Algunas Reflexiones sobre las Forclusiones del Nombre del Padre. Y la revolución actual en neurobiología (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Algunas Reflexiones sobre las Forclusiones del Nombre del Padre. Y la revolución actual en neurobiología (Psicoanálisis)

lunes, 13 de junio de 2016 0 comentarios


"Los cambios operados en el conocimiento de la neurobiología sobre el cerebro... hacen que el psicoanálisis lacaniano deba ponerse a la altura de las exigencias de su tiempo..."





Algunas Reflexiones sobre las Forclusiones del Nombre del Padre

Y la revolución actual en neurobiología[1]







Abordaremos este tema tan amplio de manera sucinta, a partir de una interrogación sobre la diferencia entre delirios psicóticos y delirios no psicóticos. Y, con respecto a los primeros, la pregunta está vinculada al rasgo diferencial entre estructuras, o bien, más semiológicamente, entre cuadros clínicos. Esta interrogación se nos planteó durante el trabajo con pacientes en análisis en consultorio, por un lado, para aquellos casos en que claramente se trataba de una psicosis, con o sin internación, que tomaban o no neurolépticos; por el otro para aquellos cuyo delirio no era producto de la psicosis, y para quienes el análisis permitió que concluyera[2] esa búsqueda en forma de delirio tomada por el fracaso del fantasma. La postura lacaniana que marca la forclusión del Nombre del Padre como causa de la psicosis, es un punto sin retorno en la historia del psicoanálisis y de la psiquiatría, pero es necesario reinscribir en la cuestión preliminar abierta por Lacan a mediados de los años ‘50, todas las modalizaciones introducidas por éste en los años’ 70 con el cuadrado lógico de la sexuación, que también es una lógica modal del goce. También abordaremos la noción capital de forclusión, que toma en Lacan dos significaciones opuestas y los nuevos conocimientos científicos sobre el funcionamiento del cerebro. El otro problema que trataremos aquí está relacionado con[3] lo que hace a las diferencias entre psicosis.
[1 La Neurobiología es el estudio de las células del sistema nervioso y la organización de éstas en vías, circuitos, redes, microsistemas, áreas, órganos y sistemas neuronales,  que procesan información y forman la base esencial del comportamiento. 
[2] Estos delirios tienen como meta alcanzar en el plano imaginario, obstinadamente, no la sustitución completa del Nombre del Padre por una metáfora delirante, sino lograr un reaseguro narcisista allí donde uno de los padres, o los dos, en lo real, fallaron particularmente en sostener su función, sin empero, borrarla.
[3] Durante su obliteración, el Nombre del Padre hace desaparecer con él ya sea el objeto ‘a’– en momentos diferentes de su constitución – ya sea el yo ideal. El ‘ya sea…ya sea’ puede ser tanto un ‘vel’ como un ‘aut’. El término ‘durante’ también indica que el acto forclusivo se ejerce sobre un tiempo lógico que también es real. Si bien es cierto que no existe un ‘desarrollo de la libido’, sí hay una maduración neurofisiológica, asegurada a la vez por el efecto del significante y que tiene efectos après-coup sobre la naturaleza de su inscripción. Esto ha sido ignorado por la primera generación freudiana. Para dar cuenta de una cura, hay que especificar los grandes ‘conceptos’ psicoanalíticos, y aún así, éstos no dan cuenta por sí solos de la riqueza de lo singular. Sin embargo, sin dichos ‘conceptos’, lo singular sería indiscernible, o inexplicable. Lo que entendemos por ‘tiempo de constitución del objeto’ ha sido desarrollado en « Nom du Père et Phallus: Fonctions de la Métaphore » nº 63 de los ‘Carnets de l’EPSF’. Pensamos que estos estratos del objeto, tratados por Lacan, aunque nunca por él  “ordenados”, pueden dar lugar a un principio de distinción –o de razón– entre las psicosis, y también en las neurosis. 



Los cambios operados en el conocimiento de la neurobiología sobre el cerebro, tanto en su anatomía como en su funcionamiento fisiológico y químico, los conocimientos que tenemos hoy sobre los intercambios moleculares en las sinapsis –especialmente en cuanto a la acción de los neuromoduladores[4] – hacen que el psicoanálisis lacaniano deba ponerse a la altura de las exigencias de su tiempo y volver a fundar, una y otra vez por qué la causalidad de la palabra del Otro como acción específica es la que necesariamente tiene efectos orgánicos. En otras palabras, de la prematuración embriológica del hombre se desprende un acto fundador: el efecto del significante, la palabra de amor del Otro primordial, o su defecto, es lo que le permite, o no, contar con una estructura y un funcionamiento neurológicos sin daños[5].


