La reconstrucción de la neurosis infantil y la crisis puberal inicial (Psicoanalisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

La reconstrucción de la neurosis infantil y la crisis puberal inicial (Psicoanalisis)

domingo, 11 de octubre de 2015 0 comentarios

¿Qué rol le cabría a él en relación a las mujeres, por las que sentía una profunda atracción sexual y una no menos profunda desconfianza?



Revista literaria adolescencia



Escrito por la Dra Silvia Amigo 

Psicoanalista

Para Diario Literario Digital


"I want to hold your hand"
Una de las más famosas canciones sobre el amor adolescente


Punto 3

La reconstrucción de la neurosis infantil y la crisis puberal inicial
Un sueño de particular importancia





Esta falta de respeto por el padre edípico tenía una pesada estela de consecuencias en la percepción de nuestro joven sobre el género femenino. Si su padre, de quien la madre no se divorciaba aún despreciándolo ostensiblemente, no significaba nada para su mujer…¿qué rol le cabría a él en relación a las mujeres, por las que sentía una profunda atracción sexual y una no menos profunda desconfianza?
¿No habría de caberle a él mismo el rol de tonto enamorado de quien se habrían de burlar a su turno? Como salida ante esta angustiante encerrona le quedaba la conducta de Don Juan, consumiendo mujeres una tras otra y entrando en pánico cuando el amor tocaba su puerta.

El coito, en efecto, en este joven, jamás formaba parte de una elección de “novia”, de una estabilización, aunque más no fuera parcial, del objeto femenino en su fantasma.De hecho su madre contribuía a esta conducta subsidiaria de la degradación de la vida erótica. Ella no encontraba inconveniente alguno en que su hijo, al igual  que su hermano menor, tuvieran “minitas”. Pero se ponía “loca” si alguna amenazaba devenir novia. Si una mujer de sus hijos, además de ser deseada sexualmente, era amada, habría problemas, y muy serios, con la madre.
Entrando en su pubertad el muchacho recuerda su extrañeza y aún el miedo que le produjo la reacción desmesurada de la madre cuando propuso invitar a una vecina de barrio. La madre los había sorprendido dándose "piquitos". Cumplía trece años y conoció por primera vez esa faz de su cariñosa madre, admirativa, siempre aliada a él.

 
Pero más grave fue lo que sucedió más tarde cuando su hermano apenas menor llevó un chica a la casa nombrándola como novia.
Recuerde el lector que en la terraza de su casa pasaba literalmente de todo entre chicas y muchachos.Pero esta chica no se limitó a "pasar" por la terraza. La madre, otra vez, enloqueció. Decretó que era una interesada en "engancharlo". Que lo quería por el dinero de la familia. Y que era una cualquiera. Una chica fácil. Una verdadera puta. Nótese cuánto puede endilgársele al otro lo que uno mismo tiene en el centro del propio ser...
Brujas, fotografías pinchadas, conjuros fueron esparcidos por esa casa de holgada clase media profesional. Pero lo verdaderamente grave es que junto con la madre nuestro don Juan urdió el plan que lograría la plena demostración de esos dichos. No sin gran esfuerzo logró llevarla a la cama y tener con ella una relación sexual.
Allí comenzaron las voces superyoicas de las que hablamos en el apartado primero. Esa vez recurrió a un expediente frecuente cuando el dolor psíquico resulta intolerable. Cortó la piel de su antebrazo con un filo. Trocó el dolor en físico. SE castigó y aún así erró el blanco: no era esa la superficie por donde debía pasar el corte. Luego hizo bendecir, en ausencia de la familia, a su casa por el párroco ante quien se confesara para tomar su comunión. Un padre, le hago notar, a quien llamó en el límite del desmoronamiento de su estructura.Este caso demuestra, como tantos otros, hasta qué punto la adolescencia es un momento fecundo para que un error en el entramado de la estructura se verifique y se haga oír sintomáticamente.

