Angel´s Village (Cuento) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Angel´s Village (Cuento)

martes, 29 de diciembre de 2015 0 comentarios

"Una oscura historia de Navidad..."


ANGEL´S VILLAGE


Escrito por Isabel Clor Llerdán

Para Diario Literario Digital



Bailó alrededor de las llamas, muy cerca, como había hecho desde siempre. Cuando aún era muy pequeño, se había acostumbrado a sentir todo aquel calor, sus manos y sus pies ya no se quemaban, se había formado una piel más gruesa que los protegía.

Luego se acercó a la sala donde, con fechas y horarios, estaban puestas las tareas que les habían correspondido a cada uno; eran días muy señalados, había una gran competencia, todos sabían que del éxito dependía el ascenso. Si, allí estaba, el transporte lo recogería el 21 de diciembre a las siete en punto de la mañana, iría a un lugar llamado Angel´s Village, situado en el hemisferio Norte y, cumplida la misión, el mismo transporte estaría esperándolo, como fecha tope el 30 de diciembre a las 21,30 horas. Su tarea consistía en impedir que aquel pequeño pueblo de apenas cinco mil habitantes celebrase la Navidad !Facilísimo! pensó. Por si acaso se fijó bien, por si había alguna indicación más: le habían nombrado un ayudante mucho más joven (encima tendría que hacer de niñera), pero eso no era un gran problema, a la menor ocasión lo despistaría, el éxito sería solo de él, además siempre había trabajado solo. Sabía que lo mejor era no protestar, pasar desapercibido. En la hoja también decía: “Suerte chicos, id bien abrigados”.

Faltaban pocas horas y las colas para coger los transportes eran enormes. Su ayudante no había dado señales de vida !mejor!. Pasó por el almacén de ropa y cuando oyeron el destino, le dijeron: “Ten: abrigo largo, calcetines y guantes de lana, un buen par de botas, gorro, bufanda. Yo de ti me llevaría unas cuantas brasas” “No será para tanto” “Tu mismo, Verás, hace mas de doscientos años que estuve en ese pueblo y aún lo recuerdo como mi peor experiencia – y añadió en voz baja- y no solo por el frío”. En ese momento un muchacho se le acercó: “Tu debes ser el gran Rimsky, realmente encantado de conocerte, soy Smity, tu ayudante” Había que reconocer que el chaval había entrado con buen pie, eso de El Gran Rimsky sonaba muy bien, pero que no se hiciera ilusiones, y, sin una sola palabra, siguió su conversación con el del almacén, ignorándolo por completo.

“Te agradezco los consejos, pero no me des mas detalles, le quitarías emoción. Ya te enterarás de mi regreso, será de los más sonados de los últimos tiempos”.

Recogió la ropa e intentó marcharse, pero Smity volvió a la carga: “Maestro, me he tomado la libertad, aunque por supuesto tu ya lo habrás previsto, de sacar del ordenador central todos los datos referentes al pueblo: situación exacta, número de habitantes, plano para ver donde están situadas las edificaciones, carreteras y demás accesos, redes eléctricas, antenas de teléfono y televisión, graneros, depósitos de agua. En fin, lo normal. Si quieres puedo dejarte aquí el dosier, para que le eches un vistazo y luego podemos comentarlo durante el viaje” “Bien, déjalo ahí mismo. No sé si te habrán comentado que siempre he trabajado solo, así que procura mantenerte a una prudente distancia” “Si, Maestro, como digas, pero quiero que sepas, que he seguido tu brillante trayectoria y pedí el puesto de ayudante, porque creo que puedo aprender mucho de ti” Sin esperar respuesta, el joven saludó inclinando la cabeza y salió. Hay que reconocer – pensó Rimsky- que estos jovencitos salen muy bien preparados de la Academia y, la verdad, es que a mi no se me había ocurrido todo eso del ordenador, no me llevo muy bien con los aparatos modernos, aunque reconozco que son útiles.




En los días que faltaban recogió las cuatro cosas que tenía que llevarse y, aunque al principio dejó allí los papeles, le pudo la curiosidad y se puso a verlos: estaba claro que el ayudante había hecho un buen trabajo; aquellos datos, sobre todo los planos, facilitarían mucho el trabajo. Aún no confiaba en poder convivir con alguien durante unos días, pero trataría de no ser desagradable.


Bien, era la hora y el día indicados, subió al transporte, se sentó y poco después vio subir al joven que, al pasar a su altura, le saludó con un simple “Buenos días” y fue a sentarse al fondo. Estupendo, así no tendría que darle conversación.

