Deseo de tener hijos, goce de ser madre, deseo de mujer (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Deseo de tener hijos, goce de ser madre, deseo de mujer (Psicoanálisis)

lunes, 1 de agosto de 2016 0 comentarios

"¿Cómo un desinvestimiento puede afectar lo construido por un sujeto en sus primeros años?"



Deseo de tener hijos, goce de ser                   madre, deseo de mujer                                   
Escrito por Hector Yankelevich    


                  Para Diario Literario Digital                                              


En investigaciones anteriores, en curas con niños autistas y sus madres, había pensado que estas últimas no podían, más allá de sus sentimientos conscientes, investir al niño recién nacido como sujeto y, de este modo, hacerlo advenir. La complejidad de los cuadros se debía a que ellas pensaban, inconscientemente, no tener nada para darles o que esa nada era escasa, insuficiente o no apta para satisfacerlos. En todos los casos había una correspondencia entre el no poder desprenderse del pecho, de no hacer don de su propio cuerpo -el tiempo necesario, que varía-, y  la ausencia de la palabra en los niños. En sus historias, cada uno de los pacientes nos conducía a pensar lo que las madres eran incapaces de articular: 1) lo que les sucedía a sus hijos con 2) la carencia de investimiento fálico del que ellas mismas habían sido objeto tanto por uno, por el otro o por los dos padres. A pesar de haberlo deseado conscientemente, el no investimiento inconsciente del bebé se debía a que ellas no podían dar su falta porque esa falta no la habían perdido para hacerla suya. Es el deseo infantil el que había faltado, un deseo que no se dice y que no basta jugar con muñecas para creer que existe. Ese no investimiento inconsciente producía una especie de estupor raramente confesado, y no estoy hablando de esquizofrenias, lo que hace que los estados estuporosos sean fenómenos que hay que trabajar en toda la serie clínica.  
Pese a que tenían en sus brazos o en la cuna a un ser vivo en el que no se reconocían, creían honestamente haberlo deseado, lo que es cierto, pero a la vez carecían del estrato fundador de ese deseo: intercambiar la falta fálica, su falta fálica en el tener, por un niño dado por el hombre que reemplazaría… ¿al padre? No es que el seno o la palabra -en el caso en que no fueran capaces de hablarles- no eran otorgados porque se guardaran para sí, porque tuviesen demasiado valor, sino porque no tenían ni sentido ni significación. En otros casos, distintos, fueron pacientes que directamente rechazaron la maternidad, hasta que lo real biológico viniera en ayuda de ese deseo. Una vez traspasado ese límite, la búsqueda de un niño se volvió absorbente. En otros casos, cada embarazo, deseado, una vez constatado, producía una crisis de desesperación en donde la idea próxima del pasaje al acto de matarlo y matarse imponía su interrupción asistida. Sin embargo, hay un tercer grupo, disímil de los primeros, aunque podamos pensarlos, probablemente, cada uno como subconjuntos de un conjunto formado por las relaciones entre cada mujer y la función fálica. Este subgrupo estaba constituido por analizantes que hablaban amargamente del lazo indisoluble de su propia madre con un hijo muerto o con un hijo en vida vegetativa tras un accidente. También hubo analizantes en las que un duelo por un segundo hijo no nacido les impidió mantener el lazo con el que sí estaba vivo, lo cual no deja de ser enigmático –por qué alguien muerto o no nacido puede tener más valor de goce cuando ya se ha tenido la experiencia de haber sido capaz de poner en el mundo a alguien vivo, querido y todavía dependiente de ella. Es un enigma que hay que tratar de hacer trabajar, difícil cuando el paciente es el niño y no la madre. Igualmente difícil cuando es la mujer quien está sobre el diván, para quien el duelo imposible de duelar se presenta con una fuerza avasalladora.
