El héroe reticente - Capítulo 27 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 27 (Novela Policial Negra)

miércoles, 28 de octubre de 2015 0 comentarios

"Quizás no sea la razón más justificable del mundo para matar, pero a mí me alcanza..."




Una novela policial negra por entregas

Escrita por AQ Gimenez

Para Diario Literario Digital




De un viaje anterior conocía una zona inusual de Río. Si Copacabana fuera un barco, Bairro Peixoto sería la chimenea. Encerrado entre colinas cubiertas de vegetación y sorprendentemente libres de favelas, el lugar es tranquilo, con poco tráfico, lleno de familias con muchos chicos jugando en las plazas. Se parece más a Villa Devoto que al resto de Copacabana con su ruido, polución y joda eterna.


Voy a un hotel frecuentado por viajantes y funcionarios de segundo nivel. Muy pocos turistas querrían estar a tantas cuadras de la playa. Me registro con el documento y la tarjeta de crédito de uno de los sicarios que eliminé, lo que seguramente hará sonar todas las alarmas en el cuartel general de los hijos de puta que me buscan. No creo que reaccionen demasiado rápido, pero por si acaso no me quedo a dormir allí. Vuelvo a Santa Teresa, donde paso la que probablemente sea la última noche tranquila en mi futuro próximo.



Al otro día muy temprano vuelvo a Bairro Peixoto. Luego de vigilar un rato sin ver ninguna cara sospechosa, entro al hotel y consulto si alguien preguntó por mí. A pesar de la respuesta negativa subo a la habitación para verificar que nadie haya entrado. Todo está como lo dejé, así que todavía no me encontraron. 


Confiado en que no podrán reconocerme fácilmente con mi nuevo “look” barbudo, me instalo en una especie de Diner al estilo norteamericano donde solo falta que me atienda una vieja rubia con rulos, mascando chicle. Desde ahí puedo ver claramente la puerta del hotel. Paso todo el día tomando café y comiendo porquerías mientras leo, que me tranquiliza, y pienso en Ágata y Anastasia, lo que me hace sufrir como si tuviera las bolas en una morsa.

210 Diner - São Paulo - SP, Brasil. Booze & Burger

La gente que pasa por la calle transcurre tan pacífica y sin problemas aparentes, que parece imposible que un grupo de asesinos pueda aparecer de pronto. Aunque sé que casi seguramente será así, en el fondo de mi mente queda la esperanza de que nadie venga, lo que significaría que ya no me buscan acá, ni me estarán esperando en Buenos Aires.

El día termina sin novedad. No sé cuantos días tendré que pasar vigilando hasta estar seguro de que nunca vendrán.


El otro día empieza igual. Nadie preguntó sobre mí en el hotel. Si están sorprendidos por que solo he estado en la habitación que estoy pagando, unos pocos minutos por día, nadie dice nada. Mientras ponga la plata puedo hacer lo que quiera.



Vuelvo al Diner. Creo que la sobredosis de cafeína me va a matar antes de que lleguen los malos. A media mañana se acerca al hotel un tipo con cara de ser profesor de cachiporra, como dice la milonga. Lo acompañan dos jóvenes de aspecto similarmente patibulario, y por qué no, prostibulario. Cargan unos bolsos pequeños y pesados que dan la impresión de ser tan inocentes como los estuches de violín que usaba la mafia para llevar las ametralladoras. Los sospechosos entran al hotel y saludan efusivamente a los empleados. Se registran y suben por el ascensor.


Aviso en el bar, que ya es como mi segunda casa, que volveré enseguida y cruzo la calle a la carrera. Los de la recepción, me miran con sorprendente paciencia y antes de que los interrogue me cuentan que nadie preguntó por mí. Les digo que creí reconocer a los que entraron, ¿No son acaso de Piauí, al norte?


