Notas sobre el deseo del analista (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Notas sobre el deseo del analista (Psicoanálisis)

lunes, 7 de septiembre de 2015 0 comentarios

"En la tool box del analista no hay más que una herramienta, con la cual no puede « experimentar » fuera del ámbito en que lleva a cabo su acto." 


 Escrito por la Dra. Silvia Amigo. Psicoanalista


Revista literaria online argentina psicoanalisis


Prólogo

"Vuelvo sobre mi preocupación por la situación del psicoanálisis tanto como práctica de cura que de lejos de pretender abolir el síntoma, se ocupa de hacer surgir el sujeto de deseo y goce que éste urde en su trama, así como discurso que inaugura un lazo social inédito. 
El único, a mi juicio, de una eficacia que pueda detener “la intrusión galopante” (Lacan dixit) del discurso totalizante de la ciencia en nuestro cotidiano sin caer en oscurantismo alguno, respetando el espíritu de las Luces, pero admitiendo sus zonas de sombra, para que no encandile y enceguezca al sujeto que nos interesa. Acosado por ese discurso, reflejado en el enlace insólita del soviético conductismo pavloviano con los medicamentos psicotrópicos elaborados ad hoc en los laboratorios anglosajones para cubrir cada renglón de ese “catálogo a la Borges” que es el D.S.M.IV. Pero no sólo lo acosa este discurso totalizante. También la práctica insólita que, en nombre del último Lacan (como si éste estuviera peleado con el primero!) y sus sesiones evanescentes, sus “actos” que no son tales, sus indicaciones que parecen diktats, desacreditan a una práctica de eficacia sin par. Publico pues algunas reflexiones sobre ese deseo peculiar, el Deseo del Analista."  

Notas sobre el deseo del analista[1]

El concepto que Lacan forjara y nombrara « deseo del analista » vertebra su posición respecto de la ética en juego en todo momento de la práctica del análisis y guía, desde luego, el momento del acto analítico, decidiendo también el final de la experiencia del análisis. En efecto, sin la aprehensión de este concepto resultaría imposible refutar la idea de la identificación al analista como rectora del fin del análisis. Sólo luego de formalizado este concepto Lacan puede demostrar rigurosamente que éste se rige, al contrario, por el franqueamiento del plano identificatorio.

Por tratarse de un tema que recorre de un cabo al otro la experiencia del análisis, así como la de su formalización, sólo puede pretenderse presentar un recorte, guiado por las preferencias, el momento de investigación personal, en fin, la pendiente fantasmática de quien opera ese recorte[2]. Y esto porque el analista, cuando formaliza y presenta ante otros su formalización, fuera del ámbito preciso en que lo reclama su acto, está en posición analizante, en esos momentos rige su fantasma.

Antes de pasar a presentar el recorte que aquí desplegaremos, resultará oportuno subrayar un punto de acuerdo general, una ley basal del edificio del psicoanálisis sobre la que probablemente cada analista estaría dispuesto a prestar su acuerdo. En la práctica del psicoanálisis no hay distancia ni diferenciación posible entre técnica y ética. No sucede lo mismo en la física, la matemática, la biología, la genética.
En la excelente obra teatral « Copenhague »[3] se conjetura lo sucedido en el encuentro real que mantuvieran durante el transcurso de la segunda guerra mundial en esa ciudad el maestro judío de física Niels Bohr y su antiguo discípulo alemán Werner Heisenberg. En el momento del encuentro éste trabaja en la construcción de una bomba nuclear para el tercer Reich, y su antiguo maestro colabora secretamente con los aliados con el mismo propósito. Cada uno de ellos lleva a cabo experimentos, utiliza herramientas sofisticadas de investigación, delicados instrumentos de medición, avanzan paso a paso técnicamente hacia la obtención de la aniquiladora bomba de exterminio.

En paralelo, muy al sesgo, una punta de angustia empuja a Heisenberg a una charla sobre las consecuencias, que intuye incalculablemente nefastas, de la efectuación de la experiencia en un bombardeo no experimental.

Luego de la tensa charla, ambos pueden volver a sus experimentos técnicos, dejando de lado los resquemores personales éticos.

