El acto analítico en Freud y en Lacan (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El acto analítico en Freud y en Lacan (Psicoanálisis)

viernes, 4 de marzo de 2016 0 comentarios

"El deseo que el analista hace existir en la cura posee una virtud paradojal, la de no ser el deseo de un sujeto, así como tampoco lo es su acto."



Revista literaria digital psicoanálisis


El acto analítico en Freud y en Lacan


Escrito por Héctor Yankelevich, 

Psicoanalista


Para Diario Literario Digital



1.- El acto inconsciente en el alemán de Freud

El acto analítico, tal como nos lo enseña Lacan, representa una creación ex nihilo en la teoría y en la práctica del psicoanálisis. Aún cuando lo encontremos de hecho, pero no teorizado, en el manejo (Handlung) de la cura enseñado por Freud, aunque tenga un antecedente en el acto fallido como formación del inconsciente y en el actingout como puesta en escena. Hay aquí una diferencia entre Freud y Lacan. Para el primero se trata de una puesta en acto (agieren) por parte del analizante de algo que no puede recordar. Para Lacan se trata de algo no leído por el analista, lo que no significa en absoluto que sea un error. Ya que él mismo, comentando el descubrimiento freudiano escrito en "Recordar, Repetir, Translaborar" (traducimos literalmente del alemán) y dándole todo su valor, decía que entre recordar y actuar - como forma de repetir sin recordar- la relación es no-conmutativa.


 Ahora bien, en el acto analítico, por el contrario, se trata de una puesta en escena de un significante, que si se dijera con palabras, perdería su eficacia. El acto produce un efecto de sentido, como un practicable en una escena de  teatro – un simple marco para representar un puerta crea la existencia de dos espacios, contiguos pero diferentes –  para que el analizante pueda franquear algo que no sólo le estaba vedado, sino también que le era impensable.

Decimos esto sin ignorar, lejos de ello, la preocupación constante que fue la de Freud (y que Lacan muestra haber leído una y otra vez en alemán) por dar un estatuto teórico a lo que en el inconsciente toma carácter de acto, o más bien de acción, por ejemplo el sueño de los lobos en el caso homónimo, que resignifica la escena primordial y reaparece como letra en todos sus síntomas. En esta concepción de la acción (Tat) inconsciente hay en y para Freud una teorización de lo real del inconsciente en su tratamiento del goce (Lust) y de su satisfacción (Befriedigung). De allí la importancia que toma en su dirección de la cura aquello que representa la pérdida  (Verlust) de un goce, o de renunciar a él. La decisión (Entscheidung), y la renuncia (Verzichtung), deben ser releídas como la teoría freudiana del acto, que poseen un carácter ético y apuntan a cambiar el rumbo que el aparato psíquico toma respecto del goce, aunque carezcan de la lógica articulada por Lacan.



Los fundamentos de esta introducción del acto, en un marco categorial que no es el freudiano, ‒ ya que en él la acción permanece aún ligada al polo motor del acto reflejo, peca de neurofisiológica ­­‒, sino en la lógica del significante y del objeto a – requerirían un ensayo que leyera tanto el seminario que lleva su título como el anterior (La lógica del fantasma), con el que forma un par indisoluble, ya que le provee el marco teórico sin el cual la introducción del acto carecería de fundamento.

Antes de plantear que el acto soporta (Vertragen escribía Freud) la transferencia, Lacan introduce una división de principio en el lugar del analizante: su división entre el ello y el inconsciente. Pero el primero, el Es freudiano, lejos de ser un polo de goce desconocido e inalcanzable, fuente ignota de pulsiones, gracias a la invención de Lacan, éste deviene el lugar donde el sujeto es, sí, allí donde no piensa, pero lo es como lugar donde su ser – radicalmente no sabido y no reconocido – es el ser goce del Otro. 

                                     

[Lacan se inscribe en contra de toda concepción de portar pasivamente la transferencia. En última instancia, y para hacer posible el fin de la cura, el acto va contra ella. Los significantes "transferencia" y "soportar" están escritos por Freud como variantes de una sola raíz verbal "tragen": "Übertragung" y "Vertragen". El primer término significa, en primer lugar, transmisión, y es Freud el que le da a la lengua alemana un nuevo sentido para ese significante.]

