Avril y la dificultad de la iniciación sexual. Reflexiones estructurales sobre la adolescencia (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Avril y la dificultad de la iniciación sexual. Reflexiones estructurales sobre la adolescencia (Psicoanálisis)

viernes, 30 de octubre de 2015 3 comentarios

"Maga: la que transforma un apéndice sin tono ni erección en un vibrante falo deseante, erecto y firme... Lejos de ser una tarea degradada es la inconmensurable ventaja de una feminidad bien llevada. Darle al hombre el falo. Dado que por sí mismo, no lo tiene."

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La Maga-Rayuela


Escrito por la Dra Silvia Amigo 

Psicoanalista

Para Diario Literario Digital


Punto 4

Avril y la dificultad de la iniciación sexual
Reflexiones estructurales sobre la adolescencia



Escuchemos ahora un breve fragmento de la consulta de Avril, una jovencita que consulta apenas después de terminado su secundario. Un fondo de angustia es permanente en ella. No logra "tener novio". Bellísima e inteligente, teme carecer de atractivos suficientes para que un chico "la tome en serio".



Acaba de comenzar una exigente carrera universitaria. Ama lo que debe leer y estudiar, pero posdata hasta el límite las fechas de exámenes cruciales para ir pasando su ciclo básico. Arriesga siempre no llegar a la fecha. "Se cuelga" con su grupo de amigos. Cuando alguno de ellos la llama pidiendo una oreja amiga, puede pasar una noche entera (sic) charlando. Además se divierte mucho con este grupo de sesgo intelectual, irónico, cultores del arte y la política. Egresó de un colegio del que se supone emerge la intelligenzia argentina. Allí se siente segura y valorada. A solas con un hombre la devoran sus miedos y pierde su aplomo.Como suelo hacerlo, al pasar, le pido que me cuente cuándo comenzó a sentirse así. Repasa mentalmente su vida. Con seguridad al ingresar a este colegio, aunque cree percibir que era una niña un poco angustiada, demasiado pendiente de las necesidades de sus padres. Le hago notar lo extraño que resulta que una nena tan chica crea poder tener que asegurar el bienestar de dos adultos plenos, profesionales establecidos. En eso, no se había detenido a pensar nunca, tan natural que le parecía la situación.

¿Qué había sucedido cuando ingresó? En ese año sus padres se divorciaron.
Comenta largamente la pesada disputa entre sus padres, iniciada cuando, sin que pareciera que las cosas anduvieran mal (dato que más tarde en análisis veremos que no reflejaba la verdadera situación, pues había pesados indicios de malestar conyugal que la familia pasaba por alto), decide el padre, unilateralmente, divorciarse.


La madre toleró tan mal esa separación que no vaciló en llorar día a día en los brazos de su hija, desesperada, como si la pequeña pudiera sostenerla en ese trance.
Esa mujer no se sentía solamente dolorida. Actuaba como un ser humillado, vulnerado y carente de futuro. Profesional sólida, intelectual que comenzaba a hacerse conocida, se daba por perdida. Tenía apenas 40 años!
El padre, un buen hombre, estaba sin embargo tan seguro de cada opinión que emitía que creía entender a su hija sin la menor duda, saber qué le pasaba y por qué; y no vacilaba en atribuir a la “locura” de la madre todo lo que a su hija le pasaba. En la ecuación que presentaban Avril y sus malestares, el padre resolvía despejando la x con certeza: la madre era la causante.
Hombre que había iniciado un análisis antes del divorcio, creía que su condición de analizante lo habilitaba para tener siempre a mano una “interpretación” para lo que a su niña le sucediera.
La hija, que lo amaba profundamente, no encontraba, sin embargo, alguna hendija de sin sentido donde el padre pudiera tomarla como enigma, ni por ende involucrarse con alguna pregunta acerca de que lo a él mismo le concernía en cuanto a lo que a su hija la aquejaba. Esta chica tardó mucho en poder poner en cuestión a su padre, porque él mismo dejaba deslizar que amarlo implicaba sine qua non acordar con sus dichos, sus ideas sobre el mundo, la política, el estado del planeta...y sobre nuestra atribulada jovencita.
La depresión larguísima e irresuelta de su madre, quien no vacilaba en variar desde la posición de humillarse frente al padre rogándole que volviese a su lado hasta el ataque judicial más inopinado para exigir alimentos para sus hijos y para ella, disputa sangrienta que duró años, dejaron a Avril con la convicción de que una mujer que pidiera algo a un hombre devenía algo así como un personaje lamentable y patético. O peor, viraba a bruja reivindicativa y sanguinaria.
El análisis de esta joven permitió rastrear más atrás, en la primera infancia, cuán insoportable le resultaba la posición de su madre frente a su hombre. Dependiente y poco femenina, demandante y poco “autónoma”, en fin nada que la niña quisiera tomar como escalón identificatorio. Y todo esto, como comentáramos más arriba, de parte de una sólida profesional con un nombre que comenzaba a perfilarse en su disciplina.