En psicoanálisis esta situación es impensable. En la tool box del analista no hay más que una herramienta, con la cual no puede « experimentar » fuera del ámbito en que lleva a cabo su acto. Si bien esa herramienta se adquiere durante años de análisis personal, de control, de estudio y formalización junto con otros analistas, lo cierto es que una y no más que una. Ello implica que , en psicoanálisis, técnica y ética son solidarias e indisociables, cara única moebianamente relacionada de la praxis del psicoanálisis..

Si falla esa única herramienta, fracasa la operación analítica, con el añadido de que un error « técnico » deviene, por las razones que acabamos de desgranar, en un derrape ético. Profesión imposible, tal como Freud la nombrara.



En el marco de este apremio ético, sobre estas reflexiones sobre las cuales probablemente podremos lograr un piso de acuerdo común los analistas que nos reconocemos deudores de la enseñanza de Lacan, pasaremos a desplegar un recorte de las reflexiones que este vasto tema nos suscita.

Este recorte sigue el hilo de una investigación en curso de elaboración, hallándose muchos conceptos en el momento de comprender, y sólo algunos tramos pueden considerarse en tiempo de concluir. Se trata de una investigación sobre la constitución de la estructura en los tiempos que Freud llamara « primarios » y que, así lo creemos, no debieran arrumbarse en el desván de lo meramente mítico. La investigación a la que aludimos intenta detectar cómo y cuándo lo primario se efectúa como operación estructural para cada sujeto por venir en su singularidad.



El infans … Ecuaciona al falo o al objeto a ?



Se afirma, y acordamos con ello, que hacia el fin de un análisis el sujeto deberá haber podido situar eso que era (Wo es war) para el Otro en tanto que a.

Esto nos confronta a una paradoja. Hay dos afirmaciones tanto de Freud como de Lacan que parecen contradecirse.

Freud afirmó que, al menos en los casos de maternidad normativa, un niño es convocado a nacer para restañar en su madre la falta fálica. Freud matematiza explícitamente esta teorización con la célebre ecuación niño=pene.

Lacan, por su parte, retoma explícitamente esta escuación freudiana, dándola por buena, por ejemplo, en prácticamente cada capítulo de su seminario sobre las relaciones de objeto. Pero al final de su obra, por ejemplo en el fulgurante seminario R.S.I., vuelve a confirmar su acuerdo con quien reconoce su maestro.

Pero, y he aquí la paradoja, afirma Lacan que el niño es convocado por el Otro materno en calidad de objeto a. Para sólo citar un lugar en que así lo hace, podemos referirnos a la magnífica clase cuarta[4] del mencionado seminario donde Lacan define de manera ajustada la función del padre real. Afirma allí que éste hace de su mujer objeto a, causa de su deseo ; proveyéndola a ella, a su vez, de los hijos que serán sus propios objetos a. Respecto de ellos sitúa la intervención del padre, para que éste no devenga maternante, estragante como el padre de Schreber, apenas en el justo me–Dios.

Que partido tomar frente a esta doble afirmación?

Creemos que el esquema que presentamos puede ser de utilidad para situar diferencialmente la valencia fálica del infans de su valencia de objeto a.



El niño se ecuaciona con el falo en tanto y en cuanto identifica primariamente como fálica la demanda de la madre. Esta le debe, a su vez, al padre operante en ella, la posibilidad misma de experimentar una apetencia fálica. La valencia fálica resulta provenir de lo identificable de la demanda materna. Por ende, es cierto que el niño equivaldrá –aunque no por entero– al falo que le falta a su madre.

Pero resulta que hay una valencia del niño que escapa a la dialéctica de la identificación, dado que ni aún una madre que estuviera dispuesta a decirlo « todo » acerca de lo que espera de su retoño, aún el padre que fue incorporado en la primera identificación, y mucho menos el analista que eventualmente aceptara dirigir una cura de ese sujeto, podrían saber nada de ello. He ahí la valencia del niño en tanto que a para un Otro que nada puede saber de esa atribución. 

Por ende la primera identificación, necesariamente y no contingentemente, no es total. El niño no se identifica totalmente al falo, dado que un resto no identificable cae por fuera del metabolismo de la identificación. El niño, sin saberlo el Otro, aunque no sin la intervención del Otro, ecuaciona también con ese resto caído de la primera identificación. 

