Lázaro: suspenso, amistad y muerte (Humor macabro) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Lázaro: suspenso, amistad y muerte (Humor macabro)

lunes, 9 de noviembre de 2015 0 comentarios

"El ataúd, aguardaba expectante como lo que era: una casa recién comprada esperando a su nuevo dueño. Adentro, una sorpresa. Obviamente Lázaro no podría disfrutarla, pero sabíamos que desde el más allá, la apreciaría…, y mucho."

Revista literaria Humor Macabro


 Escrito por AQ Gimenez


Era la primera vez que veía trabajar a mi amigo. Me sorprendió, no parecía un profesional sino un artista. Habíamos sido tres compañeros inseparables a pesar, o quizás por causa, de nuestras diferencias. Nuestras ocupaciones, nuestras mujeres y hasta nuestros deportes favoritos eran casi incompatibles, pero seguíamos cenando al menos una vez por mes y casi todos los años nos íbamos juntos a alguna playa para una semana de discusiones, borracheras y carcajadas.



Aunque entre ellas se peleaban como judíos y palestinos, dos de nosotros amábamos a nuestras esposas, pero Lázaro, el muerto, la odiaba.

No era para menos, por la mitad de lo que esa mujer había hecho, en Salem la hubieran quemado por bruja. Meterle los cuernos fue lo de menos. Gastaba su sueldo en estupideces y sectas, era estéril como el desierto de Kalahari pero no quería adoptar ni intentar una inseminación artificial y últimamente, de una manera astuta e imposible de probar, saboteaba el tratamiento y escondía los medicamentos de Lázaro.


Para nosotros no había dudas de que era la culpable de su muerte, pero no podíamos acusarla.

Solo quedaba presentarlo por última vez al mundo con su mejor aspecto, el que tenía cuando se divertía con nosotros. Por suerte Bernardo es el dueño de la mejor Casa de Pompas Fúnebres de la ciudad. Heredó el oficio de su padre y éste de su abuelo. Las bromas e insinuaciones procaces sobre su especialidad, no dañaron nuestra amistad más que las burlas sobre mi falta de pelo, o, el comportamiento de la reciente viuda.



La parte más desagradable de la preparación del cuerpo, la hizo en privado. Yo, ni por mi mejor amigo hubiera asistido a la aspiración de los fluidos y a la inyección de formaldehído y etanol, necesarios para embalsamar su cuerpo. Pero una vez que concluyó ese procedimiento, algo macabro, Bernardo me hizo pasar. Quería que estuviera con él mientras daba a Lázaro una apariencia similar a la que tenía en vida.




Primero lavó y secó su cuerpo. Enseguida, cubrió su piel con una costosa crema humectante y un talco perfumado. Después, con mi ayuda, lo vestimos. Como una última broma de amigos, le pusimos un ridículo calzoncillo de Mickey Mouse que solo usaba en nuestras vacaciones especiales. 




No utilizamos un traje oscuro como es tradicional. Preferimos un ambo color crudo que lo hacía parecer más joven y feliz, como el dueño de una plantación en el Caribe. Debajo, una camisa y una corbata para nada fúnebres.

Lo calzamos, peinamos su ya canoso pelo y Bernardo inició el segmento más creativo de su tarea, el que lo había hecho famoso en el selecto grupo de especialistas funerarios: maquillar la cara, el cuello y las manos del difunto, en este caso, nuestro compañero de aventuras.

Primero, una base opaca para eliminar el brillo de la loción humectante. Luego, detalles de tonos rojizos en las zonas que en los vivos son cálidas, como las mejillas, el mentón y los nudillos. Un poco de marrón en los ojos para dar profundidad. Para terminar, utilizó un lápiz apenas rosado en los labios algo entreabiertos. Parecía dormir la siesta en una hamaca de la playa.




El ataúd, aguardaba expectante como lo que era: una casa recién comprada esperando a su nuevo dueño. Adentro, una sorpresa. Obviamente Lázaro no podría disfrutarla, pero sabíamos que desde el más allá, la apreciaría…, y mucho.


Entre los dos empujamos el reluciente cofre de falso ébano hasta el lugar de privilegio de la sala velatoria, bajo luces con un sutil filtro color rosa.

Bernardo había logrado lo imposible, el cadáver parecía más vital que en las últimas semanas, cuando aun luchaba con su enfermedad.


Los esfuerzos del día, el poco sueño y la emoción me habían agotado, pero no tenía tiempo de descansar, la gente comenzaba a llegar a pagar sus respetos a Lázaro, mejor amigo, gran ingeniero, padre frustrado y pésimo seleccionador de mujeres.


Bernardo estaba muy acostumbrado, pero a mí eso de saludar y decir unas sentidas palabras a decenas de semidesconocidos, que en realidad me importaban un carajo, no me resultó fácil.

Nuestras mujeres hicieron acto de presencia y esta vez se comportaron casi como damas en lugar de hienas peleando por el último bocado de carne podrida.






Finalmente apareció la viuda. Tarde para que todos la vieran llegar. Falsas lágrimas para no arruinar la pintura de sus ojos. Flaca y elegante, como siempre. Con cara de frígida e hija de puta, como siempre. Por si no está claro, no la apreciamos en demasía.

Los dolientes se apartaron como las aguas del Mar Rojo permitiéndole llegar frente al cajón.

Con Bernardo pedimos a los deudos que se retiraran de la pequeña sala para darle a la enlutada un momento de soledad con su esposo… como si le importara algo más que los términos del testamento.

Mientras ella intentaba con poco éxito poner cara de sufrimiento, nos replegamos hacia la puerta. Vimos como se acercaba a darle un beso o más probablemente para asegurarse de que estaba bien muerto.

En ese momento apreté el botón. El fuerte resorte levantó la cabeza y el torso de Lázaro, empujando los brazos hacia adelante, como en las viejas películas de vampiros. 





La viuda cayó redonda. ¿Desmayada o muerta? No nos importaba. 

Ocultamos el aparato que habíamos construido y acomodamos el cuerpo de nuestro compañero. Aparentemente consternados por la salud de la esposa de un amigo, informamos a los asistentes y llamamos a la ambulancia.

La venganza estaba consumada.


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