Acerca de otro trauma-Freud, Ferenczi, Lacan (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Acerca de otro trauma-Freud, Ferenczi, Lacan (Psicoanálisis)

lunes, 14 de diciembre de 2015 0 comentarios








ACERCA DE OTRO TRAUMA

Freud, Ferenczi, Lacan 





Escrito por Hector Yankelevich 

Para Diario Literario Digital

                                                           
                                                                                                                     
La larga cura analítica[1] de varios pacientes permitió revelarnos –a ellos y a mi– que el sufrimiento[2] fundamental que padecían no residía tanto en sus síntomas –formaciones del Inconsciente definidas por Lacan[3] como el sufrimiento de una verdad cifrada por el goce[4]– sino en un dolor, a veces insoportable y en una angustia menos relacionada con la señal de alarma[5] que con la crueldad del desamparo -la Hilflosigkeit freudiana-Pero no sólo el de las épocas tempranas, no, un desamparo permanente, una existencia hundida en un mundo sin socorro donde inhibiciones en el trabajo y en la vida develan una necesidad [6] de producir un fracaso, real o imaginario que, aún parcial, constituye una verdadera firma

Esta modalidad de satisfacer al superyó, aunque no la única, no es sino una consecuencia del modo en que han sido amados.

Si queremos definirlo con significantes de la nodología lacaniana –que consideramos verdaderas herramientas de trabajo–, diremos que estos fenómenos tienen que ver con entradas del Goce[7] en lo Imaginario –angustia– y de éste en lo Simbólico. Lo que define no sólo inhibiciones, sino también alteraciones del yo y rasgos de carácter, cuando no trastornos funcionales del cuerpo.



Siguiendo a Freud a partir de su escrito de 1919 sobre “Las neurosis de guerra”, nos permitiremos introducir en el campo de la clínica lacaniana la categoría de neurosis narcisistas, como formando parte y no opuestas a las neurosis de transferencia, aunque sus modalidades difieran.Estas neurosis se caracterizan también, tal vez sea su signo distintivo, por una importante presencia ya sea de fenómenos de sensitividad[8], sin que por ello un fenómeno elemental, alucinatorio o delirante revele una psicosis paranoica, más bien acompañan la permanencia cierta de un estado depresivo –un duelo nunca elaborado– entrecortado o no por estados que la semiología psiquiátrica denominaría “hipomaníacos”, ya sea un esfuerzo inconsciente y generalmente sin éxito para salir de la inhibición. 


Este trabajo es un intento de pensar las particularidades de estas afecciones narcisistas  que pertenecen al campo de las neurosis. Porque es innegable, para nosotros, que el Nombre del Padre existe en el campo del Otro y que no encontramos delirios o alucinaciones verbales, pero sí aquello que Freud llamaba “deliria” en el Hombre de las Ratas, y que concierne tanto a pacientes obsesivos como histéricos. La insignia común es la importancia, más aún, la preponderancia de la afección yoica en la cura, que no puede no verse a su vez afectada por la intensidad y la adhesividad de la investidura transferencial, con la condición de que el trabajo analítico haya permitido asegurar la estabilidad de ligazones cuya característica es su propia fragilidad .

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Entonces ¿cómo articular este fenómeno en la estructura, tal como la enseña Lacan? Para ello tendremos que introducir una cesura en la secuencia de los tiempos lógicos que dan cuenta de la constitución del objeto ‘a’ e intentar mostrar cómo estas modificaciones[9] del yo son el efecto de esta solución de continuidad entre los tiempos de la primera y la segunda alienación-separación, y entre los dos pisos que hacen a la existencia del objeto[10]. Veremos esta cuestión más adelante.

En un principio, Freud había denominado ‘neurosis narcisistas’ a la paranoia y la melancolía y dejado el término ‘psicosis’ para la ‘dementia praecox’ de Kraepelin.Pero a partir de los trabajos de Ferenczi y Abraham sobre las neurosis de guerra, que muestran que el aspecto más llamativo se revela en un hecho clínico repetido: el trauma psíquico se debe a la falta de herida real, Freud pasa a considerar –mediante un atajo no sólo sorprendente, sino que representa el punto de partida de una nueva metapsicología, en la introducción que envía al V Congreso de la IPA[11] y que intitula “Psicoanálisis de las neurosis de guerra” – que estas neurosis de guerra, donde el trauma psíquico se debe a la ausencia de trauma real...tienen la misma estructura que las neurosis narcisistas.

