El héroe reticente - Capítulo 28 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 28 (Novela Policial Negra)

jueves, 12 de noviembre de 2015 2 comentarios

"Cuando unos sicarios te andan buscando, para sobrevivir hay que ser tan cruel como ellos..."

Novela policial negra


Una novela policial negra por entregas 

Escrita por AQ Gimenez

Para Diario Literario Digital


Dos de los sicarios están apoyados contra la reja de un edificio de departamentos que está frente a la entrada del hotel, atravesando la "rua". Otro entró en un auto estacionado sobre la calle que cruza la esquina más alejada. El último está en la otra esquina,  semioculto y sombrío como un cuchillero borgiano.


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Si es posible necesito capturar uno vivo y desaparecer con él. Lo más lógico, dentro de lo suicida de la situación, es secuestrar al chofer.

Para que no me vean los otros, doy una vuelta  a la manzana del Diner. Camino tres cuadras y cuando cruzo la calle del hotel paso al costado del auto. Sigo unos metros hasta que la pared me oculta de los otros tres matones. Igualmente sus ojos no me miran, están fijos en la entrada del hotel.

Se me cae “accidentalmente” el celular. Yo digo —¡Droga!—, una maldición  “Bajas Calorías” brasileña, apropiada para esta situación. El tipo me mira un segundo, mientras yo ensamblo mi aparato. Enseguida vuelve a concentrarse en el hotel.



La calle es poco transitada y en este momento no pasa nadie. Saco el Taser que tenía preparado en el bolsillo y lo electrocuto. Queda momentáneamente fuera de combate. Esta vez estoy mejor preparado. Tengo una jeringa con un calmante que lo volteará por lo menos por media hora. Lo inyecto y acomodo su cuerpo en el asiento, recostado en el apoyacabezas. Le pongo mis anteojos de sol. No se sabe si está despierto o dormido.



Guardo el Taser y vuelvo a cruzar la calle. Nadie me advierte. Me pongo el sombrero sobre los ojos y camino con las manos en los bolsillos hacia los  gángsters apostados a mitad de cuadra. Cuando estoy cerca saco las pistolas automáticas y disparo dos tiros a cada uno. El ruido hace que las palomas levanten vuelo y los empleados del hotel salgan a ver qué pasa. Pero yo, como si supiera lo que hago, les doy la espalda mientras corro hacia el “malevo” de la esquina que busca su arma debajo de la campera. Antes que termine de sacarla aprieto los gatillos sin detenerme, tiro dos, cuatro, seis veces antes de acertarle. Cae a la vereda y levanta su revólver. Lo remato de un disparo entre los ojos y queda quieto. Vuelvo a correr. Nadie se anima a seguirme, pero seguramente estarán llamando a la policía. Doy la vuelta a la otra manzana, la del hotel. En el camino tiro en la basura el sombrero, el saco blanco y una camisa celeste abotonada. Abajo tengo una remera sin mangas con los colores del Flamingo. No me pareceré en nada a la descripción que den a la policía.



Llego al auto en el momento que dos patrulleros pasan a gran velocidad y se estacionan en la puerta del hotel. Empujo al desvanecido delincuente a la butaca del acompañante y salgo manejando el auto como si nada. Hace mucho que no manejo y no conozco este modelo. Espero no chocar contra una palmera. Me alejo en dirección a Botafogo antes de que la policía intente cortar las salidas del barrio, que, como está encerrado por montañas, es demasiado fácil de sellar.

Ya pensé donde voy a llevar al pandillero que está desparramado a mi lado. Hay un motel por horas muy frecuentado por parejas homosexuales. Nadie sospechará de dos viados llegando en auto. Tampoco es inusual que uno esté hundido en el asiento como queriendo evitar ser reconocido.


Pago a la entrada, sin bajar del auto. Me dan la llave de la habitación y estaciono al lado. Bajo y miro hacia el cajero. Estoy justo enfrente de él. Así que levanto el baúl. Busco mis cosas despacio, haciendo tiempo hasta que otros clientes se estacionan junto a su cabina de peaje sexual. Aprovechando la distracción, abro la puerta del acompañante y arrastro el cuerpo de mi víctima dentro del cuarto.