No son los únicos casos. También se nos presentaron otros en donde, sin duelo, un primer hijo fue dejado caer en el momento mismo del nacimiento del segundo. Ese primer niño había sido adorado hasta el nacimiento del segundo. Estas analizantes tardaron mucho tiempo en reconstruir la prehistoria de lo que les había ocurrido, por lo menos como rememoración de las circunstancias que habían alejado a la madre de ese primer niño. Esta rememoración no produce efectos por sí misma, ya que es siempre posible que su eficacia sea reducida a nada por otros recuerdos que actúan como desmentida de lo que se dio a conocer en la primera rememoración. Es así que es el analista quien debe articular ese significante con el resto de lo que se desprende de los recuerdos encubridores (o recuerdos–puente, traduciendo así el Deckerinnerung freudiano). Articular, como lo repite incansablemente Lacan, es algo que al sujeto en análisis le es imposible realizar. Es uno de los actos del analista.
Esto también nos enseñó que no en todos los casos el desinvestimiento abrupto de un niño de dos años produce autismo. En algunos casos, he visto pacientes que habían hecho autismos secundarios, en otros, sin que yo pudiese hacer nada para evitarlo, ya que ese desinvestimiento había sucedido muchos años antes del momento en que la madre pidió análisis para ella, fueron directamente a la paranoia clínica, con su cortejo de omnipotencia, fracaso, drogas, delitos, sin que un análisis durante la infancia pudiese mejorar las cosas, ya que la madre era incapaz de rememorar el sigiloso advenimiento de su caída y el padre no goza, en general, de la calidad de testigo. No podemos prever lo que un abrupto desinvestimiento materno puede producir en un niño cuando deviene adolescente o adulto, ni siquiera fundándonos en el momento en que esto sucede.
¿Cómo un desinvestimiento puede afectar lo construido por un sujeto en sus primeros años? No podemos saber hasta dónde lo afectado por el hecho de haber sido dejado caer tomará o no carácter forclusivo y cómo. ¿Cómo pensar que algo que no fue, el hijo nonato, muerto o en vida vegetativa, pueda tener más valor de goce que un ser vivo que aún necesita de cuidados, que en general despierta una poderosa atracción erótica en las mujeres?
En los duelos severos hay, todos lo sabemos, un desinvestimiento del mundo y del entorno, de lo íntimo y de lo éxtimo, dos caras del mismo objeto. Es cierto, pero no podemos pensar este fenómeno solamente como un retraimiento del investimiento de objeto en investimiento narcisista. Hay un tercer término que tenemos que poner en juego para explicárnoslo y es la función fálica, que hace amable y deseable al objeto a condición de haberlo perdido previamente. Y en estos casos parecía funcionar al revés, ya que hacía perder el valor fálico a lo vivo y lo que promete persistencia en el ser –cualidad spinoziana, si la hay–, dándosela a lo que ya no era ni podía ser. Precisamente, había una lucha feroz para no dar por perdido lo que ya no podía ser, y para ello todos los investimientos sobre lo viviente fueron sacrificados en el altar de lo que ya no era.
El que la libido no pueda ya desplazarse del objeto desaparecido a otro viviente, como lo señalaba Freud en Duelo y melancolía, es lo que nos indica que el duelo que no se termina es producto de un impedimento, de una inhibición. Pero precisamente en ese ensayo de Metapsicología de 1917, Freud no acude al valor fálico. En cambio, sí lo hace cuando pone al niño como equivalente fálico en otro trabajo escrito el mismo año, Las transmutaciones de los instintos (así traducido en la edición de López-Ballesteros, pero en alemán dice übersetzungen, “transposiciones”, aludiendo a un desplazamiento y no a un mágico y alquímico cambio sustancial), y ubicándolo también como equivalente anal. ¿Por qué equivalente anal? Lo que escribe Freud, y es fundante, no tiene nada que ver con el carácter anal, con todo lo que le adjudicamos de feo a lo anal, eso que da poco o nada y a desgano, eso existe por supuesto, pero no aquí, ya que lo anal es la base pulsional de la metáfora. Lo raro es que en algunos casos, no en todos, aunque hubiese un desinvestimiento del niño nacido y en estado de dependencia, el marido no lo había sido. No es que la relación fuese óptima como lo había sido antes, pero las relaciones de cariño, de confianza, no solo no habían desaparecido sino que existían como siempre, a pesar del duelo. Aún más, en algún caso, su apoyo a la carrera del marido no había cesado. Sin embargo, el niño vivo, a pesar de eso, había sido desinvestido.