En 1919, entonces, al reintroducir la noción de neurosis narcisista, va a darle una etiopatogenia diferente: en ésta, la “libido narcisística” (es) una cantidad de energía sexual “que se encuentra investida en el yo y que se satisface de él como en otros casos sólo lo hace del objeto[12]. Y Freud continúa afirmando que las neurosis traumáticas y las neurosis de guerra hablan tenazmente de la influencia de un peligro que amenaza la vida y nada o no muy claramente de la influencia del “rehusamiento de amor”” traducido en general como la “frustración
Versagung– (ibidem).

La pregunta que el texto deja planteada sin responder –en nuestra opinión–, consiste en saber por qué el objeto no se ha desprendido –no pudiendo ubicar en él la pregunta de dónde– permitiendo así a las pulsiones encontrar otro objeto que el yo para gozar de él.

Ahora bien, este texto valioso en más de un aspecto, permite hacer la ecuación entre una ‘carencia’, un ‘rechazo’, una cualidad ausente en el amor –recibido del Otro– que denomina Versagung[13] y los traumas psíquicos –o reales– que el sujeto no cesa de inscribir en su cuerpo o en su psiquismo a lo largo de la vida. Como si la protección (dado que la “defensa” primera viene del Otro) que le faltó en su momento, se volviera –con el tiempo– un verdadero peligro, ya que el sujeto, al buscarla, no hace más que hallar en el otro que busca, el doble de aquel o aquella que fue, antaño, la fuente y el origen de esta Versagung, ese primer engaño, no del amor, sino en el amor. Quien no ha recibido realmente amor simbólico, siempre se engaña (trompe)[14] a sí mismo en el equívoco (tromperieque es la naturaleza misma del amor imaginario. Porque busca amor esencialmente para restañar sus heridas, cuando, en general, amor es lo que permite sobrestimar al otro simplemente para encontrar en él una causa de deseo. Podemos entonces hacer una primera distinción: el sujeto narcisista ubica la cuestión del ser a nivel de su yo, quien no lo es, lo hace a nivel de su objeto.


Deberíamos, pues, interrogar los múltiples sentidos de la palabra “trauma” en psicoanálisis, y otorgarle una cantidad fija de sentidos y usos para esclarecer su concepto.


En primer lugar, existe un trauma, necesario y fundador, condición de posibilidad del Inconsciente, que, al introducir la sexualidad en el cuerpo, lo vuelve erógeno. Freud lo denominó ‘identificación primordial’ y Lacan, haciéndola igual a la represión primaria, la llama, a partir de RSI, “identificación a lo real del Otro real”. Esta primera seducción, la de los cuidados maternos[15] (Freud, “Nuevas Conferencias introductorias del psicoanálisis”, 1932), representa la creación de la libido en el cuerpo a través del amor del Otro – y no de su erotización, que haría del futuro sujeto su objeto de goce –, que introduce el goce fálico en el cuerpo del –futuro– sujeto. Es la palabra de amor de la madre que inicia un diálogo con un cuerpo, creando ex-nihilo un sujeto que pueda responder a ello, y la presencia de un tercero que se deduce lógicamente de la no-apropiación, de este cuerpo-objeto, por el Otro.

La segunda noción de trauma viene tanto de Freud – antes de 1896– cuando éste creía que la escena de seducción había verdaderamente ocurrido en la realidad fáctica y era causa única de la neurosis, como de Ferenczi, quien, conviertiéndola en concepto clínico, la pone en  relación no sólo con un hecho realmente acaecido – aunque ellos existan y los encontremos en abundancia en la clínica – sino esencialmente con la “diferencia de las lenguas”[16] entre niños y adultos. Estos vehiculizan en su palabra la sexualidad adulta –es decir, hacen del niño una presa fálica que hace que el pasaje al acto no siempre sea necesario– mientras que los niños se ven imposibilitados de dar inmediatamente una significación al sentido sexual vehiculizado por la palabra del adulto, así como de otorgar un sentido sexual a la asignación que les hace el adulto: ocupar el lugar de referencia fálica. La segunda escena freudiana adviene, aún en ausencia de todo contacto corporal, en el encuentro de sentido y significación, cuando es su oposición lo que garantiza la estructura del lenguaje. El punto de su copulación queda, en el mejor de los casos, encerrado en el síntoma, lo que permite, en general, permanecer en la estructura del lenguaje. Cuando desborda al síntoma, es el yo que debe clivarse para seguir sosteniendo la función de la referencia.