Beautiful young woman playing hopscotch with a red dress 
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Esta mujer recubría con una gruesa capa de ideología "de género", feminista por supuesto, los problemas que sin dudas le impedían la coquetería, el encanto, el savoir faire más elemental en la misión que Cortázar nombrara de forma deslumbrante en su inolvidable personaje femenino: la Maga.Maga: la que transforma un apéndice sin tono ni erección en un vibrante falo deseante, erecto y firme... Lejos de ser una tarea degradada es la inconmensurable ventaja de una feminidad bien llevada. Darle al hombre el falo. Dado que por sí mismo, no lo tiene. A toda esta sencilla argumentación la madre no tenía la menor posibilidad de arrimarse. Como suele suceder, cuando un sujeto se agrieta, cuando no comprende, cuando no acepta un límite y busca una solución válida; recurre, como su madre, al expediente de justificar ideológicamente rellenando la grieta con la pegajosa goma ideológica, despachando la cuestión...a la generación siguiente.



Descuidada, afeada, mal vestida teniendo los recursos económicos y culturales para hacerlo bien, la madre, desde que Avril era muy niña, afirmaba que no iba a rebajarse a intentar complacer al macho. En fin.
Esta mismísima señora es la que rogaba a su marido que volviese, llorando en brazos de su hija.
La confusión de la niña no tardó en plasmarse, durante la adolescencia, como un activo rechazo a asumir roles “femeninos”. Confundía, en efecto la feminidad con la postura degradada de su madre. Y esto a pasar de ser, como dijéramos, una joven muy bella e interesante a la que le atraía claramente el otro sexo.
Como venimos subrayando, esta combinatoria ya preparada durante la infancia, emerge como crisis recién en su adolescencia. Y no sólo, como en principio creía la niña junto con su familia, a causa del desgraciado divorcio de los padres, sino motivada en la puesta a prueba de las identificaciones que había sellado su infancia y que se demostraban insolventes en la adolescencia para respaldar su entrada en el juego sexual.
Cuando Avril llega a consulta ha llegado a un impasse: pertenecía a un nutrido grupo de jóvenes brillantes e intelectuales (y esta intelectualidad era aprobada por su padre vehementemente, dado que él es un hombre culto y dedicado a la cultura). Es en este grupo que ella encontraba un sostén y un amparo para su pregunta angustiada y casi no formulada: ¿qué es una mujer? ¿una pobre cosa humillada como la madre? ¿qué hacer para dar curso a su deseo sexual, dirigido claramente a los varones cuando ella misma, por otra parte, se sentía un varoncito “intelectual”? ¿puede una intelectual ser al mismo tiempo una “minita” (así llamaba ella a las chicas que se ocupaban de “hacer desear” a los muchachos)? ¿puede una “minita” tener alguna aspiración a la dignidad y al intelecto?


Típicamente, su ideal del yo (el intelecto, la agudeza de espíritu, la independencia de criterio) se daba de patadas con su modalidad de goce (los varones a los que hay que “hacer desear” consintiendo un tanto en ser el objeto que causa su erección).
Sin poder casi formularse estas preguntas que el análisis va a poner en claro, ella está preocupada porque no puede pasar de la “transa” con varios integrantes de su grupo, y un par de relaciones sexuales muy poco satisfactorias y con ninguna consecuencia de “noviazgo”. Esta situación la preocupaba y la angustiaba, al igual que a su familia, que veía con malos ojos que el tiempo pasara y el novio no apareciera. Caso típico: la familia reprocha al joven la situación en que ella misma la ha puesto.
Durante su análisis pudo recién ir desprendiéndose de la excesiva adherencia a su grupo y pasar a tener un novio sin renunciar por ello a sus legítimas aspiraciones intelectuales.
Descubrió lentamente, trabajosamente, que una intelectual puede también ser "la Maga".
Recién pudo, y esto es típico del análisis durante la adolescencia, reformular su ideal del yo haciendo del unario que ya había desgajado en su infancia, esa traza sinsentido que horada el todo saber del Otro.
Se trata de hallar una reformulación del núcleo de un ideal del yo que no se pusiera en cruz con su objeto de goce, los muchachos. Recién en la trama de su análisis pudo integrar la función femenina como algo digno, algo que no atentaba contra su aplomo de sujeto. La saga de las historias de amor pudo comenzar a desplegarse, y sus amigos fueron parte importante de su vida sin tomar el lugar de exclusivo puerto de amparo.
Esta chica pudo pasar del Otro al otro del amor y de la sexualidad. 


