Aprender de los poetas (Psicoanálisis, Literatura) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Aprender de los poetas (Psicoanálisis, Literatura)

miércoles, 24 de agosto de 2016 0 comentarios



"Lectura y comentario de “Noche terrible” de Roberto Arlt

Para un psicoanalista es de singular importancia que sus lecturas no sean sólo los textos consagrados. Su saber – hacer se enriquece al nutrirse de textos literarios. 
En este cuento magistral Arlt refleja con crudeza los alcances de la miseria neurótica que, al pretender desconocer el precio a pagar para acceder al deseo, empuja al sujeto a una encrucijada donde la duda obsesiva habrá de desplegarse crudamente en una “noche terrible” en la que una decisión trascendental ya no admite postergaciones... 

El cuento comienza así:"



Aprender de los poetas

Lectura y comentario de “Noche terrible” de R. Arlt
Un capítulo del libro "El manejo de la transferencia"

Resultado de imagen para Noche terrible” de R. Arlt

Escrito por Eduardo Urbaj, Psicoanalista

Para Diario Literario Digital


«Distancia encajonada por las altas fachadas entre las que parece flotar una neblina de carbón. A lo largo de las cornisas, vertical­mente con las molduras, contramarcos fosforescentes, perpendicu­lares azules, horizontales amarillas, oblicuas moradas. Incandes­cencias de gases de aire líquido y  corrientes de alta frecuencia. Tranvías amarillos que rechinan en las curvas sin lubrificar. Óm­nibus verdes trepidan sordamente lienzos de afirmados y cimien­tos. Por encima de las terrazas plafón de cielo sucio, borroso, a lo lejos rectángulos anaranjados en fondos de tinieblas. La luna muestra su borde de plato amarillo cortado por cables de co­rriente eléctrica.»

El texto metaforiza – hablando de la ciudad, del cielo, de los cables – las coordenadas del drama que está por desplegar. Una distancia encajonada entre los personajes, una neblina que los distancia, algo oscuro, sucio, una gran tensión.
A la vez va armando un clima, nos va haciendo la descripción de la ciudad nocturna,  y nos va preparando para esa noche terrible. Cuantas veces uno ya escucha –en los primeros comentarios “antes” del inicio de una sesión- cierta tonalidad en el texto de un paciente, que nos intriga. Parece  estar  hablando de otra cosa. Algo  más – de lo que parece decir -  se insinúa.

«Ricardo Stepens no olvidará jamás esta noche. Y es probable que Julia tampoco, pero por distintas razones que Ricardo.
Él, se ha detenido en la vereda, con un pie sobre el mármol del zaguán, la mano derecha en la escotadura del chaleco y los labios ligeramente entreabiertos. Un foco ilumina con ramalazo de aluminio las tres cuartas partes de su rostro, y el vértice de su córnea brilla más que el de un actor de cine. Sin embargo, su corazón galopa como el de un caballo que va a reventar. Y piensa:
“Es casi lo mismo cometer un crimen”, al tiempo que Julia tomándole de un brazo repite satisfecha:
-Cómo van a rabiar las que yo sé. -Luego calla, regustando su satisfacción elástica y profunda. Le parece mentira haber espe­rado durante tantos meses la ocurrencia del suceso que se llevará a cabo mañana y que anheló tan violentamente durante años y años, llorando de congoja y envidia en su almohada de soltera, cada vez que se casaba una amiga suya. Ahora le ha llegado a ella también el turno. Realidad tan terrible y sabrosa de paladear, como una venganza. Ella no piensa en el que permanece allí a su lado, sino en sus amigas, en lo que dirán sus queridas y odiadas amigas. Y quisiera lanzarse a la calle, a preguntarle a gritos a los transeúntes:
-¿Se imaginan ustedes lo  que dirán Elsa... y  Sebastiana,  y María? ...»

Vamos a  leer este texto  desde las nociones que el trabajo sobre el tiempo lógico nos ha aportado[1]. En este párrafo irrumpe el  instante de ver señalado por: “un foco ilumina con ramalazo de aluminio...” En ese instante de lucidez fulgurante precipita, como un mojón, una ocurrencia: “es casi lo mismo cometer un crimen”,  que sólo encontrará su fundamento más adelante, andando el tiempo para comprender. Completemos la frase que el narrador, con astucia, nos deja flotando. Él, en ese instante tuvo como un insight, y   repentinamente se encontró pensando: “yo me voy a la mierda”[2]. Así se inaugura esta  noche terrible.

«Stepens, sardónico, adivina el curso de los pensamientos de la mujer, y se dice:
“Julia se casaría conmigo aunque  fuera un  asesino”...»

Un nuevo instante de ver que viene a confirmar y reforzar el anterior. Él se empieza a ver a sí mismo como  una especie de títere  en una escena montada por otro. Este cuento narra  una y otra vez cómo es que él va encontrando su atributo y su decisión, a través de las conjeturas que hace sobre el pensamiento del otro. Es pensando que ella se quiere casar, no importa con quién, que él puede pensarse a sí mismo como un tarado que va a ocupar ese lugar.

«... y en voz alta, amistosamente, inquisidor, lanza su frase:
-¡Si supieras qué feliz me hace saber que te hago tan di­chosa! ...
- Querido ...
- Y estoy contento de casarme con vos, Julia. ¡Oh! muy contento. Me has atrapado como a una criatura... y estoy contento de comportarme como un imbécil en tu presencia. Sé que vas a dominarme por completo, que te obedeceré como un esclavo...
Stepens descubre un placer agrio y malévolo en humillarse así ante esa mujer que lo observa con ojos fríos mientras sus labios sonríen para despistar el trabajo de su observación...»

Esto evoca la referencia del comienzo al “actor de cine”. Todo esto lo dice mientras está pensando en irse.  Y veremos  cómo este “placer agrio y malévolo” de la humillación, es una cuestión clave. Arlt se mueve con soltura en el despliegue de las “bajas pasiones”. El desenfreno pulsional. Hay  goce sádico y no falta el  masoquismo.

