Lo éxtimo (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Lo éxtimo (Psicoanálisis)

jueves, 21 de julio de 2016 0 comentarios

"Éxtimo, extimidad, extimia son neologismos acuñados por Lacan para señalar la paradoja de un exterior a la vez nuclearmente íntimo."




En el día del amigo, comparto un artículo sobre lo éxtimo. En ese exterior que habita en lo más íntimo de cada uno de nosotros, en esa ausencia que se hace carozo de nuestra afectividad (puesto que el afecto es del orden de lo real) suele colocarse el amigo. Ese extranjero que acogemos en el centro de nuestro mundo simbólico, ese distinto que hace mancha en nuestros hábitos, en nuestra mismidad y por ello la enriquece, ese es el amigo.


LO ÉXTIMO[1]


Escrito por Silvia Amigo, Psicoanalista

Para Diario Literario Digital


Éxtimo, extimidad, extimia son neologismos acuñados por Lacan para señalar la paradoja de un exterior a la vez nuclearmente íntimo.
Íntimo proviene del latín intimus y tiene la misma connotación que en castellano. Pero también proviene de la raíz griega timus, que remite a todo lo que se llama en psiquiatría timia. En esta disciplina, timia refiere a los estados de ánimo (de ahí, por ejemplo, distimia). Esa referencia se basa en que en griego refiere al soplo vital, al estado de alma, del corazón, y por extensión al estado afectivo. Es decir, que lo éxtimo es esa exterioridad que a la vez es lo más interior a nosotros y determina nuestro soplo vital. Es un término que acuña Lacan para mostrar ese interior ahuecado, vaciado, que es imposible de simbolizar y de inscribir. La importancia crucial de lo éxtimo es que, paradojalmente, sin eso no habría posibilidad de simbolizar ni de inscribir, puesto que se escribe alrededor del espacio subjetivo que esta oquedad crea.
Trataremos de esbozar por qué la capacidad de simbolización depende de la extimidad. En principio porque Lacan llama a la extimia, también, vacuola de goce, señalando a esa extimia o vacuola de goce como centro del sistema significante, organizando la posibilidad de que los significantes hagan cadena entre sí. Gracias a esa vacuola de goce, el lenguaje (que de por sí carece de agujero) deviene lo simbólico, cuyo centro es esa hiancia.
Basta la más mínima experiencia con la psicosis para saber que el lenguaje en sí mismo es denso, sin grietas, sin escansión, perseguidor e intrusivo. El lenguaje es así. Lo simbólico es otra cosa, implica haber horadado el lenguaje por medio de una vacuola, haber quitado al lenguaje su capacidad intrusiva y gozadora.
Más tarde Lacan se ocupará del tema de la vacuola de goce cuando hable de lo incorporal, lo incorpóreo, tomando los incorporales estoicos. Definirá lo incorporal como espacio vacío de goce y dirá que el significante es incorpóreo, que el cuerpo de lo simbólico (cometiendo un fecundo oxímoron) es incorporal. Si algo se puede simbolizar haciendo cuerpo es porque, en principio, hay una evacuación de goce.Más tarde aún, en sus seminarios toponodológicos, hablará de forclusión del sentido, creadora de lo real. Así pues, esta forclusión estructurante aliviana al lenguaje de su poder aplastante de dar sentido a todo.
El término éxtimo aparece por primera vez en el seminario La ética del psicoanálisis, en la oncena clase, “El amor cortés en anamorfosis”. Lacan allí cita a Ella Sharp, quien había escrito un trabajo sobre la sublimación, en los años 50, tiempo en que se había descubierto en Altamira la primera cueva rupestre. Ella Sharp había comentado con agudeza cómo la primera actividad sublimatoria fue la pintura rupestre en la caverna. Lacan felicita la intuición de la autora y afirma que efectivamente no hubiera habido modo de comenzar, para el género Homo, que es muy anterior al Homo sapiens (Homo erectus y Homo habilis conocían la coloración del ocre cuando se conquista el fuego y se lo torna rojo), la capacidad de representar sin la caverna, el espacio vacío donde se encuentra la pintura rupestre. Homo erectus y Homo habilis tenían un sistema de lenguaje dado que poseían ritos funerarios, consistentes en la marcación con ocre y rojo sobre los huesos de los muertos, los humanos congéneres (únicos seres que merecían esa escritura en rojo), primeros ritos funerarios de la humanidad. Es desde este piso de adquisición cultural que puede iniciarse el arte rupestre.Lacan va a puntuar algo muy interesante: en una cavidad que está profunda en tierra, de difícil acceso y escasa iluminación (se hace clara con el fuego que acababa de conquistar el homínido), el habitante de la caverna, justo allí y no por azar, ejerce la primera actividad sublimatoria. Lo hace en ese sitio de tan difícil acceso. Cuando el maestro francés lleva a cabo estas reflexiones, introduce la palabra éxtimo, que en este momento homologa a la caverna. No es casual que sea en un vacío que se pueda proyectar sobre la pared algo representado.
A la vez (y este añadido es habitualmente descuidado en el mundo lacaniano) existe la necesidad de un habitante de la vacuola-caverna que estabilice ese vacío por su presencia allí alojada. Lo éxtimo permite alojarse, y el sujeto alojado estabiliza la cavidad. Cito clase 11 de seminario 7: “Así mismo, como el ejercicio sobre la pared consiste en fijar al habitante invisible de la cavidad, vemos cómo este se encadena con el templo, en tanto organización alrededor de ese vacío que designa, justamente, el lugar de la Cosa, y llega hasta la figuración del vacío en las paredes de ese vacío mismo, en la medida en que la pintura aprende progresivamente a dominar ese vacío, a delimitarlo tan de cerca que se consagra a fijarlo bajo la forma de la ilusión del espacio”.

