El héroe reticente - Capítulo 31 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 31 (Novela Policial Negra)

lunes, 4 de enero de 2016 0 comentarios

"Buenos Aires, mi ciudad, está detrás de las trincheras, es territorio enemigo. Cuando me preguntan cuánto tiempo voy a permanecer en Argentina respondo:

—Um mes—con una voz gutural justificada por el cuello ortopédico... "








Escrita por AQ Gimenez

Para Diario Literario Digital


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Sin importar lo que un viajero haya disfrutado un viaje al extranjero, al volver a su país normalmente exhala un suspiro de alivio. No más problemas de idiomas, cambio de moneda o mapas incomprensibles. Todo es familiar, conocido. Por admirable que parezcan otros destinos, después de todo ése es su rincón en el mundo.

Para mí, al menos hoy, no es así. Tengo un cóctel de miedos. Miedo a que me detengan. Que se den cuenta de que mi documento es robado. Que se aviven de que no soy brasileño. Y sobre todo, terror a que los hombres de “El Zorrino” me estén esperando.







Buenos Aires, mi ciudad, está detrás de las trincheras, es territorio enemigo. Cuando me preguntan cuánto tiempo voy a permanecer en Argentina respondo:

—Um mes—con una voz gutural justificada por el cuello ortopédico. 

El agente analiza el documento como si en él se escondiera el significado de la vida. Pongo cara de nada pero mi corazón late como el bajo de una banda de Heavy Metal. El tipo me mira, vuelve a observar la foto y finalmente me hace pasar con un gesto brusco y el grito de:

—¡Próximo!


En las aduanas suelen revisar a los que tiene mucho equipaje… o demasiado poco.

Por supuesto el funcionario me para y revisa mi valija. No encuentra nada que le interese y luego de revolver un segundo me dice que siga. Suerte que ni se me ocurrió traer las armas.

Salgo por la puerta que da a los parientes, amigos y amantes gritando, riendo o llorando al ver a los que esperan. Ningún cartelito de los que levantan los choferes tiene mi nombre.




Voy derecho a las empresas de remises y pido un auto que me lleve al centro. 


Compro un celular en el aeropuerto y en el camino hablo con varias empresas de alquiler temporario de departamentos que encontré en internet. Podría haber reservado por ese medio, pero no quería que mi nombre, aunque sea falso, quedara registrado antes de mi llegada.

Me ofrecen un departamento barato en San Telmo. No me importa cómo es, solo quiero un lugar discreto y que mis datos no aparezcan en ninguna computadora policial.






Por unos reales más el chofer me deja frente al edificio, a dos cuadras de la Plaza Dorrego. Alquilo el departamento por dos semanas y apenas termino los trámites voy a una “cueva” a cambiar los reales y dólares que me quedan, a pesos argentinos.


Luego voy a un locutorio para llamar al subcomisario Peña.



—¡Subcomisario! Habla Carlos Topo.



—Desde que agarraron a Bin Laden eras el tipo más buscado del mundo, pero el que habla debe ser un fantasma. ¡Oí que te mataron!



—Le mandé al Zorrino una película con efectos especiales. Tengo unos días hasta que se enteren que el muerto que vieron no era yo…



—¡No me cuentes más porque te voy a tener que arrestar! ¿Dónde estás?



—En Buenos Aires, no te contactes con migraciones porque no entré con mi documento.



—Me imagino, no creo que seas tan boludo.



—¡Gracias por el elogio!



—De nada. ¿Y para qué llamás, querés que te invite a tomar el té?



—Necesito que anotes el número de un celular para que te comuniques conmigo. Va a estar apagado casi siempre para que no me puedan rastrear, así que dejá mensajes.



—OK.



—Tengo que hablar con mi mujer. Necesito que le pases un celular que le hayan confiscado a un detenido, que no pueda relacionarse conmigo.



—El problema es que un gorilón la sigue a todos lados.



—Sí, tendría que ir alguien de civil a armar un lío en el vivero. Antes de que la cosa se ponga pesada, aparece como de casualidad un policía de uniforme, aprovecha que el matón va a desaparecer por un rato para no quedar escrachado, y le pasa el teléfono.



—¡Nada más! ¿No necesitás unos helicópteros que bajen unos comandos con sogas, tirando granadas?



—No, eso te lo pido mañana, para no abusar.



—¡Me quedo más tranquilo! Voy a ver qué puedo hacer, el mayor problema es que tengo pocos hombres de absoluta confianza, y normalmente no los uso para hacer mandados encargados por el “hombre más buscado”.



—No sé si lo que voy a hacer será legal, pero es justo. Además de apaciguar tu conciencia, con un poco de suerte te vas a sacar de encima al hijo de puta de “El Zorrino” para siempre.



—Acá no hay pena de muerte…



—En los códigos, no… ¡Pero en la calle esa sentencia se dicta todos los días!








Lee la primera parte de esta novela en: 

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