Inconscientemente, nunca puede hablarse de un maltrato. Indudablemente, Freud tenía razón al privilegiar al niño en su dimensión fálica, pero hay algo que nos hace falta, además de la dimensión fálica, y aunque esta sea la fundamental, no nos basta.
En un trabajo de Lacan que casi nadie cita, “Propósitos para un congreso sobre la sexualidad femenina”, que integra los Escritos, este dice algo que nos da una pista, una sola, pero vale su peso en oro: “Es un amante castrado o un hombre muerto, o los dos en uno, quien para la mujer (se) oculta detrás del velo para allí convocar su adoración”. Entonces, acá tenemos otro término: castrado o muerto. ¿Nos acerca el hijo muerto al olvido del vivo, al olvido del que ya comenzó a hablar y caminar por el recién nacido, o viceversa? Por lo menos, el articulador lógico no es el vel, o uno u otro, uno y otro, sino aut, o uno u otro, pero no los dos.



Acudamos nuevamente a Lacan. Al dibujar el nudo de tres en “La troisième” marca por escrito un goce entre imaginario y real que llama “goce de la vida”. Pero después de escribir ese nuevo goce, Lacan dice que es imposible. Ahora, ¿esto es un límite que nadie transita o bien es algo por lo que tenemos que preguntarnos en cada análisis: cuál es el llamado de ese peculiar goce del Otro? Ya que ese goce no es solo cómo fuimos gozados, tanto para bien como para mal, y depende de la clínica del uno por uno,  hombre o mujer, de las relaciones que cada cual, lado hombre o lado mujer, tiene con ese goce de la vida. Es cierto que es imposible transitarlo así como así, sin embargo hay algo en la mujer que se acerca a ese borde de lo real de otro modo que el hombre, y es en la maternidad.
Es cierto que una aproximación somera diría que un hijo es un don fálico. Sin embargo, hay algo en el goce materno de una sorprendente fragilidad y es la incursión en ese goce que hace que los hijos que nacen de sus entrañas las hagan traspasar, a todas las mujeres, pero diferentemente una por una, las puertas del infierno cuando esa gestación, esa vida les es arrebatada. Hay una singularidad en esto que resiste su metaforización  por otros hijos y por el amor de un hombre o por un hombre. Que Lacan nombre “imposible” a ese goce no indica que nadie se acerque a él ni que no lo pueda transitar un tiempo, el tiempo de un instante o de una eternidad. Y la psicosis no es el único ejemplo. El goce materno como fálico, de su lado, es el don que ella hace para dar ese fruto a la vida, para perderlo. Que eso no sea fácil, lo sabemos por ambas partes, hijos y madres en el diván, aunque nunca coincidan… a veces sí, pero no al mismo tiempo.
De lo que nunca se habla es del hilo invisible que sigue existiendo entre una madre y los hijos, aunque ya no se vean demasiado, sea por trabajo o por cualquier circunstancia que la vida pueda deparar. Pero aun cuando Skype haga la ausencia menos, o más presente, hay un hilo invisible. No es que los hombres no lo tengan, pero no es el mismo ni de la misma materia. Hay un lazo que no puede decirse sexual, a pesar de haber sido tejido con el fálico, que como amor solo se explica por ser absoluto, no en intensidad o en extensión, sino por estar separado de todos los otros.
 Allí tenemos una aproximación al goce del Otro, donde ese hilo es una laminilla que la contacta a ella como una fuente de vida que no radica en su cuerpo. Y a pesar de que la materia provenga de sus fantasmas infantiles, ese lazo va más allá del análisis de los fantasmas infantiles de maternidad. Es un contacto sin mediación con la nuda vida, y allí, esta vida sin significantes para decirla, tiene un parentesco innegable con la muerte. Es lo que la atrapa en la contingencia de su desaparición, de ahí su eventual y feroz resistencia a dejar ir lo que todavía no era o lo que fructificaba en ella, independientemente de ella.