 

Los recortes clínicos que hemos elegido tratan ambos de jóvenes cuya elección de objeto fue heterosexual. No intentamos afirmar por ello que deba siempre ser así. La elección de partenaire es algunas veces homosexual, y se ha hecho ya (en el fantasma infantil, y sin corroboración en lo real) en la primera vuelta edípica. Este tipo de elección implica otro objeto en el fantasma y una configuración diferente del ideal del yo. No nos ocuparemos de esta eventualidad en esta ocasión. Pero debemos señalar que, tal como venimos afirmando, igualmente estas adquisiciones infantiles recién se pondrán a prueba en el trance adolescente. E implicarán también un pasaje del Otro al otro.

Algunas reflexiones sobre la adolescencia



¿Qué es un adolescente?
O mejor planteado ¿Cuál es el estatuto psicoanalítico par­ticular del adolescente, su peculiaridad estructural? Me lo he preguntado miles de veces porque trato con ellos todos los días en consultorio.
Escuchemos la enseñanza que nos ofrecen los recortes clínicos que hemos traído a colación (elegidos en esta ocasión por su tipicidad). Estos nos permitirán aproximar una respuesta.
Las infancias de estos muchachos fueron aproximadamente normales. Fueron niños alegres, confiados, estudiosos e investigadores, sociables.
Los problemas comienzan en la pubertad, en ese momento que Freud llama el segundo despertar sexual, el segundo tiem­po de hallazgo del objeto, el momento mítico de liberación de las "sustancias sexuales". ¿Qué pasa entonces en este segundo despertar sexual?
En la entrada en la pubertad en lo real de sus cuerpos el pubis tomará un lugar determinante. Para nuestro muchacho: un órgano (ese que Freud hace pivote del complejo de castración y que Lacan pre­destina a elevarse al significante) se hace utilizable para reunirlo en el coito a una mujer, es decir para separarlo definitiva­mente de La madre.
Para Avril su cuerpo mutado en cuerpo de mujer también la llevara a la inminencia de esa cita. La muchacha no encontrará que el soporte fantasmático del primer despertar sexual le resulte útil.

Ahora bien, desde lo simbólico ocurre algo singular: el adolescente cabalga entre dos posiciones: tiene ya un acervo do Otro simbólico, posee un tesoro significante propio, pero toda­vía su lazo al Otro real es muy fuerte y decisivo.[1]Es por eso que dependerá en gran medida de cómo el Otro Real sancione, de significantes con que ligar ese real que interrumpe masivamen­te para que el sujeto, inmerso en el segundo despertar sexual, pueda integrarlo mejor o peor, anudarlo o no, es decir ingresar­lo a la estructura.
Es a causa de este particular estatuto del Otro (entre simbólico y real) que la presencia de los padres en el análisis deberá ser cuidadosamente evaluada en cada caso singular.
Así como está excluido citar a los padres cuando enfrentamos una neurosis de transferencia adulta; así como es de rigor citarlos en tiempos de la infancia, la adolescencia volverá a darnos la ocasión de toparnos con particularidades clínicas insoslayables.
No se trata, como se ha insistido con razón en el ambiente lacaniano, de que seamos “especialistas” en adolescencia. Ni en ninguna otra etapa vital, ni en ninguna estructura clínica. Pero sí se trata de singularidades que no pueden dejar de tenerse en cuenta para abordar estos casos por poco que se tengan en cuenta las peculiaridades del momento lógico que este tiempo del sujeto le hace transitar.
No somos especialistas. Pero algunos tenemos una práctica que, formalizada, puede arrimarnos a algún mejor savoir faire.
Los padres serán citados cuando la cura así lo exija, sea porque son estos los que consultan preocupados por sus retoños, sea en medio de la cura cuando, en lo real, se hallan en posición de dificultar algún alcance de importancia para sus hijos que dependen aun en lo real de ellos. No puede descartarse de plano, como muchas veces se escucha afirmar, la presencia de los padres, aunque esporádica, de la escena analítica.
La asunción imaginaria de los cambios corporales depen­derá profundamente de la respuesta que llegue desde el orden simbólico. Respuesta que podríamos situar en el mejor caso en el standard: "Ya sos un hombre". “Ya sos una mujer”. Respuesta que nuestra cultu­ra, al no fijar un rito de iniciación, deja en el margen del equívo­co. En las sociedades llamadas primitivas este rito se encarga de sancionarlo sin dudas.
Este cambio en lo real, con el reacomodamiento de regis­tros que implica, prepara una verdadera reformulación edípica, es por eso que el propio Freud dirá que es la represión del in­cesto la que se renueva. Es decir que nos hallamos en un pe­ríodo donde la estructura espera una ratificación o un verdade­ro caos.
Los cambios son enumerados por Freud en sus tres ensayos.  En sus términos diríamos que el cambio en el cuerpo y la sanción del Otro obligan a:
a.            Encontrar un nuevo fin sexual: el coito, abandonando total o parcialmente la masturbación infantil. La sexualidad va a entrar por vez primera a convocar a lo genital. Esto obliga a:
b.  Encontrar un nuevo objeto, ya no el Otro sino algún otro, lo que trae aparejado como consecuencia inmediata la exogamia, en todos los planos y en todas sus consecuencias;
c.             Tratar de unir las corrientes tiernas que quedaron adhe­ridas a los padres y las corrientes sensuales que se dirigen a una mujer o un hombre, para no caer en la degradación general de la vida eróti­ca.