[4] En la literatura actual, hay que citar los trabajos de Eric Kandel, premio Nobel de Fisiología por sus descubrimientos sobre las modificaciones estructurales del cerebro en la experiencia. Es decir, no sólo por el aumento particularizado de la cantidad de dendritas –ya supuesto por Ramon y Cajal– la demostración de cómo se operan y con qué moléculas, las estabilizaciones sinápticas implicadas en la memoria a largo plazo – genial hipótesis sin prueba experimental que está en el origen del « Entwurf » de Freud en 1895 –, sino, fundamentalmente, por el descubrimiento de que la experiencia y el aprendizaje modifican la expresión del ADN en el núcleo de las neuronas.
También hay que citar los numerosos trabajos de Gérard Edelman sobre el establecimiento «de las cartas del cerebro» y del psicoanalista suizo François Ansermet en colaboración con el neurólogo Pierre Magistretti. La muy reciente unión entre neurología y biología molecular fue la que permitió un cambio revolucionario en el conocimiento del cerebro.

[5]No forman parte de nuestro campo teórico todas las enfermedades genéticas, congénitas infecciosas o de origen traumático, in utero o post partum que pueden afectar a un niño.


Como siempre en la historia de las ciencias y los discursos, pero siempre de manera distinta, se plantea hoy en día un debate entre el materialismo de la neurona y el materialismo del significante. No se puede defender la primacía de este último –en lo que respecta al campo freudiano, pero ciertamente no en todo el campo de la neurología– sin hablar la lengua del primero. Si no se hiciera este trabajo, si una vez más se rechazara la diferencia entre experiencia analítica y protocolo experimental científico, grande es el peligro, en lo que respecta a las psicosis, de ver zozobrar el psicoanálisis freudiano hacia la organogénesis. Esto cuestionaría el psicoanálisis a secas.


Deberíamos entonces formular una hipótesis. Puede que la falla forclusiva del Otro en cuanto a la introducción de la palabra y el goce en el organismo del recién nacido durante el primer año de vida –en que el cerebro no está aún constituido anatomofisiológicamente y que el sujeto no dispone aún de un psiquismo autónomo del funcionamiento del primero– produzca un daño en la estructura y el funcionamiento mismo del cerebro.
Ante la ausencia de aquello que produce tanto la identificación primordial como la libido, es posible que la respuesta neuronaldicho defecto[6] dé lugar a la aparición de una modificación permanente en la expresión del ADN en tal o cual región del cerebro, que, en otras circunstancias, no tendría razón de ser. Pensamos que esta modificación neuronal se debe a la búsqueda de una fuente de goce, cuando el Otro se revela incapaz de proveerla –el recién nacido carece por completo de fuente libidinal propia– que, al producirse en lo real de la fisiología, produce un daño irreversible tanto a nivel psíquico –la búsqueda del goce impide la instauración del Principio de Placer– como a nivel anatomofisiológico. Este daño no debería ser buscado a priori en genes previamente delecionados de un alelo, mutados, desactivados, o cambiados en la organización de sus nucleótidos, previos a la falla en la transmisión real de lo simbólico, sino más bien posteriormente, en la expresión del ADN 
de ciertos genes que gobiernan la producción de los neuromoduladores y las relaciones entre diferentes tipos de receptores.[7]



[6] La psicosis es una estructura, claro está, y obedece a la elisión de un significante mayor en la palabra. También es cierto que siempre ha existidocomo estructura. Apuntamos a la producción de una teoría analítica que tenga en cuenta los descubrimientos científico actuales para no perder de vista, asegurando la primacía del significante, hechos probados que son presentados como una desmentida a la primacía del significante –la introyección del Otro– en la constitución del cerebro.
[7] Intentamos pensar analíticamente lo que se dio a conocer a partir de los años ’60, siguiendo los estudios de Arvid Carlsson –que recibiría por ello el Premio Nobel en el año 2000– confirmados por Seeman y parcialmente modificados por Weinberger y otros sobre una desregulación de la actividad dopaminérgica tanto en el striatum como, probablemente, en el cortex prefrontal. Cf. el libro de Eric Kandel « A la recherche de la mémoire » capítulo 26. Expresado sintéticamente, en los delirios de las grandes psicosis, el goce no sería solamente libidinal sino también neurocrino. La inhibición farmacológica de estas vías ejercida por la clorpromazina, descubierta por Denicker y Delay en 1952 –y todos los demás neurolépticos que han venido luego– puede suprimir el combustible, pero nada puede hacer para asegurar el déficit dopaminérgico en el cortex prefrontal, es decir, en el pensamiento organizado, producto de una represión exitosa. Por eso nos parece más prometedor desde el punto de vista científico, poner el acento hoy en día tanto en el ARNm (más antiguo en la historia natural que el ADN) así como en el cambio de dirección operado luego del secuenciamiento del genoma, que consiste en pensar que la presión de la selección puede lograr, tanto en un individuo como en una especie, que el genoma cambie o cree nuevos genes, a la vez que tiende a conservarlos. No tenemos, lejos estamos, de poder avanzar pruebas acerca de las grandes enfermedades psíquicas. Las grandes tesis de genética estadística son, por ahora, principios metafísicos. Por otro lado, aunque la neurología sea una ciencia, sus grandes representantes tienden a hacer de ella un materialismo espiritualista.




