El héroe reticente - Capítulo 29 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 29 (Novela Policial Negra)

miércoles, 25 de noviembre de 2015 0 comentarios

"Cuando lleno la ficha de migraciones, donde dice profesión me dan ganas de poner cornudo, asesino y torturador, pero escribo empleado, que es lo más genérico que se me ocurre..."

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Una novela policial negra por entregas 




Escrita por AQ Gimenez

Para Diario Literario Digital



Necesito todo el dinero posible para mi viaje. Voy con la tarjeta y el documento del muerto al centro de la ciudad donde están las joyerías. Compro cadenitas y anillos de oro. Uno en cada local para no despertar sospechas, hasta que agoto el límite. Luego voy a los locales más alejados y miserables a vender mi botín. Acumulo unos cuantos miles de reales, que, sumados a lo que me quedaba de mi anterior serie de delitos, tendrá que alcanzar para cumplir con mi misión.




En una de las decenas de agencias de turismo de la Avenida Barata Ribeiro, en Copacabana, pagando en efectivo y usando el documento más seguro de los que tengo, el del “ozito”, compro un pasaje de ida en el primer vuelo de la mañana siguiente a Buenos Aires. 

Vuelvo a Santa Teresa a preparar una pequeña valija donde coloco sin mucha ceremonia mis escasas pertenencias. Elegí una con las medidas reglamentarias que permiten llevarla en la cabina. Quiero estar el menor tiempo posible en los aeropuertos, donde cientos de cámaras registran a los pasajeros. Si me detectan, tarde o temprano seré boleta.




Cuando termino de armar la “mala”, como dicen acá, preparo un bulto con las armas, los documentos y las tarjetas robadas y pongo todo en una bolsa de basura. La lleno de agua sucia y hago unos agujeros para que chorree y a nadie se le ocurra abrirla. Para mayor seguridad espero hasta que oigo el camión de la basura para sacarla en el último minuto. Va directo al compactador. No encontrarán ningún rastro.


Llevo el dinero en lo que un amigo italiano llamaba “Banca Nazionale del Sedere”, un bolsito de tela que se coloca impúdica y clandestinamente bajo el calzoncillo, a prueba de “pungas”.




Arrastro con dificultad mi equipaje sobre los desparejos adoquines hasta la inmobiliaria donde devuelvo la llave y me despido, diciendo que voy a pasar unos días a Arraial do Cabo, mi playa favorita. Evito decirles que no volveré.

Voy a una farmacia cercana y compro un cuello ortopédico. Junto con la barba, ayudará a disimular mis facciones. Pero lo más importante es que lo usaré para dar lástima y hablar poco. Espero que así nadie notará mi acento.

 

A partir de este momento si quiero seguir vivo, tendré que estar siempre en movimiento y en guardia.


Paso esa noche en un hotel horrible y claustrofóbico dentro del mismo aeropuerto. Considerando que debo despertarme a las cinco y media de la mañana para poder desayunar y hacer el check in del vuelo con la suficiente antelación, es la mejor opción.



Me despierto un poco asustado. Apenas puedo tragar media tostada y un café antes de dirigirme al mostrador de la compañía aérea.

Como en todos los momentos difíciles desde mi huída, me empuja el odio. Me duele reconocer que mi deseo es la venganza, no la justicia. Y hay algo peor. Jamás lo reconocería en voz alta, pero no estoy pensando solamente en salvar a mi mujer y mi hija. En realidad lo que más me incita a esta necesaria violencia es el orgullo herido del macho al que le cogieron su mujer. Entiendo que hay algo está mal en mi cabeza si pienso más en mi honor que en el de ellas, pero en este momento todo lo que sirva para motivarme es bienvenido. Espero tener la oportunidad de confesarme alguna vez.

Presento el documento que le birlé al gordito gay en Guarujá y pasa con los colores al viento. 

Cuando lleno la ficha de migraciones, donde dice profesión me dan ganas de poner cornudo, asesino y torturador, pero escribo empleado, que es lo más genérico que se me ocurre.


En el control aduanero miran la foto un poco más atentamente, hasta que me devuelven el documento y me hacen el gesto de que pase. Me siento raro, hasta que me doy cuenta que, con los nervios, me había olvidado de respirar. Inspiro con tanto ruido que un flaco histérico que pasa a mi lado me mira con desprecio. 


Me importa un carajo, ya estoy en camino.



Resultado de imagen para hand with pistol



Lee la primera parte de esta novela en: 

 para DIARIO LITERARIO DIGITAL 
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