La rebelión de los electrodomésticos (Ciencia Ficción) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

La rebelión de los electrodomésticos (Ciencia Ficción)

miércoles, 23 de septiembre de 2015 0 comentarios


¿Qué sucederá cuando se rebelen los aparatos electrodomésticos?



Escrito por AQ Gimenez


Dos años después de la Olimpíada de Quito, las empresas de productos electrónicos comenzaron a producir masivamente robots para la casa. 

No eran como los antiguos electrodomésticos, artefactos inmóviles que debían ser operados por manos humanas. Estos nuevos artefactos, si bien estaban construidos para una tarea determinada, luego de ser programados, operaban sin intervención de los dueños de casa. Sus baterías recargables de iones de litio les permitían trasladarse sin necesidad de cables. 

Los humanos no debían preocuparse por el nivel de carga, ellos mismos se ocupaban de conectarse automáticamente.



El esclavo cibernético más popular era la aspiradora/lustradora. Solo debían insertarse en su memoria los ambientes a limpiar y encerar, y las horas y días en que debía hacerse. Los pisos permanecerían impolutos y brillantes como por arte de magia.

Existían muchos juguetes más: El limpiador y desinfectante anfibio para piscinas; un lavador, secador y planchador de ropas; el comprador de suministros por internet, que al llegar el pedido ordenaba los productos en el sitio que correspondía: el baño, el freezer, el refrigerador o los estantes.




Uno de los más caros era el lavavajillas integrado a los muebles de la cocina, que permitía introducir los platos más pringosos y grasientos, para aparecer unos minutos más tarde ordenados en su correcta ubicación, limpios como la conciencia de un monje tibetano.




Al principio yo me resistí. Tanta tecnología no supervisada me ponía un poco nervioso.

Vivo solo en un caserón un poco alejado que heredé de mis padres. La mucama de siempre se volvió demasiado viejita para seguir trabajando.

Hice un esfuerzo e intenté limpiar con mis propias manos, pero no tenía la habilidad ni la voluntad necesaria para hacerlo.

Fracasado, vacío de amistades y de ideas, no tuve otro remedio que ir a la tienda ridículamente bautizada como “Robotodo”.



Soy débil ante personalidades prepotentes como las de los vendedores. Lograron convencerme de comprar algo llamado Kit del Hogar. Incluía diez máquinas automatizadas, que hacían todo tipo de cosas que jamás podría comprender.

Por suerte, creí entonces, el Kit incluía la visita de un técnico diplomado para programar los artefactos e instalar el puesto de recarga para las baterías.



Cuando el experto dejó la casa, me sentí como un domador cuando los asistentes meten al león dentro de la jaula y lo dejan solo con la fiera.


Miraba a los artilugios como si fueran tarántulas o escorpiones listos para atacar.



Esa noche me acosté con la puerta de mi dormitorio cerrada con llave. No sirvió de nada, cada vez que lograba conciliar el sueño, pesadillas con estridentes aparatos llenos de luces y cromados me hacían despertar sudando.

Para mi sorpresa la casa empezó a convertirse en un lugar higiénico y organizado como cuando vivía mamá. Las sábanas aparecían blancas y planchadas como en un hotel de lujo. Los platos y cucharas dejaron de tener esa tenue capa de suciedad que arruinaba el sabor de los postres.

La piscina tenía el color del Caribe. La comida se preparaba por sí sola, sana y deliciosa, como si tuviera un chef encadenado a la puerta del horno. 




Como salgo muy poco, era imposible programar las máquinas para que trabajaran en mi ausencia. Por lo tanto, gigantescas cucarachas metálicas se deslizaban por la casa sobresaltándome a cada momento. Traté de sobreponerme y gozar de la perfección de mis asistentes robóticos.





Todo parecía funcionar bien, pero casi sin darme cuenta, comencé a pasar cada vez más tiempo en mi cuarto, cuya puerta mantenía siempre cerrada vedando el acceso a las maquinarias que me rodeaban como los indios en las películas del oeste.

Mi dormitorio se impregnaba de ese tufillo que mi madre llamaba “olor a hombre”, pero por lo menos pude dormir algo unas cuantas noches.