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Esta hipótesis permitiría situar un principio de distinción y de jerarquía de causas, ya que ni la neurología, ni la genética ni el psicoanálisis son aún capaces de brindar explicación alguna –no en cuanto a la causa de la psicosis como tal para la última– sino en lo que hace a la diferencia de las grandes psicosis entre sí. Éstas pueden nacer en el mismo lugar, pero no habrá nunca estudio de genética estadística que pueda dar explicación alguna del objeto teórico que buscamos constituir. 




La neurología actual reivindica el « Proyecto » de Freud de 1895 y nos propone construir hoy su verdadera continuación, olvidando que a pesar de su vocabulario, el aparato psíquico freudiano, era ya un aparato de lenguaje. No obstante, aunque neurólogos y genetistas saben que el cerebro humano es, aún más que el de los mamíferos, embriológicamente prematuro, han forcluído el rol de la palabra en su maduración. 


Del otro lado, los analistas olvidan que el efecto de lenguaje necesita un tiempo de maduración dispuesto genéticamente, que hace que el cerebro del recién nacido también responda a los criterios de los modelos biológicos de la investigación en neurofisiología.


No es lo mismo trabajar con un paciente esquizofrénico[8], una gran paranoia schreberiana, que con un delirio en sector, una psicosis alucinatoria o bien una melancolía. Siendo ésta difícil de situar, porque cambia en el curso del análisis. Freud mismo la ubicaba en ambos lados de la barra separando neurosis de psicosis. La segunda cuestión siempre es tema de debate y también se presentan posturas antagónicas: ¿cómo dirimir entre delirios seguros y distinguirlos de aquellos que están allí efectivamente presentes en la transferencia durante mucho tiempo, pero pueden ceder? En los segundos, no se encuentra el núcleo del fenómeno elemental, o de disociación, la huída alocada que acompaña la elación maníaca, la catástrofe en el episodio agudo de las psicosis alucinatorias. Hay delirios en los cuales no se halla la condición estricta de la psicosis[9], que pueden ceder en transferencia y dan cuenta de otra estructura que no sea ésta.
[8] Cuando Freud escribía, en el capítulo 7 de la Metapsicología, que el esquizofrénico toma las palabras como  cosas, señalaba de alguna manera lo que Lacan aportaría 40 años después: la ausencia de metáfora. Efectivamente, durante la primera identificación, las palabras son introyectadas como cosas, hecho que Lacan denomina en « Radiofonía », el cuerpo de lo simbólico. Sólo el acto metaforizante del Otro permite que las palabras también sean incorpóreas, es decir, no cargadas de goce, lo cual permite hacer pasar el pensamiento inconsciente al Preconsciente, descargándolo de Goce. Los descubrimientos experimentales de la neuropsiquiatría nos muestran – si aceptamos pensarlo, más allá de los errores teóricos e ideologemas que los acompañan – que la forclusión del Falo en tanto Nombre del Padre, alcanza lo real del cerebro, y que esto daña para siempre la posibilidad de contar con el Inconsciente. No es igual cuando la forclusión tiene lugar durante la identificación secundaria.
[9] La única excepción puede ser el delirio en sector ( paranoia mínima). Sólo el analista puede determinar si, tal como lo recomendaba Ferenczi, abundando en su sentido, el paciente solo es capaz de condenar, contra el analista, mediante un juicio persistente, el delirio que venía sosteniendo. En el lenguaje nodológico podríamos decir que el nudo de trébol ha sido bien corregido. Pero se trata aquí de un capítulo cuyas pruebas son difíciles de exhibir.