                                          
Esto representa una novedad absoluta no sólo respecto de la cura freudiana sino también de una dirección de la cura sólo movida por la restitución del significante faltante. La cuestión de la pérdida de ser de cada uno entonces, y no sólo el levantamiento de la represión, pasa a ser central – lo que significa abordar desde otro ángulo el tratamiento de la ilusión yoica – para llevar la cura a la cuestión central del deseo. El cambio trae aparejada una enseñanza que Lacan explaya sin hacer la conexión. El "yo" de cada cual es la identificación a lo que brinda placer en el Otro, por lo tanto es hacer propio, íntimo, no sólo cómo somos amados y con qué condiciones, sino el modo como en el Otro somos hablados, alojados, o desalojados. Esto no siempre aparece en el discurso del analizante, pero el que aparezca no da cuenta de cómo subsiste y a quién, eventualmente, de su entorno actual, hace ahora objeto de ese mismo goce del que, justamente, sufre.

                                              

[Todos saben que el término castellano "represión" no es el más fiel que podía haberse elegido. Sería útil conocer el arco significante que el término elegido por Freud abarca. Verdrängung  tiene como sentidos: desplazar, sacar a algo o a alguien de un lugar, desalojar, suplantar una cosa por otra, eyectar, expulsar. Sachs–Villatte, Grand Dictionnaire Langenscheidt, Berlin und München, 1979Su traducción al francés, réfouler, significa fundamentalmente "no dejar entrar", "no dejar pasar", o "expulsar a alguien más allá de un límite o un umbral".]



                                                          
2.- La Lógica

Esto es tan sólo un elemento del avance y el cambio que Lacan introduce y realiza respecto de sí mismo, entre los primeros seminarios y 1967. El acto, al reordenar los investimientos de goce permite que los síntomas, que representan el tesoro desconocido de cada uno, no se encuentren necesariamente en la primera línea del sufrimiento que llevó a pedir un análisis. Con lo cual la cuestión del acto, a nivel del ordenamiento lógico, no de su jerarquía teórica, queda colocada antes que la de la interpretación. No porque el analista deba dejar de interpretar, como se planteó y se sigue planteando en Francia desde hace unos años, lejos de ello, sino que, sin dejar de hacerlo, le otorga sobretodo esa capacidad a la tarea analizante, ya que no puede ser sino con las palabras producidas en su transcurso que el analista puede hacerlo. Ya que no debería hacerlo con las suyas.

El acto tiene como cometido, en primer lugar, que un sujeto cuente sus pensamientos no pensados, sin pedirle, en principio, que sea responsable de ellos (en francés escribiríamos comptable, en inglés accountable), que lentamente enhebre su saber inconsciente como medio de goce, lo que debería dar lugar a que esos pensamientos se inscriban en una cuenta deudora que se encuentra en correspondencia con el goce en el fantasma, del que todo sujeto – por considerarlo desligado de su vida – se supone absuelto.
 
                                              

["Schuldig seinen alemán puede ser traducido tanto por "sentirse culpable" como por "estar en deuda". Un análisis es iniciar una nueva deuda que permita vivir de otro modo. Es la única razón, la fundamental, del pago de las sesiones. La deuda analítica no debe nunca poder llegar a ser no reconocida, como sucede tantas veces con la que se tiene con los padres, especialmente cuando éstos se esforzaron para ello.]
["Correspondenciaa la letra. Que la letra/carta llegue siempre a destino nunca quiso decir que el sujeto la lea. Un síntoma es una carta que llega a destino, pero no por eso es legible para el propio sujeto. Curiosamente la segunda proposición nunca se añadió. Devolver esa letra una vez leída es el acto del analista.]
                                    
Esto supone otra novedad en la dirección lacaniana de la cura, que liga de cierto modo Lacan al último Freud y a lo más íntimo e inexpresado del pensamiento de Klein, aunque su formalización, que lo es todo, no deje lugar a ese encuentro.


