La Maleta (cuento) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

La Maleta (cuento)

lunes, 4 de julio de 2016 0 comentarios

"Caminaba con paso tranquilo y la maleta debía pesar mucho porque todo su cuerpo se inclinaba hacia aquel lado..."




La Maleta


Escrito por  Isabel Llor Cerdán

Para Diario Literario Digital






El señor Aurelio acababa de llegar al pueblo y preguntaba a las personas con las que se cruzaba, dónde habría un hostal sencillo y limpio dónde alojarse.



Llevaba una gran maleta de las antiguas, sin ruedas, con cierres metálicos y atada con una cuerda porque parecía muy llena. Vestía un tosco pantalón, color marrón y una gabardina que le llegaba hasta los tobillos y, en la cabeza, un sombrero calado hasta las cejas, lo que le daba un aire de otros tiempos.

Caminaba con paso tranquilo y la maleta debía pesar mucho porque todo su cuerpo se inclinaba hacia aquel lado.


Entró en el hostal que le habían recomendado. La señora que lo atendió, con una gran sonrisa, le dijo:
-Buenos días, señor, ¿qué se le ofrece?
-Necesito una habitación, a ser posible que tenga una buena ventana. Según el precio estaré más o menos tiempo, así que, lo primeo dígame usted lo que me va a costar
-Ah, por eso no se preocupe. Creo que tenemos justo lo que usted precisa: amplia, con vistas al parque, sin ruidos… Ahora mismo, necesito alguien que me haga los recados ¿qué le parece?. En lugar de pagarme, lo cambiamos por ese pequeño trabajo.



Abriendo mucho los ojos por el asombro, el señor Aurelio contestó:

-Eso sería un magnífico trato, señora, claro que acepto. Discúlpeme, tengo que echarme y descansar un rato, pero a partir de las cuatro de la tarde, estaré listo para lo que usted me mande.


La mujer cogió una gran llave y lo acompañó hasta la habitación:
-Aquí es, ya ve: ventilada, limpia. Espero que esté aquí muy a gusto y se quede un tiempo.


El señor Aurelio estaba tan cansado que después de sacarse los zapatos, el sombrero y la gabardina, se echó en la cama y se quedó profundamente dormido.


Poco después, la maleta se abrió. Nadie la había tocado, abierto los cierres o desanudado la cuerda. La tapa, muy despacio, se fue levantando y unos ojos oscuros y muy curiosos, se asomaron para comprobar que no había peligro.


Las membranas entre los dedos y sus orejas puntiagudas lo hubieran delatado enseguida si alguien lo hubiera visto. Sus pies, cubiertos por unas zapatillas terminadas en punta, se asomaron, primero una y luego la otra y dando un salto se tiró al suelo; luego, inmediatamente, volvió a mirar dentro de la maleta y hablando en voz muy baja, dijo:

-Ya podéis salir, ese malvado está dormido. Cuando se despierte ya estaremos muy lejos. 




Y así, con mucho sigilo tratando de no hacer ningún ruido, los cuatro duendes restantes salieron e inspeccionaron la habitación.



Estaba claro que, lo mejor, era irse por la ventana pero estaba cerrada y era muy grande, no sabían si podrían abrirla. Desde allí podían ver el parque que parecía bastante grande y tratarían de enviar algunas señales para que los de su especie les dijeran hacia dónde era más seguro dirigirse.



No había sido tan difícil: primero arrimar la mesita a la ventana y sobre esta poner una silla. Luego, dos de una parte y dos de la otra, abrieron la ventana. El quinto duende vigilaba por si el hombre despertaba de improviso y volvía a meterlos en la maleta.


Los había capturado en un bosque muy grande al norte de allí. Todos los años algunos humanos y otros seres acudían a una gran feria dónde vendían duendes, gnomos, hadas y algunos animales mágicos. Era un trabajo sucio: ellos solo los vendían sacando un buen precio. Otros seres los compraban y amaestraban para ser vendidos de nuevo generalmente a brujos que los esclavizaban para que hicieran maleficios que resultaban muy peligrosos y en los que algunos perdían la vida.


Los duendes, dóciles y amables por naturaleza, no luchaban por tratar de liberarse, pero sí, como ahora, trataban de escaparse a la menor oportunidad.


Los cinco corrieron hacia el parque y, después de comprobar que no había ningún humano cerca, emitieron mentalmente varias señales para ponerse en contacto con otros duendes. Sabían que, si la feria se celebraba en el norte, lo más seguro era dirigirse hacia el sur.