 «Julia mur­mura:-No digas eso.
-Ansío tu dominio, y  vos precisamente tenés el temperamento de mujer que se necesita para tiranizar a un hombre de tan poco carácter como el mío. Lo que aún me queda de voluntad lo disolverás como el ácido nítrico disuelve el hierro.
Cada vez que Stepens se expresa de esta forma, en Julia se produce una modulación de sensualidad repugnante, profunda­mente desagradable. Al mismo tiempo la sensación la atrae, como si ese hombre despertara en su personalidad un yo monstruoso. Mas ya no queda tiempo para elegir. Mañana podrá, por fin, gri­tar su victoria y cambiar una mirada definitivamente agradecida con la cómplice madre que la ayudó mediante su experiencia a atrapar  a este calenturiento...»

Aparece una referencia a esta complicidad con su madre que introduce la problemática anaclítica: en dónde se apoya cada uno, en qué alianzas nos situamos en las distintas tribus en que nos movemos, y desde qué ideales. En capítulos posteriores, Stepens va armando la historia de  cómo llegó a esta situación,  y entonces  van apareciendo todas las alianzas: Julia, su  madre, el hermano, el boxeador... todos armando una trama.

« (...) Julia contempla las lejanas líneas horizontales amarillas, las oblicuas verdes, las perpendiculares rojas. Es ésta su última noche de novia. Puede dominarlo a Stepens por la sensualidad, este eró­tico únicamente podrá ser encadenado por su sexo y durante un instante se dice:
-"Sí, le destruiré la voluntad... me obedecerá y pobre de él si me resiste." »
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El relato da cuenta maravillosamente de la dimensión del malentendido. Ella sostiene su ilusión de dominio sobre un lugar falaz: el sexo. Cree que lo tiene atrapado por su sexo, esperando la noche de bodas.

« (...) Habla ella: - Es nuestra última noche de novios. Mañana a esta hora....»

Sin embargo, esto no aparece como una preocupación para él en ningún momento. El punto en el cual ella cree que lo tiene todo asegurado  es el único punto en el que a él ella no le interesa en absoluto. Nombra – a lo largo del cuento – distintas razones por las que se quedaría: por piedad, porque le da lástima; porque es un cobarde, porque es una buena chica...Dirá en algún momento que es una señorita que no le produce “ni frío, ni calor”.  Pero no deja de alimentar en ella esta fantasía que él le conoce muy bien, y de la que se vale para distraerla de sus oscuros pensamientos, cuando ella nota su palidez extrema.

«(...) -¡Pero qué pálido estás! Ricardo escoge la mentira. Ella no puede adivinarla. Lanza:Es el deseo. Un deseo terrible. Me duele el bajo vientre, querida...»

A continuación de una sórdida escena en la que ella lo masturba en plena calle, y un diálogo sobre que dejarán de decirle señorita y pasará a ser la “señora de Stepens”, el narrador nos advierte que la comedia se hace “insostenible”.


«-¿Te imaginás oyéndome llamar señora? Estoy tan acostumbrada a que me llamen señorita....Ricardo, haciendo un esfuerzo tremendo aparta la atención de la lejana araña verde, y contesta como a través de un sueño, con la boca pastosa:
-Te llamarán señorita, y vos dirás: “No, soy señora... la seño­ra de Stepens” - De pronto la comedia se torna insostenible y Ricardo siente que su corazón desfallece de la misma manera que cuando tiene que sentarse en el sillón de operaciones del dentis­ta. Cierra los ojos y apoya la cabeza en el hombro de Julia. Ella observa, sus dedos se apoyan en el relieve de su nariz, se dilatan abarcando los cartílagos y le frotan la mejilla. Ricardo dice:
-Quisiera dormir. Estoy cansado. Estoy tan cansado como no te podés imaginar. Tengo todos los nervios rotos.
-Yo te haré dormir. Y te diré: Dormí, chiquito mío. Y vos te dormirás, ¿no es cierto, amor?
Stepens, con la cabeza caída en el hombro de la mujer, con­templa la distancia. Hay una remota encrucijada de calles. La voz misteriosa exclama dentro de él:
“Es casi lo  mismo cometer un crimen” Frío de hielo le sube por la pantorrilla. Se incorpora rígidamente. Julia insiste: -Estás un poco pálido. Descansá. Vení. Quiero darte, antes de que te vayas, mi último beso de novia.
Las dos cabezas se entrecruzan. Y, mientras ella aprieta sus labios sobre los suyos, Ricardo piensa: “¡Qué segura de sí misma es esta mujer! ¡Qué firme!”-¿Estás contento, querido mío?
- Me voy. Me voy. Si me quedo un minuto más, perderé el control de mí mismo.
- Andate. Descansá bien. Pensá en mí. Levantate temprano, que a las once...
- A las nueve estaré aquí.
- Hasta mañana, gran amor. »

Así culmina el primer y único capítulo en el cual ambos son protagonistas. A partir de aquí veremos exclusivamente a Stepens desplegando su pensamiento en una larga noche, que será el único tiempo que le queda para comprender. Está bien aceitada la función de la prisa. En la mañana, lo esperan para casarse.

«Es como un crimen»

Capítulo siguiente. Stepens deambula en un taxi  sin rumbo fijo, se detiene en un bar, pide un café, y hay un largo relato de su estupor inicial en el que sólo puede repetir ese latiguillo sobre el crimen, que  irrumpió en aquel  instante de lucidez. En tanto, sufre una crisis de angustia.

«Al doblar el automóvil en la esquina, Stepens distingue la mano de Julia saludándolo. Cierra los ojos, y doblando el cuerpo sobre el asiento trasero, permanece como semiadormecido. Su corazón trabaja con altísima tensión. Por momentos los latidos se precipitan en avalancha, luego decrece el trabajo de la bomba de sangre, y el toc-toc se podría transmitir telefónicamente a larga distancia. (...)Tiene prisa por llegar. ¿Adónde?
Al crimen. »

¿Qué desencadena el inicio del tiempo para comprender? La visión del semejante. Él se sienta en el bar y empieza a suponerle pensamientos sobre él, al mozo que lo atiende. Cree que lo mira con malos ojos; es su juicio de atribución: él mismo se está viendo como un delincuente. Lentamente, la palabra comienza a tejer la ligadura significante, y la angustia cede su lugar. 

