Los Nombres del Padre. Más lejos que el padre. No sin él (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Los Nombres del Padre. Más lejos que el padre. No sin él (Psicoanálisis)

lunes, 22 de febrero de 2016 0 comentarios

"Así llegamos a  aquello que, a nuestro juicio, se propone Lacan al pluralizar su establecido Nombre-del-Padre, hacia los nombres del padre..."




Los Nombres del Padre


¿Qué se propone Lacan al dictar su seminario Les non dupes errent? 

Es claro que el modo en que decidió titularlo remite a equívocos al menos triples: puede leerse como “los no incautos erran”, también como “los nombres del padre”(les noms du père) y aún como “los no del padre”(les non du père).
Apenas forzando un poco el modo de pronunciación, remite en francés a una cuarta posibilidad de lectura : “los nudos del padre” (les noeuds du père).



Pero fundamentalmente también remite a la única clase dictada sobre el proyectado seminario “Los nombres del padre” que precediera a su excomunicación, y del que juró no volver a hablar jamás, comenzando el dictado del célebre Les Quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse, fuera de la internacional y ya con otro público. Se trataba de algunos analistas que, yéndose con él, aceptaron perder las comodidades de la Societé française de Psychanalyse. Y mayoritariamente de normaliens interesados en el psicoanálisis a los que había que acercar tales conceptos de base liderados por su yerno Jacques-Alain Miller. Era el momento de fundar su célebre Ecole Freudienne de Paris. Veamos en principio el contexto de este seminario, donde, a pesar de su juramento de nunca más abordar los nombres del padre, vuelve a ellos. Dentro de la enseñanza del maestro sigue inmediatamente al seminario Encore, donde Lacan da a conocer la forma definitiva de sus escrituras de la sexuación.



No llegó fácilmente a estas fórmulas hoy célebres. Había ensayado, descartando una tras otra diversas posibilidades, durante el dictado de sus seminarios …ou Pire y en Le savoir du psychanalyste, otras formas de presentación escritural, descartando denodadamente las opciones que, a su juicio, no cernían adecuadamente lo real de la diferencia sexual. Finalmente, cuando estabiliza esta escritura, que ya no modificará y que retomará una y otra vez en los seminarios que siguen, incluso en los nodales, dará por sentado que esta combinatoria de letras logra cernir cómo la falla que lo simbólico introduce en lo real, (es decir, aquello que en el seminario inmediatamente posterior, R.S.I., va a llamar el agujero inviolable de lo simbólico, al que llama explícitamente con un  término de Freud Urverdrängung) es ceñido por la función fálica en las neurosis.
Para la neurosis, esta falla, esta hiancia, este tajo, va a ser anudado, estabilizado, señalizado, cernido de una manera tolerablemente estable por el significante fálico, F y su función. Veremos más adelante cómo es que, en Les non dupes errent, va a avanzar alguna otra posibilidad de cernimiento, por fuera de este significante para estructuras otras que la neurosis.En sus cuantores de la sexuación se plantea que es necesario que al menos uno, un uno único, que no puede ser cualquiera y que es nada menos que el padre, deberá sustraerse de la función fálica, decir que no a su reinado irrestricto, uno que traduce como significante maître[2]) al falo y a su goce.
Así, en nombre del padre, cesa el goce fálico entre el sujeto por venir y el Otro (materno, si se quiere), tomando el padre a su cargo este goce fálico del Otro, apartando al niño de lo que Freud llamara el “servicio sexual de la madre”.
Este lugar del "uno único" es también el lugar del síntoma, que desde este momento pasa a ser en la obra de Lacan uno de los nombres, el simbólico, de Padre; necesario para estabilizar los siempre presentes déficits de función paterna, amarrando el síntoma lo real como suplencia del nombre del padre. Esta concepción del síntoma apartará al psicoanálisis de cualquier psicoterapia, dado que éstas se proponen, sea cual fuere su orientación, la reducción del síntoma, ahí donde el psicoanálisis se propone extraer de esa formación las hebras imprescindibles de la función paterna.Si y sólo si esta excepción paterna ha logrado entrar en funciones se podrá hablar de una estructura neurótica. Apoyado en esta figura de excepción, quien haga argumento a la función fálica al modo de “para todo” tomará valor sexual macho.Del lado del “no todo”, femenino, Lacan va a plantear un imposible. En efecto él postula que no hay padre posible para la posición femenina, dado que, si bien en tanto sujeto una mujer sí tiene padre operando en su estructura (si es que se trata de una neurosis), a pesar de ello no tiene padre para su feminidad, puesto que el padre, con el que en tanto que sujeto cuenta, no puede donarle el significante que amarre lo real de su sexo, el tajo constitutivo de la feminidad. Para la raja de lo femenino es imposible el amparo de una excepción paterna.Femenino, o héteros, va a llamar Lacan al fruto contingente  (no dependiente enteramenete de la anatomía, palabra cuya etimología incluye el tomos griego, el corte) de esa imposibilidad de recubrimiento universal por el significante fálico. Por ello feminidad y nudo real, hiancia del inconsciente, estarán ligados por estructura.