 
Este joven no era psicótico, pues contaba con un muy aceptable juego con el objeto, que tuvo la chance de ser variado y disfrutable en la infancia, pero súbitamente degradado cuando fue el tiempo de ser depositado en la figura femenina. El margen de juego infantil le permitió haber podido leer la traza que representaba, en la madre, el deseo de ella, a través de las vueltas de la repetición. Por eso mismo es que tuvo la posibilidad de darse el recurso de llamar a un "padre" que bendijera, que diga bien a su casa.Había, pues, llevado a cabo una lectura y por cierto una lectura neurótica de su rasgo unario. Lo que no implica que pudiera utilizarlo en ese entones como nódulo de su ideal del yo. Nos detendremos más adelante en ello. Puede demostrar esta capacidad lectora el relato de un sueño soñado apenas se inicia el análisis, es decir, cuando la transferencia se establece, luego de un largo período de entrevistas preliminares.
Este sueño muestra cómo él había localizando la traza común en las demandas de la madre.
Comenta el sueño: “Yo entraba al garaje. Me impactaba el azul, era un azul espectacular”. Se detiene largamente en describir ese azul. Lo interrumpo e, interrumpiendo el relato fascinante,  lo interpelo: ¿qué era azul? “El auto. Veía mi auto, es de mamá, pero lo uso yo. Hay tres autos. Este lo uso yo. Veía el auto azul y subía al auto, pero el auto andaba solo, era terrible, iba marcha atrás a toda velocidad. Lo intentaba parar con el freno, pero no frenaba. Después con el freno de mano, pero tampoco andaba. Con la palanca de cambios tampoco. Yo estaba desesperado, seguía marcha atrás. De pronto salía despedido del auto. Me tranquilizaba. El auto se caía en un pozo en forma vertical. Yo corría preocupado a ver si había quedado entero. Estaba ahí, entero, azul. Me desperté”.

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Pido que asocie con lo que se le ocurra alrededor del sueño.
Asocia con el azul, color preferido de su madre, quien trata de usar, siempre que puede, el azul. El agua del mar, que remite a confusos sueños fusionales con el mar relatados en las primeras entrevistas, también es azul.El auto es un regalo de cumpleaños, pero no pusieron el auto a su nombre. Se podía, dice, pero no sabe qué problemas surgieron. Me pregunta, algo avergonzado: ¿total es lo mismo que esté a nombre de mamá, no?
Puedo interpretar entonces: “Es lo mismo ser un “marcha atrás” que estar en mamá, a su lado, sin ponerle freno, total es lo mismo?
Esta interpretación constituirá el eje de todo un largo tramo del análisis, donde comienza a hacérsele claro el por qué de las admoniciones de la voz superyoica. La interpretación va a girar sobre si es lo mismo ser un “marcha atrás”, alterando angustiosamente la identidad sexual (pero a la vez, evitando a todas las mujeres, evitar a su propia madre, o estar con mamá, a su lado. Azulado, sin poder ponerle freno. Lo que interpreto es una relectura de una lectura que ya estaba articulada en su sueño. Fue él mismo quien pudo aludir a esta traza “ a su lado” organizada delicadamente en el trabajo del inconsciente.
El ya había leído la  traza común en cada una de las demandas de la madre. Que estudie, que llegue temprano, … o tarde porque le interesa tener un hijo “piola”, que fume menos… pero para ella, dado que quiere que no tenga novia.
Todas esas demandas tenían un trazo común: “ella me quiere a su lado, le gusta el azulado”. Esta lectura asegura que el chico es neurótico. Lo cual no asegura, para nada, que haya salido airoso de las impasses de las neurosis, ni que haya dado curso a la plena asunción de las responsabilidades y los goces de la elección de partenaire  sexual.
Porque no había podido aun, y tardaría bastante tiempo de análisis en hacerlo, hacer de este rasgo el núcleo de su ideal, utilizando el “a su lado” para hacer de marco al vínculo con una mujer de la que pudiera decir el performativo “tú eres mi mujer”.
En efecto, este muchacho había accedido al coito, pudiendo extraerse por momentos del grupo de pares para encontrar al Otro sexo en el coito.
Y el Otro sexo no puede sino encarnarse en otro que oficie de compañero en ese trance iniciático que es el “acto” sexual. Acto humano por excelencia, dado que repite (y por eso Lacan lo llama en L’étourdit coiteración[1]) la escena primaria en que cada uno fue engendrado.

