La supervisión como dispositivo (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

La supervisión como dispositivo (Psicoanálisis)

jueves, 6 de octubre de 2016 1 comentarios

"Si el cinismo es esa máscara con la que el pedante se disfraza de sabio y la necedad esa capacidad de goce impermeable a la verdad. ¿Podremos evitar caer en la tentación de hacer de la supervisión un trabajo cínico para analistas necios?"


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La supervisión como dispositivo: por 

qué, para qué y cómo supervisar


Escrito por Eduardo Urbaj, Psicoanalista


Para Diario Literario Digital 



Cuando Lacan nos advierte en sus Escritos que “el analista es al menos dos: el que practica y el que se interroga por su acto”, nos convoca a un juicio íntimo sobre nuestra acción que es éticamente ineludible. Rescata de este modo el tríptico freudiano que ubicaba a la supervisión como un dispositivo indispensable para la formación del analista, tan necesario como el propio análisis y la elaboración teórica. La supervisión sería una práctica que se ajusta a los otros dos pilares que, a la vez, le sirven de marco.
La clínica nos ha enseñado a no desestimar el enorme poderío que ejerce la neurosis sobre los seres hablantes, y de su mano se extiende la tentación a insistir en los propios errores, tentación a la que los practicantes del psicoanálisis no estamos exentos. No podemos menos que aceptar con humildad las sabias palabras del poeta: "la naturaleza de la vida y la constitución espiritual del hombre llevan en sí una tentación de necedad, aturdimiento y avidez"



Si el cinismo es esa máscara con la que el pedante se disfraza de sabio y la necedad esa capacidad de goce impermeable a la verdad. ¿Podremos evitar caer en la tentación de hacer de la supervisión un trabajo cínico para analistas necios?

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En una supervisión ¿quién supervisa?

Considero que la supervisión no puede estar por fuera del discurso analítico. ¿Qué es el discurso analítico? Un discurso en el que se aborda el decir de una práctica imposible. Hacer funcionar un saber en tanto que verdad, lo que es decir que de lo que se trata es de hacer lugar a la castración. El analista que supervisa se barra en acto interrogándose por su práctica y es necesario que el supervisor esté a la altura ética de su función absteniéndose de erigirse como el amo del saber sobre el caso, es decir soportando también en acto la castración. 
Al hablar de la supervisión Lacan introdujo el nombre de “análisis de control”. Pienso que el énfasis no hay que ponerlo en el término “control”, al menos no como “ir a ser controlado”, pasivamente, sino en que se trata de un análisis, son sesiones –algo se cede allí- aunque con particularidades que lo hacen diverso respecto del análisis personal. 
Así como no hay dos sujetos en una sesión de análisis tampoco debería haberlos en una supervisión. Quien supervisa es el único sujeto que cuenta. El supervisor debería poder abstenerse de su propia subjetividad para estar a la altura ética de su función.

La supervisión no debe abolir al analista. De aquí se desprende cómo supervisar. Es muy diferente si voy a supervisar desde una posición activa, soportando barrarme y poniendo en suspenso mi saber sobre el caso, dispuesto a escuchar lo que como analista estoy haciendo sin saberlo, que tomar una posición pasiva en la que espero que el supervisor sea quien me diga lo que tengo que hacer porque él es el que “sabe”. Aquí es pertinente recordar el aforismo lacaniano “No hay Otro del Otro”, para evitar poner en acto esa ilusión neurótica de hallar una garantía por fuera de lo Real del encuentro que entre analista y paciente sucede en cada sesión. El analista ocupa un lugar insustituible.

Lo primero que hay que enseñar a quienes empiezan a supervisar es que no deben “traer” al paciente a la supervisión. El que supervisa es el analista, supervisa su función, cuenta lo que a él le pasa con ese paciente en particular. Por eso recomiendo a mis supervisantes evitar leer sus notas con los dichos textuales del paciente durante la supervisión[1].


¿Cómo opera el S.s.S. en la 

supervisión?



Lacan en el Seminario 11 plantea: “Desde que en alguna parte hay sujeto supuesto-saber, hay transferencia (….) el analista mantiene este lugar en tanto es el objeto de la transferencia”. La noción de Sujeto Supuesto Saber es compleja y hay que leerla en su doble vertiente Si el paciente nos cuenta sus problemas es porque supone que nosotros sabemos algo que va a permitirle aliviarse de sus padecimientos: al analista se le supone ser un sujeto que porta algunos saberes. Ahora, ¿cómo responde el analista a esta suposición? Responde con un operador fundamental que es el deseo del analista. 
¿Qué quiere decir responder desde el deseo del analista?: salir al encuentro del deseo inconsciente. Hacer que la suposición de saber recaiga sobre el propio paciente. Al saber el analista le supone un sujeto del inconsciente. El analista redirige esa suposición de saber hacia el saber no sabido por el propio paciente que así podrá comenzar a escucharse y descubrir el saber inconsciente que lo determina.
Algo análogo sucede en la supervisión. El supervisor va a suponer que el que sabe sobre el caso es el analista y hará de intérprete para que éste pueda apropiarse de su saber y pueda así hacer una lectura de la lógica en juego en la cura que le toca conducir. Lo que no sabe el supervisor es qué es lo que ese analista necesita desentrañar en ese momento en particular[2]. Se trata de escuchar en la demanda del analista que supervisa cual es el punto singular de lo que necesita para esa apropiación. En ocasiones puede ser que necesite del aporte de alguna herramienta teórica que le permita hacer una lectura de lo que el paciente le presenta en sus síntomas[3]; en otras de una autorización para autorizarse; o descubrir que es lo que sostiene su posición (que muchas veces es la correcta) sin que él mismo lo sepa; en otras- muy importante- una señal de alarma de la presencia de algún punto ciego en su escucha que determina que alguno de sus síntomas o fantasmas se cuelen en su intervención[4]; quizás de una lectura del lugar de objeto que el analista encarna en la transferencia sin saberlo. Esta última cuestión me parece de singular importancia y es la que voy a detenerme a desarrollar a continuación.