Más adelante en la historia de la pintura, ya sin la cavidad, el humano que pinta reflejará sobre la tela el espacio utilizando las diversas técnicas de la perspectiva. Ante la instauración sistemática de las leyes geométricas de la perspectiva, la pintura mostró una especie de etapa en la que los artificios permiten estructurar ese espacio. Hubo un furor de la perspectiva. Es este tiempo histórico del Renacimiento cuando la perspectiva se anuncia y surge la anamorfosis.[2] En la perspectiva hay una suerte de equivalente del habitante de la cavidad. Se trata del sujeto desde donde se impone el punto de vista. Desde allí es supuesto mirar el sujeto, que organiza entonces el cuadro. El cuadro es visto desde el punto de vista. A la vez el propio cuadro nos domestica pues él mismo es mirada.
Insistamos entonces en aquello que Lacan añadió a las teorizaciones de Ella Sharpe: la importancia de que haya un habitante de la cavidad. ¿Por qué esto es tan crucial?Adelantemos la hipótesis que intentaremos demostrar: el habitante estabiliza la vacuola, la verifica. Sobre ese vacío el sujeto mismo es, en principio, objeto estabilizador.
A esta extimidad de la falta de la cosa Lacan la llama vacuola de goce durante el trascurso del seminario 16, De un otro al Otro, y a esta vacuola la llama, a su vez, don de amor. Puesto que si el Otro dona amor, desiste de gozar al sujeto por venir. En ese desistimiento de su goce hay un don de amor que crea una vacuola de goce que hace que el sujeto por venir pueda simbolizar.
Esto recuerda las tematizaciones últimas de Lacan, en el seminario L’insu que sait de l´une bévue s´aile à mourre[3] Allí, luego de haber trabajado en La identificación, su seminario noveno, la segunda identificación al rasgo unario, logrará tematizar la primera identificación como vacuola, ya que es identificación a lo Real del Otro Real, si y solo si ese Otro Real tiene la posibilidad del don de amor para pasarle al sujeto por venir.