Ese a es previo a toda especificación (oral, anal, escópica o invocante). Se trata del objeto a en tanto tal, presubjetivo, caído por el punto que Lacan, en su única clase del seminario sobre los nombres del padre llamara aleph de la angustia[5].

La caída del niño en tanto que esta clase de objeto a depende de la operación de la traza fálica del padre significante, el Padre Muerto. Este objeto, por ende, es previo a la constitución del 

El ingreso del lenguaje se hace de la mano del trenzado de soma y lenguaje por el falo significante, también llamado « Espíritu Santo » en el seminario de las relaciones de objeto. Creemos que el  genera su propio mito, acompañante inseparable de la operación topológica. Se tratará del mito del asesinato e incorporación en el banquete totémico de la carne cruda del padre. Mito de la filogenia a reiterar en la ontogenia.

Este a que objeta el ciento por ciento de logro identificatorio, es extruído del Otro, tallándole el agujero de donde podrá provenir la demanda pulsional, que se genera entonces en este tiempo « primario ». La borradura de la huella de esta caída del objeto a en tanto tal constituye la Urverdrängung, nódulo real del agujero, la hiancia que funda el inconsciente. Es en esta posición que el a aparece sicut palea[6].

A este a nodular Lacan lo llama también rien. En español la palabra « nada » traduce dos términos franceses : rien y néant. Este a no es el néant, la absoluta nada sartreana, sino el rien que proviene etimológicamente de la voz latina res –cosa. Rien es un partitivo que indica que se trata de nada de algo. En principio nada de la cosa, pero no sin la falta de la cosa en el horizonte.[7]




Es ese a es aquél del del Wo es war a reconstruir hacia el fin del análisis.

Ahora bien …Podría acaso pensarse que la operatoria paterna extruye totalmente al objeto, que la traza fálica escribe todo el borde de caída del objeto presubjetivo ?

De lo que no cae, allí donde falta un borde de traza fálica que opere como línea de corte, astillas[8] de ese a se enquistarán electivamente en el yo, instancia que se forja fundacionalmente al cierre de la primera identificación. Las manifestaciones clínicas de esas astillas serán los rasgos de carácter, las bizarrerías yoicas. Esas astillas constituirán el gatillo del pasaje al acto –sea éste espectacular como en el caso del suicidio, o velado pero por ello menos oneroso para la vida del sujeto- y del acting out cuando éste no depende de una falla de escucha del analista.

Además, de encontrarse el yo, por así decirlo, demasiado astillado por restos no caídos del objeto, asumirá éste demasiado los rasgos del objeto, lo que alterará profundamente la deriva de la pulsión. En efecto, si aceptamos que la pulsión hace su tour alrededor del objeto, resulta claro que si el yo está demasiado preñado de él, la pulsión embestirá contra esta instancia una y otra vez. Se trata de una situación diametralmente diferente del caso en que el objeto, extruído adecuadamente, pueda ser colocado tras alguna pantalla –un semejante, un objeto de arte, un paisaje…– pudiendo entonces hacer su tour sin embestir una y otra vez al yo.

Estos casos de astillamiento excesivo permitan conjeturar una hipótesis de trabajo. El matema lacaniano del yo se escribe i (a). Normalmente la imagen i vela un a puesto entre paréntesis, fuera de la imagen que se limita a vestir su ausencia desnuda. El astillamiento excesivo correspondería a una situación permanente o a una contingencia –dependientes estos avatares de la estructura singular del sujeto en análisis– en que los paréntesis dejan de tener vigencia[9]. El matema vira a i de a. Creemos que este avatar complica de un modo totalmente singular la deriva pulsional.

Haga su tour donde lo hiciere, la satisfacción esperada resultará siempre menor a la satisfacción hallada. He ahí el motor de la fuerza constante. Pero en el caso en que el tour se realice embistiendo al yo la insatisfacción se considerará culpa del yo, y el tormento superyoico alcanzará picos intolerables.





Lectura de Φ por S1






Consideremos ahora el caso en que el significante unario logra la lectura de la traza fálica, momento en que ésta deviene –recién entonces– escritura.



Desglosado el unario de la holofrase inicial la traza fálica, una vez leída por ese significante, se hace letra que re–bordea el objeto a. Ahora sí, el unario deberá trazar la línea de corte de cada una de las especies del objeto a. De lograrse ese corte, recién entonces a podrá ser considerado agalmático, apto para motivar el deseo desde la fuente continua de libido pulsional.

