Una navidad como las de antes (Extraño cuento navideño) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Una navidad como las de antes (Extraño cuento navideño)

miércoles, 23 de diciembre de 2015 0 comentarios

"Dios estaba cansado de ese manejo puramente económico de la Navidad... Hace años que aguantaba, pensando que los sutiles mensajes que enviaba (crisis económicas, caídas estrepitosas de poderosos grupos económicos, burbujas inmobiliarias), alguna vez serían tomados en cuenta por sus queridos pero un poco estúpidos adoradores..."


 

Una navidad como las de antes

Escrito por AQ Gimenez 

Para Diario Literario Digital

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Ya a mediados de noviembre comenzaba el bombardeo de avisos, propagandas y promociones para las compras navideñas. Las guirnaldas verdes y rojas y las asiáticas lucecitas, que convertían las construcciones más seguras en un riesgo de incendio, envolvían árboles, columnas y hogares.

Carteles multicolores y autoadhesivos llenos de dorados recordaban hasta al más distraído que había que comprar. ¡Ya! Antes de que se agoten las existencias, aunque todavía falten cuarenta y cinco días. Comida, bebida, decoraciones, y por supuesto regalos. Regalos para tu mujer, tus hijos, tu amante y tus bastardos, para el jefe que odias y para los colegas que desprecias. Para la tía que está por morir y para el sobrino que está por venir. ¡Regalos, muchos regalos! Y nada de estupideces… ¡Señores regalos! Que demuestren quién eres y hacia adónde vas.

Por supuesto si preguntabas a un incauto a la entrada de una tienda, qué se festejaba el veinticuatro de diciembre, al principio dudaría, luego balbucearía algo sobre Santa Claus o Papá Noel, un trineo o un reno, y quizás, hasta podía recordar el nombre de Jesús, sobre todo si la pregunta se hacía frente a uno de los miles de pesebres decorativos, de esos que parecen el nacimiento de uno de los hijos de Brad Pitt, más que el del hijo de un carpintero de hace veinte siglos.

Dios estaba cansado de ese manejo puramente económico de la Navidad. Es verdad que algunas familias creían de verdad y que no pocos sacerdotes daban el ejemplo, pero la mayoría de los cristianos y hasta miembros de otras religiones, se dejaban llevar por la estampida compradora que la sociedad parecía exigir en esa fecha.

Hace años que aguantaba, pensando que los sutiles mensajes que enviaba (crisis económicas, caídas estrepitosas de poderosos grupos económicos, burbujas inmobiliarias), alguna vez serían tomados en cuenta por sus queridos pero un poco estúpidos adoradores.

Pero era inútil. No podían o no querían escuchar. La cosa se había agravado últimamente con la aparición de nuevos aparatitos que generaban más autismo y una mayor necesidad de cumplir con las reglas no escritas de la sociedad, principalmente: Gastar, gastar, gastar.

Los humanos cada vez se comunicaban menos por gestos o hablando. Todo era mensajes y grabaciones transmitidas a través de celulares, tablets, laptops, ordenadores, consolas de juego y televisores inteligentes.

Había llegado la hora de una acción drástica. Ni siete plagas ni convertir en piedra a los que miraran una pantalla. Nada de eso, mejor una cosa más imaginativa y menos cruenta, algo, bueno… ¡Como Dios manda!


El primer lugar del mundo donde se produce el cambio de fecha, es una islita en el medio del Pacífico. Exactamente a las cero horas del día veinticuatro de diciembre, la isla Kiritimati, cuyo nombre significa en el lenguaje local, Navidad, quedó totalmente a oscuras.

En seguida la oscuridad llegó a Samoa y otros archipiélagos. El mundo no se enteró.

Cuando lo mismo sucedió en Australia y Nueva Zelandia, primero Asia y luego el resto de los continentes, se preocuparon, y mucho. A medida de que el reloj escalaba los husos horarios, la electricidad desaparecía como si Edison nunca hubiese vivido.

Pero no solo fallaba el alumbrado público. Las redes de transmisión estaban muertas, las baterías no funcionaban, los generadores de emergencia giraban y largaban humo, pero no producían energía.

Los únicos artefactos que milagrosamente funcionaban, eran los equipos de emergencia de los hospitales y los marcapasos y otros dispositivos para los enfermos. 

Nadie tenía una explicación, ni se animaba a predecir la duración del fenómeno.

El Papa se dirigió al mundo poco después de que la electricidad se cortara en Australia. Quizás sabía algo que los demás ignoraban. Pidió calma y paciencia, desesperarse no serviría de nada. A los cristianos, simplemente les pidió pasar una feliz Navidad. A los demás les sugirió una noche tranquila en familia. 

Al principio los gobiernos y los ciudadanos entraron en pánico. No había noticias, televisión, llamados telefónicos, correos electrónicos ni mensajes de texto. Cuando nada grave sucedió, los espíritus se calmaron.

Las heladeras no funcionaban pero las cocinas a gas sí. La mayoría de las familias se dedicó a cocinar las vituallas que había atesorados para este día. Los autos, trenes y buses, extrañamente marchaban. El mundo se preparó para pasar una fiesta a la luz de las velas. 

Como no había nada que hacer, todos llegaron temprano. La comida era mucha y deliciosa, no tenía sentido guardar sobrantes en heladeras apagadas. Los jóvenes no se iban a bailar ni pasaban el tiempo concentrados en la pantalla de sus aparatos. 

Muchos restaurantes abrieron sus puertas alumbrados por faroles a kerosene y velas. Se llenaron de solteros y forasteros comiendo en largas mesas que invitaban a charlar.

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Para la mayoría fue la mejor Navidad, rara y feliz. Algunos viejos creían recordar alguna igual, pero no estaban seguros de si era una memoria o un deseo. Las copas chocaban, los niños jugaban a la pelota o a las escondidas, alguien tocó una guitarra, y ese tío que toda familia tiene, contó unos cuentos.



Cuarenta y ocho horas después, cuando la fecha pasó del veinticinco al veintiséis de diciembre, volvió la luz a la isla Navidad. Veinticuatro horas más tarde, la pequeña ciudad de Pago Pago en la Samoa norteamericana, fue el último lugar en salir de la oscuridad.

A medida de que los aparatejos tan preciados por los humanos del siglo XXI recobraban vida, un extraño mensaje adjudicado a un número privado, aparecía en todas las pantallas, en el idioma del receptor:


“Cuando los soles fabricados se apagaron, retornó la Palabra.”

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