«Lentamente la voz se desenvuelve en él, como el extremo de un carrete de cuya punta estuviera tirando un diablo.
Y se  repite:

-       Mañana me casaré. . . esto es evidente. Me casaré si esta no­che no reviento o escapo. Cortar decorosamente es ya imposible.
-       Mis camaradas han hecho una suscripción, han llegado regalos...»

Veremos que sobre el final reaparece la cuestión de los regalos. Es notable  que en el momento en el cual él empieza a pensar  cómo llegó ahí y qué es lo que va a hacer, lo primero que aparece son los regalos. Los regalos son el elemento concreto que le permite a él pensar que ya es imposible cortar decorosamente. Porque los amigos ya pusieron plata...Eso es lo primero que se le ocurre. Y es una maravilla que  un escritor como Arlt nos muestre tan claramente cómo son las cosas...porque en realidad, la cabeza funciona así. Es lo que nos enseña Freud sobre los detalles, lo trivial: ahí es donde podemos intentar amarrar algún grano de verdad. El grano de verdad, lo que no le deja dudas acerca de que ya es tarde para encontrar una salida elegante,  a él se le aparece como: es imposible cortar decorosamente porque los amigos ya hicieron la suscripción y compraron los regalos. Por otra parte es notable que lo único que le preocuparía, es encontrar pretextos para justificarse públicamente.

«De cualquier modo es imposible cortar decorosamente. ¿Qué pretexto inventar para dejarla a Julia? No puedo alegar que no es virgen, porque aún no me he acostado con ella. No puedo jurar que tiene mal carácter, porque es más dócil que un guante de seda. ¡Oh! la hipócrita. ¿Dócil? ¿Cuántos amantes habrá tenido? Se domina perfectamente. Me recuerda a esos astutos   animalitos, excesivamente castigados por el hombre y que, por ser astutos, descubren al final la técnica para devorar a su enemigo. »
Busca excusas en los prejuicios sexuales de la  época. Intenta argumentos que sabe no podrá sostener. Y reconoce que ningún pretexto serviría para justificarse. Es demasiado tarde.

«Cierto que lo que pienso ahora pude haberlo pensado antes... aunque a decir  verdad mis conjeturas son antiguas. Es inexpli­cable cómo he permitido que mi situación se agravara hasta seme­jante extremo. He aquí el misterio. ¿Por qué? »

Entonces imagina ser conducido a un tribunal de familia, donde encontraría espacio para hacer una apelación.  Hay sesiones analíticas que se ordenan si las pensamos desde la lógica judicial. Podemos advertir en los dichos del paciente  como son los mismos personajes que él va nombrando, los que configuran un tribunal que lo está juzgando, y él intenta hacer una apelación de  segunda instancia. Es una de las modalidades que puede tomar la transferencia, en la que el analista va quedando investido de los distintos personajes de la escena tribunalicia: podrá ser el testigo, el abogado, el juez, el fiscal, etc,  o incluso el  acusado - en la abrupta irrupción de la transferencia negativa – el sospechoso a quien no se le quitan los ojos de encima.

«Supongamos que se me condu­jera ante un honorable consejo de familia. ¿Qué respondería a los interrogantes que plantea mi propósito? De cualquier manera estoy divagando, porque a nadie es posible hacerle consejos de familia por tan ruines bagatelas. Suponiendo que pudiera respon­der algo, contestaría que 'casarme' era una palabra desprovista de sentido para mí, hasta el momento en que me vi abocado a la realidad de saber que tendría que convivir con una señorita que mayormente no me produce ni frío ni calor. Este caso guarda cierta similitud con aquel en el que se conversa de la muerte..., ¡Qué distinto es divagar apoltronado en cualquier parte, frente a una taza de café, que no se teme a la muerte! ... ¡Qué desemejante con el acto de morir físicamente... perpetuamente! ...»

Él ya está sentenciado. Y no encuentra espacio para apelar. Espacio que el analizante puede hallar en su sesión para apelar el mandato que las voces superyoicas dictaminan como sentencias inapelables. Freud plantea  que el análisis le da al sujeto una segunda oportunidad   para rectificar las elecciones inadecuadas de la pulsión. La sexualidad infantil es traumática por definición[3], las vueltas edípicas conllevan algún tipo de elección forzosa para sobrevivir, configurada desde la pasividad. Posteriormente – está secuencia supone un tiempo lógico  pero se da en discronía – el sujeto encuentra alguna modalidad de goce que le hará más soportable esa posición pasiva en la que ha quedado, pero siempre desde los límites que le imprime su  posición de indefensión frente al Otro. En relación a esta elección forzosa, el análisis permite la ocasión de una nueva oportunidad para rectificar y reescribir la  historia.
 Podemos hallar una clara referencia freudiana a esta problemática en los últimos capítulos de Inhibición, Síntoma y Angustia. Allí Freud nos advierte cómo por la vía de la repetición, el neurótico se comporta igual que una mujer que llora porque se le rompió un florero. Sería esperable que una niña llore porque se le rompió una muñeca, pero si tenemos a una mujer grande que llora igual que una niña porque  se le  rompió un florero, no podemos sino asombrarnos. Es así como  se comportan los neuróticos.
Volvamos al cuento de Arlt. Stepens ahora puede completar la frase que le apareciera fulgurante en el instante de ver. Y comprender le otorga un momento de alivio.
« “De cualquier modo, tengo que irme...; irme sin avisar... sin dejar rastros. Como si hubiera cometido un crimen.” Ahora Stepens reposa con ademán incoherente. La fatiga an­terior ha desaparecido. Se siente cómodo como en un baño de vapor. »

Stepens observa burlón a las parejas que pasan, imaginando patéticas escenas  de la vida conyugal. Y se reconoce como un neurótico que duda, que tiene escrúpulos y siente remordimientos, nombrándose como un “hombre sensible”.

