El purificador de los condenados (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El purificador de los condenados (Novela Policial Negra)

miércoles, 14 de octubre de 2015 1 comentarios

"Necesito matarla, mentiría si dijera que no estoy excitado. La culpa me come vivo, pero sé que tengo que hacerlo y la emoción, el instinto animal de cazar sin ser cazado, me mantiene enfocado en el objetivo..."


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Escrito por Redaccion de Letras Opacas -Diario Literario Digital

"Dicen que como muestra basta un botón, pero esperamos que esta muestra, el primer capítulo de la adictiva novela de AQ Gimenez que ya puedes encontrar en las mejores librerías, no sea suficiente..."
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La primera presa




Necesito matarla, mentiría si dijera que no estoy excitado. La culpa me come vivo, pero sé que tengo que hacerlo y la emoción, el instinto animal de cazar sin ser cazado, me mantiene enfocado en el objetivo.

La sigo desde hace horas por las calles de Nueva York. El que no conoce bien esta ciudad nunca imaginaría que el verano es tan caliente y este julio, efecto invernadero y toda esa mierda, es húmedo, sucio y agobiante como el baño de un gimnasio barato.

Seguirla no es difícil, la Gran Manzana es como un hormiguero pateado por un gigante, la única manera de que alguien recuerde haberte visto es andar desnudo o disfrazado de extraterrestre. Atacar, mientras estoy rodeado de tantos neoyorkinos desconfiados es. sin embargo, casi imposible.



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Comencé a seguirla desde el departamento de Spanish Harlem, donde vive. La veo bajar en la estación de la línea 4 del Metro. Enseguida llega el tren y subo con ella. Al principio me parece complicado vigilarla en un espacio tan reducido, pero solo necesito pararme en la otra punta del vagón para volverme invisible.







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Baja en Chinatown y me sorprende, creía que iba a seguir unas estaciones más. Logro salir antes de que cierren las puertas y me ubico a unos cuantos metros de distancia. Ella camina despacio mientras mira las mil porquerías que venden en la calle. La veo entrar en una especie de Department Store en Canal Street llamado Pearl River. Aquí adentro es más complicado, por suerte el lugar está repleto de gente. Pasea por cada uno de los pisos parando en casi todos los exhibidores, finalmente compra unas sandalias y una especie de kimono de seda verde, que no parece muy apropiado para su generoso cuerpo. No tiene importancia, si cumplo con mi cometido, nadie la verá haciendo el ridículo con ese desafortunado look de falsa geisha.

Los vestidores están llenos de clientes en un frenesí de ofertas. No puedo hacer nada. Tengo que esperar hasta que esté sola, tengo que matarla, tengo que disponer del cuerpo.

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Su departamento sería ideal, pero vive con su hermana y solo quiero matarla a ella. Ese es el plan y ya tengo bastante remordimiento sin apartarme de él.

La sigo por la calle hasta que entra en un restaurante La espío a través de la vidriera, llena de patos colgados boca abajo como traidores. Para disimular, aunque no tengo hambre, compro un pincho de cerdo con salsa picante a un vendedor callejero. Entre los nervios y la falta de costumbre, temo que me va a perforar el estómago como ácido de batería.

Mi blanco se toma su tiempo. Yo cambio de ubicación un par de veces. Le pido un té rojo con perlas de soja a otro vendedor. Me cae un poco mejor.


Ella come sin apuro. Voy y vengo por la vereda pringosa. Mis suelas se despegan a cada paso chillando como ratas. Cuando ya no sé cómo disimular mi presencia en la calle, ella sale, camina una cuadra y vuelve a entrar al Metro. Ya aprendí cómo seguirla sin ser detectado. Tengo la esperanza de que no vuelva directamente a su casa. Si al llegar la noche está todavía en la calle, sé que voy a encontrar una oportunidad.

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Tengo suerte, baja en la calle 59 y Lexington. Camina unos metros en dirección al East River, pero cambia de dirección. Se dirige al oeste otras tres cuadras y comienza a cruzar el Central Park. Todavía quedan dos horas de luz y aun en un miércoles, con el parque mucho más vacío que los fines de semana, no es demasiado peligroso para una mujer sola. Todo cambia si te sigue un asesino.

Luego de recorrer media ciudad, llegué a un lugar con poca gente alrededor. La tengo que vigilar desde lejos, aunque eso no es un gran problema, porque, confiada, en ningún momento mira hacia atrás.


Conozco bien el parque, siempre vengo a correr y, para no aburrirme, me meto por todos los rincones. Es tan grande que los días de semana se vuelve bastante solitario, fuera de los lugares más visitados por los turistas, el Wolkman Rink y Strawberry Fields, el área favorita de John Lennon, transformada ahora en un hermoso prado en su memoria.

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Mi lugar preferido no es tan prolijo ni tan visitado: The Ramble, con un arroyo, The Gill, una cascada artificial y su bosquecito de montaña. Es un lugar que no figura en la mayoría de las guías de turismo. Pareciera que solo los neoyorquinos fanáticos de su ciudad lo conocen. Ella cruza bastante cerca de allí, eso ayuda a mi plan.