Así llegamos a  aquello que, a nuestro juicio, se propone Lacan al pluralizar su establecido Nombre-del-Padre, hacia los nombres del padre. En efecto Lacan se va a preguntar de ahí en más si otros decires que el “decir que no” (nom, non, son homófonos en francés) paterno pueden resultar de eficacia anudante. Esto vale para la neurosis, donde, partiendo del decir paterno, el sujeto puede avanzar contingentemente (en el análisis o fuera de él) hacia un decir propio que, sirviéndose del padre, pueda permitir al sujeto prescindir del él.
Pero, y he aquí una apuesta clínica que merece reflexión, puesto que aún no puede afirmarse que haya respuestas estatuidas y definitivas, la pregunta de Lacan va ir apuntando a la reflexión sobre los casos en que no se ha contado con ese uno único, ese decir que no paterno. Casos que, a priori, no podrían considerarse neurosis. ¿Existe la posibilidad de que otro decir, por ejemplo, un decir de artista, un decir de amante, pueda suplir a esa traducción del falo por un significante maître paterno? Lo iremos desgranado en lo que sigue.La pluralización de los nombres del padre va de la mano con otra: la manera de rebautizar su significante uno (en francés S 1 se escribe y lee "es un") por el término enjambre (essaim, homófono en francés). Este nueva pluralización sugiere esta búsqueda de un decir otro que el paterno, sea como desamarre de la autoridad y el amparo en la neurosis hacia el final del análisis, sea como suplencia en las estructuras en que ha fallado definitivamente el decir que no paterno, siendo imposible su reparación por medio de un síntoma del tipo de la formación del inconsciente. Pero uno y otro casos responden a estructuras diferentes, aunque conserven un nudo mental y no deben ser confundidas.Este constituye uno de los puntos en que Lacan da un paso más lejos que su maestro Freud. Pues con los conceptos de los nombres del padre y del enjambre establece para las neurosis una posibilidad clara de ir más allá de la roca de castración, del amor al padre y de la envidia del pene. Sale así el análisis del encalle obligado en la roca de la castración.Y para estructuras que no han contado con ese nombre, con ese decir paterno, esboza la posibilidad de una estabilización por medio de algún  otro decir que el paterno.
Quedará abierta, claro está, y sin respuesta aún, la pregunta por el estatuto de esas estructuras cuando han encontrado una estabilización durable por medio de otro decir. ¿Se trata de psicosis al mismo título de aquellos cuadros cuya mentalidad se desestabiliza una y otra vez cuando la contingencia pone al sujeto frente al avatar de la aparición de Un padre en lo real? Esto, a nuestro modo de ver, no implica, como se cree un tanto rápidamente, que el padre devenga una instancia caduca hasta llegar a nivel cero,  inservible y a desestimar, puesto que la clínica indica que quien pudo ir por fuera de la caja paterna habiéndose servido el tiempo necesario de ella va a contar con una souplesse estructural y una capacidad para el amor y el cuidado de los hijos que engendre que no posee quien no pudo pasar por ese desfiladero. Si lo que se transmite es el falo, hecho que afirma Lacan y con el que la clínica acuerda contundentemente, no puede ser lo mismo haber contado con él, transmitido desde el propio padre y luego donado a los hijos, que el caso en que con él no se ha contado. Al respecto es apasionante seguir el hilo que llevará a Lacan a peguntarse por la estructura de Joyce, quien, a juicio de este autor, ha corregido una carencia fundamental del decir paterno (una “forclusión de hecho” tal como la llama en el seminario Joyce le sinthome) por medio de su arte, con el cual se ha hecho un ego (a falta de un narcisismo, instancia que incluye el cuidado de la imagen del otro) y un nombre. Joyce mantiene algún nudo en pié sin el decir paterno. Pero ese nudo no es borromeo, a pesar de lograr con su sinthome que no se escape la cuerda de lo imaginario.Pero llegados a este punto de la argumentación se nos impone otra pregunta. ¿Por qué razón Lacan no se contenta con las fórmulas de la sexuación y pasa a introducir el nudo borromeo? Antes de encarar esta cuestión tomaremos distancia de un autor al que, sin embargo, vale la pena leer, Jean Claude Milner. En su libro La obra clara, cuyos capítulos sobre la ciencia moderna y su diferencia con la episteme griega no tienen desperdicio, afirma, refiriéndose a la obra de Lacan, que cuando éste introduce el nudo disuelve en el mismo acto toda referencia al matema. No lo creemos así.