Se oyó la monótona voz del conductor: “Cuarenta y cinco minutos para la primera parada Angel´s Village, abróchense los cinturones”

A pesar de llevar doscientos quince años de servicio, siempre le impresionaba el gran contraste que había desde el fondo de la Tierra, donde estaba su hogar, y las diferentes zonas que tenían que atravesar, tanto de paisaje como de temperaturas. En esta misión pasarían de los setenta grados habituales, a casi veinte bajo cero en destino. Además de las diferencias de día y noche, en lugar del confortable resplandor rojizo a toda hora. Pero merecía la pena, él era capitán desde hacía muchos años, aunque guardaba en secreto la ilusión de llegar a general. Sabía que muchos jóvenes estaban dispuestos a escalar posiciones como fuera y había oído que, los más radicales, querían acabar con el planeta, lo cual era bastante absurdo, porque si esto llegase a suceder, ellos, todos, desaparecerían como especie. No habría demonios nunca más. ¡No quería ni pensarlo!.



“Siete minutos para el aterrizaje, temperatura local menos diez grados, hay una capa de nieve de treinta centímetros. Buena suerte en sus misiones. Recuerden el día exacto de su recogida, impreso en sus billetes. Para cualquier problema, comuniquen con la central”

Se asomó a la ventanilla, un repelente pueblecito totalmente nevado y con los adornos propios de la época: luces de colores adornando calles y árboles, diversos puestos de artículos navideños y gente muy abrigada que parecía tranquila y feliz ¡Habría que cambiar eso!


Bajaron del transporte, Smity se le acercó: “¿Que tal el viaje, Maestro?” “Ah, bien, de momento. A partir de ahora llámame simplemente Rimsky. Nos alojaremos en el único hostal del pueblo, en cuanto nos instalemos iré a dar una vuelta de inspección, nos reuniremos a la hora de comer” “Muy bien Maestro, me ocuparé de que en el hospedaje todo sea perfecto.”


En el hostal los atendió una mujer muy amable, que, después de tomar sus datos, les dio una llave, con una gran sonrisa: “La número diez, es la habitación con mejores vistas” “No nos interesan las vistas, ¿no tendrá una habitación lo mas cerca posible de la chimenea?” “Bueno, si quieren, pero es algo mas pequeña, aunque en todas las habitaciones hay una estufa de leña, por si tienen frío. Aquí tienen, ésta da a la calle principal”.

Rimsky le dio la llave a Smity “Encárgate de todo, cuanto antes vea a fondo el pueblo, mucho mejor” “Está bien”.


Salió a la calle y varias veces estuvo a punto de caerse, es difícil caminar sobre nieve. Vio un gran reloj en la torre de la iglesia, diez contundentes campanadas anunciaron la hora local. Sacó su viejo reloj de tapa y cadena y lo puso en hora, luego se dirigió al café, uno de los placeres de pasar por humano durante unos días. Entró, se sentó a una mesa y cogió un periódico para echarle un vistazo. “Café con leche y tortitas con nata” ordenó a la camarera, que le dedicó una gran sonrisa ¡Que costumbre mas tonta! ¿por qué me sonríe? No le he dicho nada gracioso.

Mientras esperaba el desayuno, leyó algunas noticias, se veía claramente el buen trabajo de algunos colegas: crisis monetaria, guerras, matanzas, ah, y algunos políticos muy conocidos allá abajo !muy bien, chicos! Eso sí merecía una amplia sonrisa. La camarera trajo su pedido y le dijo: “¿Está usted. de vacaciones?” “Mas o menos” “Pues aquí podrá disfrutar de una de la mejores Navidades de su vida, que tenga una feliz estancia.” Rimsky no contestó, los buenos deseos de la gente, le producían alergia y estornudó varias veces, y alguien dijo: “Jesús, Jesús, Jesús”

Eso ya era demasiado, habían conseguido arruinarle su primer desayuno.

Estaba claro que había que empezar enseguida. Lo primero, enterarse de donde estaba el transformador eléctrico, veríamos si seguían con los buenos deseos a oscuras. Tenía que buscar algo con chispas, mucho fuego y, sobre todo, espectacular, además, debería ser imposible de reparar en unas horas.


Llegó al hotel y se lo comentó a Smity “¡Justo lo que yo había pensado! Creo que lo mejor sería fundir el ordenador central del Ayuntamiento y así atacaríamos varias cosas al mismo tiempo” “Esta bien, ¿has traído unas cuantas brasas?” “Pues verás. Maestro, el caso es que no se me ocurrió, en realidad mi especialidad son los virus informáticos, muy efectivos, limpios y sin dejar ninguna huella” “Ya, pero ¿y las chispas y el fuego? Nuestra propia esencia” “Si, eso está muy bien, aunque será mas lento y podrían vernos” “Lo que yo pensaba, será mejor que cada uno trabaje solo y a su manera. Por cierto, esta habitación está helada” Y sin esperar respuesta, sacó unas brasas del bolsillo, prendiendo fuego a los troncos de la chimenea.