 3.‒El secreto de Lacan

El secreto de Lacan es el haber dividido en dos la pulsión de muerte. Por un lado, de modo inequívoco, es el sentido último de la pulsión sexual. Pero por el otro, su carácter de no poseer representantes propios es teorizada como goce del Otro, que tampoco posee significantes propios,  que goza al sujeto sin que este, en general lo sepa si otro no encarna el lugar de hacerlo aparecer, o, si lo sabe, si otro no soporta la función de hacerlo perder. Darle significantes a ese goce no tiene nada que ver con seguir el camino de los retoños de la pulsión, que pertenecen al goce fálico y son la materia de las formaciones del inconsciente. 
Porqué decimos que no se trata, en principio, pero sí luego, de liberar al sujeto de la rigidez – sí, exacto – que la significación fálica le da a sus síntomas? Porque al permitirle pensar que su ser no se resume al (falso) ser –el más íntimo y propio, el más sustancial – dado por el goce del Otro, el descubrimiento del Inconsciente que se produce en cada cura le permitirá tratar los síntomas como formaciones defensivas que probablemente ya no necesite enteramente. ¿Por qué? Acaso Freud no había enseñado que el síntoma es un compromiso entre la moción pulsional y la defensa? Es cierto, pero Lacan comienza a pensar desde el último Freud: el goce fálico interviene como síntoma (no hay sujeto en donde ello no ocurra) para disputar terreno al goce del Otro. No hay ninguna posibilidad para el ser hablante de usar la barra fálica como significante reprimente sin pasar por debajo de las horcas caudinas de ese mismo goce, preferible al del Otro, aunque no sea el adecuado, por cierto, para que haya relación sexual. 
El Inconsciente requiere poder pensar allí donde no soy, lo que significa permitir que el acto de pensar amengüe mi ser, al punto que pueda reconocer a otro objeto a, por mí desconocido, como lo que causa el deseo.
 
El acto analítico tiene por cometido mostrar que el objeto a es muchas cosas, por eso Lacan escribía en "L'Étourdit" que la interpretación es apofántica, usando del equívoco –procedimiento más que usual en Lacan  – que ese término posee en griego clásico: Aristóteles llama así, en "De Interpretatione, capítulo IV" al discurso cuyas proposiciones, tanto afirmativas como negativas pueden ser verdaderas o falsas, dando un lugar propio a la lógica, ya que las proposiciones de la retórica o de la poética, stricto sensu, no pueden ni buscan obtener valores de verdad. Esto podría llevar a creer – falsamente – que la interpretación debería ser una proposición bien formulada.  Su sentido primero y literal, empero, en el habla corriente del griego clásico, era, en la época, "hacer aparecer", "hacer ver", y de eso se trata, ya que el bien decir no languidece en largas formulaciones.


La naturaleza del objeto a (el ser de cada uno) hace necesario decirlo de muchas maneras, ya que sus formas comparten todas el anidarse en el hueco hecho en la Cosa, o bien ser el hueco mismo, pero ser incompatibles al mismo tiempo entre sí. Esa incompatibilidad de los distintos a es la que debe articularse en la interpretación, si el cometido de ésta es lograr que ese goce ajeno, que ese goce alterado que el sujeto considera lo más íntimo de sí pueda perderse.
"Hacer aparecer", "hacer ver", literalmente, es el imperativo inconsciente que lleva a un analizante a la posición del analista como "semblant" : "Allí donde era el goce del Otro del analizante, tú debes advenir como analista" ( "L´envers de la psychanalyse").

"Una forma de" a (en "De un Otro al otro" Lacan habla de los "en forma" de a)  es el a como goce del Otro, falso ser donde Lacan da cabida y reubica el ''falso self'' de Winnicott; otra forma, que exige una caída  al menos parcial del primero, es el descubrimiento del a en el fantasma, que aunque sea respuesta al deseo del Otro permite dar una cierta substancia al deseo del sujeto. Siempre que admitamos y lo pongamos en práctica, que una substancia, lo que ''yace debajo'' es una facilidad que nos viene del latín y falsea  una cuestión para Lacan mucho más difícil: ''lo que hace que algo sea'' ( tô tí nv ´einai, en griego, formulación creada por Aristóteles).