« (...) Stepens muerde un terrón de azúcar, y continúa soliloquiando: -Innegablemente, soy un hombre de naturaleza sensible. Hu­mano. Otro en mi lugar, desaparecería sin más trámites; yo, en cambio, sufro sofocones y me apiado de Julia. Cierto que, a pesar de compadecerla me voy. ¿Entonces para qué me ha servido ser dueño de una naturaleza sensible? Parece una ironía, pero la única ventaja que reporta una naturaleza sensible, es demostrarnos que somos lo suficientemente fuertes para dominarla.
"Qué sería de nosotros si aceptáramos siempre el mandato de nuestros nobles impulsos. Mi noble impulso me arrastra a casarme con la primera desgraciada, coja, tuerta o jorobada que se me cru­za en el camino: Por exceso de sensibilidad, me imagino esas vidas solitarias, recluidas en un altillo, volviendo al atardecer de los talleres, de las grandes tiendas, cargadas de pesados bultos de costura, y sufro. “¿Cómo no sufrir? Pero ¿acaso soy responsa­ble de que estas mujeres hayan nacido con un fardo en la espalda, cojas, tuertas o jorobadas? No. No. No las he engendrado, ni tam­poco soy Dios. Otro negocio sería si fuera Dios. ¡Nobles impulsos!  Debemos aprender a defendernos de ellos,  no de los seres humanos. Y en esta circunstancia, proceder sensatamente consiste en mandarse a mudar, desaparecer. Volatilizarse. Hacerse humo.
“Cierto que mi actitud no es correcta, pero en los actuales momentos ni los gobiernos pueden observar procedimientos correctos”»

Invalidada la opción de dar la cara, busca al menos argumentos para justificarse ante sí mismo, y aplacar la censura de su conciencia moral.  Desemboca entonces en las conjeturas acerca de “qué dirán”.

« (...) cierto que la gente hablará, pero si yo pudiera escribir en los periódicos, le rogaría a los habitantes de este hermoso país que se pusieran una mano en el pecho y que me contestaran im­parcialmente: ¿cuándo la gente no ha comentado la conducta de un prójimo? Si me caso con Julia, por ejemplo, las familias de Elsa, de Sebastiana, de María, en cotorreo de personas honestas, demostrarán que tengo precisamente la pasta indispensable para ser un excelente cornudo, y como tenía pasta para ello, he bus­cado la mujer que puede adornarme la frente con los más variados estilos de la tauromaquia conyugal. Incluso dirán, compungiendo un gesto y adobando una lamentación:
-“Es extraño que ese buen muchacho no haya encontrado un alma caritativa que le informara de los abortos que tuvo esa mu­chacha” -E incluso me mandarán la dirección de la partera...y hasta el monto de sus honorarios.
Si, en vez de juzgarme un cretino profundo, me calificaran de redomado pillete, en la misma rueda donde en caso contrario hubieran citado los abortos de Julia, dirán ahora:
--“Bien decíamos que ese hombre era capaz de esto y mucho más. Bastaba mirarle la cara: ese gesto un poco atravesado, fal­so....  pero si uno habla, dicen que es de envidia ...” --de manera que proceda de una forma o de otra, esa cáfila de narices largas y dientes postizos me despellejará sin consideración. Lo que la gente necesita es un motivo de conversación. La liebre. Luego con la liebre, ellos se preparan el guiso de su gusto...  »

Conjeturando sobre lo que dirán llega a la conclusión de que lo van a despellejar de cualquier manera, se case o no; será igual. Pasa a enumerar los acontecimientos que imagina se desencadenarán, a partir de que su tardanza comience a ser ostensible. Destaca la gozosa reacción de todos aquellos que se identificarían secretamente con su audaz canallada.

« (...) A las doce menos cuarto mis com­pañeros de oficina sonreirán socarronamente, regocijándose en la reconstrucción, posibilidades y motivo de mi canallería, simultá­neamente felices de encontrar un tema de conversación que in­terrumpa la monotonía de sus vidas, y condenándome al mismo tiempo con un dejo de envidia.»

Y destaca el gesto sincero entre tanta hipocresía.

«El que posiblemente vomitará un pensamiento sincero será Er­nesto. Después de la homilía del jefe, dirá cínicamente:
-“Lo único que lamento son los diez 'mangos' con que con­tribuí para el cheque y con los que mañana podría jugarle cinco y cinco a Colofón” »

No faltan en el texto referencias a la división del sujeto, plasmadas en sus contradicciones. El rechazo a dejarse dividir condujo al protagonista sin cuestionamientos hasta los umbrales del altar. Ahora celebra regocijado el encuentro con su verdad, en “un océano de contradicciones”, tomando distancia de someterse al dedo acusador.

« ¡Es trágico... es humorístico... pero es así! Nos debatimos en un océano de contradicciones. Si aceptamos a la mujer maltre­cha por el amor de otro, no falta quien nos tilde subterráneamente de cabrones consentidos; si la rechazamos, sobran los filosofastros y justicieros, que enarcando el belfo como si probaran una medici­na repugnante nos motejan de absurdos retrógrados y energúme­nos del prejuicio. ¿Qué hacer? ¿Qué debe hacerse con una mujer así? ¿Endosársela a un amigo? ¡Pobre Julia!.. ¿Por qué no se casará con algún amigo mío?»

Imagina la furia del hermano de Julia y su amigo el boxeador, volcados a una ostentosa búsqueda, prometiendo una venganza ejemplar. Y a las vecinas aprovechando la ocasión para reforzar  con severas advertencias y  admoniciones lapidarias sus enseñanzas a las  hijas solteras.