Jean Claude Milner

Lacan tiene una fuerte razón para introducir el nudo borromeo: se trata de una escritura nueva que le permite dar cuenta de lo que venimos trabajando: la pluralización de los nombres del padre como enlace específico de las cuerdas entre sí. Un nudo es borromeo si y sólo si no hay interpenetración entre una cuerda y otra. Si la hubiera, podría llamarse a este “lapsus del nudo”, legítimamente, como accidente forclusivo.Esto despeja otra afirmación poco fundamentada, algo atolondrada. Es esta: la pluralización de Los nombres del padre haría inservible el sintagma el Nombre-del-Padre. No es así, dado que éste, en singular, remite a la cualidad borromeica de un nudo. Esto es: que ninguna cuerda se arrogue el derecho de anular, interpenetrándolo, el agujero central de otra[3]Pero, aunque vaya a servirse de ahí en más del nudo borromeo y de otros nudos no borromeos para dar cuenta de lo real de su clínica, jamás abandonará los matemas. Ni los de la sexuación, ni  el grafo, ni ningún otro de los que forjara a lo largo de su enseñanza. Cuando introduzca el equívoco entre les non dupes... y los nombres del… aclarará que no se trata de ser incauto de cualquier cosa, sino de serlo de lo real. Este ser incauto de lo real, así lo creemos, es solidario con el nudo en su versión borromea. En esa presentación ninguna cuerda se arroga el derecho de penetrar el agujero real de la otra. Y es el decir paterno quien mantiene vigente esta ley de composición. Si no se cuenta con este decir, una cuerda (tal es el caso de Joyce entre lo simbólico y lo real) interpenetra a la otra, violando su agujero, haciendo cadena,  y borrando la calidad borromea de conformación.