Mi misión está colmada de problemas, pero hay uno especialmente complejo: mi presa no tiene que sangrar, tengo que estrangularla y eso es lento, visible y puede ser ruidoso.

Soy alto y bastante fuerte, pero ella es una mulata con mucha energía, sin miedo a nada, aunque eso le va a jugar en contra. Yo parezco agradable, bueno, muy inofensivo.

Cacé mucho de chico, uso lo que recuerdo, no me acerco desde atrás, sino que logro que mi camino, como por casualidad, se cruce en un ángulo con el de ella. Es menos sospechoso y puedo ver si hay alguien cerca. Es un lugar con vegetación baja en los costados, que permite mirar para todos lados si estás parado, pero donde se puede desaparecer en un segundo a ras del piso.

Siempre me dijeron que imito bien los acentos, es el momento de aprovechar esa habilidad. Me acerco y, a dos metros, le hablo en inglés con mucha tonada caribeña. Sé que es hija de cubanos, va a reconocer el acento y bajar un poco la guardia. Aunque no demasiado, después de todo esto es Nueva York y nadie confía en un extraño. Le pregunto dónde está la cascada, sé que va a girar para señalar. Largo la pregunta cuando nadie está demasiado cerca. En el momento en que me da la espalda, le paso el brazo por el cuello y aprieto con la llave asfixiante usada por todas las policías del mundo, hasta en los lugares donde está prohibida.

No puede gritar. La tiro al piso. Caigo encima. Salta y se mueve como loca, tendría que pegarle, pero no puedo arriesgarme a que sangre. Uso toda mi fuerza. Me pega, me patea, trata de morderme, no puede gritar, pero gruñe y golpea los pies. Si no la desmayo pronto, alguien nos va a ver. La ahogo con mi brazo derecho. Ella está de espaldas a mí. Con dos dedos presiono la carótida y logro que quede inmóvil. La doy vuelta, me siento encima y la estrangulo con las manos, usando todo el peso de mi cuerpo, hasta que estoy seguro de que está muerta.

Ahora lo peor…

La arrastro hasta la parte más densa del matorral y me acuesto al lado de ella.

Tengo que esperar hasta que el día también muera… Tres horas con mi primera presa.

Una vez que baja la adrenalina, todo es nervios y aburrimiento, cada minuto es como ver el canal de compras. Más la culpa, pasó la cacería y ahora todo es culpa.

Maldita educación moralista: sufrir así cuando no podía hacer otra cosa, necesitaba matarla.


Pasa gente, la mayoría sola, algunos en pares, un grupo de estudiantes. Nadie nos mira. De todas maneras, aunque nos vieran, este bosquecito es, desde hace décadas, un lugar de encuentro gay, ya nadie se sorprende de nada.


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Cae la noche, no es muy oscura, después de todo es la noche de la capital del mundo, llena de reflectores que rebotan en las nubes como si llamaran a Batman, pero alcanza para lo que necesito. Nadie camina cerca. La levanto como si fuera una amiga borracha. Entre ella y la mochila pesada que cargo no es fácil, pero no tengo otra opción. De alguna manera llego hasta la cima de esa montaña en miniatura, cerca de la bomba que alimenta la cascada. Es el lugar más escondido de este parque. Si no fuera por los edificios iluminados que parecen moverse entre los árboles como barcos navegando un canal, podría estar en Canadá, en el medio de un bosque.

Las ardillas me miran, son tan simpáticas. Me hacen sentir aún peor. La arrastro hasta un claro cercado por una pared de arbustos. La acuesto lo mejor que puedo y la miro. No puedo decir nada, no me da la cara para hacer alguna ceremonia o pronunciar un discurso. Abro la mochila, saco las dos botellas plásticas llenas con nafta que, mientras esperaba una oportunidad, cargué por media ciudad de Nueva York.

Tiro el combustible sobre mi primera presa y le prendo fuego.

Miro un segundo, horrorizado y fascinado, y me voy, sin apurarme, para no llamar la atención, antes de que lleguen los bomberos, la policía, todos los que a partir de este momento son mis enemigos.

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La novela policial negra del escritor AQ Gimenez, editor de Letras OpacasDiario Literario Digital, ya está en las mesas y estanterías de las mejores librerías de Argentina, incluyendo la más grande de Sudamérica, El Ateneo Grand Splendid. 

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Para contactarte con el autor enviando un mensaje, o conocer más detalles sobre su obra, puedes ingresar a su página de Facebook :

 "El Purificador de los condenados".

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Dicen que como muestra basta un botón, pero esperamos que esta muestra, el primer capítulo de su adictiva novela, no sea suficiente:


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+ comentarios + 1 comentarios

jueves, 14 de septiembre de 2017, 14:14:00 GMT-3

Hola. Estoy leyendo la novela y cada día me atrapa más. Me encanta

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