Destinos y Neurosis de Destino (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Destinos y Neurosis de Destino (Psicoanálisis)

miércoles, 11 de noviembre de 2015 0 comentarios

"Desde que Freud publicara “Neurosis de Destino”... esta palabra, “destino”, quedó sellada, para siempre y para todos los analistas, como un componente no sólo diabólico, sino también... ilegible, de ciertas neurosis." 



Revista literaria psicoanálisis


Destinos y Neurosis de Destino


Escrito por 

Silvia Amigo y Héctor Yankelevich



Desde que Freud publicara en 1916 sus ensayos sobre las “Neurosis de Destino”[1], y los retomara luego como notas clínicas en “Más allá del Principio del Placer”, esta palabra, “destino”, quedó sellada, para siempre y para todos los analistas, como un componente no sólo diabólico[2], sino también -­ en una primera lectura - ilegible, de ciertas neurosis. Es cierto y trataremos de hacerle justicia, ya que lo que Freud nos legara debe ser releído. Pero antes de hacerlo deberíamos quitarle a ese término su aura fatídica, ya que la mayoría de quienes han tenido un logro sublimatorio importante en su vida, han seguido su destino, inscripto en ellos desde un primer encuentro con lo real, y venciendo para ello las dificultades que se les presentaran. La palabra, la escritura, el sonido y el color, la interrogación científica de lo real, la pregunta que desintrinca en análisis las modalidades del goce. El destino, en ese sentido, no tiene relación con ese misterioso “Serás lo que debas ser… si no, no serás nada” de corte estoico tardío, sino con una hendidura libidinal en lo real, que alimenta al sujeto y le proporciona un goce del cual se sostiene. En este sentido, destino no es un llamado[3] de origen desconocido, es una creación subjetiva tomando un material que precedía al sujeto.
En cambio, hay algo que puede hacer ímprobo un análisis, y es que alguien carezca de destino. Esto es, que lo real se le presente más o menos uniforme, y sobre todo y sin saberlo, estrecho[4], que el sujeto no sea afectado por nada en demasía.
En la primera acepción de destino, que no es críptica o enigmática, hay un primer envío del Otro, en la frase misma en la que da origen y acogida al sujeto, aunque el Otro mismo no sepa cuál es el sentido de eso mismo que envía. Es el sujeto que debe interrogarlo, hacer estallar su significación unívoca y por fin reescribirlo. ¿Qué diferencia entonces este destino que el sujeto elige, entre las cualidades que le han sido dadas, apropiándose de lo que heredó para hacerlo suyo[5], de la fuerza de un sino vectorizada en caracteres invisibles, cuya eficacia reside justamente en ese carácter ilegible, que escapan a ser dichos e imponen una suerte de cruz a cargar de por vida?




De ahí que la cuestión del deseo no se resuelva por la sumisión al deseo del Otro, “Fiat volunctas tua!”, en el caso en que lo haya habido, sí, pero más allá de su propio goce, sino más bien por la constatación de si está o no acompañado, como su doble, por un deseo interrogante de parte del sujeto que, al desembarazarlo de ese goce, hace advenir una potencia: la de jugar con esos significantes que le sirven de insignia. El advenimiento de un sujeto se señala por su posibilidad de jugar: de interrogar al Otro en sus demandas ­–ya que es ahí que se encuentra, o no, su deseo. La posibilidad de “espadear” con la palabra[6] ­– aunque sólo sea calladamente – permite reescribir la demanda del Otro con una pregunta, haciendo un chiste, dudando de ella, lo que reduce la posible certeza de sus aserciones. Esta negación que determina y duplica el deseo –deseo del deseo del Otro– abrirá el espacio de juego que permitirá al sujeto –marcado por la huella del "pisoteo de elefante del capricho del Otro"– devenir el agente del borramiento de esas huellas.
 


Las respuestas que el sujeto se dé a partir de esta interrogación del Otro – retornándole su Ché vuoi? ­– ­ pueden armarse de muchas maneras, a condición de no estar atrapadas por un sentido unívoco. “El deseo del hombre es el deseo del Otro” es un axioma que Lacan nos ha legado, pero su transmisión repetida sin modalizarlo - ¿es efectivamente necesario, o sólo una posibilidad? - Muchas veces hace olvidar que ese deseo ha de ser hendido por el sujeto para hacerlo propio. De no ser así, intocado, sólo seguirá siendo mandamiento del goce.