De hecho, en el seminario R.S.I. va a afirmar que el nombre del padre es equivalente al anudamiento borromeo. Subrayemos: sólo al borromeo. Otros decires pueden hacer nudo para otorgar al sujeto otra mentalidad, pero estos nudos no serán borromeos y por ende la mentalidad que permitan sostener no ha de ser neurótica. Ser dupe de lo real implica también el ser pude (apócope de pudeur) de lo real. Este pudor, esta detención de la tentación de goce de penetrar un agujero inviolable es también signo de una mentalidad borromea, neurótica. En la última clase del seminario que venimos examinando Lacan elige  cerrar el ciclo de ese año de enseñanza insistiendo en que se debe ser la dupe de lo real, y aún más, estar enamorado de lo real del propio inconsciente. Amar a su inconsciente no equivale a gozar con él o a su través. Este amor se logra al final del análisis. Lacan va a insistir a lo largo del seminario en importancia del decir, al que llama neológicamente Dieure, jugando con la condensación posible de establecer entre dire y Dieu.Parece extraño al lector de Lacan, quien acuerda con Freud sobre el punto del ateísmo que se espera se alcance al final del análisis, la remisión permanente a Dios, y no sólo ni únicamente en este Dieure fundacional.
A lo largo del seminario Encore, y por supuesto también en el transcurso del seminario que nos ocupa, Lacan va a machacar con dios, con el goce de La (tachada) mujer y dios. Recordemos que para el maestro francés el ateísmo no se sustenta en la militancia de la idea de que dios no existe. Puesto que el ateo es un militante de la creencia férrea en esa inexistencia! El verdadero ateísmo, afirma en cambio, radica en la convicción de que dios es inconsciente. El dieure asegura la inaccesibilidad de la hiancia, la raíz real del inconsciente. Con ese nudo-nombre, una mujer puede tener una relación privilegiada.En su último escrito, L’étourdit,  acentúa que es el decir que existe al dicho el que hace acto, y en su seminario R.S.I. afirma que sólo en la existencia de un decir se cifra la posibilidad de una posible nominación, definiendo la nominación como aquello que extrae de algo un real, su real. Pero deja planteado el enigma de la discriminación entre un decir paterno al que, creemos que así que se desprende de la lógica de su texto, reserva el término Dieure, y cualquier otro decir anudante. Esto explica por qué, en Lacan, la cuestión del padre y del falo nada tienen que ver con un prejuicio patriarcal. Y todo con un hecho de estructura, al menos en la cultura que ha hecho del discurso maître, el del inconsciente, discurso dominante y determinante, al que el psicoanálisis podría subvertir.[4] El nombre del padre es pues un decir específico, un decir que no (recordemos ahora la homofonía non, nom, noeud) al goce fálico entre el Otro y su producto. Ese decir hace acto. Ese decir es el que nomina de modo tal de otorgar una mentalidad borromea. E insistimos una vez más, a riesgo de repetirnos, que el decir paterno es el anudamiento borromeico mismo.Insistamos también con el ejemplo de Joyce; ¿se tratará de la posibilidad de otro decir que el paterno que pueda otorgar una mentalidad estable no borromeica? Acerca del “decir que no” paterno, Lacan subraya que éste se amoneda en los “no” que transmite la madre. Este “no” amonedado en los decires de la madre en nombre del padre separa el goce fálico del amor. Permite así poder amar a la madre no sexualmente.Y aún aparece otro filón para extraer consecuencias para la formalización de la clínica. La diferencia sexual se apila a la falla que a lo real le impone lo simbólico sólo en la medida en que opere este decir paterno. Si este decir opera, lo real será recubierto por la diferencia sexual y estabilizado por el falo. De no ser así no se establecerá este recubrimiento y la raja de lo real no será estabilizada, desencadenando una pérdida de la mentalidad cuando aparezca, por ejemplo, como letra no anudada al inconsciente, sino en lo real mismo. O bien, tal como parece postular Lacan, será estabilizada por un ego sinthome que otorgue una mentalidad no borromeica, lo que, según nuestra hipótesis, promete hacia la descendencia una dificultad pertinaz en la transmisión del falo.
No se debe hacer de un caso singular un universal válido en cualquier otro caso, pero es de remarcar que los hijos de Joyce no fueron recibidos con alegría por su padre. Durante su vida Giorgio tuvo gravísimos problemas de adicción al alcohol y Lucía, diagnosticada de esquizofrenia que hace pocos años murió, internada en un neuropsiquiátrico.