« (...) Y alguna madre, libre de boca, le gritará a su párvula con escándalo de las presentes:
"-- Aprendé… hacele adelantos a tu novio... aprendé... »
Y con extraordinaria lucidez  nos da una panorámica de la condición humana, tan dispuesta a gozar morbosamente de la desgracia ajena. 
«Y en la calle, todo el  mundo estará inmensamente contento,  sin saber por qué.»

Sobre el final del capítulo su amor propio está revitalizado. Magnífica lección sobre los efectos que  el armado de  una versión diferente de la “historia”, produce a nivel del narcisismo.

«A medida que sus pensamientos aumentan a velocidad de galope, se siente más fuerte, más dueño de sí mismo; su bellaquería se dignifica a través de la necesidad de salvar su persona­lidad; por momentos tiene la sensación de que está perforando los muros de la ciudad con un invisible soplete oxhídrico. Y el vigi­lante enfundado en su capote, a veinte metros de la vidriera... no se entera de nada. .. se limita a poner un cromo azul en la claridad de sala de operaciones que abre en la ochava la niquelada quincalla de un bar automático.
De pronto, Stepens se pega una palmada en la frente:
-“Pero, qué diablos..., es perfectamente lógico que ocurra todo lo  que me he imaginado. No es posible pretender que una muchacha a quien se la planta con tres cuartos de narices el día de su boda, baile de alegría en el momento que se entera del su­ceso”. - Y al tiempo que examina amistosamente el avinagrado semblante del mozo de solapas  moradas, se dice: “Oh, dígase lo que se quiera, es un consuelo pensar con lógica.” »
« ¿Y si me caso? ...» 

Comienza el capítulo siguiente con el protagonista envanecido por su genialidad...
«Cuán­tas virtudes me descubro esta noche, Dios mío. Soy lógico, sen­sible y prudente. Y sería un hipócrita si no confesara que me ad­miro a mí mismo. Sin embargo, no se trata de divagar, sino de establecer: ¿Y si no me voy y me caso? Julia me quiere. Esto es innegable. Cierto es que no ha podido darme ninguna prueba de ese amor que siente hacia mí, pero en esa dirección ha proce­dido cautamente, porque cuando una mujer da pruebas de amor, le es dificultoso sostener que no se las ha dado con prioridad a otros, y entonces... »

Se produce un vuelco que nos va permitir  ubicar el desarrollo del tiempo de comprender la segunda fulguración que situábamos al inicio. Aquella en la que Stepens piensa: “se casaría conmigo aunque fuera un asesino”.  El método que utiliza para justificarse es el de endosarle a ella su cuota de “culpa” por el curso que tomaron los acontecimientos. Stepens se victimiza, pero  hasta cierto punto...

«¿Casarse? Casarse es una forma de suicidarse. Y yo no estoy dispuesto a morir; todavía quiero vivir. Cierto que Julia me quie­re, pero Julia, a su edad, al mismo diablo está dispuesta a jurarle amor eterno. Y si me quiere, es con un amor natural y simple. De la misma manera podría querer a un hombre distinto a mí. Yo soy alto, pero si fuera bajo, Julia me querría lo mismo; soy rubio, pero si tuviera el pelo renegrido me querría también. Mis dos piernas funcionan perfectamente, pero si fuera rengo me que­rría lo mismo, porque lo que ella necesita no es un determinado hombre, sino el hombre..., cualquier hombre. Pensarlo resulta trágico... pero, ¿acaso soy el culpable? En cierto modo sí; por­que al fin y al cabo, no debí permitir que las cosas llegaran a este punto... Mas ¿fui yo o fue ella quien encaminó los sucesos  en semejante dirección?           .
¡Dios mío! ... Nos conocimos en cualquier parte. Fue un baile; sí, un baile. Cuando quise acordarme, ella me había aislado en la fiesta; cuando nos despedimos me presentó al hermano y a la madre; al día siguiente me habló por teléfono, no sé con qué pretexto; a los cinco días me invitaban a tomar té; una semana después tuve que ir para examinar ciertos negativos que no sé qué cosa rara tenían. A la semana, ella, el hermano, la madre, el amigo del hermano, querían convertirse en mis hoteleros, sur­tirme diariamente de viandas.
¡Oh, es simplemente maravilloso!
Me invitaron tantas veces, que fui...; fui con esta tremenda cara de idiota que Dios me ha dado »

   En el punto en el que reconoce su responsabilidad, su activa complicidad en dejar que la red se fuera tejiendo a su alrededor, reparte de un modo un tanto más equitativo lo que le toca a cada quien. Sabe de la falsedad de su inocencia. No fue atrapado ingenuamente, veremos en breve que sería más preciso afirmar: se enredó neuróticamente...

«Fui sencillamente, ingenuamente. Me atracaron de ñoquis y capelletis. Todo el repertorio de las hermosas pastas italianas. Me convidaron con exquisitos licores. Hubiera sido una crueldad negarse a comer o a beber allí, máxime si se tiene en cuenta que los manjares habían sido exquisitamente cocinados en puro aceite de oliva y ofrecían un máximo de garantías para mi estómago delicado.
 Me convertí en un habitual frecuentador de la casa. Mi ti­midez me impedía faltar. Cuando recuerdo, se me enrojece el rostro de vergüenza. .. Allí, jamás ni el palco del cine me permi­tieron pagar.  El que obsequiaba los palcos era el hermano. Este tampoco los compraba, sino que a él se los regalaba un compin­che, el boxeador. Incluso llegaron a querer presentarme al sastre de la familia, y abrirme un crédito...pero por prudencia re­chacé semejantes operaciones comerciales. ...Y este noble gesto mío me enalteció ante los ojos de la familia, que comenzó a pre­sentarme a sus amistades, con ese ambiguo gesto con que se ex­hibe a una larva de marido. En compensación de no haber acep­tado el crédito, reconoceré que diezmé tremendas fuentes de ta­llarines, agoté innúmeras parrilladas de bifes de ternera; por mi gaznate pasaron litros y más litros de café y licor y un repostero se vería verdes para calcular los kilos de masas y cremas que des­paché, a pesar de tener el estómago sumamente delicado.
 ¡Lo que es la codicia humana! »

Y el punto fundamental en el que se queda enredado neuróticamente, es en una pretensión insensata. Creyó que se podría ir sin pagar la cuenta.