Cuando es un hijo vivo el que no es portador del lazo con la vida, su destino será la errancia. En la medida en que el encuentro no tuvo lugar y lo que queda de él no lo liga a nada, no habrá para él un lugar más que otro. Salvo que pueda construir en la lengua ese derrotero con palabras y hacerlas nuevas, como si las hubiese inventado, creando un lugar de enigma en el Otro, ya que él no lo tuvo. La obra de un Rainer Maria Rilke ilumina el surco de tantos que no escribieron como él, pero están hermanados en no venir de ningún lado[1].



No basta con lo que adelantamos. Tenemos que buscar aún por qué una mujer se acerca y entra en el goce de la vida de otra manera que el hombre. Por un lado, la biología indica que el bebé no crece en el seno de la madre sino que solo anida en ella. Es la placenta la que lo alimenta y la placenta está hecha a partir de membranas que surgen del mismo huevo que el embrión. Por el otro lado, la subida de la leche a los senos no es algo que pertenezca a la madre ya que es el nacimiento, la salida por el canal de parto, lo que procura la aparición de la oxitocina, hormona y neurotransmisor (no es lo mismo cuando funciona como hormona que como neurotransmisor), que va a provocar la aparición del alimento en el seno materno.
La cuestión de las membranas va más allá de ser un capítulo de ginecología y obstetricia, posee un rol no percibido en el análisis de madres e hijos. Hay pacientes, niñas, adolescentes, mujeres, cuyo esfuerzo en la vida consistía no tanto en que la madre supiese que habían nacido, sino en poder separase de las membranas que la madre había dejado en ellas, como para prolongar un estado nunca formulado de anidación en su interior, una negativa feroz, en fin, de pensar la separación, indispensable para que se realice. Pero el saber de que un niño anida y no solamente se aloja en su seno, el saber que la leche no le viene originalmente de su cuerpo si no gracias al pasaje del recién nacido por el canal de parto, ese saber biológico –científico–, cuyo valor es castratorio, ¿tiene lugar en el inconsciente? Paradójicamente, sí y no.
Pedir que ese saber tenga eficacia sería impedir que ese amor -que no puede no tener al incesto como fundamento- le permita considerar al niño como suyo. ¿Qué puede ese saber real contra el hecho de haberlo tenido en el interior del cuerpo, tener un ser vivo en movimiento? ¿Qué puede ese saber sobre lo real biológico cuando una mujer siente que ella le da el pecho? La pregunta, ¿se lo da realmente? ¿Sabe inconscientemente que ese pecho es para el hijo y no de ella? No, no hay saber de ese real. Y allí aparecen dos vías en la valoración del hijo o de los hijos. Una es la narcisista, exhibir a sus hijos como trofeo de su potencia materna, lo que vectorialmente tiende a reducir a cero el lugar del padre. La segunda vía es la identificación con el deseo, lo que implica que ese deseo, aunque haya identificación narcisista, se dirige a la falta porque no hay deseo sin ella, pero la identificación es el paso previo en la formación de síntomas en la relación entre ella y el niño. Y ese hijo, como fruto de un deseo por alguien que se lo dio por amor, pasó por ella, pero estará la vida entera ligado, ¿de qué modo?, a ese ser que pasó por sus cuidados.
Esa experiencia gozosa del cuerpo no es de las zonas erógenas, no es goce de los bordes, no es goce de la superficie de la piel. Excede al goce fálico, aunque el don sea fálico. Hay una erogeneidad oral en la mujer que no equivale a ninguna voracidad en el hombre. Todas las mujeres dicen, y sería sospechoso que alguna no lo dijese, que un bebé es apetecible. El hecho de que un bebé sea apetecible, cosa que solamente una mujer puede decir, explica por qué el deseo de reintegrarlo se transforma en demanda incoercible de darle de comer. Además, madre y bebé están unidos por una experiencia impensable para ambos, fuera del registro del significante, aunque efecto del significante.