 
Lucia Joyce

Entonces, si el decir paterno resulta una excepción necesaria a la configuración borromeica… ¿cómo se las arregla una mujer, para la cual, en su núcleo identitario femenino, la posición paterna resulta imposible, al punto que Lacan postula su cuantor de inexistencia de quien diga no, para mantener sus cuerdas unidas? Recordemos un ítem sobre el que más arriba insistiéramos: en tanto que sujeto una mujer sí se beneficia del decir paterno, entrando, por ende, al territorio de la neurosis y a la mentalidad borromeica al igual que sus hermanos. Pero en tanto que mujer… ¿cómo llega a arreglárselas con esta imposibilidad? En el lugar de la inexistencia de la excepción que pueda decir no a la función paterna, Lacan coloca el lugar de La Virgen, intocada por el falo, por fuera de su transmisión. Esa posición virginal desprende una doble flecha para La (tachada) mujer. Por un lado se dirige al falo, y por otro, veremos en seguida, a la raíz real del inconsciente, direccionalidad a la que aludíamos más arriba cuando comentábamos cuánto hincapié hace Lacan entre dios y el goce femenino. ¿Cómo llega La Virgen a dirigirse hacia el falo? Conocemos las riquísimas formalizaciones de Freud acerca de lo indecidible del estatuto de la castración en la feminidad. O bien la mujer ya nace “castrada”, o bien, al carecer de atributo peniano, resulta imposible de ser amenazada con su pérdida. Freud propone como única salida “feliz” al complejo Edipo femenino la búsqueda de un niño, convocado al lugar de restañar la falta fálica. Esta salida, que puede desearse, por qué no, en muchos casos resuelve la posición fálica para una mujer… desviándola de su feminidad, dado que la hace madre, pero no asegura en nada que se las haya arreglado con su posición sexuada. Sólo el amor a un hombre castra, hasta donde eso es posible, a una mujer, posibilitando su acceso a la existencia de una excepción, a la que ame.
Lo que despierta el amor de una mujer por Un hombre es su decir. Sólo un decir extrae a un hombre del conjunto del “montón” para elevarlo a la altura de Urvater. La mujer hace a un hombre, afirmaba Lacan. Si no puede elevarlo a la altura de esa función, no podrá amarlo. Si cae (fall in love, tomber amoureuse subrayan en inglés y francés cuánto de caída implica el enamorarse, cuánto castra) enamorada, el significante fálico la tocará de modo tal que deje de ser (en tanto ame y siga amando) La Virgen. Este movimiento no debe ser despreciado, puesto que si tomamos en serio que la mujer es no-toda, debemos colegir que no es tampoco “toda” no-fálica. Por otro lado Lacan indica la otra dirección de la feminidad. Aquí se centra un punto crucial en su grafo de los cuantores de la sexuación. Esta otra flecha se dirige “en directo”, sin el estorbo del falo, hacia la falta del Otro, para la que una mujer puede inventar un significante que lo nombre totalmente singular. Este cernimiento de la grieta de lo simbólico por un significante nuevo, “menos tonto”, exquisitamente singular se encuentra, así lo creemos, en el puntapié de toda formación de sinthome borromeico. 