 
Pero, a pesar de haber iniciado sus relaciones sexuales, volvía disparado como un resorte hacia su grupo de pares, puesto que se le hacía insostenible elegir como “novia” a una chica.  No podía sino persistir en la insistencia de sostenerse en ese grupo, a pesar de haber pasado el tiempo lógico esperable de apoyo en esa instancia. Su grupo de amigos en el cual, no lo olvidemos, ocupaba el lugar de líder, de excepción; no podía ser recambiado por la elección de una mujer con la que estabilizara su relación al otro. Seguía entrampado en su fantasma en complacer al Otro, su madre.
Es de subrayar cómo él se aseguraba en su sueño, en el límite mismo del despertar, que el auto azul quedase entero. Con el sello que asegura la cara más patológica de la neurosis, este joven quería a la vez  salir despedido del auto azul y al mismo tiempo no hacer la más mínima mella en la entereza de ese azul “espectacular”.
Por supuesto esto fue señalado en análisis. Y fue subrayado que él habría de elegir qué prefería perder: la entereza del azul o su plena identidad sexual. No por nada afirmaba Freud que, en el varón, la castración (esto es: ni ser el falo de la madre ni, para ella, tenerlo) viriliza.
Lo que el análisis añade, y no es poco, es la posibilidad de liberar la traducción preconsciente de la traza que el sueño ya había urdido para que el sujeto decida si es que quiere aquello que desea, dejando de lado la parte de yo que él ofertaba a esta demanda. Liberando su yo del rol de tapón, dejando de suturar la falta de objeto en la madre, podría correrse del temible acoso superyoico que lo acusaba, no sin razón, de ser un “maricón”, un “nene de mamá”, un dejado de la mano de Dios padre.
Este muchacho, a pesar de todo, había logrado metaforizar al estilo neurótico, es decir, mediante una transacción, el deseo de la madre. Pero esa metaforización no era refrendada por un adecuado tiempo de cambio de direccionalidad hacia el objeto exogámico. Para ello la entente sexual de los padres hubiera sido necesaria. O bien un divorcio digno y padres que eligieran una pareja con quien funcionara tal entendimiento.La traza que él desgaja, por más a su lado que lo invite a permanecer, aún así es paradojalmente es una traza de corte, porque al ser leída, aunque vehiculice un mandato de cercanía, resulta utilizable para ser usada como gatillo de la poiesis inconsciente.
 “A su lado” (azulado) nombra el deseo de la madre, que, una vez nominado, deviene más manejable, menos aspirador del entero de su ser. El falo, significante al que este muchacho, desde niño, tendía a  identificarse al cien por cien, así como su yo ideal intentaba cubrir totalmente el fondo del espejo que es el Otro, va a aparecer, luego del tiempo metafórico, como algo que opera en nombre de la traza paterna.

En la adolescencia, la inhóspita cohabitación de la metáfora lograda con el pasaje fallido al objeto exogámico estallará en las severas crisis de grisura (ya no hay azul), la angustia abismal y en las temibles admoniciones superyoicas.Este muchacho se encuentra tironeado entre la eficacia y la ineficacia del padre edípico, tironeo en medio del cual queda cautiva su identidad sexual. Y este fracaso, preparado sin dudas desde su infancia, recién puede estallar como severa crisis durante el tiempo lógico de la adolescencia.La castración no se había retraducido aún en este muchacho, tal como hubiera debido suceder, como herida narcisista. Como la asunción de la castración plena, tal como comentábamos, viriliza, el efecto de esta falla se traducía en esa sensación de insuficiencia en tanto que hombre que lo ponía tan en crisis.
El trabajo de análisis construyó trabajosamente la zona eludida de la castración, intentando llevarla a cabo en transferencia.

Para ello, este joven tuvo que “aprender” a utilizar la misma traza “a su lado” para el juego exogámico. Intentando, con una mujer que pudiera amar, intentar estar “ a su lado”.
Recién en medio de su análisis el rasgo unario pudo ingresar al núcleo de su ideal del yo, bien separado del objeto, al que pudo depositar en una figura femenina no degradada, sino también amada.
Años después, el análisis terminaría con nuestro héroe de novio, trabajando, pero aún con dudas sobre el amor de su futura mujer.
Señalándole que aún faltaba un tramo de trabajo, nos despedimos de muy buena forma. Yo, por mi parte, afirmé que siempre estaría dispuesta a escucharlo si volviera a necesitar un tramo más de análisis.
En efecto, tal como consigné en el artículo "Creer allí. De lo que no es capaz el ADN", que figura en esta página web, el muchacho devenido hombre pleno volvió a pasar por mi consultorio y necesitó otra vuelta de análisis. Esta vez pudiendo desgastar de profunda desconfianza del objeto femenino... y de sí mismo que, atenuada, retrabajada, y comparativamente aceptablemente superada, le había permitido llegar al puerto de la paternidad.

 Revista literaria psicoanálisis paternidad







[1] Lacan, Jacques L´étourdit Scilicet N°4 du Seuil. Paris 1973. Allí re refiere Lacan a la repetición (iteración humana por excelencia) que implica el coito. Se trata de la repetición de la escena primaria, donde fue gestado el propio sujeto.
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