El manejo de la transferencia de angustia (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El manejo de la transferencia de angustia (Psicoanálisis)

jueves, 22 de septiembre de 2016 0 comentarios

"El paciente se dirige a su analista posicionado desde el lugar de su Otro gozador y su analista queda investido de la pesada carga libidinal que el paciente acostumbra soportar cuando es gozado como objeto. Son momentos en los que se tensa la cuerda transferencial y hay que maniobrar con sumo cuidado para que no se desgarre..."



El manejo de la transferencia de angustia

Escrito por Eduardo Urbaj, Psicoanalista

Para Diario Literario Digital

 Reescritura reducida de un capítulo central del libro 
"El manejo de la transferencia"  





Voy  a abordar el problema que se nos presenta en la clínica cuando lo que irrumpe en la escena analítica es la transferencia de angustia. Me  refiero a esa  modalidad de la transferencia en donde el sujeto se separa de ese objeto que él ha sido, de ese objeto que  él  es  en el punto de su desamparo, en ese punto en el que quedó caído, abandonado, desvalido,  y  ese objeto se lo transfiere a su analista que, de este modo, es convocado a  encarnarlo. El paciente se dirige a su analista posicionado desde el lugar de su  Otro gozador y su analista queda investido de la pesada carga libidinal que el paciente acostumbra soportar cuando es gozado como objeto.
Son momentos en los que se tensa la cuerda transferencial y hay que maniobrar con sumo cuidado para que  no se desgarre. Momentos en los que  verificamos  que la responsabilidad en la dirección de la cura queda plenamente del lado del analista, y por lo tanto la persistencia de la situación que obstaculiza el curso del análisis habrá que ponerlo en la  cuenta de la  resistencia del analista. Al respecto me parece fecundo sostener  que  la resistencia del analista puede pensarse a la vez  como motor y obstáculo.  Si bien es necesario advertirla “a tiempo” para operar, es a la vez lo que permite que el análisis avance. Como la resistencia de las lámparas incandescentes que obstaculizando el paso de los electrones generan luz y calor es  la resistencia del analista lo que eleva la tensión que  ilumina la corriente libidinal que el paciente, por la vía de la transferencia, hace circular  por su cuerpo.
Cuando la transferencia de angustia sube a escena lo hace al compás de la caída del analista del lugar del S.s.S. Nos encontramos frente a un enigma que nos interpela y que no es posible eludir porque ¿cuál sería  el soporte de la eficacia de las intervenciones que un analista puede hacer en ese punto en el cual su  palabra está devaluada porque transferencialmente ha ido a parar al lugar de un objeto degradado?Se nos presentan dos órdenes articulados de dificultad: por un lado el analista está caído del lugar de autoridad. Por el otro, si lo que está en juego allí no es del orden del saber del inconciente, sino más bien del acting out,  la interpretación al modo del equívoco no va a tener ningún efecto.