«Yo, que al principio creí me regalaban de tal manera por mi bonita cara, descubrí en breve tiempo que si esa dadivosa familia me trataba a cuerpo de rey, se debía a que albergaban profundas esperanzas de convertirme en legítimo esposo de la niña llamada Julia.
Y cuando  me presentaban como novio de la ‘nena’ hubiera podido decir: ‘No, señora...; no soy el novio de su hija, sino una simple amistad, a quien ustedes atienden muy amablemente’, pero no me atreví. Mi ingénita timidez me obligó a proceder mal. Me creo obligado a aceptar que muchos, puestos en mi dificul­toso caso, hubieran procedido lo mismo, porque ¿cómo es posi­ble, sin herir susceptibilidades, desmentir una presentación como la que dejo consignada?
 Si faltaba un día a la casa, me hablaba por teléfono el her­mano (el de la pistola automática de calibre cuarenta y cinco), después su amigo el boxeador, después la madre, más tarde Julia.»

El autor no deja a salvo a ninguno de los  personajes. Los despelleja a todos: a la madre, al hermano, al boxeador, a Julia y...a Stepens. Él también aparece como un infeliz, un codicioso que por unos tallarines llegó a esta situación. Pero también revela como se teje esa red de la cual es tan difícil salir. Esa red en donde  un tipo solo, un solitario, un hombre que aparece sin  familia, es presa fácil para ser cazado y casado con la casadera de turno.El mundo de la familia de Julia pasa a ser su mundo. No hay otro mundo para él que el de su trabajo y el de esta familia. Él ha sido adoptado por esta familia  y se encuentra, de pronto, con un lugar que no es un lugar muy apetecible cuando lo empieza a pensar a futuro, pero que es muy gratificante en lo inmediato. Y el neurótico no se resiste a los “placeres” inmediatos. No va a ponderar las consecuencias de tomar con total liviandad ese goce que se le ofrece, y que desde su pasividad disfruta doblemente. ¡Qué más se puede pedir! Sin duda es lo que se merece por su “bonita cara”, versión de lo que Freud llamaba creerse una excepción[4].
   Las señales que le indican que su compromiso con el lugar de novio es condición para gozar de lo que se le ofrece, abundan. Dice que no tiene dinero para comprar los anillos de compromiso y la suegra se los regala, para que se los regale a su hija. Él se deja llevar por su “sueño”, adormecido en la abundancia gastronómica.

« (...) Edifiqué mi sueño.
Era el mío, si se me permite la frase, el pesadillón de un desocupado en trance de convertirse en padre tornero de un con­vento. Transcurrían siestas interminables, despatarrado como un cerdo en fuentes más vastas que los lagos de Palermo, y carga­das de pequeñas montañas rusas de tallarines. Cuando me acu­ciaba el deseo, por valles de lomos de ternera, avanzaba hasta una especie de catedral de crema de leche y sambayón congelado. Bajo una cúpula de crema de chocolate, en una nívea cama de repostería, me aguardaba Julia. Caía en sus brazos, luego me apar­taba y en un crepúsculo verdoso de roquefort, lento como un gusanazo avanzaba hacia una loma de ravioles o un monte de ñoquis.
Tales eran las perspectivas intelectuales que decorarían mi existencia junto a Julia. No alardearé de ser un hombre delicado, pero no puedo ocultar que casarme con Julia en esa circunstancia me producía más repugnancia que convertirme del día a la noche en dependiente de una carnicería.       
 Su hermano, el hombre de la pistola automática, calibre cua­renta y cinco, era un excelente imbécil... de manera que, den­tro del tiempo y del espacio, ese negocio marchara perfectamente, si, para mis desdichas, la mala suerte a través de la lotería no me favorece con un premio de cinco mil pesos. La familia, des­pués de felicitarme, se creyó obligada a darme a entender que ahora no quedaba ningún pretexto para no firmar mi sentencia de muerte... y yo... acosado por la madre, las amigas, Julia, su hermano, el amigo de su hermano, el boxeador, dije que sí...  y fijé  fecha.
Y ahora heme aquí ante el terrible trance »

Describe a continuación el calvario al que está por ingresar. Deslomarse trabajando para sostener el hogar, infidelidades, hipocresía, la llegada de los hijos...

«Ni vicios ni hipocresía me impedirán ser simultáneamente un buen padre y en rueda de amigos elogiaré espontáneamente a mis hijos, porque al ventosear ruidosamente o inundar la cuna de pis com­piten con los del vecino. A su vez, mis amigos encomiarán las excelencias de su progenie por revelar una bestial capacidad para desgañitarse gritando o defecar espesamente. Cuestión de gustos. Luego eructando las anchoas del vermut, acariciaremos con los ojos, desde la ventana del café, las pantorrillas de las mujeres que pasan, y como no se tratará de nuestras hermanas, ni nuestras esposas, con la fácil filosofía de los burgueses satisfechos de su encanallamiento, diremos que todas las mujeres son unas putas.
(...) Cuadro de nuestra vida. Gris como el fondo de un hornillo. »

Parece cada vez más decidido. Vislumbra su futuro de hombre casado como el ingreso a una cárcel. Está en juego la ilusión de su eterna juventud y la libertad...

