la angustia que le sobreviene. Le digo algo así como que si él logra aguantarse ese impulso a consumir a la primera irrupción angustiosa, que ya va a ver que eso pasa. Y la segunda cosa que le digo es que cuando tenga el impulso de tomar cocaína se resista a hacerlo sólo por ese día. “Sólo por hoy, no”. Es interesante que el transforma esta indicación  - me entero de esto a la sesión siguiente- en que yo le dije, según él - “hoy no, mañana sí”. Es decir que hace una interpretación personal en la que se pone en  juego algo del orden de la intermitencia, cuestión que en breve habrá de cobrar enorme importancia en el desarrollo de la transferencia.  


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Pero por el momento hay que destacar que con esta intervención se apuntaba a resolver la urgencia, y funcionó: con estas dos indicaciones se detuvo  el consumo. Y por suerte funcionó porque no había margen para ningún otro tipo de intervención como la  interconsulta a un psiquiatra o algo externo que situara alguna ley. Estabamos  solos y acepté jugar   en sus términos –como decía él- “a matar o morir”. A la semana siguiente falta – lo señalo porque algo que a  esa altura aún no podía discernir ya se anticipa en esa primera  falta- y a la otra cuando aparece en sesión me dice que estas dos cosas que le dije le cambiaron la vida y que hacía dos semanas que prácticamente no había tomado más que en alguna ocasión aislada, lo que  para él representaba  un corte significativo. Comenta  que efectivamente era así, que cuando le venían ganas de tomar… cuando le agarraba la angustia… si no se precipitaba sobre la bolsa  al rato se le pasaba y que después por ahí volvía el impulso pero ya era menor,  y cada vez se decía hoy no, hoy no, mañana sí, hoy no, mañana sí. Y así se fue aguantando y bueno, me dice que los   viernes es cuando se le hace más complicada la abstinencia antes del fin de semana. Comienza un período en donde asiste con intermitencias. Al tiempo empieza a quejarse de que le cuesta mucho mantener su voluntad de no consumir entre sesión y sesión, que cuando él se va de la sesión se va pensando un montón de cosas pero a los dos o tres días es como que se le borra todo. Entonces me pide si puede venir dos veces por semana y que una de las veces sea los viernes que es cuando él sale del trabajo y no puede soportar el impulso de irse a tomar. Yo acepto con serias dudas de que pudiese hacerse  responsable de esas dos sesiones semanales. Y al no prestarle a mis dudas la atención que se merecían accedo a su pedido y caigo en la trampa. El respetaba mis indicaciones pero no podía respetar las pautas que él mismo se propusiera. Al acceder a su pedido – sabiendo que no iba a poder hacerse responsable de lo que deseaba -  pierdo una porción del respeto que yo le inspiraba.  Y no pasan muchas semanas hasta que las ausencias se hacen más frecuentes y la deuda por sesiones a las que viene y no paga y otras a las que falta se acrecienta notablemente.
Hasta que un día desaparece completamente. No sé nada de él, no responde a mis llamados. Ahora el que se quedó solo fui yo, él me abandona. Acá es donde aparece el objeto que se ve, el fastidio, la bronca por cómo me dejó plantado… Ahora, si uno se pone a pensar, intenta pensar “¿qué me transfiere?” puede ubicar que esto es la irrupción de la transferencia en su valor de resistencia y que estos son los momentos en los cuales uno está llamado a un saber hacer  que Freud llamaba el manejo de la transferencia.¿Qué me transfiere? Por un lado  el objeto que se ve, que es un objeto degradado,  me trata como la mierda;  pero además me transfiere el objeto que no se ve, el de la mirada de nadie. Ahí donde no me ve, no me escucha, no me atiende el teléfono me transfiere lo que él ha sido, lo que él es como objeto para el Otro. Me transfiere su angustia[5] - yo estoy angustiado- me transfiere su impotencia:   no puedo hacer nada, he sido abandonado, no tengo con quien hablar, no hay a quien llamar, no hay a quien reclamarle nada, me quedé solo… Ese es su lugar de objeto, el que habitó  desde chico  con esa sensación de soledad y  desvalimiento, muerto de miedo, sin nadie a quien llamar, sin nadie que le preste atención. El objeto que no se ve es el que el analista encarna en la transferencia, y allí podemos relevar lo silencioso de la pulsión de muerte que en su insistencia no cesa de no inscribirse. Es lo no ligado por el significante.