Al rato volvió a salir, el olor a pan recién hecho le condujo a una pequeña panadería, donde le dijeron que estaban muy atareados preparando los dulces tradicionales, habían hecho una gran cantidad, solo faltaba hornearlos “Y el horno ¿como funciona?” “Es eléctrico” !Genial! -pensó Rimsky- se quedarán sin pasteles y postres. Luego se acercó al puesto donde vendían los abetos, había muchos, de todos los tamaños, preguntó al dueño: “¿No son demasiados?” “No crea, vienen también de los pueblos vecinos, casi siempre los vendo todos.” Pues esta vez, se quemarán antes de que los compren y también algunos bosques de alrededor. Pasó también al lado de la escuela, un grupo de niños cantaba, acompañándose de pequeños instrumentos.

Los nuevos planes lo habían puesto de buen humor. Hora de comer, le comentaría a su ayudante todo esto, mas otras nuevas maldades que se le iban ocurriendo, pero todo ante una buena comida.

Sentados a la mesa, Rimsky pidió: “Chuletón, bien pasado y media botella de vino tinto” “Yo -dijo Smity- una ensalada variada y agua mineral” “Pero chico, aprovecha, que estamos de vacaciones” “Es que soy vegetariano” “Pues nada, seguro que tampoco te gustan los dulces” “No, prefiero fruta” “Hablando de dulces... y Rimsky le contó todo lo que había pensado “¿Cuando piensas hacerlo, Maestro?” “Pues mañana mismo” “Si, como dices, prefieres trabajar solo ¿que te parece si mientras tu haces todas esas cosas, yo entro en el Ayuntamiento y vuelvo loco el ordenador?” “Bien, pero en el informe pondré que el mérito me pertenece” “Si, Maestro, ningún problema”.

La noche, aunque fría, lucía espléndida, las estrellas parecían cercanas y en la iglesia ensayaban villancicos. En días normales los demonios no podían entrar, pero en las misiones especiales todo valía. En unas horas no quedarían más que cenizas, habría, además, que inutilizar las campanas para que no pudieran avisar del incendio.

Bien, había que elaborar un plan, si el fuego prendía en varios sitios a la vez, sería más difícil que pudieran acudir a apagarlo. Primero el bosque, la gente se desplazaría hasta allí y mientras, el transformador, la panadería, la escuela, el puesto de abetos, la panadería, y, por supuesto, la iglesia.

Llegado el momento, todo salió a la perfección: la gente corría de un lado a otro sin saber adonde acudir ya que todo estaba ardiendo !Que maravillosa sensación sentir tan cerca el fuego! -pensó Rimsky- luego, soltando una siniestra carcajada, añadió “No lo conseguirán”.

Mientras, Smity había entrado en el Ayuntamiento. El único guardia que vigilaba las cámaras del circuito cerrado veía un partido de futbol mientras se comía un bocadillo. El ayudante conocía muy bien su oficio: el virus informático haría todo el trabajo, impediría las comunicaciones con otros pueblos cercanos, cortaría el suministro de agua, daría órdenes contradictorias a los policías, transmitiría películas en lugar de noticias.... en fin, todo un éxito, y en un tiempo record.

Cuando se reunieron en el hostal, Rimsky dijo: “Ha sido increíble, fantástico, maravilloso, y a ti ¿como te ha ido?” “Yo también lo he conseguido. Tal vez deberíamos mandar un mensaje a la Central para que nos recojan antes” “De momento chaval necesito un buen descanso, además, no me perdería por nada del mundo la triste Navidad que tendrán todos los habitantes de este pueblo” “Está bien”.

En la mañana del 24 de diciembre, todo parecía en calma, caía la nieve y había un gran silencio; nada de luces, ni villancicos por los altavoces, ni campanadas que dieran las horas. Medio pueblo estaba arrasado y el otro medio parecía no existir. No se oía absolutamente nada.

“Es estupendo ¿no te parece? dijo Rimsky- les hemos vencido de tal forma, que no se atreven ni a respirar". “A mi me da la impresión de que traman algo”.

“Pues yo estoy tan seguro de nuestro triunfo, que ahora si te autorizo a que hagas esa llamada para que nos recojan mañana a media tarde”.

“Maestro, yo esperaría a ver qué sucede esta noche”.

“No estoy sugiriendo, te ordeno que llames ahora mismo y confirmes la hora exacta” “Tu mandas”.