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Lacan afirmó en L’étourdit que el órgano peneano se ha de elevar al significante. Para niño y niña esta “elevación” al símbolo deberá tener lugar. Ofrezco a discusión la tesis de que hay dos tiempos de elevación del órgano al significante. Lo que equivale a afirmar que la ins­cripción del significante fálico tendría dos momentos privilegia­dos:
1° ) el de la conclusión infantil del complejo de Edipo;
2°) el de la crisis puberal.
Entre ambos momentos el significante fáli­co espera en souffrance para asegurar su papel ordenador el nachträg de la pubertad.
Cuando este segundo tiempo se encuentra con “turbulencias” (que no pueden no faltar a la cita)  se hallan trabados los pasos que Freud enumerara.
a. Nuevo fin sexual: coito. Nuestro muchacho sólo lo hace bajo la premisa de una fuerte degradación de la vida erótica. Nuestra muchacha apenas puede encararlo, y sin disfrutarlo.
b.    Nuevo objeto. La madre de nuestro protagonista "enloquece" si hay novias o chicas a la vista. Y él consiente en no tomar ninguna como “novia”. Avril prefiere conservar un apego y una identificación excesiva al padre. La endogamia aun prima.
c.   Unión de tendencias tiernas y sexuales. Nuestros muchachos no pueden aun amar a quienes colocan como objeto sexual, se refugian, aunque con angustia, en la degradación de la vida erótica. Y en sus pares, amigos, "transas" sin consecuencias.


Esto explicaría por qué los brotes psicóticos se inician electivamente en la adolescencia.
Aclaro que para que haya un verdadero brote psicótico es necesaria una grave falla en la primera inscripción fálica. De todos modos es notable que el brote se desencadene cuando debiera por lo menos rectificarse la inscripción fálica fallida.
Volvamos ahora a la frase que inicia el  Punto 1 de esta serie de reflexiones: siguiendo el hilo de los argumentos que vamos desgranando podemos colegir por qué Freud sitúa en los dos picos de despertar sexual algo de impor­tancia estructural suficiente como para ponerlo en la lista de las cosas específicamente humanas.



 Lee también los artículos previos sobre este tema:

Punto1-El segundo despertar sexual: Pasaje del Otro al otro



Notas



[1] Puede consultarse también, a ese respecto De Silvia Amigo “Clínica de los fracasos del fantasma” Homo Sapiens 1999, segunda edición 2002. En particular el capítulo “El despertar de la primavera”
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sábado, 31 de octubre de 2015, 9:07:00 GMT-3

cuanta tela para cortar, cuanta vida vivida, cuanta experiencia propia y ajena

sábado, 31 de octubre de 2015, 9:07:00 GMT-3

cuanta tela para cortar, cuanta vida vivida, cuanta experiencia propia y ajena

sábado, 31 de octubre de 2015, 9:09:00 GMT-3

si el delito es al decir de Lombroso un hecho tipico antijuridico y culpable, habria que revisar lo delictual que hay en nosotros.

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