Solo al perderlo, el niño posee un objeto oral. Hasta ese momento, el pecho formaba parte de su cuerpo, del cuerpo del bebé, lo que no necesariamente hace que lo calme (el pecho), que no solo calma el dolor por el hambre o por el sueño. En ese momento, ese objeto es nada. Nada lo calma como nada le duele en todo el cuerpo, sobre todo en los intestinos, cuya motricidad, totalmente autónoma en ese tiempo, lo sacude a cada instante. Ese tiempo, dado por la prematuración, en el cual no hay solo falta de mielinización de los haces piramidales, como decía Lacan en El estadio del espejo…, no hay mielinización del nervio óptico, no hay mielinización del sistema nervioso entérico, que va desde el esófago hasta el colon. Esa nada que es el pecho del bebé, es la aproximación más cercana que podemos hacer de la Cosa. Y el bebé solo se separa de él cuando puede, aunque todavía tenga hambre, no sentirla un momento más o menos corto o largo, dejar el pecho, mirar a la madre y empezar a gorjear o a jugar con él. Ahí el pecho es objeto, ahí está perdido y se pierde la Cosa, que como un aspirador arrastra con ella mucho más, del orden del goce interno, propioceptivo del cuerpo y del lenguaje, todos los sonidos que, hasta ese momento, podían oírse y las vías neurológicas sensorimotrices para reproducirlos. Ahora, si bien la Cosa tiene una raíz en la prematuración biológica, como desde Freud lo sabemos, sin embargo, para que deje de haber Cosa y para que la madre se transforme en el Otro, que no lo era hasta ese momento para el bebé, ella debía serlo aunque no lo fuera para el bebé, y es ahí donde se divide el complejo entre la Cosa y el Otro, el complejo del prójimo, del Nebenmensch. Esto sucede cuando para el niño, que transita el espejo, el placer de articular la demanda es mayor que la tensión de la necesidad. Si esto no llegase a suceder, lo que se verá comprometido es lo real de lo imaginario, esto es, su vaciamiento, y durante la vida habrá una búsqueda de lo que pueda calmar sin palabras esa demasía que grava el cuerpo y la mente, haciéndolos sufrir de un sufrimiento sin palabras que solo demanda algo que lo calme.
No solo la pulsión nace por la articulación entre demanda y necesidad, sino que articular la demanda debe ser más gozoso, un tiempo al menos, a while, que la ingestión del objeto de la necesidad. La pulsión quedará como lo que va más allá de esa articulación, pero para que ello ocurra debe haber un goce en articular la demanda. Ese instante donde se deja al objeto de la necesidad para hacerlo objeto de placer, reconocer la mirada del Otro y gorjear son ya el nacimiento de la articulación de la demanda como demanda de goce. Es esto lo que permite que deseo y pulsión se correspondan. Puesto que ese objeto ya se perdió y entonces se puede reconquistar. La boca se lanza de ahora en más en busca de otros objetos para succionar, metonimias del pecho, al mismo tiempo que la mano empieza a tomar y a arrancar, es decir que se convierte en metonimia de la boca.
¿Qué es lo que comparten madre y niño, sin saberlo, y que forja ese lazo indisoluble que no es el mismo de uno y otro lado? La experiencia del desamparo. El problema es cuánto una madre comparte el desamparo, si se sumerge en él o si queda cuerpo y alma fuera. Hay algo que es un diapasón de infinitas tonalidades entre el hundirse en el desamparo del bebé por no creerse capaz de darle lo que le pide, ya que cree que le demanda lo que ella no tiene ni es, y no sentirlo en absoluto. Desamparo es una buena traducción de Hilflosigkeit, quiere decir que nada ni nadie puede venir a socorrer, tanto al bebé, como a la madre. Es el modo en que una mujer soporta pasar por ese punto, que es un camino de largo trecho, y cómo soporta de ahí en más la demanda infantil es lo que hace que una madre pueda ubicarse en el lugar del Otro. Los modos de hacer con el goce de los niños tienen que ver con las pulsiones que ella usa para encuadrar esa demanda que le viene a ella como goce del Otro. Si no cae en el encuadramiento educativo y no se siente superada por la demanda, habrá algo fálico que se compartirá entre los dos, pero eso fálico a compartir será diferente si es una instancia tercera, entre uno -el Otro- y otro, o si no lo es.