El día fue transcurriendo sin más novedades que el cambio de menú por parte de Rimsky: pavo asado relleno de uvas con puré de manzanas, acompañado de una cerveza y de postre... ya veríamos. Smity repitió ensalada, aunque se atrevió con un refresco de cola y manzana asada.


No había mucho más que hacer, así que echaron una buena siesta. A las nueve en punto de la noche oyeron voces, se asomaron a la ventana, que daba a la calle principal y lo que vieron los dejó atónitos: los habitantes del pueblo, todos con velas encendidas, se dirigían a las ruinas de la iglesia cantando villancicos. Una vez allí, el vendedor de abetos llegó con uno minúsculo metido en una maceta que, explicó, tenía en el jardín de su casa. Al poco llegó el pastelero con grandes bandejas de dulces recién hechos. “Este año -dijo- se me ocurrió recuperar el viejo horno de leña de mi abuelo, era un secreto, porque veréis que los pasteles tienen así un sabor especial” Varios niños llegaron con pequeñas campanas y varios instrumentos. Estaba claro que la gente estaba bien y entre todos los habitantes del pueblo había una gran unidad.

Smity estaba sorprendidísimo, Rimsky decía: “Solo tienen esas míseras velas, veremos que hacen cuando se consuman”.

Entre unas cosas y otras había ido pasando el tiempo, el pastor dijo: “Están a punto de ser las doce, todos preparados. Los niños tocaron doce campanadas y entonces, todas las personas hicieron un gran círculo y dijeron al mismo tiempo: “¡Feliz Navidad!” Eso fue como una señal, en ese momento los demonios vieron como detrás de cada persona había un ángel y, de repente, todo se llenó de una potente luz blanca. Momentos después todo estaba como debía de estar, como si no hubiera sucedido absolutamente nada. El pequeño abeto se había convertido en un árbol enorme totalmente cubierto de luces y adornos, las casas y todos los edificios quemados, lucían como recién construidos, el reloj de la iglesia volvía a su lugar en la torre (que incluso parecía un poquito más alta) y por los altavoces volvieron a sonar villancicos. Lo más curioso es que los habitantes del pequeño pueblo, no parecían estar asombrados en absoluto, sonreían y parecían realmente felices. Por uno de los altavoces se oyó una voz que, amablemente, dijo: “Por si a alguien le interesa, nuestro pueblo se llama “Lugar de ángeles” y nos sentimos muy orgullosos de que así sea”.

Era el fin, una terrible derrota, ¿Quien podría haber adivinado que aquel minúsculo pueblo, tenía una ayuda tan especial? No daba tiempo a un contraataque, era oficialmente Navidad, habían fracasado en la misión que, a simple vista, parecía tan sencilla. ¿Sería mejor contactar con la Central o esperar al regreso?

“No te preocupes, Maestro, no será tan grave, habrá muchas otras misiones” “Si, claro, tu eres joven por eso hablas así, pero a mi me degradarán y !quien sabe cual será mi próximo trabajo! Toda mi brillante carrera tirada por la borda, es el fin, sin duda”.



Pero las sorpresas no habían terminado todavía. A pesar de que ya había luz, vieron como la mayoría de los habitantes del pueblo, con las velas encendidas, se dirigían al hostal y se paraban justo delante de la ventana donde Rimsky y Smity observaban, pensando, con bastante miedo, qué sería lo siguiente.

La gente volvió a decir: “!Feliz Navidad!”- Y la pequeña habitación se llenó de una luz blanquísima que llegaba a todas partes. “Deprisa – dijo Rimsky- no hay otra salida, !a la chimenea!” Se tiraron al fuego y allí se formó como un túnel que los llevó a su lugar de origen. “Has tenido una gran idea, Maestro – dijo Smity- por poco nos alcanza la luz y quien sabe lo que hubiera ocurrido. Aunque habrá que avisar al transporte que hemos utilizado la salida de emergencia”.

Había pasado un año, en el almacén de ropa, Rimsky atendía a los que se iban a distintas misiones, dándoles las prendas mas adecuadas, según el lugar del planeta al que estaban destinados.

Smity se acercó y, al reconocerlo, le dijo: ”Maestro, que sorpresa, después de la salida de urgencia, no supe nada mas de ti”.

“Pues ya ves chaval, aquí, de almacenero, y no me puedo quejar, es un trabajo muy tranquilo y sin ninguna responsabilidad” luego, bajando la voz añadió- “¿No irás a Angel´s Village?”

“No, este año, voy a un lugar situado en el Ecuador, podré hasta disfrutar del mar” “Nada, pues que tengas suerte”. Le dio la ropa y después dijo: “Prefiero estar aquí cien años, que volver a aquel siniestro lugar.”

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