Silvina (Cuento de hadas) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Silvina (Cuento de hadas)

viernes, 3 de junio de 2016 0 comentarios

               "... oyó un fuerte golpe en la galería y salió corriendo hacia allí. Ya había pasado otras veces, sobre todo en primavera, cuando los gorriones, que ensayaban sus primeros vuelos, chocaban contra los cristales. 
Efectivamente, en el suelo yacía un pequeño ser..."




Silvina 


Escrito por  Isabel Llor Cerdán

Para Diario Literario Digital



Eusebio oyó un fuerte golpe en la galería y salió corriendo hacia allí. Ya había pasado otras veces, sobre todo en primavera, cuando los gorriones, que ensayaban sus primeros vuelos, chocaban contra los cristales.

Efectivamente, en el suelo yacía un pequeño ser, solo que esta vez… cuando lo tuvo en sus manos se dio cuenta: era una hadita, que debía ser también muy inexperta porque le había pasado lo mismo que a los pájaros.

Él hacía años que las conocía y sabía que, muchas veces, acompañaban a los más jóvenes, precisamente para prevenirlos del peligro de las engañosas y transparentes ventanas.

No sabía qué hacer, era evidente que aquel pequeño ser se había roto un ala y probablemente del shock estaba inconsciente.

Mentalmente pidió auxilio y enseguida se presentó un gnomo, que, de muy mal humor, le dijo:

-¿Por qué me molestas?, sabes que en primavera, siempre tengo mucho trabajo.

-No es mi intención interrumpirte, pero mira – dijo mostrándole al hadita que llevaba en su mano






El gnomo la examinó y dijo:

-No la muevas, no es grave pero no tengo aquí el ungüento que necesita, Vuelvo enseguida

Y, girando sobre si mismo, desapareció.

La pequeña empezó a despertarse y al ver la que a ella le pareció la enorme cara de Eusebio, se asustó mucho e intentó volar.

-Tranquila, no te haré daño –dijo el hombre con la voz más suave que pudo- tienes un ala rota y no debes hacer fuerza. Ya he hablado con un gnomo y enseguida te traerá algo adecuado para curarte.

A pesar de que parecía no estar en peligro, la hadita temblaba mucho. Sin soltarla, la llevó hasta un pequeño vivero de plantas que tenía y allí encontró una caja grande de cerillas vacía, un trozo de algodón y pensó en qué lugar exacto se encontraría más a gusto porque, lo más probable, es que tuviera que quedarse allí unos días.

En esto llegó el gnomo, que le dijo al hadita:

-Procura no moverte mientras te pongo el bálsamo. Solo serán tres días. Aquí estarás bien, este joven parece dispuesto a cuidarte. Avisaré a tus compañeras para decirles dónde estás y que estén tranquilas porque la lesión no es nada grave. Ahora, dime, tengo curiosidad ¿qué hacías tan lejos del bosque?

-Gracias gnomo, me llamo Silvina. Soy de una especie distinta a las hadas del bosque y vivo en una dimensión diferente: la ensoñación. Es un lugar dónde los humanos van a veces, está entre el sueño y la vigilia A veces se sienten muy felices porque allí pueden ver paisajes y seres fantásticos increíblemente bellos, pero otras ven demonios, monstruos, oscuridad. El miedo se apodera de ellos y, con llantos y gritos, piden poder salir de ese espacio.

En realidad es como si, por un instante, perdieran la cordura y no son dueños de sus actos. Ahí es dónde entramos nosotras: con el sonido de nuestras alas, nos comunicamos y, poco a poco, los ayudamos a pasar a una especie de neblina neutra o, simplemente, los despertamos.

Esta vez lo que pasó fue que, para que me oyera claramente, me acerqué demasiado al oído de aquella persona y al sentir el sonido, me dio un manotazo tan fuerte que salí disparada y choqué con algo muy duro.

-¡Caramba, eres muy pequeñita pero muy fuerte!. Me llamo Eusebio, yo te recogí y, si me lo permites, te cuidaré el tiempo que haga falta. Por cierto ¿Cuál es vuestro alimento?

El gnomo dijo:

-Ya veo que estaréis bien. Mañana vendré a hacerte otra cura y mandaré aviso para que venga a recogerte alguien de tu especie. Tengo mucho trabajo…

-Sí, está bien, y muchas gracias.

Luego, dirigiéndose a Eusebio, continuó:

-No te preocupes, solo tomamos néctar de flores y no diariamente, Gracias por recogerme y avisar al gnomo. Resulta extraño porque siempre me dijeron que los humanos ni siquiera creéis en nuestra existencia.

Eusebio estaba a punto de contarle que los veía desde que era un niño, pero Silvina se había dormido.

Se quedó mirándola un buen rato. Seguramente el elixir que le había puesto el gnomo tenía algo que la hiciera descansar. Luego se fue a seguir con su trabajo.

Durante todo el día fue muchas veces a comprobar si el hadita seguía durmiendo o necesitaba cualquier cosa. Le había intrigado mucho la función que ella decía que hacía y pensó que, en cuanto estuviera mejor, le gustaría acompañarla.

Llegó la noche y se fue a dormir.

De pronto, se vio en un lugar lleno de luz, de flores magníficas, plantas que no conocía, pequeñas fuentes y un árbol muy grande que parecía invitarle a que se sentase a su sombra. Se sentía muy bien. Vio a Silvina que se acercaba, parecía tener ya las alas perfectamente. Luego le dijo:

-Como humano, nunca podrías acompañarme en mi tarea, pero si me llamas, acudiré y aunque no me veas, cuando oigas esta melodía sabrás que estoy a tu lado.

Eusebio se despertó muy temprano, apenas estaba amaneciendo. Se fue corriendo a ver al hadita pero ella ya se había ido. Sintió la música y de nuevo la oyó:

-Espero que te guste mi regalo.

De la caja de cerillas asomaban varias ramas y de ellas pendían las orquídeas más preciosas que hubiera visto nunca. Eran color malva muy claro y su consistencia de luz pura.



-Gracias, Silvina, sí es un extraordinario regalo. No creo que exista ninguna flor igual, procuraré siempre tener una lo más cerca posible.

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