El tercer tipo de trauma, que aquí postulamos, se origina cuando los padres, en lugar de ser el soporte del niño, quien puede utilizarlos para constituir su propio aparato psíquico y separarse luego de ellos, hacen del niño su propio soporte. Aquí no adviene his majesty the baby, en el sentido que las  madre o los padre fantasean un porvenir prometedor para el niño, del cual tendrá que hacer el duelo; sino que es el niño quien cumple esa función de apoyo –anaclítica –, con la madre primero, ya que el padre está imposibilitado (sea por ser incapaz él mismo, sea porque la madre no puede siquiera recurrir a él, o bien porque no se lo permite) de ofrecer al Otro esta posibilidad. Las historias clínicas pueden ser infinitas. Nuestra cuestión es salir –al menos por un momento- de lo singular de la clínica para elevarnos, si pudiésemos, hacia un universal. Allí donde la madre hace uso del niño cual espejo en el que se contempla en su radiante maternidad, allí donde el padre se sostiene en su autoridad sólo con el niño por carecer de ella en las cosas de la vida,  al utilizarlo ambos como espejo, comprometen su lugar: el de otorgar un soporte imprescindible a la función del espejo, que se verá indudablemente afectada. En efecto, cuando la mujer reemplaza la feminidad por la maternidad y el hombre, la masculinidad por la paternidad, el sujeto se encontrará en una situación traumática, por carencia del verdadero amor que es el que vehiculiza tanto la significación como el marco de la función fálica.

Su narcisismo no podrá no padecer esta organización, siendo el falo lo que da consistencia a lo imaginario. El de la madre, quien –aunque lo reciba de un hombre– lo da por no tenerlo y hace de este don la matriz primera del sentido y del “uniano”que le permitirán al recién nacido recibirlo y por ende rechazarlo ; el del padre, que lo da por estar él mismo sometido a un significante que lo castra. Una pareja parental que no se desea, no goza sexualmente, no muestra los signos velados pero inequívocos de su mutua satisfacción, no otorga la armadura fálica ni al varón ni a la niña, porque al obtenerla ellos del niño, no se privan, a veces, de recordarle la deuda de la vida, y a menudo no pueden no dejarlo caer, dejando así tanto a la niña como al varón, en busca de una nada, objeto apasionadamente buscado que ningún pensamiento permite pensar.De esta nada, se espera el don –en la vida– de un otro que no va a cesar de no darlo, por no saber, a veces, qué se le pide, o por cansarse de esta demanda que le quita lo demandado sin hacerlo desear, o bien porque le dan, a modo de demanda, una nada que le resulta irrepresentable. Esto en el mejor de los casos. En los demás, será una seducción paranoica o perversa la que se encargará de crear un trauma psíquico y sexual, encontrado demasiado tarde, porque la carencia (défaut) constitutiva en el primer trauma conducía a este encuentro casi ineludible, de consecuencias graves en términos de derrumbe[17].

Habrá pues un tiempo de atraso y tendrá el sujeto un tiempo de atraso[18] entre el primer estrato, primer tiempo lógico de la alienación-separación, donde se originan sujeto y objeto, que Lacan trabaja en el Seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, y el segundo estrato o segundo tiempo tratado en la Lógica del fantasma.Lacan no hizo nunca, que sepamos, la vinculación entre estos dos estratos[19], dos tiempos lógicos del nacimiento del sujeto. En primer lugar, a partir del sentido dado por el Otro, y su separación en tanto perdido o muerto; en segundo lugar, del sentido que se puede encontrar y del cual se puede gozar, pero de ahora en más, ya no otorgado por el Otro, sino buscado en el objeto del deseo del Otro y hacia el Otro, del que uno se apodera para hacer fantasma con él.

