El partenaire... ¿Surmoitié o causa de deseo? (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El partenaire... ¿Surmoitié o causa de deseo? (Psicoanálisis)

lunes, 7 de marzo de 2016 0 comentarios

"Un conocido chiste afirma que mientras una novia es una hechicera...una esposa muta en bruja! ¿Benditas? ¿Diabólicas? Pueden llegar a representar lo más buscado pero lo más repudiado. Estas reflexiones, que parten del intento de intelección de este agudo neologismo forjado por el genio del maestro francés abren a una serie de cuestiones..."



El partenaire... ¿Surmoitié o causa de deseo?

Escrito por Silvia Amigo, Psicoanalista

Para Diario Literario Digital


Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón
Sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis


Sor Juana Inés de la Cruz



En su último escrito, L´étourdit[1], precipitación literal de los seminarios contemporáneos (...ou pire, Encore, Les noms du père), donde explora los meandros de la formalización de la sexuación, Lacan se ve llevado a comentar una posibilidad que acecha a la pareja humana y la pone en trance de devenir una "cupla patológica". Acuña, según su costumbre, un neologismo, surmoitié, híbrido de surmoi (superyó) y moitié (mitad). Afirma que para un hombre que no puede hacer de su mujer su objeto a, causa de su deseo, amenaza la posibilidad cierta de que este objeto cruce la frontera entre deseo y goce e, instalado de ese lado, se haga núcleo de un cruel superyó. Demandante, insatisfecho, reprochador, culpabilizante. Una mujer colocada en esta temible posición devendría la "superyomitad" del hombre que, impedido de amarla y llegar a gozar de ella por el canal del deseo, no puede sino vivirla como "bruja". Palabra sugerente, dado que proviene del hebreo baruj[2], bendito para los judíos y traslocado en diabólico por los cristianos. Pero usado casi universalmente para designar las mujeres del entorno cercano. Un conocido chiste afirma que mientras una novia es una hechicera...una esposa muta en bruja! ¿Benditas? ¿Diabólicas? Pueden llegar a representar lo más buscado pero lo más repudiado. Estas reflexiones, que parten del intento de intelección de este agudo neologismo forjado por el genio del maestro francés abren a una serie de cuestiones. Señalaremos dos. La primera: ¿vale esto sólo en la dirección del hombre hacia la mujer? ¿Podría devenir un hombre la surmoitié de una mujer? Creemos que algo sospechaba Lacan cuando afirmó, en su seminario Joyce le sinthome que, para una mujer un hombre podía llegar a ser un estrago. Arriesgamos...¿No sucede esto acaso cuando el otro deviene surmoitié, virando de forma alarmante a Otro sin barra? Segunda cuestión: ¿bajo qué condiciones el objeto cruza la frontera pasando de la zona "causa de deseo" a la zona de goce desarticulado del deseo, precondición de su lugar de objeto perseguidor superyoico?