Postulamos pues que de la inexistencia del padre de la posición femenina, debe de operarse un vector que busque la existencia que haga que una mujer pueda dejar de ser La Virgen. Consolidada su direccionalidad al falo, suplementariamente podrá dirigirse, por fuera del falo y su función, hacia el invento de un nuevo significante.  He aquí una manera de aclarar que puede querer decir la frase repetida aforísticamente “ir más allá del padre, sirviéndose de él”. Lacan insiste en que la verdad se dice a medias, que tiene estructura de ficción y que se sostiene en lo falso. Sale al cruce así de la pretensión de la “verdadera” religión, la cristiana, de postular una verdad universal, un amor universal al padre Dios que garantiza esa universalidad. A lo largo del seminario que examinamos multiplica sus referencias al cristianismo, intentando separar la fe religiosa en un Dios universal, de la creencia en lo real del inconsciente, a cuya inaccesibilidad da el nombre de dios, con el cual una mujer tendría una relación privilegiada. Otro es el caso, como tratamos de argüir en lo que antecede, cuando un decir anuda sin el nombre del padre, sosteniendo las cuerdas juntas de modo no borromeico. Tal es el caso, por ejemplo pues hay otros y los vemos diariamente en la clínica, de Joyce, sobre el que Lacan se pregunta e interroga sobre ello repetidamente a Jacques Aubert si es que estaba loco. Lacan abre así, a mi juicio, una crítica a la propuesta, nunca explicitada del todo, pero sostenida implícitamente durante sus primeros seminarios, de una tripartición estructural que no admitiría otra posibilidad de ocurrencia clínica más que neurosis, psicosis, perversión. Esta tripartición va a ser debilitada[5] (como se dice en matemáticas) pero nunca abolida, tal como se apresuran a hacer muchos lacanianos que no se toman el suficiente tiempo de comprender antes de concluir. Para quien habita una mentalidad borromeica no hay verdad universal, puesto que hay al menos uno que, diciendo que no, forcluye la universalidad del falo. De ahí que Lacan insista en el puente etimológico posible de establecer entre falo y falsus (caído). El agujero en lo real que hace este padre hará que, cuando se pueda prescindir de él, el agujero torbellinee y escupa una nueva nominación, un nuevo decir que ya no provenga del Uno único paterno.
Invención del fin del análisis, femenina para quien arribe a esa ribera, así se tratase de un nacido varón. Este punto impone la creación de otro vector, que pase ahora de la existencia que dice no, desde el costado masculino de las fórmulas de la sexuación, hacia la inexistencia de ese decir, en el lado femenino. Así se trate de un varón, el fin del análisis implica sine qua non el arribo, vía duelo, a esa posición de inexistencia, la única que posibilita “escupir” ese significante inventado.
A modo de provisoria conclusión podríamos puntuar que en el fin del análisis, se trate de una mujer o de un varón quien transite la experiencia, se ha de pasar necesariamente, lo cual no implica en modo alguno el cambio de elección de partenaire sexual, al costado femenino, a la posición de no-todo y la parición de un nuevo significante, al que postulamos como puntapié inicial de la formación de un sinthome singular que mantenga juntas las cuerdas de modo borromeico, si de una neurosis de trata. En esta estructura se puede prescindir del padre, sirviéndose de él. En cambio la producción de un decir que anude establemente, pero de manera no borromeica suele ser espontáneo y/o requiere necesariamente una experiencia de análisis, quedando en suspenso la cuestión del diagnóstico de estructura, abriéndose por esta vía un terreno que conjeturamos apasionante para la formalización de otras estructuras que las consideradas en el trinitario habitual.

                       Para Diario Literario Digital                                                            






[1] Texto corregido y aumentado de la presentación hecha en uno de los últimos coloquios de verano de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
[2] La propuesta de llamar a esta operatoria de pasaje de F  a su detención como goce y pasaje a significación “traducción” es mérito y hallazgo de Héctor Yankelevich.
[3] Así, negro sobre blanco, lo afirma Lacan en la quinta clase de su seminario R.S.I. Inédito.
[4] Véase, respecto del posible cambio de ese discurso como rector de la "posmodernidad" el último libro, deslumbrante de M. Safouan Regard sur la civilisation oedipienne. Paris 2015. Hermann editor.
[5] Debilitar, en matemáticas, implica que una término o una fórmula no son verdaderas en todos los casos. Aunque tampoco devienen falsas. Siguen teniendo vigencia y eficacia.
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