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La respuesta enigmática que Freud va a formular es que en ese punto hay que apelar a una operación que va a llamar “manejo de la transferencia”, intervención que Lacan reconoce tan esencial como para plantear que por allí pasa el “secreto del análisis”. Intentaré situar  lo específico de esta intervención en un caso  a partir de lo ocurrido en una sesión con  una paciente - a quien llamaremos Melina-  que tras largos años haciendo diván  se encuentra detenida en una  faz resistencial de su análisis.  Para poder ubicar lo sucedido en esta sesión paso a relatar  algunas coordenadas del caso.
Es una mujer joven que inicia su tratamiento con la expectativa de superar el desgano y el fastidio que la invaden cotidianamente en los diversos ámbitos por los que circula en su vida.
   De su infancia se queja principalmente  por haber tenido que padecer la  inestabilidad emocional de su madre, que pasaba  de estar “lo más tranquila y cariñosa” a  explotar con violencia gritándole desaforadamente. Dice que esto le daba terror. Lo peor era lo arbitrario de estas reacciones. La misma actitud o comentario que Melina hacía hoy y despertaba una reacción afectuosa podía mañana despertar en su madre una reacción violenta. Es así como va replegándose, procurando reducir sus demandas y su presencia a la más mínima expresión.
   Se refugia en la fantasía de una morada acogedora que le “asegura” el padre, que tiene hacia ella una actitud cariñosa y protectora – a solas -  pero  en realidad bastante ausente a la hora de frenar los embates de su mujer – contra Melina - a quien no contradice para evitar ser objeto de su ira. El padre calla. Tenemos entonces una niña aterrorizada por las locuras de su madre y un padre que al callar la abandona a su suerte.   El análisis se despliega – lento, farragoso, con una gran carga de angustia y su férrea decisión de apostar a la vida –sostenido en una transferencia positiva que la conduce a animarse a confiar – tímidamente al principio, más decidida luego –en su prójimo. Así  es como mejoran notablemente sus condiciones laborales y va dejando atrás modalidades que se repetían en las  relaciones que tenía con los  hombres en  las que se ubicaba como un “felpudo”, que le permiten acceder   a una relación de pareja con un señor que la ama y respeta, con quien deciden tener un hijo que nace y crece saludablemente;  un destino impensable para ella poco tiempo atrás.Pasa el tiempo, y  cuando todo parece andar encaminándose, un buen día su malestar y fastidio retornan. Está harta de su trabajo, le molesta lo que su pareja hace y deja de hacer, le fastidian los caprichos de su hijo....Largas sesiones desplegando su queja y convenciéndose de que es inútil....quejarse. Eso no cambia las cosas que “son así”...no tienen remedio....no tiene sentido seguir hablando....Comienzan los reproches hacia los largos e inútiles años de tratamiento, que finalmente cristalizan de un modo contundente: ¡deja de hablar!
   Se suceden largas sesiones en silencio. Mis intervenciones intentando romperlo son infructuosas. Da alguna respuesta a mi comentario  y otra vez calla. Comienzo a prestar atención a un detalle  que me resulta significativo: ella puede pasarse largos ratos en silencio (¡sesiones enteras!) con total comodidad. La incomodidad queda de mi lado y me interroga. ¿Qué es lo que me transfiere? ¿Su angustia? ¿Será  que por la vía  de una puesta en escena en la que ocupo un lugar privilegiado   alguna dimensión del objeto que ella ha sido  va a ser revelado?   ¿Cuál es la escena?: ella está recluida en el diván como en un escondite secreto. Como los chicos que juegan a las escondidas tapándose los ojos, como desde el diván  no me ve,  juega a ser  invisible. Fuera del alcance de mi vista  se torna inhallable e inalcanzable. Todos mis intentos por reinstalar un diálogo se tornan infructuosos. En lugar de reducirse para no molestar se pone fuera del alcance del capricho del Otro. Pero lo principal es que, identificándose a ese rasgo del padre – callado – que la dejaba inerme y desamparada ante la violenta arbitrariedad materna, toma ese lugar de su Otro - otrora gozador - callando ella en sesión y colocando a su analista en el lugar de un objeto abandonado, separándose así de la angustia que supo acompañarla cuando fue ese objeto abandonado por el  padre  que callaba cobardemente.   Hago ahora un parentésis para introducir un elemento que conviene tener presente cuando se impone la necesidad de una intervención en el marco de una transferencia negativa como la que describo. Y es que no hay que olvidar que la interpretación no corre exclusivamente a cuenta del analista. También el paciente interpreta. Hace su propia lectura de lo que sucede en la sesión. Y cuando la resistencia sube a escena el paciente está mirando a su analista a ver qué hace. La intervención pertinente será aquella que haga del analista un  signo  que muestre el objeto en juego y lo ilumine, para abrir el camino a la producción de un significante nuevo.“Manejar la transferencia” es operar desde ese incómodo lugar intentando mostrarle al paciente - porque él está mirando - un modo diferente de posicionarse. De este modo lo que para él es necesario –su modo habitual de respuesta  - podrá leerlo como contingente.  Quizás lo fundamental no sea el contenido de la acción en sí sino su implicancia en términos del pasaje de la pasividad a la actividad. Allí donde el paciente sólo puede sumirse pasivamente en la angustia de una situación que evoca su fragilidad y desamparo, podrá ver como su analista “hace” algo diferente. Dicho de otro modo: lo que interpreta al paciente son los cambios de la posición transferencial del analista al correrse del lugar en que el paciente lo coloca. Su acto toma el valor de un signo para ser  leído, lectura acerca del objeto pulsional en juego  - que es así bruscamente develado - que queda a cuenta del  analizante.
            Cierro el paréntesis y vuelvo al caso en el punto en el que en la  mitad de una silenciosa sesión decido intervenir: “Siéntese”. Silencio, quietud. Ninguna respuesta. Subo el tono de voz y la llamo por su nombre. “Melina, ¡¡siéntese por favor!!”. Vacilante, con gesto perplejo, se incorpora  en el diván y me mira desconcertada. “Tome asiento allí” – le digo señalándole un sillón situado frente  a mi – “continuaremos la sesión cara a cara”.