« (...) Algunas arrugas se formarán en mi rostro, el brillo que ahora me hermosea los ojos desaparecerá. Paulatinamente me convertiré en una larva amarilla y taciturna, en uno de esos desdichados que tiemblan cuando piensan que pueden perder el empleo.”
(...)¿Que debí hacerme estas reflexiones con anterioridad a mi compromiso? ¡Oh!, de acuerdo...  de acuerdo, pero ¿cuándo se tiene sensación de la cárcel, sino en el momento de trasponer su umbral y tropezar con su férrea puerta?
 En estos momentos estoy jugando a cara o cruz la libertad  o una celda. Cuando me alejé de la puerta de su casa, mi corazón daba saltos. Parecía que gritara:
-Huye... huye, incauto... Aún estás a tiempo.
Ricardo Stepens enciende la lámpara en su cuarto. »

La pregunta que se formula es si acaso escapando, él se salva de la cárcel. ¿Cuál es el punto en que en verdad está atrapado, y seguirá encarcelado también  después de irse?
La miseria neurótica; este hombre no quiere saber nada de  la castración. Este hombre no puede soportar que haya que pagar un costo  para acceder al deseo. Y se pregunta: ¿qué harán en lo de Julia con los regalos? Él cree que se puede escapar y que de esa manera se va sin pagar. Él se la pasa imaginado el sufrimiento de esta pobre chica, agraciada de salvarse por  casarse con un neurótico como él.  Porque ¿cuál es su destino? Simplemente lo pierde todo en ese acto loco de irse de esa manera. Podríamos situarlo como un pasaje al acto, en el punto en el cual su acción lo saca de la escena angustiante en la que se encuentra, una escena en la que él ya no se reconoce en relación al papel que le toca jugar en ella. Pero huir no implica un acontecimiento. No funda un antes y un después. Se va “a la mierda”, y nada hace pensar en un destino diferente para él. Será un paria, un exiliado, tendrá que cuidarse por un buen tiempo para que no lo encuentren... Porque su verdadero problema es que no puede situarse en otra posición que no sea la del sometido. Es él el que de entrada le dice a ella: yo seré tu esclavo, mientras piensa en escapar. Porque si se queda sabe que no hay otra alternativa. No puede imaginar para él,  otro goce que no sea masoquista: de esclavo en su casa y en su trabajo. No puede imaginarse siendo el hombre de la casa, teniendo hijos, pensando que va a ser padre...., él es el “boludo” que va a trabajar para el Otro. Una posición, totalmente, de objeto del Otro.
Pero antes de abandonar a Stepens a su suerte, veamos el despliegue de su vacilación. Todos los argumentos que ha encontrado, toda la vanidad que ha desplegado, no le alcanzan para tomar una decisión. Otra vez aparece la duda...
«Es como todas las mujeres»

« (...) Es notable. Con razonamientos se desmontan los mecanismos más arduamente combinados por la tontería hu­mana. Estudiemos el asunto desde otro ángulo. ¿Puedo encontrar una mujer mejor que Julia? Es difícil. Más fácil es que me ena­more de una muchacha peor que Julia.  Julia y yo somos dos se­res humanos de carne y hueso. ¿Por qué entonces me voy a casar con Julia? Por piedad. Para no proporcionarle el monstruoso día de hoy. Porque si desaparezco, el día que hoy pasará esa mujer será terrible. Pero un día no tiene nada más que veinticuatro ho­ras. Y en el caso de que sufra, mucho más padecería, por ejem­plo, si el tranvía le hubiera cortado una pierna. De manera que el sufrimiento es relativísimo… En cambio, si no me voy y me caso, amontonaré repentinamente mi vida para arrojarla a un tacho de basura y monotonía. Y ella me dirá alguna vez, en uno de esos momentos de amargura o de riña en que se descubre el cáncer que nos roe el alma:
Si hubiera sabido que el matrimonio se reducía a esto, me hubiera quedado soltera.
 Y yo me arrepentiré en el alma de no haberme ido. Y ella y yo nos preguntaremos tonterías como ésta:
-¿Por qué cuando uno es joven no tiene la experiencia que dan los años? »

Razonamientos, cálculos, especulaciones, sofismas: el problema de poder establecer cuál es la verdad, y qué es mentira...

« (...) Ella dice que se moriría sin mí…Eso no le impidió pensar positivamente respecto a todos los detalles que regulaban nuestras relaciones. ¿Puede pensar positivamente un ser humano que está dispuesto a morir por otro? No, no y no. Entonces miente... si a su men­tira se la puede llamar mentira... que no lo es, ya que todas las mujeres dicen lo mismo.»
« (...) Ricardo Stepens enciende un cigarrillo. Pasea la mirada por su habitación. Arruga la frente, trata de concentrar sus pensa­mientos dispersos.
-¿Que debí pensar todo esto antes? ¿Pero, y ella? ¿Cuál de nosotros es el culpable? Comenzamos una relación inocente: mi­radas, sonrisas, yo el entusiasmo que suscita la flor fresca, ella el recato de la ‘chica que se va a casar’. Luego la madre, después el hermano. .. ¡Dios mío! ¿Quién es más culpable de los dos? Cuando mi ardor se enfriaba, ella desaparecía, de manera que irritaba mi amor propio. Yo he sido peón en ese juego. Me ha movido en la dirección que le convenía. Cierto es que yo me de­jaba mover. ‘No te pediré nunca nada’, me decía. Y sin pedir­me nada, heme aquí en el día en que me tengo que casar con Julia. Yo puse sinceridad y entusiasmo en mis sentimientos. Ella tranquila, dejaba arder la mecha. Cuando el fuego se apagaba, echaba una gota  de aceite. ¡Qué inteligencia para maniobrar! ¡Cuánto tacto! »


La culpa que corroe el alma. Allí donde todos los razonamientos ya no alcanzan reaparece la ferocidad del superyo, procurando reestablecer los ejes del problema en términos de: ¿Quién es más culpable de los dos? Otra vez se victimiza, otra vez se paraliza en la duda obsesiva y huye hacia el sueño. Se queda dormido.

«Domg. Domg. Domg. Domg.
Stepens salta de la cama. Son las cuatro de la mañana. Las cuatro. Faltan siete horas para ir hasta el Registro Civil. Echa mano al bolsillo. Saca una moneda. Piensa:
- “Vamos a ver qué dice la suerte. Si sale cara, me caso. Si sale cruz, me voy, Una es la definitiva.”
En el espejo del ropero se refleja el níquel volteando en el aire. Cae sobre la colcha. Cara. Ricardo observa la moneda, luego se la echa al bolsillo sonriendo y dice:
-“Hay que hacerle trampa al Destino. No me casaré. Que el Destino me cobre si es brujo.”»