* NdT: Abreviatura de Protection Maternelle et Infantile, espacios estatales de seguimiento pedriático gratuito a madres y niños.

La experiencia con niños autistas y psicóticos, las consultas a PMI* de madres con bebes que presentaban síntomas funcionales agudos, el análisis de los psicóticos adultos, siempre han sido y siguen siendo indicadores de lo real. Sin embargo, lo que nos ha guiado para saber algo sobre la causa – necesaria o contingente – de sus síntomas o de su estructura fue, sin dudas, lo que nos brindó el análisis de algunas pacientes adultas – así como lo que el análisis de su hijo le permitió a algunas de las madres decirnos. En efecto, nunca ha sido uno de los motivos de la demanda de análisis, pero un descubrimiento en la cura, la existencia de un niño, pequeño, adolescente o ya adulto, que comenzaba a presentar –o ya presentaba– los rasgos de la psicosis. Sólo la anamnesis y la perlaboración de lo que había ocurrido para ellas con ese niño y la reconstrucción de los acontecimientos de su propia infancia – que poco a poco daba la dimensión de quienes habían sido sus padres– permitió encontrar el hilo para anudar las hebras de los hallazgos hechos durante curas atípicas.


Si dejamos de lado metodológicamente la existencia de familias de psicóticos, blanco ideal de la genética estadística, el problema teórico más importante es, en nuestra opinión, ¿qué ha debido ocurrir para que, en una persona neurótica, la metáfora paterna – enough, « apenas » eficaz para ella – haya podido no serlo para uno de sus hijos? Recién a partir de esta triple experiencia: con niños psicóticos, con psicóticos adultos y con neuróticos que pueden no sólo hablar sobre todo de un niño, pequeño o adulto, sino también de un hermano o una hermana psicóticos, importa articular alguna respuesta a esta pregunta.



La cuestión de la forclusión dista de ser simple, tanto en el texto de Lacan, como en su localización diferencial en la clínica. Comencemos por el último punto. No es igual si está allí, desde antes del nacimiento, y ejerce sus efectos por la imposibilidad que produce en la madre de recibir al niño como tal. Los efectos no son los mismos cuando se efectúa durante la formación del yo pre-especular o si ésta obstaculiza la formación del espejo plano. Si éste último está adquirido, puede ésta ocurrir cuando el fantasma adquiere su representación edípica, ya sea impidiéndola, ya sea prolongándola en el tiempo, volviendo imposible la existencia de la fase de latencia. Ésta puede entonces o bien verse poblada de un apetito sexual que impide o dificulta la sublimación, o de una vocación mística que no oculta ni reprime la sexualidad infantil, sino que revela más bien su carencia.


Nuestra meta también será esclarecer la diferencia entre la forclusión ligada a aquello que produce la psicosis, por un lado, y la Verwerfung[10] de la castración por el otro, que Lacan denomina « rechazo de la castración ».


Porque también hay en Lacan otra forclusión que la de la psicosis, productora ésta de estructura, y sin la cual no habría escritura del fantasma. En el sentido de lo que está relacionado con la neurosis.




Esta forclusión es mostrada, ostensiblemente, cuando al escribir la modalidad lógica de lo necesario, Lacan hace recaer la negación sobre el argumento fálico: $xF(x). Dicha negación es una negación forclusiva[11] de goce, y es la que permite la escritura del Padre en el fantasma. Esta negación la forcluye, permitiendo que de ella sólo quede el objeto.


[10]En los Seminarios posteriores al de las Psicosis, luego de haber traducido el término freudiano Verwerfung por “forclusión”, Lacan lo reemplaza luego – por ejemplo en « La relación de objeto… » – por el significante ‘rechazo’. Este ya no es más el mecanismo de la psicosis. Si esto es cierto, cuando Freud utiliza la palabra Verwerfung en el Hombre de los lobos, lo hace en el sentido de un mecanismo de defensa. Quien primero pensó esto fue Mustapha Safouan en sus « Ensayos sobre el Edipo ». Poco después, Freud intentará nombrar el mecanismo de las psicosis con la palabra Verleugnung, en « Neurosis y Psicosis » luego se lo dedicará al fetichismo. Esta dubitación freudiana es rica en enseñanzas: nos muestra que él había percibido el borde de desmentido que no puede no existir en toda producción de psicosis.

