La muchacha (Cuento) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

La muchacha (Cuento)

jueves, 26 de mayo de 2016 0 comentarios

"Nadie puede verme pero existo, soy, fui y ahora solo son mis recuerdos lo que cargo a mi espalda..."





La muchacha


Escrito por  Isabel Llor Cerdán

Para Diario Literario Digital

La noche se hizo fuerte, las nubes taparon la luna y salí a dar mi paseo acostumbrado entre las almenas de la fortaleza. Daba igual dónde estuviera exactamente, desde todas partes se veía el mar.


Nadie puede verme pero existo, soy, fui y ahora solo son mis recuerdos lo que cargo a mi espalda. Apenas puedo caminar porque encadenada a un madero, quebraron mis huesos por debajo de mi rodilla izquierda. Cuando paso voy dejando un reguero.


Cada noche me dirijo a lo más alto, siempre siento miedo cuando, con recelo, oigo voces extrañas que trae el mar.


¿Cuántas veces habré muerto ahí? ¿Cuántas me habré quedado esperando que alguien limpie todo esto? La invasión venida de lugares lejanos, la imposición de nuevas leyes, reglas, normas, formas diferentes de ver la vida, lo que es bueno y no lo es. La tortura, el hedor de la sangre sal sol, la injusticia, la barbarie, la compra y venta de seres grandes o pequeños tratados como trozo de carne y por eso todo más doloroso.


¿Cuántas veces fui comprada o vendida? ¿Cuántos niños no nacieron y fueron enterrados sin haber vivido?


Flores rojas de almas resucitadas, con fuertes raíces ancladas en la podredumbre. Miles de lágrimas que fueron a parar al mar para acompañar a los condenados a morir ahogados.


Ya no tengo cuerpo ni cadenas que chirríen en mi caminar. Casi prefiero seguir así ¿para qué retornar? Pero aún a veces tengo esperanza ¿Quién me ayudará a limpiar?


Desde lo más alto miro hacia el este y cuando sale el sol me arrodillo y pido que se presente el Salvador. Alguien que pueda verme y ayudarme. No que comparta mi peso, sino que represente a todos los que ya fueron y podamos borrar su dolor.


Y sí, en aquella maña pedí y se presentaron. Caminaban en silencio, se arrodillaron a mi lado y juntos pronunciamos una oración.


Entonces lo vimos: iba sentado en un trono de oro y tiraba de las riendas de cuatro caballos blancos. A su espalda, cientos de personas con ropajes claros, cantaban un himno de victoria sobre las sombras, pero estas aún no se habían retirado y se preparaban para la lucha, que de antemano había sido ganada: sin batalla, sin sangre, solo con la fuerza de los corazones liberados de toda culpa, inocentes y puros como en su primer nacimiento, cuando creían que adónde iban les pertenecía todo lo que veían a su paso y lo tomaron creyendo que sus acciones no tendrían consecuencias.


El bando de los oscuros era auspiciado por la fuerza roja de la Tierra, llena de rabia, de ira, de deseos de venganza y muerte. Ellos tampoco calcularon que todos tenían alma y por más que sufrieran o hicieran sufrir en sus cuerpos, eran eternos y, tarde o temprano, se enfrentarían consigo mismos en otros tiempos lejanos.


En el momento preciso todos sintieron la señal, comenzó el enfrentamiento y chocaron las armas porque cada cual tenía razón, cada uno la suya.


Entonces el cielo se abrió y cayó una lluvia fina, fresca, que todo lo limpió y los dos bandos pudieron oír su voz: fuerte y grave como un trueno y, al mismo tiempo serena y compasiva que a todos llegó:


-¿Cómo voy a permitir que os destruyáis unos a otros? Todos sois mis hijos, todos sois YO.


Vieron sus manos trazando en el aire una bendición. El aire se hizo intenso y sus pensamientos liberó.
Se abrió la Tierra y los acogió como el abrazo de una Madre y los mantuvo en su seno hasta que nacieran de nuevo, hermanos unos de otros, sin odio, sin ira, sin rencor. Sin deseos de venganza o queriendo de nuevo seguir en el horror.
Luego el Sol brilló con tal fuerza que, por su fuego, todo lo redimió.


Por primera vez en tantos años, se acostó y durmió. En los rayos de la Luna ascendió libre, tranquila, feliz. Se despidió en paz del lugar que la había mantenido presa.

Alguien por fin pudo verla, sus miradas se cruzaron y supo que su tiempo empezaba de nuevo, se dio cuenta porque, como un pequeño reloj, su corazón latió.


 
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