En nuestra opinión, forjada tanto por las cuestiones planteadas por los pacientes, como por el intento de leer clínicamente los matemas lacanianos, hay una falla – en sentido orográfico, o tectónico – temporal entre estos dos tiempos; no realizan la secuencia –o la serie– necesaria para que, de la primera separación del Otro, donde el sujeto se hace realmente el muerto para no zozobrar bajo su sentido, resulte la posibilidad inmediata –que es un acto del sujeto y no está dada por el Otro– de apoderarse de su objeto y del significante que lo divide. Hay una separación realizada muy tempranamente, un tiempo de alienación demasiado corto, y un tiempo de más que no advino, para que, a la pregunta acerca de su deseo - Ché vuoi?-, el sujeto pueda contestar con su fantasma, es decir, callando.
Porque el fantasma permite gozar en silencio[20] –de allí, una intimidad cierta pero fundamental y estructurante con la pulsión de muerte o con el sentido mortífero de la pulsión sexual–, excepto cuando se vuelve invasor y buscado expresamente como barrera a lo displacentero – la realidad toda. Allí falla en su función.[21]

Si podemos decirlo de este modo, la castración llega demasiado temprano como respuesta para separarse del sentido dado por el Otro, no estando allí el padre para sostenerla, ya que su rol es ser él mismo el donante de lo que el sujeto sacrifica. En otras palabras, la castración se hará de manera tal que no recaerá sobre la falta fálica, sino sobre un objeto pulsional que conservará su cara real. O también sobre el cuerpo en su totalidad, que de ahí en más se verá siempre amenazado.

Quien permanezca pasivo[22], habiendo podido apoderarse del objeto del Otro, desde el lado lógico de recibir de éste su sentido, tendrá una inclinación interpretativa o sensitiva para oponer una barrera a aquello mismo que busca, un suplemento de sentido sexual que no puede extraer del fantasma. Aquel que, activo, privilegie su separación, obtendrá su libertad, respecto a todo sentido que venga de quienquiera, al precio de un sinsentido radical que no habrá podido revestir suficientemente con las vestimentas erógenas aportadas por las pulsiones. No se trata en ninguno de los dos casos, de que no puedan desear y gozar, aprovechando contingencias favorables, ni tampoco de que no exista el fantasma en el sentido estructural; sino que, a merced de las tormentas, esa tela transparente y silenciosa que asegura la separación entre (el 1 de) significante y (el 1 de) sentido será incapaz de seguir asegurando su función[23]. Que se intentará obtener cueste lo que cueste en lo real.

En la neurosis narcisista, el yo se escribe i(a), tal como en las neurosis cuya dominante son las formaciones del inconsciente. La diferencia reside en el hecho de que el ‘a’ de la primera es un objeto real, por lo tanto, vacío; ‘nada’ en tanto resto de la Cosa y signado por la caída que le dio existencia. En las otras neurosis, ‘a’ está recubierto con ropajes pulsionales. Esto explica que los segundos hagan fundamentalmente formaciones del inconsciente, porque es el objeto constituído el que permite oponer Significante al Goce fálico. Mientras que los primeros, aunque dispongan del tesoro del significante, a las manifestaciones que leerán del Goce del Otro, opondrán su yo.Los análisis qu resultan didácticos, al hacer mella –levantándolo – en el narcisismo del sujeto permiten construir une teoría que vincule los dos tipos de neurosis. Asimismo, encontramos sujetos francamente obsesivos con un yo ‘débil’, donde lo imaginario padece de la poca investidura pulsional de ‘a’, así como histéricos que han logrado esta operación.

Volvamos al proceso lógico de la primera alienación-separación. El sentido es dado al futuro sujeto por el Otro; ese sentido es el falo[24]. Este es el sentido que inviste su cuerpo y va a permitir que en el futuro haya sujeto. Pero en ese momento, la operación del sujeto consistirá en perder, en rechazar este sentido, porque, si se quedara allí –y él no es el amo en ese momento– su destino sería la psicosis. Si rechaza el sentido fálico dado por el Otro –pero la frase no fue comenzada por él– no puede elegir sino el ser. Mas el ser dado por el significante en ese momento, en ese tiempo lógico, es un no-ser, por no disponer aún del significante binario, que es la naturaleza de todo significante, excepto del que mata todos los sentidos. Quien esté subjetivado en la posición de S1, se hará cargo de la tarea hercúlea de matar todos los sentidos, en vez de dejar la tarea a ese significante.El ser-allí de la primera separación, es una nada. Lacan introduce allí la noción de factor “lethal”, punto de caída de ‘a’. Mas allí inventa una palabra, escribe lethal con ‘h’. El diccionario “Le Grand Robert” no da cuenta de su existencia en francés. Podemos plantear la hipótesis de que crea una palabra nueva, una condensación entre letal sin ‘h’ (mortal) y con ‘h’. No es imposible suponer que esté haciendo sonar, u oír harmónicos del griego. La raíz del verbo lanthano, de donde viene la palabra “verdad”, aletheia, pero que también significa en griego “estar escondido” –los guerreros aqueos estaban lathonti, nos dice Homero, ocultos en el caballo de Troya. Hay pues, un punto de ocultamiento fundamental. Hay además otro sentido : portado por la palabra Léthé, el agua del olvido que los muertos beben de un cántaro en las puertas del Averno. Este ocultamiento y este olvido aseguran que la nada del falo materno pueda nunca apoderarse del cuerpo del sujeto.