Me contestan que no, el mayor es el dueño de una discoteque de la ciudad de Cabo Frío, y viene con sus hijos varias veces al año, a contratar números musicales de segundo nivel para actuar en su local. Eso explica el aspecto, algunos empresarios de la noche no son precisamente unos Frailes Recoletos.


Luego de mi inútil sobresalto, vuelvo a mi apostadero donde, ante las cejas levantadas de los mozos y el cajero, les cuento que soy un periodista esperando el ingreso de un famoso actor que, según el dato que tengo, consumará su infidelidad en esa discreta instalación hotelera. Me preguntan quién es y yo pongo cara de “¡Ya van a ver!”.


Paso otro almuerzo aburrido, con una comida cuyo único sabor está dado por los aderezos, que tampoco son como para salir a promocionar con un megáfono. Encima sin cerveza, ni vino, ni caipirinha. Para demostrar mi poder de síntesis, marca de un gran escritor, lo defino en dos palabras: ¡Una cagada!

Intento lavar el gusto de la comida con un helado. Otro fracaso. Al técnico que creó el extracto artificial que han usado, le recomendaría que un amigo le presentara a una frutilla.


Las dos pistolas que robé en Paranaguá están calzadas en mi cintura, una a la izquierda y otra a la derecha, debajo de un saco blanco y liviano, de esos que usaban los ingleses cuando viajaban al trópico en el siglo XIX. Me hacen ver un poco gordo, pero acepto que la elegancia no es un tema prioritario en este momento de mi vida.


Decido no tomar más café, lo único vagamente similar al producto real en este lugar, para no empezar a temblar por exceso de cafeína. Si aparecen los matones, necesito que mi limitada puntería no me falle.


Trato de estar lo más atento posible, pero son muchas horas. Algunas veces me distraigo o cierro los ojos durante unos minutos. Otras, necesito ir al baño. 


Cuando vuelvo de una de mis fugaces carreras hacia el mingitorio, veo un grupo de grandotes en jeans y camperas hablando con el conserje. Esa ropa no sería nada extraña en el verano de Oslo, pero cuatro tipos vestidos así, acá, en un día de treinta y seis grados a la sombra (¡si hubiera sombra!), es demasiada coincidencia. Yo mismo solo estoy usando un saco porque tengo que ocultar mis armas. 



Al rato salen mirando para todos lados. Comparado con sus caripelas, el empresario que vi antes parecía el Papa Francisco. No tengo muchas dudas, pero antes de actuar tengo que estar seguro. Me prestan el teléfono en la caja y llamo al hotel. Pido con el conserje y antes de que le diga nada me cuenta que unos “amigos” estuvieron hace instantes preguntando por mí. 


Si esos son mis amigos… ¿cómo serán mis enemigos? Los veo posicionarse en distintos puntos de la cuadra intentando pasar desapercibidos. El resultado es apenas menos conspicuo que un bailarín de Ballet en el medio de la hinchada de Boca.


Elegí el Diner a pesar de su comida, apenas legal, por su línea visual directa a la recepción del hotel, pero también porque tiene otra puerta a la vuelta de la esquina. Pago la cuenta y salgo por ahí.


Dicen los chinos que tenés que tener cuidado con lo que deseás porque se puede cumplir. Estoy cagado en las patas. Esta vez no me encontraron, yo mismo avisé donde estaba. Ahora pienso que fui un pelotudo. Considero la posibilidad de desaparecer, pero se me cruza una imagen de Ágata y “El Zorrino” cogiendo en mi cama. 


Quizás no sea la razón más justificable del mundo para matar, pero a mí me alcanza.




Continúa en


 para DIARIO LITERARIO DIGITAL 
Share this article :

Publicar un comentario

 
Letras Opacas.org | |
Copyright © 2011. DIARIO LITERARIO DIGITAL - All Rights Reserved
LETRAS OPACAS (Diario Digital Literario) .Argentina
Proudly powered by Blogger
Conseguir la ú…e Flash Player Blogger {{Usuario escritura-4}}width=device-width, initial-scale=1.