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Ubicar esto me permite no quedar preso ni de la angustia ni de la bronca - con la que se recubre la angustia- y pensar una intervención. Es un gran alivio cuando uno puede ubicarse como analista y discernir  en qué lugar está siendo tomado por la transferencia, porque todo ese malestar se esfuma  y uno está nuevamente trabajando. Empiezo a pensar en alguna intervención dirigida a la interpretación que él podría hacer  a partir de lo que vea de lo que yo estoy haciendo. El problema era cómo hacer para lograr que él pudiera verme.
Entonces se me ocurre apelar a las “nuevas tecnologías” y apostar a que si bien él no atiende mis llamados seguramente no va a poder resistirse a la curiosidad de leer un mensaje de texto. Entonces, unos diez o quince días después de su desaparición, envío un mensaje de texto a su celular, mensaje que medito largamente durante varios días conciente de  que el león salta una sola vez…  El mensaje tenía dos partes y decía  lo siguiente: “Me gustaría que nos veamos. Hay que barajar y dar de nuevo.”
El mensaje dividido en dos partes se regía  desde cierta lógica: en la primera parte intento  restablecer la dimensión del S.s.S. Recuperar alguna autoridad para que mi palabra pudiera ser escuchada, ya que ningún dicho puede tener valor cuando proviene de un objeto degradado en la transferencia. No le pregunto a él: te gustaría, no te gustaría, que te pasa, cómo estás, no le pregunto nada, le digo que me gustaría que nos veamos  pensando  en sus códigos de respeto. Yo apuesto a que él respete que a mí me gustaría verlo y que no le pido permiso, ni le pregunto, ni nada;  yo le digo que a mí me gustaría verlo, después que él haga lo que quiera. Y sitúo en la misma frase la cuestión de la mirada. En la segunda frase, ahora sí,  le digo lo que a mí me parece: que “hay que barajar y dar de nuevo”. Frase metafórica, impersonal,  abierta a la interpretación. Yo la escribí pensando en el encuadre existente de sesiones dos veces por semana que era francamente insostenible. Después me entero que él lo interpretó como un mensaje alentador de que es posible empezar de nuevo y replantearse qué hacer con su vida.
Para mi sorpresa a los pocos segundos suena mi celular y aparece una respuesta inmediata, entusiasta, eufórica, diciéndome  que sí, que bueno, que cuando podía venir, que si tengo un horario mañana… Al día siguiente está en mi consultorio puntual, de nuevo en sesión. La intervención le permitió rearmar la escena y retomar el tratamiento.
Pero entonces, si tantas ganas tenía de venir ¿por qué no lo hacía? ¿Qué valor tenía para él dejarme solo y  abandonado?: el valor de permitirle  separarse  de su angustia. Él  se separa de ese lugar de objeto de la mirada de nadie transfiriéndoselo al otro, transfiriéndoselo al analista. En este punto el analista es convocado a “encarnar ese objeto del cual el paciente se separa” [6] al momento de transferírselo. La fijación pulsional es solidaria de  la viscosidad de la libido. Como todo objeto viscoso no hay otra manera de sacársela de encima que no sea dejándola pegada en otra parte. Este es el valor de lo real de la transferencia que precisa de la presencia física del analista  como cuerpo ofrecido como objeto para que el analizante encuentre donde  dejar pegada su viscosidad  libidinal. Será responsabilidad del analista  ver como se las arregla para aceptar el convite sin que el objeto cedido   se le quede pegado Tal vez sea una de las dimensiones sobre las que Lacan procura dar cuenta al plantear a la posición del analista haciendo   semblante del objeto “a”.
El paciente me transfiere  el objeto perdido que él es, porque necesita ver qué otra cosa se puede hacer cuando se  está en ese lugar insoportable. Ver  como se las arregla el otro estando en  ese lugar en el que él ha quedado siempre angustiado,  paralizado e impotente. Por eso ahí es fundamental una intervención del analista que implique el pasaje de la pasividad a la actividad; hacer algo que a uno lo saque de ese lugar de impotencia. Hacer algo que ilumine radicalmente  el objeto que era invisible hasta ese momento y que es arrancado de la oscuridad por medio del acto  en el que el analista  ofrece a la mirada del paciente su propia  presencia en una escena rectificada – respecto a lo vano de la repetición[7] -   para que él haga su propia interpretación[8]. De este modo el paciente se reintegra a la escena primero desde el lugar de espectador, y luego, al ver como el analista se las arregló para no quedar perdido  en el lugar que él le había asignado  se monta nuevamente dentro de la escena y el lazo transferencial se restituye dentro de los parámetros que permiten el relanzamiento de la demanda[9].


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Para Diario Literario Digital






[1] Publicado en Cuadernos Sigmund Freud Nª 29.
[2] J. Lacan. “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la escuela”.  Otros escritos. Bs. As. Paidós. 1º edición 2012.
[3] S. Freud. “Construcciones en psicoanálisis”. Obras completas. Biblioteca Nueva. 4º edición, Madrid. 1981. Tomo III.
[4]Y lo que se muestra, se muestra esencialmente distinto de lo que es. Lo que es, nadie lo sabe, pero que es distinto, nadie lo duda “. J. Lacan. Seminario X,”La angustia”, Cap. IX.  Paidós. 1º edición, Bs. As. 2006.
[5] “Actuar  es arrancarle a la angustia su certeza. Actuar es operar una transferencia de angustia” J. Lacan, Seminario X “La angustia”, Cap VI. Paidos , 1º edición , Bs. As. 2006.
[6] D. Laznik. “Configuraciones de la transferencia: masoquismo y separación”. Revista Universitaria de Psicoanálisis, Bs. As., Facultad de Psicología,  U.B.A. 2003.
[7] “Esa experiencia se hizo en vano. Se la repite a pesar a todo; una compulsión esfuerza a ello”.
 S. Freud. “Mas allá del principio del placer”. Cap. III. Obras Completas, vol. XVIII,. Amorrortu Editores, Bs. As. 1986. 
[8]“Su acto toma el valor de un signo para ser leído, lectura acerca del objeto pulsional en juego – que es así bruscamente develado – que queda a cuenta del analizante”  E. Urbaj. “El manejo de la transferencia”. Cap.IV. Letra Viva y Centro Dos. 2º edición. Bs. As, 2013.
[9] “…una de las cuestiones que se plantean sobre la organización de la transferencia (…) es saber como la transferencia salvaje se puede domesticar, como se hace entrar el elefante en el cercado, como poner el caballo a dar vueltas en el picadero”. J. Lacan . Seminario X, “La angustia” Cap. IX. . Paidos , 1º edición , Bs. As. 2006.
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