¡Al fin solos!

Me calzo unos guantes de goma. Hay un silloncito en un rincón de la pieza. Desnudo al sicario y lo tiro sobre el tapizado que ha sufrido los embates de muchas batallas, pero ninguna como la que viene. Lo ato con precintos plásticos a los brazos y a las patas del sillón.


Abro la heladerita y le tiro en la cabeza una botella de agua helada. Comienza a despertarse.

Lo que tengo que hacer me repugna, me hace sentir físicamente mal. No parece tener mucha lógica que, después de haber matado a varios, esté descompuesto de solo pensar en torturar a un ser humano. Es por algo que la convención de Ginebra prohíbe los tormentos al mismo tiempo que permite eliminar a miles de personas mientras sea con las armas autorizadas.

Todavía no está del todo consciente cuando le pregunto quién ordenó que me mataran. No contesta.

Empujo su nariz con la palma de mi mano y la aplasto de costado hasta que se quiebra. El tipo pega un grito y comienza a sangrar. Ya está bien despierto. Le vuelvo a preguntar. Sacude la cabeza y no dice nada.

Le pongo sus dos medias en la boca como una improvisada mordaza. Dado el estado higiénico de las mismas, eso solo es un castigo inhumano. Sé que si quiero obtener la información que necesito tendré que aumentar el nivel de violencia, pero dejo que el tiempo pase sin animarme a actuar. Le doy otra oportunidad. Saco los fétidos zoquetes de su boca y vuelvo a preguntarle. Creo que se ha dado cuenta de mis dudas. No solo se rehúsa a responderme, sino que también me escupe en la cara. Cuando siento esa asquerosa mezcla de saliva, mocos y sangre, algo se detona en mi cabeza.

Vuelvo a amordazarlo, busco las herramientas que compré y las exhibo antes de ponerlas con cuidado, como si fueran frágiles artesanías, en la moquette de color indefinido que cubre el piso.

Por lo que he leído, la manera más eficiente de hacer hablar a alguien es usar pentotal sódico u otros “sueros de la verdad”. Lamentablemente esos productos químicos están fuera del alcance de un ciudadano normal. Le sigue en efectividad el uso de electricidad. Pero usar la tortura favorita de los represores de “El Proceso” es una barrera que no puedo atravesar.

Lo que voy a hacer es quizás más bárbaro, pero no tiene connotaciones ideológicas ni peso simbólico. No me convertirá en esbirro de la ESMA, sino simplemente en un flor de hijo de puta.

¡Basta de pensar! Agarro el martillo con mi mano derecha y le destrozo la rótula de un golpe salvaje y preciso. A pesar de la mordaza, un grito agudo que solo pude ser de dolor se escucha fuerte. Seguro que lo oyeron desde las otras habitaciones. Nadie interviene. Elegí el lugar adecuado. Los alaridos y gemidos únicamente lograrán excitar un poco más a las parejas vecinas.

Sin soltar el martillo retiro la mordaza y vuelvo a preguntarle quién lo envió.
—¡Um cara de Buenos Aires! —contesta esta vez. No sabe su nombre. Por supuesto yo sé perfectamente quién es.

Estoy seguro de que “El Zorrino”, enfermo como es, debe haberles pedido alguna manera de confirmar mi muerte. Cuando le pregunto sobre las instrucciones, el “faveleiro” enmudece una vez más.

Lo miro a los ojos para que vea que ya no dudo. Pongo las medias en su boca y lentamente levanto el martillo. El matón sacude la cabeza desesperadamente mientras intenta hablar murmurando sonidos ininteligibles. Apoyo la pesada herramienta sobre sus piernas con una suavidad ominosa. Libero su boca y empieza a hablar.

Ahora entiendo porqué se negaba a confesar sus órdenes. No van a generar comprensión y piedad en la víctima convertida en victimario.