A la semana, los robots domésticos comenzaron a rebelarse. Creo que no les gustó que me encerrara en mi pieza. La tierra prohibida de mi cuarto desataba en ellos una fiebre conquistadora como la de Cortés o Hitler.




El engendro que limpiaba los pisos, embestía mi puerta todas las mañanas, exigiendo entrar. La máquina que reemplazaba los suministros, pretendía ingresar al baño en suite con jabones y lociones, pero no se lo permitía.


Dos veces por día, cuando no se oía ningún sonido mecánico por los pasillos, me aventuraba hasta la cocina para recoger la comida preparada por los aparatos. Era siempre deliciosa, pero la comía con miedo, temía que estuviese envenenada.



Segunda parte 




La actividad de los autómatas ocupaba cada vez más horas, muchas de ellas a metros de mi refugio.

Casi no podía dormir. Comencé a comer solo comidas envasadas. Para que no sospecharan, retiraba los platos creados por el cocinero electrónico y los arrojaba al inodoro.

Hablé por teléfono a los vecinos y les comenté mis temores. Algunos se rieron, otros me colgaron en cuanto comencé mi discurso, uno fingió entenderme, pero llamó al rato con una voz truculenta diciendo “¡Soy el Androide!”, para lanzar enseguida una carcajada.


El resultado de mi llamada a la policía fue aun peor. Se negaron a tomar la denuncia y con un poco de fastidio me sugirieron que llamara a la sección de reclamos de “Robotodo”.



Intenté huir de la casa. Salí por la ventana pero en el medio del jardín me esperaba el jardinero/cortador de césped, aliado al limpiador de piscinas para cortarme el paso.

Rompí el cargador de baterías. Al otro día uno nuevo y más poderoso estaba en el mismo sitio, seguramente ordenado por el mayordomo cibernético.



Pasé otra noche aterrorizado, sin poder dormir ni un minuto. Entonces tomé una decisión, extrema y peligrosa, pero no se me ocurría otra solución.




Saqué el barrote que sostenía la cortina de mi baño. Luego de horas de estudiar a escondidas a los monstruos que me habían secuestrado, noté que, para facilitar su carga y reemplazo, todos llevaban las baterías en el exterior de sus estructuras de metal y plástico.

No creía poder destruirlos, pero suponía que quitándoles los acumuladores podía inmovilizarlos.Cuando la porquería que aspiraba el polvo golpeó una vez más la puerta, la abrí de golpe. Con el palo de aluminio apunté a la batería de alta tecnología. Acerté, el accesorio cayó sobre el parqué con un sonido sordo. El robot quedó quieto y silencioso. Era mi primera victoria.





Luego fui a la cocina. Desconecte la fuente de poder del lavavajilla, el “chef” y el mayordomo automático. Seguí por la casa paralizando autómatas. Para el final dejé los temibles seres mecanizados del jardín.



Me enfrentaron juntos, pero esta vez estaba preparado. Salté sobre ellos desconectando la energía de una de las máquinas mientras estaba en el aire. Cuando enfrenté al otro, me sentía más seguro, como un héroe de una película de artes marciales en la escena final.

Como hacen muchos gobernantes, amagué para la izquierda y golpeé a la derecha.

Con la batería inútil e inerte sobre el pasto, el limpiador de piscinas me miraba como pidiendo misericordia. No se la di, sin ceremonia lo volteé de una patada y fui triunfante hacia la cocina. 


Había terminado con los diez robots del Kit del Hogar, había triunfado. Me merecía una copa de Champagne. Brindé en soledad una, dos, tres veces, apoyado en la mesada.

Creí oír el chirrido de un motor eléctrico.

Intenté darme vuelta, pero no lo logré. Una afilada cuchilla cortó mi garganta. No podría sobrevivir más de unos pocos minutos antes de ahogarme en mi propia sangre.



Sobre el mármol estaba el autómata asesino: El número once, un procesador de alimentos que nunca había comprado. Seguramente sus congéneres lo habían ordenado por internet para asegurar su control sobre la casa.Caí en el piso tratando de respirar sin lograrlo.Antes de la oscuridad, mi mente tiró una última broma: No eres paranoico, si realmente quieren matarte.






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