En esta segunda pasada de escritura también se constatan escollos en la escritura del total del borde de a

Cuando el sujeto incorpora el unario resta activamente, a su cuenta –aunque lo haga apoyándose en el Nombre–del–Padre– el a del campo del Otro. Los bordes no escritos de esta extracción, que no sabría operarse tampoco al ciento por ciento, aparecen electivamente aludidos en el inconsciente, ya no astillados en el yo. 

En cada vuelta de la vida, munido de su unario, el sujeto resta y vuelve a restar a quien coloque contingentemente en lugar del Otro, ese a, que viene al lugar agalmático del fantasma como plus de jouir.

Esa extracción activa a cuenta del sujeto vuelca al a por el colador de la castración primordial, permitiendo un alcance del goce « en la escala invertida de la ley del deseo ».



Diferencias de textura del objeto a



Podemos situar entonces dos momentos de a : aquél que hace caer el padre como residuo no metabolizable en la dialéctica identificatoria. Este a, palea o deyecto es secundariamente susceptible de ingresar en el fantasma devorador materno. Pero no es el a del fantasma del sujeto, dado que precede lógicamente a la constitución misma del fantasma. Las astillas yoicas de los déficits, los errores de caída de esta clase de a, más o menos acentuadas en cada quien, pero que en alguna medida no pueden no quedar enclavados para cualquier parlêtre, requerirán de un modo singular al deseo del analista.

Otro momento de otra textura lo constituye el a extraído del campo del Otro por la actividad unarizante del sujeto. Los déficits de estas extracciones del objeto a en face fantasmática aparecen como alusiones a este objeto en las diversas formaciones del inconsciente. Síntomas, sueños, fallidos, chistes, textura del humor, aluden al a agalmático que posiciona al deseo en el inconsciente. Este a, por supuesto, proviene también de lo no dialectizable por la lógica identificatoria –lógica sin la cual estaríamos locos. Pero ya no es deyecto sino objeto separador, ya sea objeto de juego, de deseo, o quizá de la creación.

Cuando un déficit de la línea escritural de extracción lo atornilla a una perpetua alusión inconsciente, el sujeto, que se asegura por ese medio la entrada en la neurosis, puede quedar enclavado en la faz más « patológica » de esta estructura. En efecto, no es lo mismo desear de modo obligatoriamente prevenido (fobia), imposible (neurosis obsesiva) o insatisfecho (histeria), todos ellos testimonios de alusiones inconscientes a un a cuya extracción no se completa ; que desear de un modo decidido. Para poder querer aquello que se desea es necesario concluir la extracción de a. Esta extracción permite al sujeto llevar hacia el acto el deseo aludido sine die en el inconsciente.

Esta extracción convoca al deseo del analista también de un modo peculiar.

Intentaremos despejar uno y otro modos de aparición del deseo del analista.





De cuál objeto a hace el analista semblante ?





Lacan nombró como función al deseo del analista. Pues bien, a esta función pueden hacer argumento dos grafías :




Cuando el analista enfrenta un astillamiento yoico del objeto a, astillamiento subsidiario de un déficit de grafía de la traza fálica paterna, siempre guiado por el objeto, deberá acentuar de la función equis con que Lacan matematizara esta posición, el costado de f –φ
[10] Desde allí, su acto constructivo corrige un error de línea de trazado de la extrusión de a, realizando la falta de objeto eludida en los tiempos constituyentes. El analista ocupa el semblante de a del aleph de la angustia, y por ello se emparienta a –φ
 No es que el analista se crea padre suplente del analizante, aunque su acto culmine en la construcción de una eficacia paterna. Resulta más pertinente afirmar que el analista lleva el barco de la cura hacia la ribera de la obtención de a, de modo que éste pueda, más tarde, resultar utilizable como separador.


Bien distinta resulta la situación en que el sujeto muestra alguna detención, alguna dificultad estable o contingente en la activa extracción de a del campo del Otro como plus–de–jouir. En estos casos, en que el a se acantona en la alusión inconsciente, el deseo del analista bascula hacia su costado de f a..Allí el analista se coloca como semblante de a separador.