ESQUEMA DEL PROYECTO

    



     
Para abordar el tema de la Cosa perdida, extimia ausente, Lacan relee el esquema de la experiencia de satisfacción, del Proyecto, y lo relaciona con la vacuola.Freud describió en ese texto que había neuronas y cantidad, lo que dio la idea de que esto era el modelo del aparato neuronal psíquico. De allí se tomaron las neurociencias para adscribir el inconsciente a un circuito de memoria neuronal, siendo asimilada la crianza al condicionamiento pavloviano (creador de memorias específicas por reflejo condicionado). Y la cura, por ende, fue repensada (en contra del espíritu y la praxis freudiana) como un reacondicionamiento más performante. Con solo considerar el vacío de Das Ding todo este pesadillesco sueño organicista se viene abajo. ¿Dónde, en el aparato nervioso, situar un vacío no inscriptible en la memoria? Y... ¿dónde situar a sujeto alguno de la experiencia, sea cual fuera, de no contar con ese vacío?
Dada la necesidad, la imperiosidad interior, Not des Lebens, el empuje, la necesidad vital en un ser que nace inmaduro e indefenso, se hace imprescindible que acuda en su ayuda el Nebenmensch, el prójimo auxiliante, que es habitualmente la madre. Por su accionar parlante se van a establecer seis tipos de inscripción.

1)  Una inscripción del estado de necesidad. La inscripción del estado de necesidad no es el estado de necesidad.2)      Una inscripción de la acción específica, por ejemplo, el chupeteo. Es una inscripción, no es el chupeteo.3)      Una inscripción del objeto que Freud va a dividir en una zona “a” y una zona “b”. Cuando se interpreta el grito como demanda, porque el Nebenmensch habla, actúa, pues el prójimo actúa sobre su retoño, se establecerá una facilitación donde transcurre la cantidad endógena por el circuito, produciendo en principio una recarga completa de la memoria del objeto. No del objeto material, sino del objeto inscripto. Con esa recarga, que hace alucinar el pecho, se produce la identidad de percepción. Identidad de percepción, dice Freud, que dejaría al bebé alucinando el pecho y muriendo de hambre.
4)      A este sistema de carga móvil y facilitada Freud le va a oponer un sistema que él llama de “neuronas cargadas” o Ich, que se ocupan de desviar el paso de cantidad, para no recargar completamente el objeto y buscar en la realidad un objeto que se parezca en algo, en la parte “b”, al objeto de la primera inscripción, y una parte “c” no coincidente. Luego de este encuentro desencontrado se iniciará recién la descarga, el bebé se alimentará. A este circuito Freud lo denomina identidad de pensamiento. 5)      En el medio, en cuanto Ich establece una inhibición –vale aquí recordar que inhibición es un Nombre del Padre y no solo un síntoma en el museo–, en cuanto se establece el pensamiento, la parte “a” ( no el objeto a, que tal como veremos es otra cosa) es la Cosa que se ha perdido para siempre en la inscripción. Y “b” es aquello inscriptible de lo que fue el objeto.Las neurociencias creen que pueden homologar la neurología subsumiendo al psicoanálisis con esta teorización del Proyecto.
De lo que nunca va a dar cuenta una teoría totalizante, y por ello mismo forclusiva, que pretende que el inconsciente es un conjunto de memoria química acumulada en las neuronas, es de la vacuola de goce, de la extimia. De eso jamás van a dar cuenta las neurociencias. Estas creen que dichas inscripciones son precipitaciones químicas. Es obvio que a nivel neurológico las hay. Pero no constituyen ningún inconsciente. Porque… ¿dónde está este agujero, exquisitamente simbólico, en el sistema neuronal? Pues no está allí, esa hiancia es propiamente el núcleo del inconsciente, allí donde el sujeto no ha podido ser inscripto, colonizado por el Otro.Esta hiancia es nada más que un avatar de lo imposible de inscribir como memoria en lo simbólico. Esto, al quedar excluido del lenguaje, hace que el Nebenmensch pase de ser el ser carnal que se acerca al sujeto por venir con su goce a cuestas, a ser el Otro de la inscripción.