¿Qué pasa con la transferencia en una 

supervisión?



También en la supervisión hay contaminación transferencial. Me gusta pensar al supervisor como pasante: hace pasar el saber no sabido por el propio analista de lo que se pone en juego de la transferencia con su paciente. Esto a veces puede ser escuchado en el relato del analista pero a veces no, y es necesario disponerse a leer lo que se pone en acto en la escena de la supervisión. Por ej: Un analista se pregunta para qué viene su paciente ya que parece que le cuenta banalidades y no escucha nada de lo que trata de señalarle. A la vez el analista mientras relata el caso se pierde en detalles irrelevantes, hace que el supervisor se aburra y fastidie. La salida fácil es despachar la cuestión acusando al paciente de que no sirve ni para analizarse. Para salir de estos atolladeros es necesario distinguir que en el análisis se ponen en juego dos dimensiones estructurales de la transferencia: la que tiene que ver con el significante y la que tiene que ver con el objeto. Y en transferencia está el objeto que se ve, ese del que el paciente habla y es interpretable por la vía del significante en sus cadenas asociativas, pero además está el objeto que no se ve y ese es el que encarna el analista en la transferencia sin saberlo. 
El supervisor será convocado a encarnar ese objeto que no se ve para poder hacerlo visible[5]. Dar a ver cuál es el objeto que el analista está encarnando en la escena transferencial con su paciente. Ese objeto que el paciente es: ya sea en el punto en que se identifica a un objeto degradado, desvalorizado, ya sea como objeto de la angustia en el punto de su desamparo. Ese objeto le ha sido transferido al analista por el paciente que ahora se erige en el lugar de sus otros gozadores y de ese modo –por la vía abierta de la transferencia-se separa bruscamente de ese lugar de objeto. Sin saberlo, en el marco de la supervisión, ese mismo objeto que el paciente le transfiere ahora el analista se lo transfiere al supervisor que tendrá la ocasión – si está atento a esta dimensión- de ahora sacarlo la luz, y dárselo a ver al analista para así poder pensar en intervenciones posibles con su paciente que permitan destrabar los impases de ese análisis[6]. Es el punto en el que la resistencia del analista pasa de obstáculo a motor y se transforma en un operador fundamental para hacer avanzar la cura. 
Hay que tomar en consideración lo que al analista le pasa con ese paciente, no para operar desde la contra-transferencia -por supuesto que no- pero sí para ubicar cuál es el objeto que le ha sido transferido y que encarna sin saberlo para, desde allí, poder pensar en estrategias de intervención que le permitan correrse del lugar de objeto en el que está y, al iluminarlo y ponerlo sobre la mesa, poder hacer que el objeto entre dentro del campo del análisis. Sabemos con Freud que el paciente no tiene otra manera de hacer entrar ese objeto que por esta vía: el acting out y su puesta en acto en transferencia.

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[1] Recordemos de paso que Freud recomendaba no tomar notas durante las sesiones.
[2] También la posición del analista que supervisa debe estar comandada por la “docta ignorancia” para poder escuchar sin anticiparse apenas escucha alguna cuestión que lo lleva a relacionar el caso con otros casos o con saberes premoldeados. La supervisión también es caso por caso.
[3] Personalmente trato de que  no sea esa la dimensión que hegemonize  el espacio de supervisión ni siquiera  cuando la supervisión es grupal y es mayor la tentación a hacer docencia.
[4] En ese punto la ética nos convoca a la abstinencia y nos limita a  iluminar el punto ciego  y remitirlo al propio análisis.
[5] Este es un punto crucial que muchas veces lleva a detenciones e incluso abandonos de tratamiento y al que yo observo que muchas veces  no se le presta la atención que requiere en las supervisiones.
[6] Pasar  del lugar de objeto gozado al de hacer semblante del objeto “a”.
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sábado, 12 de noviembre de 2016, 18:05:00 GMT-3

Excelente artículo que permite pensar la supervisión realmente como dispositivo. Abiertos a lo que suceda, poniendo a jugar los elementos para que algo nuevo se produzca en ese encuentro. Gracias!

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