En los seminarios del acto analítico y de la lógica del fantasma Lacan sitúa en la diagonal del cuadrante que presenta como semigrupo matemático de Klein, el vector de la intervención del deseo del analista, nombrándolo tanto f–φ, como f a.

Las reflexiones que acabamos de desgranar permiten aprehender que no es caprichosa la elección de una u otra de estas dos caras de la función deseo del analista.





Algunas reflexiones sobre la diferencia y la articulación entre transferencia y deseo del analista



La garantía de la transferencia reposa sobre la constitución del Sujeto supuesto Saber. Esta suposición de saber depende de la estructuración del sujeto en el campo del Otro. Dado que el Otro sabía acerca del ser del sujeto por venir, en el neurótico la suposición de saber se establece con bastante facilidad, por poco que quien se preste a la suposición esté munido de algún emblema ( saber académico, prestigio, autoridad y suficiente velamiento de la propia división subjetiva) que permita a un sujeto ponerlo en lugar del Otro que sabe sobre el deseo.

Si bien se suele asociar empíricamente con la madre el lugar del Otro, no debe olvidarse que si el Otro se constituye como espacio de inscripción[11] y no como container de goce, es sólo gracias a las figuras del padre, tanto del Urvater como del padre edípico. Quien establezca una transferencia pondrá al transferido, pues, en el lugar del Padre.

El fenómeno de transferencia es bastante espontáneo en la neurosis, y no es por ello difícil constatar el establecimiento de esta suposición.

Lo que sí es difícil es que a esa suposición responda el deseo del analista.

Qué implicaciones tiene ese deseo sobre aquella suposición ?

En principio el no rehusarse a ella, lo que equivaldría a rechazar el análisis. A la vez que por este mismo deseo, el analista estará advertido desde el inicio la condición de tromperie, de señuelo que deberá caer, dado que el deseo del analista operará en el sentido de la llegada al nódulo mismo de lo que rehuye el « todo » del saber. Ese a que se sustrae desde la primera identificación a la dialéctica de lo simbolizable y de lo imaginarizable fundamenta, como vimos más arriba, al deseo del que nos ocupamos.

Tal como afirmara Lacan en su onceno seminario « la transferencia aparta la demanda de la pulsión…y el deseo del analista la restablece ».

Intentemos desglosar esta frase, apoyándonos en el siguiente gráfico.





La demanda es apartada de la pulsión por la eficacia de la transferencia, para ponerla en dirección al sujeto supuesto saber, deviniendo demanda de amor. Según las luminosas observaciones de Freud (en el sentido de que paciente prefiere, siendo amado por analista, curarse por amor) y Lacan (quien subraya que el analizante desea hacerse amar, permaneciendo , objeto amado que tapone la falta que se desea eludir) el analista, según la regla de abstinencia que guía su deseo de analista no responde a la demanda de amor. Esto implica que aparte al analizante de su demanda presente, siempre y cuando logre convalidar, reconocer, interpretándolo, el deseo que la basamenta. Para ello deberá operar « la diferencia absoluta » entre el objeto y el ideal. Por un lado deberá el análisis recorrer los ideales identificados, que deberán ser releídos cuidadosamente y reformulados en la trama de la transferencia. Estos ideales no son a rechazar ni a abolir, lo que equivaldría a poner al sujeto en estado de anomia o bien, tal como comenta agudamente Moustapha Safouan[12], a llevarlo al límite de la traición. Los ideales deben ser reasumidos bajo una relectura que los vuelve a hacer vigentes, pero con otra eficacia.[13]

La diferencia absoluta estriba en evitar que esos ideales no velen aquello que en los ideales no se integra, el objeto a que fundamenta como causa el deseo que se interpreta.

Si volvemos por un momento a la diferenciación establecida más arriba entre el a presubjetivo, astillado en el yo y el a causa de un deseo insatisfecho, imposible o prevenido, aludido en el inconsciente, podremos diferenciar dos eficacias del acto analítico, según prevalezca, de la función del analista, el costado f–φ o el de f a, guiada esta prevalencia por la brújula del deseo del analista.

Si se trata del primer caso, el acto analítico creará las condiciones fundacionales para que más tarde el a pueda ser ingresado al fantasma.