Pensamiento, examen de la realidad

Es claro entonces que todo pensamiento se inicia con la pérdida de la cosa, con la vacuola de goce, con la extimia. Así como la realidad humana es examinable, es posible de abordar sin excesiva locura gracias a la pérdida de la cosa.
Tanto el lenguaje como la realidad y como el prójimo se tornarían “inminencia intolerable de goce” de no mediar la vacuola, lo éxtimo. La realidad sería inminencia intolerable de goce y el pensamiento sería imposible si no se perdiera la Cosa.De no perderse das Ding seríamos seres condicionados por nuestro adiestrador al mismo título que los perros de Pavlov o las Aplysias de Kandel.[4]Cuando Freud habla de identidad de pensamiento, punto de ariete de la simbolización, da como puntapié a la extimidad. La pérdida de la Cosa, siendo radicalmente lo extranjero dentro de nosotros, es lo que nos permite pensar y examinar la realidad, y tener con ella una relación relativamente pacífica, no persecutoria. También permite que el Otro devenga Otro simbólico, lugar de inscripción, puesto que, en cuanto el Otro es lugar de goce, ya no hay ninguna posibilidad de que el Otro sea lugar de inscripción. Por ello Lacan llama a esa extimia don de amor, y eso depende de que el Nebenmensch se avenga a ser un Otro simbólico, desistiendo de gozar en permanencia a su retoño.

La segunda emergencia del término extimia aparece en el seminario De un Otro al otro, en las clases 14 del 12 de marzo de 1969  y 16 del 26 de marzo de 1969[5]. Consideremos el esquema con el que Lacan comienza la clase 14. Allí va a hablar de la sublimación, La mujer y La Cosa.

La mujer                     El Otro?                   La Cosa?

               X   Lugar de la palabra con quien    Vacuola de goce
                                        se hace el amor




                
                      
En el vacío de la Cosa, Lacan sitúa un habitante. Lo llama otolito y es el objeto a. Como se comprueba, das Ding, su vacío, no es homologable al objeto a. Este se aloja en el vacío de la Cosa, pero no es un objeto vacío. Está constituido de eso que el genio del maestro francés llamó sustancia gozante. Esta sustancia no es una cosa del mundo. Pero el objeto tampoco es una abstracción idealizante. Es sustancia, esa que el maestro llama gozante es su esencia.

Se suele subrayar la importancia del vacío central del sistema, pero es también muy importante recordar que Lacan le da importancia al habitante del vacío. O más bien al habitáculo que el vacío de goce hace para permitir que aparezca el lugar donde colocar erógenamente al objeto. Para seguir en qué incumbe esto al sujeto, debemos recordar que el sujeto ingresa, en principio, al campo del Otro como objeto. No hay entrada del sujeto al campo del Otro, sino como otolito estabilizador del vacío del Otro.
Si el objeto no se ubicara allí, situación clínica posible, ese objeto, no rodeado del halo de la falta, resultaría predador del sujeto, y se cumpliría la certera frase ominosa de Freud: la sombra de ese objeto caería sobre el yo. En el mejor de los casos devendrá objeto de la angustia, en uno no tan bueno astillará al yo haciéndolo sede de pesados rasgos de carácter. En el caso más infausto será el tiránico objeto de la melancolía.En estas circunstancias a, no ingresado al Otro marcado por la falta, no se colocará intermediado por el losange, el punzón de agujero, en el fantasma que regula el deseo y el goce fálico. Oscilará entre astillar el yo o alimentará la malignidad del superyó, empujando al sujeto al pasaje al acto, a la melancolía, al duelo intramitable.