Para encarar una posible respuesta necesitamos precisar algunas nociones sobre el arduo proceso de la identificación. Sin la cual habría lenguaje pero no simbólico. Habría palabras pero no significantes, esos que representan al sujeto para otro significante...teniendo como referente perdido al objeto a. Debemos insistir sobre algo que en nuestro medio tiende a ser olvidado: si no alude al amarre de goce del sujeto, un juego de palabras, un calembour, no puede ser llamado cadena significante. De lenguaje a simbólico se precisa en el intervalo el movimiento complejo de la identificación, que nada tiene que ver con la mimesis y mucho con el advenimiento de la letra. Identificarse con un Otro implica, de ese Otro, tomar un significante, forcluir su sentido, incorporarlo como pas de sens, escribiéndolo como letra; y entretanto, dejar decantar lo que no resulta, del Otro, identificable: el objeto a.  Cuando Lacan, hacia el final de su obra[3] recurra a la reversión tórica para lograr la mostración del acto identificatorio, dejará claro hasta qué punto ésta implica el cambio radical de agujeros. En efecto, al revertirse el toro, lo que era su alma pasa a ser el agujero central del trique o toro revertido que entonces es figura topológica del sujeto que acaba de advenir. Y el agujero central del toro originario, el alma del trique obtenido. Ergo: identificación implica una adquisición subjetiva, escritural, no una copia banal. Y su residuo no identificable, a, lo extranjero que hará que el Otro sea siempre otro, ni domesticable, ni colonizable, ni absorbible por entero. Y, por ello, a la vez temible y deseable. Pero...¿cuándo es deseable y cuándo temible? Pasemos un momento a la cuestión de la sexuación. Lacan la presenta presidida por la forma de hacer argumento el sujeto a la función fálica. El falo es justamente el significante mayor, que tracciona tras de sí la cadena de los significantes si y sólo si se logra la primera identificación, aquella al padre, por amor, previa a toda relación de objeto (es claro, porque en verdad es esta identificación la que hace aparecer al objeto). El Uno que dice no al goce que habilita ese significante, otra cara del padre, el padre excepcional, que habita en el fantasma, aparece asegurando que ese falo vire a su lugar paradojal: trazo tanto del goce como de la castración. El lado masculino de la sexuación, enteramente amparado por el padre, "paratodea" al conjunto de los hombres, en la ilusión de un todo de la identificación al padre. No está de más subrayar la paradoja que tan bien plantea el analista francés: el objeto a, resto no tragado del padre, proviniendo de lo no absorbible de esa figura "exquisitamente viril" pasa a ser representado del lado de las mujeres, ésas que con el padre están relacionadas no todas. Ese resto que no se aviene a ser identificado aparece del otro lado, el femenino, como objeto a. Entonces...ellos desean a las mujeres a la vez que ellas les recuerdan el fracaso de la identificación al Uno de excepción, les hacen presente su fallo en el "para todo" de la hombría. Quien se lleve bien con este límite al universal de la identificación, quien haya trabajado analíticamente (o haya tenido la buena fortuna de poder ir tejiendo esta evidencia[4] desde la infancia, pero es más bien raro) disfrutará de esta apertura al no todo de la identificación al padre que permite algún lugar para que el objeto, objetor de toda sublimidad, de toda totipotencia; tome su valencia de causar deseo. Quien se aferre a querer alcanzar las alturas de la excepción[5], del campeón invicto, de impoluta copia del Padre; vivirá al objeto como objeción, mancha, mácula que le recuerda la imperfección de su intento de sublimidad. En esas condiciones es que puede devenir misógino, enemigo de lo femenino. O bien...el que transforma a su mujer, depositaria del fatídico objeto, en su surmoitié. Una de los varios hallazgos de Lacan que no tienen precio es el haber señalado que el superyó es el objeto invocante cuando éste nos conmina: "goza!". Leemos nosotros ese "goza!" así: sé el Padre!, sé un campeón!, no te permitas mácula alguna!, no te rebajes a portar el agujero del deseo! Agregamos, a nuestra cuenta y riesgo que también entra en juego para constituir el superyó el objeto mirada: mirada ciega a todo lo que en sujeto recuerde la mancha inevitable, mirada petrificante que nos condena en cuanto no coincidamos con la excelsa imagen de la perfección del Dios Padre. La fórmula "imperativo ciego"[6] nos parece una forma posible de conjugar estos dos objetos cuando, invertida su función de causa de deseo, devienen (en el territorio del goce desarticulado de la mácula del deseo) núcleo del superyó. Una mujer se hace surmoitié cuando el hombre escucha sus demandas como imperativos ciegos, cuando quiere conformarla sin resto, cuando la coloca en el lugar de jueza de su valía fálica, cuando en vez de amarla intenta cerrar la brecha de sus requerimientos. Misión impotente que no puede sino fracasar. En esas condiciones, no podrá desearla. Parejas con bastante más que el "infortunio corriente" se forjan bajo esas condiciones para desdicha de ambos partenaires. El análisis siempre atenúa el deseo de sublimidad, de excepcionalidad, dado que tiende a hacer menguar la religión del padre. Pero en estos casos la intervención del analista resulta crucial. Sin el analista advertido de esta combinatoria destructiva, difícilmente, librados a sí mismos, puedan ambos salir del laberinto en que se pierden. Y aquí nos referimos, desde luego, al análisis individual. Pero no desdeñamos con aires de superioridad...sublime, al analista que escuche los enredos de parejas así conformadas[7].