 También es importante que el hijo o la hija, cuando ya tenga uso de la palabra, luego del espejo, para decirse a sí mismo reflexiones que jamás comparte ni compartirá, pero que explican muchas veces sus gestos y conductas, no quiera separarse de la madre antes de tiempo. Porque el separarse antes de tiempo pensando: “Mi madre está loca, o es mala y despiadada, o es una tonta”, por retorno va a producir en los hijos, pero no necesariamente en todos, una identificación irreconocible con ella que puede atravesar intocada múltiples análisis.
En nuestra civilización, hace mucho tiempo que los antepasados no nos dan el lugar de nuestra morada sobre la tierra, hoy aún menos. El efecto de eso es que en lugar de ser fruto simbólico, lo que da un marco al hilo real, los hijos se han vuelto raíces. De ahí la nueva dificultad que hay entre padres e hijos, que hace que los padres, cuando sienten que no son tratados tal como creen que debieran serlo, puedan sufrir tanto, y aunque lo sepan, no puedan defenderse pensando que a quienes están maltratando los  no es al padre o a la madre actual sino a esos seres todopoderosos que fueron en la infancia.
En este sentido, ¿es diferente el duelo en el hombre y la mujer? En el hombre, cuando se trata de hombres, todo lazo está mediado por la muerte, en la medida en que la relación de un hombre con un hombre tiene una mediación por la castración. No en la madre con los hijos. ¿Cómo, no es que la castración es la del Otro? Precisamente, castrar al Otro es el modo en que el varón deja de estar subjetivamente al servicio real del goce del Otro, que su órgano se ve marcado por la función. Que en él eso dé el sentido mortal a la sexualidad, no significa en absoluto que la madre sepa algo de lo que el hijo le inflige al Otro. No hay para ella en la separación, salvo voluntad de goce, sentido mortal.
Dar vida, no tiene los significantes de ese goce a su disposición, como así tampoco hay significantes a disposición, hoy día, para recibir la muerte de los hijos antes de tiempo. En Grecia y en Roma, las mujeres ciudadanas hacían hijos guerreros, ya que la muerte estaba anticipada para todo varón. En la Edad Media, en la Moderna, también las clases altas y las clases altas de los imperios, todo el tiempo. Hoy no, hoy los que van a la guerra son los hijos de las clases bajas. Y hacer la guerra no es solo una cuestión de conquistas exteriores, sino también de “limpieza” interior. La guerra es un Baal Moloch al que todavía se ofrenda la vida de generaciones de adolescentes y hombres jóvenes, haciéndolos héroes de la patria, por la cual fueron sacrificados. El primero, y el único, en señalar esto fue D.W.Winnicott.
Al menos nuestra experiencia nos ha enseñado que el deseo de ser madre no asegura las modalidades del deseo por los hijos que puedan tenerse, menos todavía la naturaleza de ese deseo. La maternidad es aún vivida como la realización del destino de toda mujer, salvo en pocos casos, en donde ese no deseo, a la postre, es experimentado, salvo ciertos y felices casos, como un fracaso vital grave. A pesar de todo el trabajo, nada desdeñable, que el feminismo ha hecho en los últimos cuarenta años para jerarquizar el deseo femenino como tal, y que este trabajo haya tenido un efecto cultural nada trivial. Pero este movimiento ha chocado con un imposible: indefinible por estar fuera del orden del significante, el deseo femenino terminó siendo llevado, al menos por una de sus corrientes, la más radical, a la necesidad política de promover el amor homosexual como única salida posible de las mujeres de un mundo dominado por el significante fálico.