El seminario De un otro al Otro es dictado inmediatamente después de La lógica del fantasma y El acto analítico, seminarios en los que Lacan teoriza de una nueva manera alienación y separación.
Si hay vacuola de goce, si y solo si la hay, allí se va a producir el pasaje al acto estructural de la alienación cayendo en ese hueco el sujeto como objeto. Ese objeto, que en el inicio es el sujeto mismo, entra como subelemento de la cavidad. Ella acogerá al sujeto-otolito y, más tarde, a diversas variedades del objeto como puntas de goce, como plus de gozar, como objetos a. La posibilidad de tener un plus de gozar se establece cuando el goce de la cosa ha sido vacuolado por el don de amor. Nebenmensch deja de ser la inminencia intolerable del goce y se hace Otro simbólico. Es en estas circunstancias, como afirmábamos unas líneas más arriba, que el objeto es ingresable al fantasma.Lacan va a insistir bastante con que en el sistema del Lust (traducible del alemán como “placer” y también como “goce”) hay un borde, un límite al Lust obtenido que es justamente el lugar de lo éxtimo, donde se debe detener para que no arrase, para que sea tolerable. En ese lugar se regula la posibilidad de sostener una relación que no sea de daño al obtener el goce.
Va a puntuar en este seminario lo que ya había dicho en La Ética, que Freud reserva para la representación de palabra la palabra alemana Sachvorstellung, que hace pareja con Wortvorstellung, representación de cosa, representación de palabra. Mientras que Ding no hace pareja ni se enlaza, pero permite alrededor de ella que circulen todos los enlaces. Si no estuviera la vacuola éxtima, no habría enlaces alrededor.
Recuerda en este seminario que la Cosa en sí no es sexuada. Es su pérdida la que permite la sexuación.
Entonces la pérdida de la Cosa sexúa, según las modalidades de abordaje que frente a esta pérdida el sujeto se autorice de asumir[6], lanza el pensamiento, permite examinar la realidad y da la chance entonces de poder decirse varón o mujer. La formación de lo éxtimo deviene la pasación de una falta.


El habitante de la caverna

Lacan va a hablar de un molusco más simple que un langostino, con un sistema vestibular que, a diferencia del nuestro (que tiene un líquido interno lleno de otolitos[7]), cuenta con solo un otolito en esa oquedad. Usa ese pequeño molusco para acentuar la importancia del minúsculo gránulo que permite la orientación.
El otolito permite verificar la cavidad. La primera sublimación tiene necesariamente que ver con, en primer lugar, operar el sujeto como otolito desde esa cavidad. Que el objeto se eleve a la dignidad de la cosa tiene que ver con el habitante de la cavidad, como en el arte rupestre.

Porque ya ha trabajado en los seminarios La lógica del fantasma y El acto analítico su reelaboración de la alienación como caída en un Otro marcado por una falta, es que en el seminario siguiente puede dar rienda suelta a sus ideas sobre lo éxtimo y el otolito, que, como vimos, utiliza como apólogo del objeto a.