La intersección entre el sentido del Otro que se rechaza y el ser del sujeto que no se es, es el sinsentido. Punto de formación tanto de ‘a’ como del Inconsciente.
Formularemos entonces la hipótesis, pesando las palabras, que el sinsentido, en el sentido que nonsense tiene en ingles, unsinn en alemán, está en el origen del inconsciente, que el sinsentido como sinnlos, sería el ‘a’ en su cara real, impensable y del cual no tenemos la menor idea[25], excepto revistiéndolo con sus ropajes pulsionales.La falla entre los dos tiempos, la dificultad a la sustentación del segundo, dará, sí, una organización fantasmática, pero carente de “autonomía”. Lacan lo escribe en Posición del inconsciente: La falta de un tiempo va a ser pensada en el tiempo anterior” ¿Qué quiere decir?Que buscando su deseo entre los dos significantes que constituyen su armadura –porque el deseo es indecible, lo decible es la demanda–, el sujeto se hunde entre los dos significantes del par que representa la escritura mínima de la estructura, y no encuentra un objeto realmente pulsional; halla ese objeto que es él mismo en su origen como sujeto, que ha sido guardado tanto en el fantasma como en el yo ideal.
Así, la pregunta de la neurosis narcisista va a ser “¿qué es yo?”, en lugar del consabido “¿soy hombre o mujer?” de la histeria, o el “¿estoy vivo o muerto?” de la neurosis obsesiva. En el grafo, a la pregunta del deseo del Otro “¿Qué quieres de mi?”, contestará “¿Qué soy?”. Tal es la pregunta de Descartes en la segunda Meditación Metafísica. Descartes formula dos preguntas. Una: “¿Quien soy, yo que sé que soy?” en la Tercera Meditación. Pero la primera pregunta de Descartes en la Segunda Meditación es “¿Qué cosa soy, pues? Y en latín no es “¿Quis?”, pronombre interrogativo de la primera persona, sino “¿Quod?”, pronombre interrogativo neutro: “¿Qué cosa?” Quod igitur sum ego “ no “ ¿Quién soy?” sino “¿Qué soy, pues?”Algo no está acabado en el proceso de extracción del sujeto a partir del objeto, ya que si bien el fantasma está allí, se desmorona, se transparenta. Ante las grandes cuestiones de la vida, el fantasma no sirve como punto de seguridad, porque su función principal es hacer desconsistir  al Otro, asegurando la existencia del Inconsciente.
Cuando se derrumba el fantasma, o no se logra asegurar la extracción de goce a partir de su objeto, el sujeto se desmorona en un duelo que ninguna pérdida real puede explicar.

En Vergänglichkeit[26] – “La fugitividad” – Freud relata de manera reflexiva  su paseo –su tan germana y romántica Wanderung, caminata en la montaña que sirve a la vez para discutir sobre los temas más profundos de la existencia– con Rilke y Lou Andréas. Al mencionar a Rilke, sin nombrarlo, cuenta que para éste, contemplar la belleza de la Naturaleza, representaba enfrentarse con la certeza de que todo lo bello se habrá de marchitar, con la idea de que todo es pasajero; quitándole esto el goce de lo que se presentaba ante él. Y Freud escribe : “Está en falta de un duelo.”[27]
Porque el duelo fundamental no sólo es el duelo de lo que los padres no han sido, sino también y fundamentalmente, del objeto que uno ha sido para ellos. Tal es el duelo que la neurosis narcisista no logra hacer. La pregunta que queda abierta sería: ¿cómo obrar en análisis para que este duelo ocurra?  Porque la dificultad no reside en separarse de un exceso de goce fálico que obstaculiza el deseo, sino de un menos de “goce-sentido” (joui-sens) que vuelve tan arduo, hasta imposible, este trabajo.La neurosis narcisista nos confronta a una neurosis con un adulto–niño en el diván, sin regresión alguna. Que no lo sabe, primero, y que luego encuentra allí refugio.