La finalidad del acto, en el que el analista es tal sólo si hace (a)pare(ser) el goce del Otro –  antes de volverse semblant de causa de deseo – es que los significantes amo del sujeto puedan por vez primera ser articulables.
 

[Comenzar una cura siendo causa de deseo, salvo circunstancias excepcionales, sería lo contrario de un análisis, equivaldría a volverse sostén ortopédico sin que el analizante haya saldado las cuentas de su historia. Contabilidad harto complicada por cierto.]
                                                

Para ello, deben perder el goce que les es específico, que no es el fálico. Esto responde de modo más articulado y preciso a la exigencia que Lacan formulara en "Los cuatro conceptos": mantener la distancia (écart) entre I, el Ideal del yo, y a. Para conservar esa distancia se requiere todo el trabajo que supone despojarse de sus significantes 1 en el lugar de la producción:



En este sentido el acto analítico se dirige no a quitarle a alguien los significantes que tienen dominio sobre él, pero sí a rebajarlos de rango.

                                                

Este dominio del significante amo es lo que Freud, de otra manera, y sin darle ese rango, pensaba con el término BewältigungstriebLa pulsión de domino del Otro sobre el sujeto se transpone en los propios significantes amo que dominan al sujeto, con los que éste reemplaza al Otro, pudiendo así significarse fuera de él, y desconociendo, ya que cierran el Inconsciente en lo real, de dónde le vienen.
                                            

Sólo una disminución de la idealización puede permitir, eventualmente, la sublimación. Allí el sujeto puede emerger y producir un saber de sí que no desconocía enteramente, pero que ahora sí puede ser llevado a sus consecuencias. Esta articulación lógica en acto es lo que permite una ética. La segunda sin la primera es parloteo necio, la primera sin la segunda es hacer de aprendiz de hechicero.

En este camino, donde el analista es el compañero de ruta, habrá un objeto que haciéndose presente, se atribuye al analista, pero que éste debe soportar sin serlo: el sujeto supuesto (al) saber.

Este nuevo concepto de la cura tiene un doble sentido. Es lo que el paciente específicamente atribuye como saber de sí al analista, que no es para Freud la transferencia en general, sino la neurosis de transferencia. Y es, sobre el fundamento del descubrimiento freudiano, su extensión generalizada al dominio del saber. No hubo nunca en la historia constitución de un dominio de saber ( el cielo, la naturaleza, los números, sus propiedades y sus operaciones, el espacio geométrico) sin la suposición de un sujeto para él.

Esta suposición de saber ha de crearse con actos, pero el analista no responde desde donde el analizante cree que está. So pena de que el supuesto sujeto que sabe sepa para siempre, lo que conllevaría como consecuencia que el analizante no se reapropiaría nunca de ese saber puesto en el lugar del analista, no dejaría nunca de gozar y ser gozado por ese saber. Lo que significaría que algo esencial de la cura no se cumple, ya que la finalidad de ésta es encontrar otras sendas, más productivas que las que el sujeto ya poseía para llegar al goce.

Es por eso que Lacan plantea esa proposición tan difícil de llevar a cabo: que el acto analítico vaya en contra de la transferencia para que haya creación de inconsciente y aparición de un objeto como propio gracias a la negación : "No soy esto".

El deseo que el analista hace existir en la cura posee una virtud paradojal, la de no ser el deseo de un sujeto, así como tampoco lo es su acto.
 

Pero el fantasma es también un falso ser. Luego de que la cuestión del goce del Otro deja de ser prevalente, aunque es lo que puede hacer infinito un análisis, la cura no puede quedarse en el haber reconocido un fantasma, tan fundamental como pueda ser. De su satisfacción el sujeto también es objeto. Se tratará entonces de recorrer sendas no trazadas aún, por las que hay que sustentar el deseo – por naturaleza inaprensible, irrepresentable, que se cuela siempre en el vacío entre dos significantes – en algo más real que la recuperación imaginaria que el fantasma hace de la demanda pulsional. Algo del orden de lo que Freud magníficamente metaforizaba como punto de mira cuando escribía recordando que un pintor (se trata de alguien que existió, Bernard Palissy) puede llegar a vender sus muebles para comprar colores y quemarlos en la chimenea para darse calor, con tal de seguir pintando...





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