Este gráfico puede considerarse una toma de notas de lectura del seminario del acto. Lacan hace pie en el cogito cartesiano: pienso y soy. Pues Descartes sostiene la ilusión de que se puede pensar el entero del ser, sin resto. La operación que se espera del psicoanálisis sobre el cogito es justamente negar que el pensamiento pueda copular por entero con el ser. Aunque el psicoanálisis se considera explícitamente hijo del giro cartesiano, le inflige al mismo esta formidable corrección.
Volvamos entonces a la vacuola: se puede pensar, claro, pero no todo el ser, el pensamiento es vacuolado. De ahí que Lacan proponga (como operación específica del psicoanálisis sobre la ilusión totalizante de la ciencia) negar esa cópula: no (pienso y soy). Aplicando las leyes de De Morgan, obtenemos un “o no pienso o no soy”. Sobre ese esquema Lacan va a reformular en los seminarios La lógica del fantasma y El acto psicoanalítico los conceptos de alienación y separación, que ya había introducido en el seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Lo va a hacer de la forma siguiente: a la repetición la adscribirá al “o no pienso o no soy”, y a la alienación la llamará “pasaje al acto”, a la operación verdad propia del inconsciente, acting out.
En Lacan sus términos metapsicológicos tienen dos valores: un valor clínico o patológico y otro estructural. Por ejemplo, tal como hemos visto, la inhibición tiene un valor patológico, síntoma en el museo; y un valor estructural, Nombre del Padre.
Utilizando esta doble valencia, subrayaremos que pasaje al acto no solo nombra una posibilidad patológica, sino que también indica la estructura de la entrada del sujeto en el campo del Otro.
Este ingresa en ese campo a través de la zona de la vacuola de goce, esa que le hace un lugar. Si hubiera en el Otro un goce compacto, el sujeto no podría alojarse allí. Ingresa pues articulando un: no pienso, soy el a del Otro. En el pasaje al acto, el sujeto se tira por la ventana como otolito en la cavidad de la vacuola si es que el Otro le ofrece esa cavidad. En el autismo no hay entrada posible porque el Otro no ofrece hueco alguno, ni considera al niño exterior. En el autismo psicógeno, vero, no se trata de que la madre quiera o no quiera al niño. Se trata de que la madre no ofrece la cavidad.
En las psicosis, en cambio, el sujeto entra totalmente en la cavidad, sin resto ni juego, no figura como otolito, no es apenas subelemento dentro de lo éxtimo. Es tapón de la cavidad. En la neurosis se da la estructura del otolito que solo semillena el vacío como se ve en el esquema anterior.
En la alienación, donde el sujeto ingresa a esa instancia que, tomada de Freud, Lacan llama ello, está presente un “no pienso”. El sujeto por venir había enfrentado una elección alienante: “o no pienso o no soy”, homóloga del “la bolsa o la vida” citado en el onceno seminario[8]. Como no es posible elegir no ser, se elige no pensar y ser el otolito, el objeto que cae dentro de la extimia, habitando el agujero del Otro.
Solo que al sujeto en advenimiento le surge un problema: no sabe qué clase de objeto es para el Otro. Lo ha de averiguar en la rama que Lacan llama verdad o acting out, no como emergencia patológica, sino como modo de interpelación del Otro, para que explicite qué clase de objeto es. A esta interpelación Lacan la llama transferencia salvaje. Todos ejercemos sobre el otro transferencia salvaje. En ese punto el sujeto localiza en el inconsciente un “pienso”, ahora sí, qué clase de objeto soy para el Otro. Pero al pensarlo, ahora con significantes inconscientes, borro el ser de objeto que era sin pensarlo. Puede afirmar Lacan entonces, para la zona del inconsciente: “pienso, no soy el a”. Solo que, en el inconsciente, el sujeto se da falso ser en el fantasma. Ahí el a deja de estar caído de hecho en el Otro, la vacuola debe vaciarse y el a debe ser colocado como señuelo en la retícula bien tramada del fantasma. Quienes no pueden interrogar algo salvajemente al Otro entran en la temible situación clínica de sobreadaptación. Un niño triste, obediente, que no molesta jamás, no podrá averiguar qué clase de objeto ha sido para el otro, viéndose en peligro la constitución del fantasma donde se esbozaría una respuesta.En la rama diagonal Lacan ubica la transferencia no salvaje, mediada por el deseo del analista que hace caer el a, en el acto analítico en transferencia, por el hueco de -φ del fantasma. A esta caída del objeto ya no en el campo del Otro, sino caída de las redes del fantasma, Lacan la llama pasaje al acto esclarecido.

Pensamos que el concepto de extimia no se logra aprehender bien si no se entiende que es un lugar en el que se va a alojar al sujeto como objeto, lugar primigenio que ocupa para el Otro.
Qué es el niño para la madre, ¿falo u objeto a?Se encuentran tanto en Freud como en Lacan ambas afirmaciones.Si el sujeto es homologado por Lacan a un otolito que entra en la cavidad sin obturarla, el sujeto es un a fálicamente marcado, un a marcado ya por el Nombre del Padre, que no le permite calzar un ciento por ciento en la vacuola. La vacuola como extimidad es el lugar en el que va a ser alojado el futuro sujeto que ese Otro produzca.
Ese Otro es el lugar de la palabra con quien se hace el amor. De esa posición de otolito habrá que salir, si y solo si se ha entrado, claro.
El análisis trabaja en dos puntas: en el ello y en el inconsciente. Esto no es demasiado tenido en cuenta. Si el sujeto ha quedado varado en el tiempo como objeto del Otro, en la vacuola del Otro, como otolito orientador, y no puede salir conformando un fantasma, nos encontraremos clínicamente en el campo del ello. La parte objeto que queda en la vacuola del Otro pasa en forma directa al yo como rasgo de carácter. Pasa allí en forma directa, sin mediación inconsciente, como bizarría, rasgo de carácter. Sería optimista pensar que el yo es enteramente un agujero, tal como Lacan preconiza en su seminario R.S.I. Debiera serlo lo más posible, pero ahí donde como habitantes de la vacuola, donde fuimos otolito, no hemos logrado salir, eso nos queda como rasgo de carácter.
Por el lado del inconsciente el análisis trabaja también en la desobstrucción de a, pero ya en la trama del fantasma. Allí el análisis intenta licuar las garantías que el sujeto toma del fantasma, donde contesta con certeza de falso ser qué objeto a es para el Otro. Caer desde ahí depende del acto analítico, que permite reconstruir qué clase de otolito me hice ser en el fantasma. Esa salida de las redes de garantías del fantasma efectúa, según las fórmulas de la sexuación, un ya no depender de la figura de la excepción, del Al-menos-uno que ponga en caja al encastre incestuoso.