Con esa aparente forclusión, la cuestión que se plantea es si la antinomia amo/esclavo desaparece en un mundo de mujeres. La literatura y el cine actual, nuestra experiencia, indican que no. A pesar de no haber órgano masculino en juego, las mujeres entre sí hablan y están también sujetadas al discurso en distintos lugares por el solo hecho de hablar. Hay que reconocer que el deseo máximo de sus teóricas fue crear un nuevo discurso, solo que los discursos no devienen efectivos por la sola voluntad de crearlos. Por otro lado, la antinomia entre la idealización del ser madre y sus resultados efectivos, presenta una realidad mucho más compleja.
La idealización del ser madre como finalidad vital oculta el goce que conlleva y ese goce, por su complejidad, resiste a ser no solo dicho sino a encontrar las palabras para poder, eventualmente, decirlo. Esa ambivalencia genera culpa y esta, el callar sobre lo que se siente por miedo a que surjan, hablando, fantasmas desconocidos, cuando no monstruosos. Esos deseos tienen relación tanto con la estructura como con los recuerdos de cómo fue la relación con la propia madre.
Además, tema poco trabajado en la literatura psicoanalítica, pero en absoluto desconocido por los analistas, entre madres e hijos también se instauran relaciones de dominio y servidumbre. Hacer de un hijo un sirviente de su deseo o soñarlo como niña y tratarlo como tal, o su simétrico opuesto, tratar a una hija como el varón que no se tuvo, son lugares comunes, mas lo que no se deduce de ello es el inmenso poder que el deseo materno puede ejercer sobre su progenie, a sabiendas del padre, con su complicidad o vendándole los ojos con fina seda. Por el contrario, idealizar a un hijo como ocupando toda su falta, haciéndose su sirviente, puede suceder según dos modalidades diferentes: una, exquisitamente erotizada, como dolor; la otra, la de un despojamiento total de su ser deseante. Los resultados no son los mismos, pero pueden asemejarse.
Otro capítulo nunca reabierto en la clínica analítica es el de los hijos nacidos de padres schreberianos, personalidades públicas tratadas con respeto y admiración, pero para quienes los hijos no son progenie a cuidar sino objetos de dominio más allá de lo que un niño puede identificar con la función paterna, sin que esta desaparezca. En general, las madres fueron elegidas previamente por su sumisión o su identificación con la omnipotencia aparentemente varonil. Quedan los casos, pocos, en los que la madre no acepta el delirio paterno. En nuestra experiencia, fueron cómplices, complacientes o no,  y la progenie dividida en réprobos y elegidos. No fue mucho mejor la suerte de los elegidos que la de los réprobos. En el caso opuesto, cuando las madres presentaban delirios crónicos, los hijos elegidos presentaron todos formas psicóticas graves y diversas, mientras los no elegidos pudieron substraerse subjetivamente a los efectos de la devoración materna, esto es tanto al amor erotizado como al castigo violento y sádico. Aunque soportándolos, la embestida era menor, y el espectáculo de lo que los mayores habían devenido, una barrera eficaz.
El tema, demasiado solicitado, de las relaciones entre madre e hija es algo así como un impasse por irresoluble, ya que entre generaciones de mujeres no hay objeto que sirva de separador. Sí el significante, claro, con la labilidad que éste tiene cuando no hay un objeto en juego. Secreto de la eterna ambivalencia con la madre -con la hija-, secreto también de la facilidad con que las mujeres hacen (y deshacen) amistad, incomprensible, por buenas y obvias razones, para los hombres.
La cuestión de la maternidad cerró durante mucho tiempo, en la historia y en el psicoanálisis, la cuestión de la feminidad porque la mujer solo era pensada como madre, potencial o efectiva. Sin embargo, el tema de la maternidad, en la medida en que la feminidad ha sido reabierta, dista mucho de haber librado todos sus enigmas.
 
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[1] Algo a lo que apunta Winnicott en el título en inglés de uno de sus libros “Home is where we start from”, es lo que algunos pacientes no tuvieron. Rilke pudiera haber sido uno, salvo que construyó su hogar, y su Otro, con su escritura. Ver en el próximo número de Imago Agenda la primera parte de nuestro trabajo aún inédito en castellano “Las neurosis narcisistas y el trauma no sexual. Freud y Rilke con Lacan”. Fue publicado en inglés en 2015 por Routledge en un volumen colectivo.


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