Se sienta, me mira, y a los pocos segundos comienza a hablar. Me cuenta que al ir hacia el sillón se le apareció un recuerdo de su primera infancia que tenía totalmente olvidado. Había descubierto un lugar en su casa - un mueble con un doble fondo - en el que se escondía y nadie la encontraba. Podía pasarse horas allí en silencio recluida y fuera del alcance de los caprichos de su madre. Pero también sintiéndose un mueble más de la casa, de esos que quedan olvidados en algún desván. En ocasiones se quedaba dormida allí y despertaba cuando escuchaba la voz del padre que, al llegar, siempre preguntaba por ella. Entonces se escurría de su escondite sin ser vista y reaparecía ante sus padres.

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   Podemos ver que el analista se encontraba a la vez ocupando lugares diversos en la transferencia: la madre de la que la paciente se esconde, el padre que calla, la paciente que se esconde calladita.
   Al  llamarla por su nombre - y convocarla a seguir hablando “cara a cara” - la escena compulsivamente repetida se disuelve, al tiempo en que algunas de sus aristas bruscamente se revelan. Por un lado, el objeto que ella era y con el que había investido al analista transferencialmente – un objeto caído,  abandonado, inerme frente al Otro– se muestra a su interpretación. En su intervención,  el analista es - por un lado - el padre que la rescata con su llamado, pero también  es ese objeto que ella era pero  al correrse  en acto del lugar en el que ella quedaba irremediablemente atrapada, le da  a ver que es posible tomar otra posición que permite recuperar la iniciativa, y tomar la palabra.De este modo  concluye un recorrido que la paciente  inicia con  la separación  del objeto que ella era - transfiriéndoselo al analista - y que se cierra con el acto a través del cual el analista le da a ver a su paciente el objeto en juego y se lo ofrece para su interpretación.  El “estar callado” toma el valor de un  significante nuevo que se produce como efecto de esta intervención. Se reinstala en transferencia el lugar  del S.s.S., lo cual se verifica por su efecto inmediato que es el de  producir  el relanzamiento del trabajo asociativo. La analizante queda implicada en relación a su angustia ya no – únicamente - en su vertiente pulsional mortífera y silenciosa. Se le abre una vía para armar los nexos entre la  dimensión de  su angustia y los  silencios del padre que, por la vía de la puesta en acto en transferencia,  encuentra un desfiladero por donde lo no ligado de la  pulsión – que retornaba compulsivamente al nivel de ese fastidio que lo invadía todo - podrá comenzar a articularse a una cadena  significante.

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