El héroe reticente - Capítulo 34 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 34 (Novela Policial Negra)

lunes, 19 de septiembre de 2016 0 comentarios



"Juntó sangre en su mano y manchó el borde del lavabo. 

Parecería que allí se había golpeado..."
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Escrita por AQ Gimenez



Para Diario Literario Digital


Capítulo 34 

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“Celular entregado. Llamá cuando quieras, está en vibrador.”

Cuando leí el mensaje de Peña, que incluía el número del móvil, un escalofrío me pasó por la columna como si me hubiera abrazado una bruja. El desenlace de mi plan se acercaba y era imposible saber cómo terminaría.


Esa noche Ágata Topo disfrutaba de la presencia de su hija y de la ausencia de “El Zorrino”. Estaban cenando pizza, la comida favorita de Anastasia y de los custodios.
El celular que el policía le había entregado, silenciosamente, cobró vida. Por suerte los dos energúmenos estaban adorando a la diosa muzzarella y no se percataron del repentino color bermellón de sus mejillas. Es que la conjunción del lugar donde había escondido el teléfono, la intensa vibración, y sobre todo, saber quién estaba del otro lado de la línea, la había excitado. 
Fue al baño y atendió con un susurro casi inaudible.—Hola mi amor. Todos los miedos de Ágata sobre la reacción de su marido ante lo que había pasado en su ausencia se desvanecieron con una frase:

—¡Me muero de ganas de verte!

Mientras ella lloraba de alivio, él le explicó su plan. Era complicado y peligroso, pero como sus tramas literarias, estaba bien planeado y era factible.

Cuando terminó la explicación, Carlos volvió a darle un baldazo de alegría a su mujer.—No puedo ni quiero imaginarme lo que pasaste, pero tampoco tenés que pensar que algo cambió entre nosotros. Lo único que hay que eliminar de la ecuación es al hijo de puta que nos separó.

Ágata empezó a llorar, pero después de tantos días de hacerlo por rabia, esta vez era distinto. Cuando Anastasia se acostó, anunció  a los matones que iba a ducharse, como todas las noches. Entró en el baño, cerró la puerta con llave, como siempre, abrió la canilla y preparó el escenario como Carlos se lo había pedido. Sería duro, pero estaba dispuesta a mucho más con tal de liberarse del odiado Víctor Zorrilla. 
Luego de desnudarse, limpió con alcohol la tijera de uñas de su kit de manicura, y con la punta se hizo un corte profundo en la parte superior de la frente, más arriba de la línea del pelo, para que la cicatriz después no se viera. Más temprano había tomado tres aspirinas para incrementar la hemorragia.

Juntó sangre en su mano y manchó el borde del lavabo. Parecería que allí se había golpeado. Entró en la ducha, se mojó un poco el cuerpo y lavó su mano. Verificó que no quedara sangre en la bañadera y salió, colocándose en el piso en el lugar en el que hubiera quedado si se hubiera resbalado, golpeándose en la pileta al caer. Esperó unos segundos hasta que la sangre, aumentada por el agua y las aspirinas hiciera un charco en el piso. Cuando consideró que era suficiente, tiró con fuerza de la cortina del baño, arrancándola como si la hubiera arrastrado al tropezar y, con la mano abierta, golpeó con fuerza el piso.

En seguida oyó los pasos de los guardianes, y los golpes en la puerta. No respondió. Un rato después, luego de gritos y preguntas, los bestias tiraron la puerta abajo como si fuera de cartón.

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Al encontrarla en el piso, hicieron lo que Carlos había supuesto, la envolvieron en unas toallas, despertaron a la nena y, en el auto que tenían estacionado en la vereda, la llevaron a la Guardia del Hospital Pirovano.

El subcomisario Peña ya había hablado con el Director del hospital, al que conocía muy bien por su paso por la cercana Comisaría 49. El médico de guardia la recibió y, aunque en dos segundos había comprobado que la paciente no corría ningún peligro, la derivó a terapia intensiva, ubicándola en la cama más cercana a la pared, gritando y gesticulando como si la paciente estuviera al borde de la muerte.

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En ese momento, coreografiado como un musical de Broadway, entró el Subcomisario con un hombre supuestamente herido y criminal, con ropas manchadas de sangre (falsa como un billete de tres dólares, con la cara de Lenin) y dos policías armados con escopetas 12/70. 
El mismo médico, con una calidad histriónica que le hubiera permitido trabajar en “Dr. House”, recomenzó las indicaciones y los gestos y ubicó al simulado paciente en la cama que estaba al lado de la de Ágata.

Peña, que tampoco era mal actor, preguntó por la niña que lloraba desconsolada de la mano de los energúmenos. Le dijeron que era la hija de la ocupante de la cama uno. El policía la tomó de la mano, sin que los matones se animaran a decir nada, y la llevó a sentarse al lado de su madre, diciéndole al oído que había hablado con el doctor y  le había dicho que su mamá no tenía nada grave y se iba a poner bien.

Los matones se alejaron un poco. Una enfermera se les acercó y les preguntó si eran parientes, al contestar que no, les pidió que fueran a aguardar a la sala de espera. Salieron, a las maldiciones, pero con tanto cana dando vueltas, no podían hacer otra cosa.


Cuando llamaron a su jefe, sus gritos eran tan fuertes, que los secuaces tuvieron miedo que los policías, dentro de la guardia, escucharan las barbaridades que decía. 

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Lee la primera parte de esta novela en: 


Para Diario Literario Digital

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