Las instrucciones son precisas: Debían capturarme vivo y torturarme hasta estar cerca de la muerte. Mientras todavía estaba vivo, tenía que cortarme los dedos para dificultar la identificación del cadáver, que de todas maneras sería arrojado en un lugar recóndito de la Foresta de Tijuca. Uno de esos dedos, junto a la filmación de todo mi suplicio tenía que ser enviado a Buenos Aires como prueba de muerte. El que había encargado el trabajo había dicho que quería mostrarle a alguien el video.

Con un retorcijón de odio supe que la destinataria de las repulsivas imágenes sería Ágata.

Ahora no tenía opción. Necesitaba filmar algo para enviárselo a Víctor Zorrilla. Con un cuchillo hago unos cortes en la cabeza y la frente del aterrorizado sicario. La abundante hemorragia, sumada a la nariz rota no permite distinguir si el hombre atado en la silla es Tom Cruise o Quasimodo.

Antes de comenzar a grabar el video apagué la mayoría de las luces para disminuir la nitidez. Usando la cámara del teléfono del asesino tomo imágenes rápidas de unas facciones imposibles de identificar y de su cuerpo. Me detengo especialmente en el hombro izquierdo, un mensaje cifrado destinado a mi mujer.

Dejo el celular apoyado en una silla, apuntando al pandillero. Tomo el cuchillo con firmeza y, apretando su mano derecha contra el apoyabrazos le corto de un solo tajo el dedo índice. La sangre cae como una pequeña cascada. No trato de detenerla. De todas maneras pronto estará muerto. Cuidando de que la cámara nunca tome mi cara, sigo cortando hasta que todos los dedos están desparramados en la alfombra como una invasión de orugas siniestras.

Apago el celular y reviso el video. Está perfecto. Nadie podría identificar positivamente al agredido o al agresor.

El celular del criminal ahora desvanecido tiene en la memoria el número del contacto de Buenos Aires al que debe remitir la confirmación del “trabajo”. Envío el video con una nota, en perfecto portugués, aclarando que en breve recibirá la filmación completa y el dedo.

¡Si “El Zorrino” supiera quién se lo está mandando!

Tomo la pistola del que tenía la orden de matarme, y apoyándola sobre una de las almohadas para amortiguar el sonido, disparo en su cerebro.


Estoy agotado y me siento una mierda. Veo mis manos cubiertas de sangre y corro al baño a sacarme los guantes y lavarlas como si lo que las cubre fuera ácido. Ahora que terminó todo me cae la ficha de la bestialidad que he hecho. Necesaria o no, esta acción me ha acercado al infierno en el que hasta hace poco no creía.

Me cuesta controlar las arcadas cuando recojo los dedos cortados y los envuelvo en la ropa del muerto.

Dejo el destrozado cadáver en el cuarto, aun atado a la silla. Sin documentos ni huellas digitales, tardarán bastante en identificarlo. No necesito demasiado tiempo. A partir de ahora la suerte está echada.

Salgo en el auto cumpliendo con todas las normas de tránsito. Si me paran voy a tener un grave problema. Voy hacia la zona que rodea al Maracaná. La favela de Mangueira se levanta en un morro separado del famoso estadio apenas por las vías del ferrocarril y dos avenidas. En un contenedor de basura, en una calle solitaria, tiro la ropa y los dedos.



Estaciono el auto donde empiezan las casitas precarias. Robo las tarjetas, documentos y el dinero. Limpio todas las superficies que toqué. Dejo la billetera en el asiento delantero como si se hubiera caído del bolsillo del conductor. Cierro con llave para que parezca real y me voy. Antes de la mañana siguiente alguien romperá el vidrio para alzarse con la cartera y en un par de días más el vehículo estará desguazado. 
Resultado de imagen para auto desguazado en una villa



Lee la primera parte de esta novela en: 

 para DIARIO LITERARIO DIGITAL 
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+ comentarios + 2 comentarios

jueves, 12 de noviembre de 2015, 23:28:00 GMT-3

Un hombre y su entorno, sus circunstancias.
Una criatura en un entorno hostil como una hiena entre leones.
La humanidad desaparece, solo queda le mero instinto animal de supervivencia. Matar si es necesario para seguir viviendo…

jueves, 12 de noviembre de 2015, 23:36:00 GMT-3

Indeed!!!

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