El fin del análisis consiste en atravesar el fantasma, lo cual no es incompatible con crear un sinthome, porque solo por el agujero desobstruido del fantasma, agujero creado tanto por la extimia como por la destitución del Padre excepcional, puede emerger un sinthome. En el fin de análisis, en los testimonios de pase, se trata de la reconstrucción analítica de lo que uno fue como otolito en la vacuola del Otro.
Entonces, la extimia no solamente es esa exterioridad íntima, lo más ajeno, sino que, a la vez, es la intimidad subjetiva, allí donde el Otro no nos coloniza con su goce. Es necesario hacer referencia también a las regulaciones de la relación con el pensamiento, la realidad y el prójimo que tiene la extimidad. Sin esa extimidad el pensamiento es imposible y la realidad y el prójimo devienen amenazantes.
En la emergencia del término extimia, que Lacan vuelve a trabajar en el seminario 16, está revisitado lo que ya adelantara en el comentario de Ella Sharp durante su seminario sobre la ética, subrayando aún más el punto central de la importancia del habitante de la vacuola. Es el sujeto el habitante, si ha tenido suerte, por el don de amor, de ser alojado en la vacuola, de la que ha tenido que salir para darse una respuesta en el fantasma, y para alivianarla como clisé fijo en análisis.
Lacan comenta que cuando el analizante recorrió el trayecto que le hizo perder la garantía en el fantasma y averiguar, conjeturar o construir qué clase de objeto a fue para la vacuola, de esa trayectoria de pérdida resulta una “verdad incurable”. En el pase se testimonia de esa verdad incurable.
La extimia es el lugar donde nos pudimos alojar, la vacuola nos dio habitáculo.Das Ding es vacuola de goce; y el objeto a permite recuperación de goce cuando se ha advenido a perder el goce de la Cosa. Se espera el goce de la Cosa y solo se obtiene un plus de goce. La diferencia hace volver a actuar, es nuestro motor vital.
La división del sujeto no depende exclusivamente del significante, sino también del objeto a, el otolito. Entre el S1 y el S2 se sitúa una hiancia, la vacuola estabilizada por el otolito. Lo que divide al sujeto es la posición deseante del objeto. Ya la barra del Sujeto no va a ser únicamente la del significante, sino que tal división está dada por el objeto a, lo que Lacan trabaja con énfasis desde el seminario 13, El objeto del psicoanálisis. No se verificaría la extimia si no se alojara allí un objeto que va a dar lugar al sujeto en la medida en que caiga como tal. Esto se reconstruye al fin de un análisis, cuando se pueda decir “yo no soy” eso que estaba alojado en la extimia. Hay que pasar por ahí, y de ese pasaje quedan rastros en el yo.No se entiende la configuración de los rasgos de carácter si no se atiende la imposibilidad de mediación inconsciente que está tan bien descripta en el esquema de la bolsa de El yo y el ello. Del ello al yo hay circuitos directos no mediados por el inconsciente. No todo pasa por el inconsciente. Hay direcciones directas desde el ello hacia el yo, situación clínica en que no cae el objeto otolito de la vacuola.

