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El gallo (Cuento)

jueves, 29 de septiembre de 2016 0 comentarios

 “Mira linda, qué belleza: hermosas y erguidas plumas negras en la cola, el pecho dorado y la cresta, tan roja, la envidia de esos otros que no me llegan ni a la altura de mis fuertes patas. ¿Qué dices, guapa, llegamos a un acuerdo?"                               


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El gallo


Escrito por Isabel Llor Cerdán

Para Diario Literario Digital




“Mira linda, qué belleza: hermosas y erguidas plumas negras en la cola, el pecho dorado y la cresta, tan roja, la envidia de esos otros que no me llegan ni a la altura de mis fuertes patas. ¿Qué dices, guapa, llegamos a un acuerdo”?.
La gallina, modesta y joven, lozana, apenas alzó los ojos y luego siguió picoteando sabrosos granos de maíz, mientras pensaba ¡Será presumido!.
Pero, claro, un día y otro y otro, con la misma cantinela, la gallina comenzó a pensar que tal vez era ella la tonta al no saber apreciar lo que el gallo pregonaba. Era cierto que si se unía a él, los pollitos serían de buena raza, apuestos, fuertes…Mientras tanto, otro gallo más joven, la observaba en la distancia. ¡Qué linda pollita!. Parece humilde, bondadosa, sería una buena madre y me sentiría orgulloso si ella me viera tal como soy.

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Llegó la luna llena y aquella noche el cielo se llenó de estrellas y él formuló un deseo. Secreto, pues si lo pronunciaba no se cumpliría.A la mañana siguiente, se presentó el gallo maduro y puso en el suelo un buen montón de gusanos. Era un buen presente, pensó.La gallina miró de reojo y, como si fuera una señal, el gallo empezó a girar e inflar el pecho más y más. “La pollita caerá rendida a mis pies” –pensó- Y tanto se esforzó que perdió el equilibrio y quedo tumbado patas arriba. ¡Qué ridículo, que bochorno, jamás podría volver por allí!. En cuanto pudo recuperarse,salió a la carrera y nunca más lo vieron.
El gallito joven se aproximó y la joven, sin darle importancia, dijo:-Ven, ayúdame a comer de este montón de sabrosos gusanos. Son demasiados para mí.
En primavera nacieron los pollitos. Todos alegres, felices… menos uno que siempre llevaba la cabeza muy alta y cuando podía se escapaba a la cima del monte y desde allí soñaba que, en  cuanto sus alas fueran más grandes, volaría hacia la estrella que brillaba mucho y en las noches claras parecía llamarlo.
Él no lo sabía, pero eso es lo que, en secreto, había deseado su papá en una noche clara.

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