Si se trata del segundo, la caída del objeto aludido en el inconsciente coincidirá con la construcción del fantasma, lo cual equivale a su atravesamiento. Una vez atravesado, el fantasma permite alcanzar un deseo decidido dentro del standard que permite la historia del sujeto. Este alcance de un deseo « normal » decidido no debiera ser considerado desdeñable.

Pero es claro que se espera de un análisis que avance hasta las riberas de su fin, que permita, además, al sujeto, encontrar el camino de la creación de un significante nuevo que, bordeando de una manera no standard al objeto, abra el camino a la creación, que devendrá sublimatoria si se la pone a jugar con un número suficiente de otros a quienes esa creación conmueva, marque o haga gozar.

Para ello, así lo creemos, aún tratándose del objeto a aludido en el inconsciente, será imprescindible que el analista construya el puente que empariente a ese a con su raíz, el a en tanto tal. Creemos que es sólo hacia un fin de análisis que se adquiere una máxima advertencia del valor de resto que había tenido el a (Wo es war), respecto del cual el sujeto podrá emitir el soll Ich werden.

El deseo del analista restituye la demanda a la pulsión una vez desglosado el a de entre las demandas identificables hasta su misma raíz de palea.

Paradójicamente ese desbroce permite agalmatizar, después, con más souplesse al objeto.

Es nuestra idea que el sujeto de la demanda que vuelve a ser remitido a la pulsión ya no es el del inicio de la partida, cambiando radicalmente el modo de satisfacción hacia el fin de un análisis. 

Las consideraciones que aquí se despliegan implican la convicción de que un análisis que pretenda acercarse a su fin no sabría jugar exclusivamente con los juegos retóricos de la vuelta de lo reprimido, sino que, imprescindiblemente debiera llegar hasta el punto de basamento real del inconsciente, reconstruyendo lo « primario » de la identificación y de la represión. Ese trabajo con lo primario obliga a tratar, y no sólo por añadidura, sino como pieza clave de construcción, con la conformación del yo y de sus inevitables astillamientos.

Al haber apartado al analizante de su demanda presente reconociéndole el objeto de deseo que la motoriza, el deseo del analista habrá permitido la producción de la metáfora del amor, accediendo el analizante que quería curarse por medio de un amor recibido, a poder en calidad de erastes, llegar al amor desde la dignidad de poder, en principio, darlo.



Como pasar hacia héteros ?



Pero no sólo pasa el analizante, cuando es apartada la demanda de una respuesta que el deseo del analista impide, de amado a amante o deseante.

Creemos que cuando el deseo del analista opera de modo tal de no convalidar el lugar paterno que la demanda de amor supone (en efecto, se demanda amor a quien se supone el Otro, que, tal como afirmáramos más arriba, se constituye como campo gracias al padre) el analizante es llevado durante la cura a pasar él mismo, de modo parcial y puntiforme, cediendo en la demanda al padre, por el lugar mismo de la existencia que dice no a la función del falo. Sólo desde ahí, asumiendo el riesgo de ocupar él mismo por momentos ese lugar, se puede hacer la experiencia de su inexistencia en cuanto a nombrar por entero el a.

La experiencia de este paso por el riesgo de ya no demandar al padre, sino de ocupar momentáneamente su lugar, única posición que permite cruzar la frontera hacia el costado femenino de las fórmulas, es permitido por la regla de abstinencia, antecedente freudiano del más elaborado concepto de deseo del analista. Este costado femenino deja escrito que no hay padre que pueda nombrar por completo al objeto a. A falta de ese nombre para el objeto que pudiera dar el padre, del mismo costado de las fórmulas aparece la posibilidad, a cuenta y riesgo del sujeto que pudo pasar al costado del héteros, de escribir un significante de la falta en el Otro, una invención. 

El esquema que sigue puede contribuir a comprenderlo.






Desde el lugar de la excepción que dice no a la función del falo, el sujeto experimentará la imposibilidad de ese lugar para escribir por completo al objeto, pasando entonces a experimentar la inexistencia del padre –lo que cancela las demandas que pudieran dirigírsele– que tuviera la posibilidad de agotar la escritura del objeto a. Desde esa inexistencia advertida en acto es que el sujeto puede pasar a producir la poiesis de un nuevo significante, que corrija el « error » de escritura ínsito al a. Ese error de escritura total del objeto, inherente a la posición del padre, inevitable, rotará hacia el fin del análisis. Si en el inicio provocaba la demanda, la súplica, la rebelión, la queja contra el padre, hacia el final devendrá motor, canceladas estas posiciones, de la producción de un invento sinthomático que estabilice la escritura de caída del objeto a. Este invento es la única chance de abordar lo innombrable de la caída de a.