El deseo interrogante puede faltar a la cita. Ahí, efectivamente, nos enfrentaremos a Otro destino: el destino como maldición del deseo. Esta maldición posee un carácter extraño: para sostener su Ideal, el sujeto hace del objeto su soporte libidinal. Gozar del Ideal, erotizarlo, suplanta en gran medida al goce sexual, proveyendo al primero de cualidades interdictas. Este soporte impedirá, además, leer lo que hay de mal dicho en lo que el Otro le ha dejado en reserva para su encuentro con lo real. De esta sexualización del Ideal parte la moción irrefrenable de fracasar…cuando se triunfa.Freud, al escribir sobre “tipos de carácter” los definía como neurosis narcisistas, ya que el carácter era para él un territorio que el yo ha cedido a la pulsión ­– o al ello – en el proceso de defensa. Al decir que sí a esta ­­–falsa– pérdida, el yo deviene objeto en el que la pulsión glotonamente se satisface. En esas circunstancias este goce no le es descontado al sujeto, tornando indefectible otro tipo de pago: el fracaso pacientemente fabricado para saldar un goce indebido.

¿Faltaría la raíz real del inconsciente en las aciagas neurosis de destino? En las neurosis en general el sujeto cuenta con un centro vacío, proveniente de la identificación primordial que, al ofrecer un sustento real permitirá al sujeto ser más que una pieza en un engranaje. En cambio allí donde el sujeto colocó en su yo – y no en su fantasma – el objeto del Otro, guardará siempre del Otro un substituto en lo real.
Para “cerrar” la identificación primordial el deseo interrogante extrae – si le es dado– un rasgo sin sentido del deseo que lo supuso hablante cuando él mismo aun no podía hablar. Este rasgo, de operar deserotizado –no sostenido por el objeto pulsional– aprieta su grafía como vector orientador de su derrotero. Despegado de los imperativos del Otro, el sujeto podrá afirmarse en una vida que le pertenece, dándose un destino, carril del que no querrá, ni podrá, salir. No ha de padecerlo como un mero soporte de lo que “estaba escrito”, sino que será el “portador” poiético de trazos que utilizará para dibujar su propia letra.

En muchos casos lo fatídico pasa por elegir una “vocación” – en general idealizada – de la que no hay pruebas suficientes; en lugar de una “profesión”, considerada sin más como una vía trillada.
Desde Lacan, podríamos omitir, posiblemente, la dialéctica pulsión/defensa, pero deberemos acordar que el rasgo de carácter es un enclave, un astillamiento del objeto en el yo. Con su doble faz: goce pulsional/goce superyoico. Ahora bien, la primera frase del artículo citado de Freud no puede no ser recordada: “instar al paciente a renunciar [Verzichten] a una ganancia de placer [Lustgewinn, plus de goce]”.Este plus de goce que el paciente no está dispuesto a abandonar está en relación con – y se explica y justifica por – una enfermedad o una penosa privación ocurrida en la infancia. La finalidad de la cura, por penosa que sea, es – paradójicamente – renunciar a esta “compensación” que el sujeto se otorga, vaciar un goce cuyo única eficacia lo ofrece como objeto al goce pulsional; esta astilla hundida en su carne misma, al hendirlo, deviene enclave identificado con su ser.

En las neurosis de destino la erotización del unario como ideal alcanzable – que guía y sirve de hilo inicial para tejer la trama del propio deseo – deja al agujero central del lado del Ello. Allí, donde el ideal, falto de apoyo, inconscientemente se sexualiza y agranda la propia imagen a la que se adhiere sin separarse al mismo tiempo, torna inaceptable los posibles logros del sujeto que serán vividos como triunfos y a la vez derrotas. Esa particularidad del unario hace ineficaz el vaciamiento del ello por el inconsciente en la transferencia, al no actuar como cero impulsor del cómputo del Uno-en-más que diversifica la versátil trama de la vida. A falta del sable del unario que desrealiza sentidos fijos otorgados por el Otro se arremolinarán alrededor del agujero del Ello huellas no borradas, emisarias superyoicas de los mandamientos de la neurosis de destino.
Estas exigen, al menos al comienzo, otra clínica, en donde no prime la lectura de un inconsciente temporariamente rechazado ( sí, literalmente Verworfen ), sino intentar borrar, gracias a la transferencia, las huellas del goce, estrecho sendero para pasar a la primacía del significante. Se trata de disipar un destino escrito en caracteres huidizos, aparentemente indelebles, para reescribir lo que fue mal dicho en el tiempo para reconstruir cómo se formó la la estructura. La cura es una apuesta que intenta equivocar el destino prefabricado desde el Otro, o a falta de un deseo del Otro que fuera más allá del goce narcisista y de dominación que representa muchas veces ser madre o padre.