En otras palabras, nos vemos confrontados no a una carencia, sino a una desarticulación entre el Nombre-del-Padre y el Falo. Si el segundo representa el sistema de las huellas mnémicas, el primero las convierte en significantes. El problema no reside sólo en la falta de traducción, que es el hecho de toda neurosis, sino en una dificultad de nominación. Esta es la cuestión que plantea Marcel Proust de manera axiomática.

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¿Cuál es la cuestión de Proust? Toda la Búsqueda del tiempo perdido está estructurada por axiomas que presiden el inicio de cada gran sección y cuya forma asertiva no busca ni muestra, sino significa a su vez que se trata de cuestiones sin respuesta en una estructura mínima de tres lugares y dos significantes: lugar de lugar; el nombre; nombre de nombre, el lugar; lugar del nombre, el nombre; y fundamentalmente, nombre de lugar, el nombre.
La cuestión de la neurosis narcisista es encontrar un lugar para el Nombre, siendo la sustitución del Falo por el Nombre del Padre lo que finiquita la caída del objeto, le da una significación fálica al sujeto y hace que el yo no se vea eternamente herido por los traumas de la vida.

Invirtiendo la queja de Rilke, quien, no obstante, hizo obra con ésta, mostrando que la producción de metáforas posee de por sí un carácter paterno, podríamos proponer que la belleza es vivida como un duelo imposible de hacer –toda belleza se marchitará– porque el sujeto vive sus traumas como inmarcesibles.
La escritura es pues, tanto el sustituto de la envoltura erógena del objeto, como lo que permite, a través de la metáfora, la función de nominación. Sin ésta, las huellas, por sí solas, son siempre traumáticas.
La función del análisis no consiste sólo en la lectura del retorno de lo reprimido, sino en la escritura de un borde aún no trazado que permitirá el pasaje del goce al significante. Es por esto que los retornos de lo reprimido que se producirán durante la cura no son los de un Inconsciente previo al análisis, sino los de un Inconsciente producido en ella.Para que esto pueda ver la luz, para producir las condiciones que permitan que advenga esta contingencia, debe producirse un vuelco. Hasta entonces, el sujeto no había tenido otro recurso en la vida que ser el pibe/ la piba que pensaba por sus padres; hecho que lo ponía en la imposible y no elegida posición de no ser (lo que explica fácilmente sus razgos de carácter). En esta posición, ningún duelo puede tener lugar, toda palabra sigue cargada de sentido.[28] Allí, la vida es una eterna lucha para sobrevivir, para que cada palabra no se vuelva herida.Si la transferencia, como respuesta al deseo del analista puede ver la luz, podrá entonces escoger no pensar y dejarse ser, liegen lassen –esa Gelassenheit primordial cuya nostalgia era eterna por no haber jamás acaecido– porque algo ha ocurrido : alguien piensa por él.

Y si se nos discute el riesgo de un análisis interminable, lo cual no es seguro, podríamos responder que allí, al menos, hay un esbozo de éxito probable de la vida.

Podríamos concluir iniciando un diálogo entre Freud y Heine, irreal, mas no imaginario, ya que el primero amaba leer y citar al segundo:

Heine : « Der Tod ist die kühle Nacht/ Das leben der schwülle Tag ». 
La muerte es la noche serena/ la vida, el día agobiante.
Freud : « Das Leben zu ertragen bleibt ja doch die erste Pflicht aller Lebenden. Die illusion wird wertlos, wenn sie uns darin stört ». Soportar la vida es pues el deber primero de todos los seres vivientes. La ilusión pierde su valor, cuando nos lo impide[29].

Podríamos agregar a esta máxima de Freud, fundadora de una ética, que soportar la vida, en los casos que nos ocupan, conlleva hacer propia una ilusión sin la cual la vida no es percibida como tal. Cuando Freud habla de ilusión, se refiere a las promesas de la religión. Nosotros pensamos, en este caso, que las palabras que ofrecemos –que no son más que un retorno de las que recibimos–, no se devuelven en el mismo ángulo que el primer espejo, brindando así del sujeto una imagen[30], que el hecho de ser virtual no le quita su carácter objetivo. Así, un arco iris es una ilusión, pero podemos convertirlo en foto. Y hace falta la atmósfera para que la luz del sol no borre toda vida posible.


