El héroe reticente - Capítulo 26 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 26 (Novela Policial Negra)

lunes, 5 de octubre de 2015 0 comentarios

"A veces es mejor enfrentarse a los enemigos que escapar"


Revista literaria historia policial

Una novela policial negra por entregas 

Escrita por AQ Gimenez

Para Diario Literario Digital


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—¿Subcomisario Peña?

—Sí ¿Quién habla?

—Usted nunca se encontró conmigo pero creo que conoce mi nombre.

—¡Déjese de hacerse el misterioso y dígame quién carajo es!



Éste era el momento de la verdad. Por seguridad me había tomado un ómnibus hasta Niteroi, cruzando la Bahía de Guanabara. Pero si Peña me rastreaba o peor, le pasaba el dato a “El Zorrino”, mi vida volvería a estar en peligro inminente.

—Mi nombre es Carlos Topo y tuve que escapar porque Víctor Zorrilla me iba a hacer matar apenas pisara una cárcel.

—¡Usted es el que se escapó del patrullero en Belgrano!

—Creo que a esta altura nos podemos tutear.

—Depende, si me llamás es para decirme que sos inocente, ¿es así?


El tipo no era ningún boludo. —Exactamente. Averiguá un poco y vas a ver que me hicieron una cama. “El Zorrino” me plantó dos kilos de coca y mandó algún “conocido” de la fuerza para que me hicieran un allanamiento. Yo ni sabía que estaba ahí. Vas a ver que no tengo ningún antecedente, es más, soy escritor de novelas policiales.

—¿Y eso que tiene que ver?

—¿No te parece que se me hubiera ocurrido otro lugar, un poco más sofisticado que adentro de un placard, para esconder tamaña cantidad de merca? Y además seguro que la bolsa no tiene mis huellas digitales.

—¿Y para qué lo hizo?

—Me quería sacar del medio para acostarse con mi mujer. Fueron novios hace años cuando ella era muy joven…

—¡Y un poco boluda!

—Todos lo fuimos alguna vez.

—Mmmm…

—Ella logró mandarme un mensaje en el que me decía que Zorrilla hablaba de vos con preocupación. Eso a mis ojos es como un certificado de honradez.

—Gracias, creo.

—Lo que te pido es que averigües un poco. No le digas a nadie que llamé. Vigilá nuestra casa y el vivero de ella—le di las direcciones y los teléfonos—. Pero tené cuidado porque seguramente la controlan amenazando a mi hija, que tiene nada más que seis años y debe estar aterrorizada.

—Llamame en dos días a esta misma hora, a ver qué averiguo—. Y colgó.


Otros dos días de entrenamiento y volví a cruzar el larguísimo puente para llegar a la ciudad que según los cariocas tiene una sola cosa linda: La vista de Río.

—Hola Peña, otra vez Carlos Topo.


—Lo que me contaste parece salido de una mala serie yanqui, pero hay un par de cosas que llaman la atención.

—¿Por ejemplo?

—Mandé a unos suboficiales de confianza a vigilar tu casa. A las nueve y cuarto vieron salir a tu mujer acompañada de un ñato con aspecto de modelo para tapa de prontuario, y de dos metros de alto. No parecía el típico empleado de un negocio de jardinería. El tipo no se separó de ella en todo el día. Después volvieron a la casa y el urso entró y no volvió a salir. Pero lo más significativo es que alrededor de las once de la noche llegó tu amigo “El Zorrino” y no salió hasta la mañana siguiente.

—¡Mierda!

—Sí, no me gustaría estar en tu lugar. Además averigüé tus antecedentes. Lo único que pude encontrar fueron un par de multas, pagadas, y una vez que te demoraron durante una protesta estudiantil hace mucho tiempo.

—¡Ni me acordaba!


 


—No te preocupes, es casi una recomendación. Los narcos no van a manifestaciones.

—¿Entonces me crees?

—Por ahora sí. Vamos a ver como sigue.

—Mejor así, porque me tenés que ayudar a recuperar a mi familia.

—¡No va a ser fácil!

—Ya lo sé, pero tengo un plan.

—¿Cuál es?

—Pronto te lo voy a contar.

—OK. Pero para cumplirlo, primero tenés que sobrevivir. Estuve escuchando los tambores de los nativos…

—¿Qué tambores?

—Ja, ja, así le digo a lo que se habla en el ambiente delictivo. Esos tipos son más chusmas que las viejas de la cola de la jubilación.

—¿Y qué escuchaste?

 


—Oí que estás en Brasil, y conste que no rastreé la llamada. Dicen que mandaron unos “socios brazucas” de Zorrilla a matarte y nunca volvieron. Ahora te buscan por todo ese país y además te están esperando con todo acá. Así que tené cuidado.

—Gracias. No sabés lo que significa para mí poder confiar en alguien.

—¡Que te recontra!, intuyo que me vas a meter en el kilombo más jodido de mi vida. ¡Y he tenido unos cuantos!

Colgué y volví a Río. Pero no fui a Santa Teresa. Tenía encima el documento y la tarjeta de crédito de uno de los que había matado. Decidí que era más seguro elegir el momento y el lugar de mi encuentro con los que me seguían. Y si todo salía bien mataría dos pájaros de un tiro.

Aunque lo que más deseaba cazar era un mamífero mefítido.




Lee la primera parte de esta novela en: 
El héroe reticente - Prólogo

 para DIARIO LITERARIO DIGITAL
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