Escuchemos ahora el relato de una mujer que consulta pasados sus cincuenta años. No está con un hombre desde hace casi veinte años, y aunque haya disfrutado en su juventud de varios noviazgos, nunca pudo pasar a la tan anhelada convivencia. Su madre había decidido que era desagraciada y, por ende, solo apta para llevar adelante una vida profesional redituable. Cuando padeció una menopausia ultra precoz se selló para ella la verdad inapelable de los dichos de su familia. Trabajadora encarnizada, obtuvo tres títulos universitarios, pero cada vez que lograba mudarse fuera de la casa de sus padres sobrevenía alguna misteriosa circunstancia que hacía que tuviera que volver cerca de su madre. Su abuela materna era hija natural de un aristócrata que nunca la reconoció ni le dejó herencia. Casada luego con una suerte de “premio consuelo”, dejó marcado el camino para que su hija, devenida mujer se casara a su vez con un hombre bueno pero, ¡ay!, totalmente desvalorizado, el padre de nuestra paciente. Aferrada a esta hija como proveedora de un pasar cómodo, y, en lo posible restauradora de la gloria perdida, bregó siempre para tenerla a su lado trabajando para ella.
La paciente pudo usar la cura y la transferencia para reconstruir su historia, poniéndola al servicio de avanzar en su análisis, dando un impulso hacia delante en su vida.



Sueña que se encuentra en una playa. Le llama la atención la forma en que aparece representado el cielo: éste es cóncavo, extrañamente redondo. Las asociaciones la remiten al film The Truman show. Específicamente a la secuencia final, en que el protagonista logra salir del escenario preestablecido en que el Otro había decidido montar su vida entera. En esa escena, el mástil del velero que comandaba Truman lograba rasgar el velo del falso cielo cóncavo que hacía de límite al mundo que le estaba destinado. La analizante, por fin, estaba a punto de perforar el estrecho margen de destino que se le había asignado.
Para su sorpresa comienza, por primera vez en veinte años, a sentir de nuevo el cosquilleo del gusto por un compañero ocasional. Pudo poner en funcionamiento, apoyada en la transferencia, lo que llamamos, con Lacan, el deseo cuestionante. A partir de este sueño, que tuvo carácter de acto, sus efectos se hacen sentir en el curso de la cura.



Desear es, claramente, una apuesta, allí donde el saber es indecidible, pero en estas neurosis el sujeto es el objeto de la apuesta, sí, pero del Otro. Por otro lado, la aparición de la dimensión de escenario de lo que era “la realidad” es un logro de la cura. El análisis permitió que lo que parecía incuestionable, apareciese ahora como mero escenario de cartón. La escena analítica, al otorgarle al sujeto una dimensión que ningún Otro le había dado, permitió la caída no sólo del “falso-self” (esto es de los restos de “a” que no habían caído en su momento) sino de la “realidad” que es su otra cara.  La realidad sólo existe rodeando el agujero del deseo. No es lo mismo cuando cubre el del Otro no trabajado por la interrogación del sujeto, o que se opone a ella, que cuando lo hace dándole en retorno al sujeto el asentimiento que es su deseo el que está en juego.
Cuando el trabajo analítico logra pasar goce al inconsciente, la extimia central aloja la causa del deseo de tener un destino que no sea una inspiración o una tortura cotidiana. Que el objeto deje de apuntalar al Ideal; o bien permita el tener uno, difícil logro, hace del primero algo menos grandioso y apasionante, cierto, pero por sobre todo, se podrá probablemente –en el primer caso– quitarle al Ideal su capacidad de Verwerfung del yo. En el segundo, el objeto, más que soportar el Ideal, forma parte del yo; habrá que darle allí un pasaje por el desecho para convertirse luego, difícilmente, en causa.



Notas



[1] Algunos tipos de carácter dilucidados [literalmente extraídos] por el trabajo psicoanalítico”, Amorrortu editores, XIV; Studienausgabe, tomo X.
[2] En griego clásico, precristiano, diábolos es la palabra que calumnia y maldice. Diá significa aquí separar desgarrando, bolein, enviar. Luego, lo diabólico es también una separación permanente con lo que ha sido bien dicho.
[3] En el sentido y el alcance que puede tener, por ejemplo, sin referencia religiosa, y sin darle carácter alucinatorio, el título de una cantata – texto y música– de Bach: “Wachet auf, ruft uns die Stimme”: “Despierta, la voz nos llama”.
[4] Freud, Lacan lo recuerda, lo llamaba “Einschränkung des Ich” “estrechamiento del Ich” y, por consiguiente, de la realidad. Va mucho más allá de la neurosis obsesiva.
[5] Goethe, Conversaciones con Eckermann.
[6] El arte del sable es, en la tradición china, también una caligrafía.
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