Confunde el azar con el destino, la culpa con la responsabilidad... cree que lo que lo acecha es un castigo que podría producirse si lo alcanzan. No puede ver que lo que no puede esquivar ni evitar son las consecuencias de su acto. No importa si alguien le pedirá o no en el futuro que rinda cuentas por lo que hizo. O en todo caso no es lo fundamental. Lo que cuenta es que él cree que le estaría haciendo trampa al Otro...Ahora, transcribo completo el final del cuento...        
«Ahora...»
«Stepens ha detenido una mirada triste sobre el rollo de dinero: -“Esta plata era para casarnos. Con ella íbamos a comprar los muebles después de que volviéramos de nuestro viaje. Estoy a tiempo todavía. Puedo casarme. Nada ya tiene remedio. No sé lo que se ha roto adentro mío. Quizás hubiéramos sido felices. .. Es difícil.”
Lentamente se han cerrado sus ojos. El hombre fatigado, nue­vamente se duerme...
Domg. Domg. Domg. Domg. Domg. Domg.
Ricardo Stepens salta de la cama. Tiene el cuerpo helado. El traje arrugado. Son las seis de la mañana. Piensa vertiginosamente. –“A las siete sale el vapor para Carmelo...”Abre el ropero, deja en el suelo los cajones del lavatorio. Precipitadamente arroja su ropa en un baúl. Hunde a puñetazos las camisas, los trajes. Con los pañuelos van entremezcla­dos paquetes de cartas. Un retrato de Julia cae entre sus manos. Lo va a mirar...rechaza la tentación y lo arroja con algunos libros entre los intersticios que en el baúl floreado deja una colcha. Mira en redor. Todo ha terminado. Baja la tapa del baúl. Gira la cerradura con la llave, y se detiene. Le tiemblan las pier­nas. Un recuerdo terrible le conmueve toda la blandura de ter­nura que yace insepulta en él. Distingue a Julia, tomándole el rostro para besarle la boca. .. y se recuesta en la cama desfa­llecido.
- “Andate” - persuade el corazón ...
-“¿Qué vas a hacer? ¿Estás loco?”- le grita el deseo.
Son las seis y media.
El pecho de Ricardo se hincha como la presión de un fuelle.
Se levanta tambaleándose. Se inclina sobre el baúl, lo carga a su espalda, trastabillando baja la escalera de la pensión, se detiene en la puerta inundada de sol, le hace un gesto a un chofer. Ri­cardo coloca el baúl en el asiento delantero, y en aquel momento postrero, piensa:
- “¿Y si  le dijera que fuera a la casa de Julia?”Un hombre modestamente vestido asoma a una puerta. Enco­gido, camina por la vereda arrastrando los pies, cuando en el por­tal del que ha salido aparece una mujer con la cara envuelta en una servilleta, que le grita roncamente:
- “No te olvides de traer el dinero, Jaime...”
Ricardo Stepens se estremece. Mira al chofer y con cierta an­siedad, le grita:
- “Dársena Sur, chofer.”
Y mientras cierra la portezuela, un pensamiento triste cruza su mente:
- “¿Qué harán en lo de Julia con los regalos?”»[5]
    
     Hasta el último momento la duda resurge. Y la balanza se inclina  por  la irrupción de la escena patética de un pobre tipo –arrastrando los pies- demandado por su mujer en plena calle. La decisión se precipita en acto y   el momento de concluir el tiempo para comprender llega a tener la fugacidad del instante de la mirada.Pero tal como nos lo muestra este ejemplo, esta dialectización no supone necesariamente la ocasión de un acto decidido.  Si en lugar de esta visión patética el autor hubiese colocado allí la visión de una apasionada y dulce escena familiar, tal vez el desenlace hubiese sido otro...Por último, allí están – presencia molesta, insoslayable, que Arlt señala con agudeza sin igual -  los regalos. ¿Qué hacer con ellos? Esta  pregunta refleja con nitidez los alcances de la miseria neurótica.
Para un obsesivo como Stepens es una pregunta punzante que no encuentra respuesta. Porque los regalos presentifican una dimensión del intercambio que escapa al dominio de la especulación  y que le resulta inabordable desde sus acotados esquemas de pensamiento, donde predomina la renegación de la castración.  Esquemas  que pretenden desconocer que - para poder recibir, para poder alcanzar un objeto que le brinde alguna satisfacción -  el sujeto debería considerar– más allá de cualquier cálculo - que algo tendría  que estar dispuesto a  dar...El regalo, como significante del don, nos recuerda el valor – que  Freud remarcó a lo largo de toda su obra – del  psicoanálisis como método que – al margen  de cualquier sutileza – ha de permitir  devolverle a un  sujeto su perdida capacidad de trabajar, y de amar....


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 Roberto Arlt

Un Capítulo de "El manejo de la Transferencia" de Eduardo Urbaj.
 Publicado por  Diario Literario Digital


[1] Ver Cap. II .
[2] Sepa el lector disculpar lo grosero de la expresión elegida. Veremos en breve que la presencia del objeto anal en el pasaje al acto, nos convocaba a llamar a las cosas por su nombre.
[3] “Algo que el niño ha visto u oído en una época en que apenas sabía hablar y que ahora se fragua un camino hasta la conciencia probablemente desfigurado y desplazado por la intervención de fuerzas que se oponen a su retorno”. S.  Freud, Construcciones en análisis.
[4] Ver Freud Los de excepción, en Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica.
[5] Una amplia descripción de los rituales antiguos en relación a los regalos y  su articulación con la problemática del “don” y la ética del psicoanálisis, puede consultarse en  las Notas sobre el Potlatch, Silvia Amigo, Clínica de los fracasos del fantasma Cap II, Homo Sapiens, 1999.

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