 
Heinrich Heine



Notas




[1] Nuestro primer intento relativo a estas neurosis ha sido publicado en el último capítulo : « La Todestrieb, el Otro Goce, la función fálica » en el libro Del Padre a la letra, Homo Sapiens, 2003. El segundo, intitulado « Trauma, Mort et Sexualité », se publicó en Figures de la Psychanalyse N°8, primavera 2003.
[2] Lacan decía en De un otro al Otro que el sufrimiento es el faktum del psicoanálisis.
[3] Como intromisiones de lo Simbólico en lo Real.
[4] Según las palabras de Freud, en “Dos Principios del acaecer psíquico”, el Lust-Ich, el yo-placer, trabaja para obtener una ganancia de placer (ein Lustgewinn), que es traducido por Lacan como plus-de-gozar, inaceptable por la represión. El representante que toma este exceso de goce sobre sí servirá para producir una formación de compromiso inaceptable.
[5] Nuestra reflexión es también un intento de explicar por qué si la señal de alarma y la Hilflosigkeit son dos caras inseparables de la angustia en tanto tal, no caen nunca, una y otra de la misma manera, según la modalidad de la estructura neurótica.
[6] En el sentido más fuerte que tiene la palabra “necesario” en griego : « ser forzado a ».
[7] Intentaremos definirlo luego.
[8] Todo fenómeno de sensitividad, o de « interpretatividad », constituye un rebajamiento del significante al signo. Aunque en  toda lengua y en todo grupo social haya un código de signos. Pero éste es balizado por el significante como lo es el código de la ruta. El problema analítico reside en el hecho de que el significante en juego no es S2, sino la existencia separada o no de S1.  Lacan señalaba que esto le ocurre también al obsesivo, lo cual nos permite distinguir dos grupos de fenómenos donde la pura semiología no es lo que revela la estructura. La cuestión sería si es todo el lenguaje, o un semejante, lo que permanece « afuera », no subjetivado, o si son fenómenos de suplencia narcisista.
[9] Esta palabra ‘modificaciones’, ‘arreglos’ o ‘alteraciones’ del yo –Veränderungen en alemán–, es un término muy empleado por Freud a partir de « Inhibición, Síntoma y Angustia », al igual que por Abraham y Ferenczi. Es llamativa su ausencia en el discurso de los lacanianos, ya que si para Lacan el yo en sí mismo es una ilusión a partir del cual uno se subjetiva en lo simbólico, también debe haber “yoes” diferentes según el tipo de neurosis.
[10] La idea de dos pisos del objeto ha sido formulada por primera vez por François Baudry en « L’Intime », éditions de L’Éclat, 1984. Para nosotros, aunque no sea más que una diferencia de lenguaje, diríamos ‘estratos’ traduciendo así el término ferencziano Stuffe, que se encuentra en la correspondencia de Freud con Fliess.
[11] Que tuvo lugar en Budapest en 1919, en el corto período de la Comuna de Béla Kun durante la cual se creó una Cátedra de Psicoanálisis en la Universidad cuyo titularidad fue otorgada a S. Ferenczi.
[12] “Introducción al Simposio sobre las Neurosis de Guerra”, O.C. Amorrortu editores.
[13] Es decir cono el no cumplimiento de la promesa inscripta en la palabra.
[14] O bien engaña a sabiendas, pero esto forma parte de otra categoría de estructura.
[15] La escuela anglo-sajona nos habituó a pensar los cuidados maternos en términos de cuidados corporales. Sin embargo, éstos son, sin excepción, “decires” con y sin palabras. Si nos atenemos a nuestros pacientes, niños y adultos, el cuidado más preciado fué encontrado en la voz de los padres y en sus inflexiones, tanto como soporte que como envoltura del cuerpo.
[16] Ferenczi, O.C, Tomo IV, Payot, 1974. Lacan, sin citarlo, lo resume, lo conceptualiza y le da a este trabajo de Ferenczi todo su alcance en la dirección de la cura en la clase del 4 de mayo de 1972, Seminario “El saber del psicoanalista”. Lo cual permite leer nuevamente la crítica que le hace en el trabajo de los Escritos, “La dirección de la cura”.
[17] El término ‘derrumbe’, aunque es usado fundamentalmente por el psicoanálisis anglosajón  con la traducción de breakdown, pertenece verdaderamente al vocabulario de Freud que lo emplea para dar cuenta de los episodios depresivos del Hombre de los Lobos, con la expresión alemana “narzistisches Versagen”.