Justo después, un ser de mediana estatura, se presentó y les dijo:

-Me llamo Adam, yo os guiaré y protegeré. Llevo años haciendo esto. No perdamos tiempo, seguidme. Por cierto, seguro que lleváis mucho tiempo sin comer, coged una bolsa cada uno, podéis ir tomando el alimento mientras avanzamos.


Los duendes dieron las gracias y, alegremente, caminaron deprisa hacia lo que creían su salvación.


Así pasaron dos días completos. Por la noche descansaban y, al amanecer, volvían al camino. El ser que los conducía seguía protegiéndolos y dándoles comida suficiente y sabrosa.


Al tercer día, Rilop, que era como se llamaba el primer duende que salió de la maleta y que por su edad era el más sabio, en un momento en que se quedaron solos, les dijo:
-¿No notáis nada extraño? Fijaos, para mí que por esta parte del bosque ya hemos pasado y no una sola vez sino varias. Creo, que apenas hemos salido de dónde estábamos al principio.
-Pero este ser nos cuida, nos protege, no nos haría ningún daño…
-Está bien, continuaremos, solo os pido que os fijéis muy bien y os daréis cuenta de lo que os digo.



Mientras tanto, en el pequeño hostal, algo muy extraño había ocurrido:

Viendo que había trascurrido casi un día entero desde que el señor Aurelio había llegado, la dueña subió, llamó a la puerta con insistencia y al no recibir respuesta, decidió entrar:
La ventana estaba abierta, la maleta también y no había nada dentro, la ropa del hombre estaba tirada por el suelo y, en la cama, no quedaba ni el rastro de que alguien hubiera dormido ahí.


Sintió como un escalofrío recorría su espalda y unas terribles ganas de gritar, pedir auxilio… pero ¿por qué? No sabía que era lo que había pasado. Mejor no decir nada a nadie, como poco, la llamarían loca.
De pronto, recordó, que cuando era muy pequeña, su madre le había contado algo muy parecido y, desde entonces, aquella habitación había quedado cerrada y nunca más se había vuelto a alquilar hasta ahora.



En el bosque estaba oscureciendo. Los duendes habían seguido los consejos de su compañero de más edad y, efectivamente, habían comprobado que caminaban por sitios por los que ya habían pasado.



De nuevo llamaron a los de su especie y telepáticamente les informaron de todo. Sin duda, estaban en un tremendo peligro.
Estaban muy cerca de un riachuelo y hacia allí se dirigieron y se ocultaron.


El ser que los había conducido, estaba bebiendo y entonces lo vieron tal como era: piel muy oscura, peludo, ojos rojos. De su frente salían dos pequeños cuernos, tenía pezuñas y un gran rabo. A su lado, un gran tridente, que brillaba con resplandores rojos.


Aterrorizados y temblorosos, se abrazaron unos a otros y, de nuevo, pidieron que los sacaran de allí.


En aquel momento, se presentó un espléndido pegaso blanco que les dijo:
-Pronto, no hay tiempo que perder. Subíos a mi lomo. Vamos, vamos.


Emprendieron el vuelo. El duende más sabio, comprobó que, esta vez, sí iban en la dirección correcta y, desde arriba, pudieron ver como aquel ser terrible, al darse cuenta de que los duendes habían desaparecido, rugía de rabia y su tridente soltaba rayos de fuego que eliminaban todo lo que se ponía a su alcance, fueran árboles, animales y hasta piedras.


Llegaron a un lugar dónde había muchos duendes, gnomos, hadas y animales mágicos que, como ellos, habían sido rescatados y, donde un ser lleno de luz, les advertía de que no debían fiarse de las personas aunque estas tuvieran una imagen inofensiva y amable como el señor Aurelio porque, en cualquier momento, podían transformarse en aquel terrible ser del que acababan de escapar.


En aquel momento, el pegaso que acababa de traerlos se transformó en la dueña de la pensión y les dijo:

Estáis a salvo pero de nuevo os habéis fiado de alguien a quien nunca habíais visto. Tendréis que ser mucho más prudente o terminaréis en un aprieto del que, tal vez, si hay una nueva ocasión, no podréis salir.


Cuando regresó al pequeño pueblo, quemó todo lo que había en la habitación y la cerró:


-Menos mal que me prometieron que ya no tendré que hacer nunca más este trabajo.


Resultado de imagen para pegaso


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