 

Hemos descripto hasta aquí las condiciones "típicas" de aparición de la surmoitié del lado de una mujer a la que su hombre no puede tomar por causa de deseo. Si admitimos que el sujeto rota por los cuatro lugares de los cuantores de la sexuación, siendo su autorización de sexo como varón o mujer no una exclusión del tránsito por uno de los lados sino una inclinación estable hacia uno u otro...debemos entonces admitir que para una mujer, en el campo de su deseo también sucede que el partenaire pueda llegar a ocupar el lugar de objeto molesto, de extranjero pasible de las mismas posibilidades que puntuáramos para la situación "clásica". Esto permitiría echar alguna luz a la afirmación del maestro en cuanto a que un hombre, para una mujer, puede llegar a ser un estrago. Arriesgamos: al menos en una circunstancia, entre otras, claro: cuando deviene su surmoitié. Eventualidad entonces posible también en el caso de una mujer respecto de su hombre. Desde luego existe también otra posibilidad para encarar a una mujer como objeto a cuando a un hombre le resulta imposible desearla y amarla para gozarla en un nudo triple (amor, deseo, goce) no estragante. Puede también rebajarla, despreciarla, hacerla la prostituta, a la que se goza sin amor, a la que a gatas, de mala gana, se considera ciudadana. No resulta fácil, en efecto, vérnosla con el objeto, no va de suyo que podamos hacerlo causa de deseo. Es en verdad un arduo proceso de elaboración el que nos conduce, si una tarea analizante nos entusiasma, a quitarlo del lugar de astilla molesta, suciedad de nuestros sueños de pureza inmaculada, mancha que ensucia nuestro anhelo de sublimidad; para hacerlo motor de nuestra fuerza deseante. El esfuerzo vale la pena. No lo logramos nunca al ciento por ciento. Al menos podremos estar alertados de nuestra tendencia a volcarlo al superyó, a la degradación o al exterminio.  Cuanto más el sujeto se encuentre en posición deseante, menos lo atormentará el superyó. Menos lo corroerá el empuje al exterminio. Más tolerante se hará a lo extranjero. Cuanto menos en esa posición de deseo esté, el otro tenderá a tomar el perfil de la surmoitié, cuando no la figura de la presa del impulso degradante o exterminador. Ahora bien, podría objetar el lector que el partenaire no es objeto de la primera identificación, lo que echaría por tierra los desarrollos que venimos desgranando. Por supuesto, no lo es. Pero...¿hay algún amor profundo, crucial, en que el otro no se haga el Otro del amor? La identificación augural ocurrida en tiempos en que el sujeto se funda se va renovando a lo largo del viaje de la vida, donde, frente a cada otro crucial vamos rehaciendo movimientos de estructuración entre los cuales se encuentra la identificación. Todo el problema radica, finalmente, en nuestra tolerancia a admitir la otredad radical del otro del amor en sus múltiples variantes. Para el final del análisis Lacan propuso varias formulaciones: atravesamiento del fantasma, obtención de un sinthome, alcance de la posición femenina, atravesamiento del plano identificatorio. Bien examinadas, todas estas formulaciones tienen un núcleo común: el abandono de la religión del padre con la consecuencia que le es solidaria: dejar de anhelar el alcance de su supuesta perfección. Para la cual el objeto resulta, siempre, una molestia. No estamos afirmando que un análisis que se aproxime a su fin nos asegurará ser partícipes de parejas felices. Pero al acercarnos al otro con cierta tolerancia a su radical carácter de alien, alejará la eventualidad del viraje a que nuestro acompañante privilegiado devenga nuestra atormentadora surmoitié.




[1] Lacan, Jacques Autres écrits, L´étourdit. Seuil, Paris, 2002


[2] Esta etimología me fue acercada por Héctor Yankelevich[3] Lacan, Jacques Línsu que sait de une-bévue...Inédito[4] Lacan saca partido de la ocasión que le brinda el francés. Evider (vaciar) es fónicamente cercano de évident (evidente). Concepto desplegado también en L´étourdit.
[5] Amigo; Silvia Paradojas clínicas de la vida y la muerte. Homo Sapiens, Rosario, 2003 Capítulos 4 y 6.[6] Coincidimos en este sintagma con Alberto Marchili, quien lo desarrolla, con sus matices diferenciales en Conjetural N° 17, Sitio, Buenos Aires 1998.[7] Stella Maris Rivadero ha demostrado la pertinencia del trabajo del analistas con parejas. Véase su libro Análisis de pareja y familia. Homo Sapiens, Rosario.
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