El héroe reticente - Capítulo 32 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 32 (Novela Policial Negra)

miércoles, 3 de febrero de 2016 0 comentarios



"Encuentro a uno de estos esforzados comerciantes. A su lado está un guardaespaldas del tamaño aproximado de un hipopótamo inyectado con esteroides. Hay unos chicos comprando merca. No son de la zona, son rubiecitos y blanquitos. Esos también se drogan.
Espero que se vayan y me acerco al despachante de veneno..."




Escrita por AQ Gimenez


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Para Diario Literario Digital





Capítulo 32 


Mientras espero las noticias de Peña, mi único aliado, tengo que conseguir un par de pistolas. No puedo conseguirlas legalmente, así que voy a una armería y compro lo que puedo, o sea mi acostumbrado “Kit” de agresión legal. Gas pimienta, Taser, un cuchillo cerámico que puede pasar los scanners, y un bastón táctico, esos tubos telescópicos de metal con una bola en la punta, que pueden voltear a un barrabrava drogado de un solo golpe.


Ahora viene lo difícil. Insisto en mi intención de no dañar a otro inocente. Así que tengo que encontrar a un delincuente armado para sacarle su arma. Dudo que me la entregue voluntariamente.

Estuve estudiando la red de de distribución minorista de Víctor Zorrilla. Está focalizada en la zona norte.

Tomo el tren hasta la estación  San Isidro y después un colectivo alejándome del río hasta que los jersey de rugby desaparecen y son reemplazados por camisetas de fóbal. Por los artículos periodísticos que leí, conozco las esquinas donde se instalan los vendedores de droga.

Encuentro a uno de estos esforzados comerciantes. No hay que ser un agente de la DEA para avivarse. Es un pibe de unos veinticuatro años, vestido de pies a cabeza con la última ropa deportiva diseñada por Adidas. Todo original. Sólo su ropa vale varios miles de pesos. El reloj es demasiado dorado para ser verdadero, pero debe costar unos mangos. Y el celular parece que salió ayer de una línea de montaje en el lejano oriente. A su lado está un guardaespaldas del tamaño aproximado de un hipopótamo inyectado con esteroides. Su ropa es parecida a la del vendedor, pero trucha. Bajo la campera del jogging hay un bulto que solo puede ser una pistola. Hay unos chicos comprando merca. No son de la zona, son rubiecitos y blanquitos. Esos también se drogan.


Espero que se vayan y me acerco al despachante de veneno.

Como soy más viejo que la mayoría de sus clientes, creo que me conviene hacerme el boludo con miedo.Tartamudeando le pregunto si puedo comprar “algo”.Se ríe y me pregunta: —¿Algo como qué?—Bueno… para una fiesta. Mi novia me pidió que trajera “algo bueno”.—Para una fiesta puede ser cotillón, una torta, globos—… Dice el pelotudo haciéndose el gracioso.—Yo digo algo como… Frula.—¡Frula! —Mira al Patovica y se caga de risa—. Dijo frula, ¡este gato se quiere hacer el tumbero! ¿Qué vas a decir ahora? ¿Merca, coca, blanca, falopa, milonga, pala, papusa, perico, papel? —Perdoná, es que no sé bien…—¡Se nota! ¿Cuánta frula querés? —Y volvió a tirar una carcajada.—No sé. ¿Cuánto cuesta? — En ese momento saco un fajo de billetes que lo pone serio de golpe. Mientras cuento la plata oigo la escala de precios que el tipo ahora recita, preciso como un vendedor de seguros.

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Mientras mi mano izquierda muestra las caras de Roca que el traficante mira como un pescado al señuelo, la derecha, oculta por mi pierna, extiende sin ruido el bastón táctico.

Acerco la guita hacia el guardaespaldas y le digo:—¿Me la tenés un segundo que busco la nota de mi novia?El tipo saca las manos de sus bolsillos y los levanta instintivamente con los ojos centrados en los papelitos azules. No llega a ver mi movimiento. El ruido de la bolita de acero al impactar su cráneo suena como una bola de bowling acertándole al último palo.

El grandote todavía está a mitad de camino hacia el pavimento cuando giro en dirección contraria. El bastón zumba como una avispa de cinco kilos y le acierta al que en España llamarían camello.

 

Mientras el imaginario árbitro les cuenta hasta un millón, reviso sus bolsillos. Encuentro droga que descarto, plata que robo y, como suponía, en la cintura del fisicoculturista, su arma. Es una pistola Bersa Thunder calibre 40. En un bolsillo encuentro otros dos cargadores. Me van a venir bien. Oigo pasos acercándose a la carrera. Me levanto del piso con la automática en la mano y los muchachos se frenan como si hubieran chocado contra un vidrio blindado. Camino en la dirección contraria y, cuando doblo la esquina, empiezo a correr hasta que veo un colectivo. No me importa a dónde va, solo necesito que me aleje del lugar.


Nadie me sigue. Veinte cuadras más adelante veo una agencia de remises. Bajo y tomo uno hasta la estación de trenes más cercana. La nuca me cosquillea, paso todo el viaje mirando para todos lados. Recién me tranquilizo cuando llego a Retiro.

Tomo el subte “C” y llego a San Telmo.

Ceno con una botella de vino festejando la conclusión de otro honrado día de trabajo.

A la mañana, cuando me despierto, después de mucho tiempo de abstinencia, preparo el mate, un ritual que para mí es tan importante como la ceremonia del té para un samurái.

Activo el celular que reservo para comunicarme con el Subcomisario Peña. Aparece un mensaje: “Operativo código Vivero Inalámbrico en marcha. Novedades a la tarde.  Firmado 0,07”.
Es bueno que alguien conserve el sentido del humor en este momento.
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Lee la primera parte de esta novela en: 

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