La vacuola, la extimia, es el nombre real del padre. Si se emparienta con algo, es con la identificación primera, que es la identificación por amor al padre. A lo Real del Otro Real. Al agujero del Otro Real. Los mitos del padre son tomados en cuenta por Lacan. Y son acompañados por una vuelta toponodológica. Lo Real del Otro Real es el agujero, y la identificación primordial resulta de incorporar ese agujero. El tema es que esa identificación primera puede fallar. Falla en la psicosis, que no cuenta con la vacuola, obturada, como decíamos más arriba, al ciento por ciento por el sujeto psicótico, devenido tapón, no leve otolito, que no deja vacío alrededor, que no deja "juego".De producirse esa primera identificación obtendremos el Nombre Real del Padre. Lo simbólico, el corazón de lo simbólico es el agujero, la aireación que proporciona este agujero. El lenguaje sin la vacuola resulta (tal como comenta una paciente esquizofrénica que atendemos, que nada sabe de psicoanálisis y a quien la atormentan alucinaciones auditivas) un “campo de concentración lingüístico” (sic). Lo simbólico no es el lenguaje, se hace simbólico luego de la identificación, identificando lo Real del Otro Real.
El lenguaje en sí mismo es espeso, no aéreo, es perseguidor. Lo incorporal, esencia de lo simbólico, constituye un espacio libre de goce. El lenguaje se hace incorporal a través de la vacuolación; sin esa vacuola, sin la extimidad, el lenguaje no devendrá jamás incorporal.
Estamos parasitados por el lenguaje. Pero si fuéramos totalmente colonizables por el Otro, identificados al ciento por ciento al Nebenmensch, al Otro que nos cría, no habría vacuola. La identificación implica que me identifico... pero no todo, hay una zona no identificable, donde el Otro es el otro y el sujeto es el sujeto. Debe de haber una zona inasimilable. En …ou pire, seminario 19, Lacan habla de lo uniano, al que llama “diferencia con el otro, antes aún de la aparición del otro”. Esa vacuola hace que el sujeto no sea idéntico a su Nebenmensch. Es necesario que algo sea inasimilable, porque si se asimilara enteramente por canibalismo, no habría más chance que ser un clon del Otro. Nos encontramos frente a efectos de una operación de expulsión, la afirmación y el rechazo están en el centro de la identificación a lo Real del Otro Real. Lacan tarda mucho en formalizar la identificación primordial. En el seminario La Identificación habla de la identificación al rasgo unario, pero esa identificación es secundaria, a lo Simbólico del Otro Real. En esa época considera la identificación primordial como mítica e indatable. Recién en L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre formaliza la Ausstossung y la Bejahung como identificación a lo Real del Otro Real.
Se incorpora lo simbólico porque se expulsa al goce que hace denso al lenguaje. Por la Ausstossung de la Cosa el lenguaje deja de tener un peso de plomo. Sin esa expulsión, el lenguaje es erotómano o perseguidor, gozoso.


Esquema de la clase 16, del seminario 16






En el seminario 11 lo escribía también:

(S1 (S1 (S1 (S1 + S2)

S1; nombre simbólico del padre, no es otro que el Uno que dice no en las fórmulas de la sexuación. Por su eficacia, completa el ciclo de agujereamiento, bordeando de prohibición (la barra que dice no) a la imposibilidad que crea la hiancia. Hacia el fin del análisis se ha de esperar que, sirviéndose de ese padre, el sujeto vaya más allá, se desligue y diga no por su cuenta. Henos aquí pasando al costado femenino de las fórmulas de la sexuación, en el que no existe ya ese Padre de la religión protectora.




[1] Reescritura y reelaboración de la ponencia presentada en la Sociedad Porteña de Psicoanálisis en el mes de octubre de 2011. Luego, publicada en la revista de la asociación.
[2] Seminario 7, pp. 172/173.
[3] Seminario N° 24, Inédito
[4] Kandel, Eric, En busca de la memoria, Katz, Buenos Aires, 2007. El lector puede remitirse al capítulo de este mismo volumen para seguir nuestro cuestionamiento del concepto de inconsciente que manejan las neurociencias.
[5] Lacan, Jacques, D´un Autre à l'autre Seuil, Paris,
[6] Véase, en este mismo volumen, el capítulo N° 3.
[7] Estructura ubicada en el laberinto vestibular del oído interno, formada por cristales de carbonato cálcico suspendidos en un medio gelatinoso, que proporciona información acerca de la posición del cuerpo esencial para el equilibrio.
[8] Lacan, Jacques, Les quatre concepts fundamentaux de la psychanalyse. Seuil, Paris, 1973 Apartado cuarto.


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