[11] Forclusiva de goce, y en ese sentido, antinómica con aquélla producida por la psicosis. Cuando Lacan sitúa esta negación, en la figura de los cuantores de la sexuación, escribiendo en frente: $xF(x), ésta es, al contrario, una negación discordante. Pero si por ventura, la negación forclusiva recayera no sobre la función fálica misma, sino sobre su soporte de existencia (Lacan nunca lo hizo), lo cual se escribiría simplemente « $xF(x) » entonces sería imposible toda predicabilidad. No estaría la condición misma de la enunciación.

Los efectos de la forclusión no son los mismos según el tiempo en que se efectiviza: en la identificación primordial o en la secundaria. Mientras que el rechazo del falo no acaece en lo real – ni vuelve de éste – sino que permanece en lo imaginario: fruto, consecuencia de un atravesamiento de la castración y de su rechazo.




Si la forclusión espera en el Otro y recae sobre el Nombre del Padre – sobre una u otra de sus ocurrencias F y S1 – , el rechazo a la castración es un acto inconsciente del sujeto, un deseo que se apoya, según su interpretación, sobre un exceso fálico entre él y el Otro, que la intervención de la escritura de S1 no ha permitido terminar de traducir/cifrar. Este rechazo intenta remediar, demasiado temprano, no sólo un exceso incestuoso, sino probablemente también – y ambos no son, al contrario, incompatibles – un rechazo de amor. No siempre, pero a menudo, « exceso de goce[12]» puede ser sinónimo[13] de carencia[14] de amor. La noción lacaniana de rechazo de la castración significa que, cuando es el propio sujeto que opera allí, sin el sostén del padre real, intentando una separación anticipada del Otro, el resultado paradójico es una falicización de su yo. Lo que hará de éste el equivalente a un objeto de pulsión. Una de las consecuencias posibles es la disminución de la erogeneidad del objeto en el fantasma.

[12]Con la palabra “exceso” no retomamos lo « cuantitativo », tan criticado por Lacan, sino que nos referimos a un goce que no ha sido traducción en el sistema del significante.
[13]Significa que, en lo real, se trate de uno o del  otro, son indiscernibles para el sujeto.
[14]Esta carencia puede aparecer sin que el sujeto haya sentido un rechazo viniendo del Otro. Esto se debe a la naturaleza narcisista y « reparadora de sí » del  amor del  Otro. El amor no está dedicado al sujeto, sino en la medida en que éste le vuelve para curarse a sí mismo de sus propias heridas.


Los efectos forclusivos son diferentes según el tiempo y el estrato del objeto[15] sobre el cual recaen. No pensamos que sea parcial o reversible. En los casos en que las cosas parecen andar así, se trataría, en nuestra formulación de las estructuras, de un rechazo de la castración.


No es lo mismo que la forclusión ejerza sus efectos antes de que haya un yo i (a), en el período de su formación, a que ésta impida la formación del yo-ideal i’ (a).
Así podemos distinguir la completa inexistencia de éste en la gran melancolía, que no es igual que cuando existe pero sin poder prescindir o de apoyos reales para sostener al yo ideal, o de un collage entre el Ideal del yo y un estrato del objeto ‘a’ – que Lacan denomina « a » en tanto tal – que no ha conseguido su vestidura erógena. De allí la fuerza del Superyo y la necesidad del objeto erógena en lo real. A falta de su presencia en el fantasma, que no puede decirse, empero, sin objeto

No es igual para una hipomanía – o una melancolización neurótica – que resulta ser un sostén contra el duelo de lo que jamás se tuvo que para una manía – o un delirio de negaciones – donde la forclusión ha impedido la formación misma del objeto.


[15] Cuando éstos recaen sobre la formación misma del yo, también son susceptibles de alterar la formación del cortex y su relación con las regiones subcorticales donde se producen los neuromoduladores. Porque el cerebro es aún prematuro hasta al menos los 18 primeros meses de vida extra-uterina. Esto significa que no sólo la no respuesta del Otro a las necesidades del niño, no sólo su no llegada en el momento de la « Hilflosigkeit » ­Freud­, sino también el hecho de no estar nombrado en la palabra por éste,  pueden provocar alteraciones neurológicas autoplásticas. La huida del neurótico en la « phantasieren » para obtener una prima de placer, puede pensarse en el bebe pequeño – y  se observa esto en niños mayores, adolescentes y adultos – como una producción de placer que, no pudiendo ser psíquica, es real: neuronas que se transforman en receptores de dopamina en otras localizaciones que aquéllas establecidas genéticamente y un crecimiento consecutivo de la actividad dopaminérgica. 



 

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