[18] Lo que puede traducirse en la vida, por una inteligencia precoz, que sirve generalmente durante el período de estudios, pero resulta profundamente inepta para solucionar los asuntos de la vida. Asimismo, la ausencia de toda vida sexual, inclusive psíquica, señalada por Freud en 1932 como un destino de la feminidad y de ningún modo emparentada con la psicosis, muestra claramente una forclusión, no del falo, que es constitutiva de la estructura, producto de la metáfora paterna y da lugar a S1, sino del goce fálico en tanto tal. Los destinos de la feminidad no conciernen sólo a las mujeres.
[19] La palabra “estrato” se encuentra en Freud y Ferenczi, a la cual éstos dan un sentido témporo-evolutivo. Siguiendo el adagio lacaniano de que lo que hace historia de un sujeto es lo que va contra la evolución, le damos a la “Stuffe” freudo-ferencziana un carácter lógico, lo que no impide, sino que a la vez exige, que se desarrolle en una temporalidad cronológica que no carece de hitos. Esto es, lo que en general se llama problemas de “separación” son para nosotros problemas de “alienación”.
[20] Porque la frase que el fantasma pone en escena es eficaz a condición de ser callada. Por otra parte, el sujeto pretende – y está bien si así lo logra – que el goce que éste procura sea absoluto, es decir, desligado del resto del psiquismo, y por ende, no culpable.
[21] Tanto el Freud de “Estudios sobre la Histeria” como Winnicott presentan ejemplos en los cuales una actividad de fantasmatización desenfrenada muestra cierto fracaso en la formación del fantasma. La propia Dora, descripta por Félix Deutsch en los años 20, llena de rasgos de carácter y síntomas funcionales, también es un ejemplo princeps de ello.
[22] Pero ya habiendo llegado a la segunda identificación.
[23] Esta idea fundamental, que aquí articulamos a nuestro modo, ha sido formulada por primera vez en la literatura analítica por Silvia Amigo en su libro Clínica de los fracasos del fantasma, Homo Sapiens, Rosario, 1998.
[24] Lacan no lo dice de este modo en el Seminario de los Cuatro Conceptos porque está modificando su primera teoría, que viene de Freud, y que hace del niño un sustituto fálico. El apelar al ‘sentido’ le permitirá complejizar las relaciones entre ‘objeto’ y ‘falo’, en primer lugar, por la vía del sentido, y luego por la de la oposición entre ‘sentido’ y ‘significación’. Esto generará en La lógica del fantasma, la oposición entre ‘ser’ y ‘pensar’, y en el Seminario Aún y los que lo anticipan, la diferencia entre los tres goces fundamentales.
[25] Lacan, La Tercera, Roma, 1974.
[26] Sigmund Freud, Vergänglichkeit, GW.
[27] Cuando hay una alteración del yo, la pregunta para plantearse –que es larga de contestar– consiste en saber si el yo ideal, a pesar de ser fallido, conserva igualmente el soporte para que los semejantes hagan de espejo; o bien si la inexistencia de yo ideal destina al sujeto a la pérdida de toda relación con el otro, y por lo tanto, a la melancolía.

[28] Nos ha ocurrido, luego de largos años de análisis, y sin esperarlo, que pacientes que presentaban de manera continua, deliria de persecución, los dejaran de lado para iniciar el duelo del lugar imposible en que el Otro los había ubicado. Esta querulencia, encapsulada en el yo, no servía más que para darles un tono sin el cual el menosprecio (mépris) y la equivocación (méprise) del Otro habrían acabado con ellos. Estos deliria, que se confundían con fenómenos elementales, cayeron para siempre el día en que el paciente pudo decirle al analista: “En definitiva, buscarme un perseguidor es la manera de asegurarme de que alguien piense en mi”.
[29] “Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte”, O.C; « Zeitgemässes über Krieg und Tot », Studienausgabe, Band IX, Fischer Verlag, 1981.

[30] Se trata en verdad de las dos imágenes: una es aquella que, al volver patente la causa del sufrimiento, permite dejarlo de lado. O, al menos, que adquiera  otra cualidad en el trabajo de perlaboración. La segunda es una imagen –el espejo propio a todo significante– que le devuelve sus significantes –en la medida de lo posible – liberados de su interpretación primera. Esto no significa cortar con la repetición, sino, mientras se pueda, repetir de otro modo.

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