Llegado a este punto al analizante podrá advenirle, o no, el deseo de acompañar a otros en esta travesía que merece calificarse de aventura que es al análisis. Si ese deseo le adviniese puede desear, o no, dar testimonio de ello dentro de un dispositivo de pase. Lo que no puede no sucederle, si el deseo del analista ha advenido es que no testimonie de ello ante otros, otros analistas u otros de su comunidad cultural. Creemos que el testimonio es ínsito al advenimiento de este deseo.

Queda abierta una pregunta tan crucial como difícil de responder : Por qué a algunos les adviene ese deseo, pero no a otros ? 

Especifiquemos algunos aspectos de ese deseo que adviene hacia el fin del análisis. Queda claro que si el analista, aceptando sólo a título de tromperie eficaz dar cuerpo la la suposición de saber, no responderá recíprocamente desde los ideales (el de curar, de educar, de amar) a la demanda del paciente, quien –recordémoslo– prefiere eludir la castración haciéndose ermenos del Otro. Pero entonces, al acceder el analizante a la posición de erastes, resulta que la consecuencia del acto motivado por el deseo del analista libera la metáfora del amor, dado que resta el a, en la destitución subjetiva, a quien se postulaba eromenos, haciendo que el analizante se encuentre en posición de amar y desear (el término erastés autoriza tanto una traducción como la otra ).

Pues bien, el deseo del analista le impide tomar para sí el amor que su acto libera. No se trata de que se lo prohíba, sino que se trata de una imposibilidad. Para quien es habitado por el deseo del analista es imposible esta toma para sí del amor liberado. El deseo del analista es más fuerte que el deseo de sujeto que podría querer para sí ese amor.



Creemos que, en este sentido, la Gradiva, obra literaria de Jensen sobre la que trabaja ampliamente Freud, resulta ejemplar, dado que divide artificialmente, división impensable (tal como al inicio puntuáramos) la técnica curativa con la ética en juego.

Zoé Bertgang, cuyas intervenciones sobre el delirio del joven Norbert Hanold, basadas en la Zweideutigkeit, el equívoco, tal como Freud mismo dejara en claro, resultan resolutivas, no se halla sin embargo a la altura del deseo del analista.

En efecto Zoé nos puede dar una lección a los analistas que leemos, agradecidos, su modo de intervenir. En principio no se rehúsa a aceptar el lugar transferencial de Gradiva, la muerta sublime e incastrable que cree amar Norbert, quien no reconoce en esa bella joven a su antigua camarada y objeto de su amor infantil. Pero, interviniendo apoyada en el equívoco, arrima a Norbert hacia la salida de su delirio, permitiéndole poder amar a una mujer viviente, ni sublime ni incastrable. Recordemos, un tanto al azar, una de sus intervenciones. Dirigiéndose a Norbert, Zoé afirma : « me he acostumbrado hace tanto tiempo a estar muerta, que desearía recibir de ti la flor del olvido ». Es decir, a la vez que acepta la suposición de ser Gradiva, pide a Norbert que le otorgue el instrumento para olvidarlo y poder ser Zoé. Y lo cierto es que lo logra.

Pero como Zoé no está imbuida por el deseo del analista, toma para sí el amor que su acto libera en Norbert. Y como no es una analista este aprovechamiento de las virtudes de su acto en beneficio de su propio goce resulta totalmente legítimo.

Por ello, paradojalmente, Zoé, quien nos ofrece una inapreciable lección técnica, resulta estar colocada en las antípodas del deseo del analista.


Tomemos ahora otro ejemplo literario, esta vez utilizado ampliamente por Lacan. Nos referimos « The purloined letter », carta robada o más bien desviada, obra de Poe que inspirara a este maestro un seminario.

Lacan, por un lado, muestra, tal como acontece en una cura, cómo el recorrido de una letra define el trayecto, tal como en el cuento de Poe, de un análisis. Pero el analista no puede ser un Dupin. En principio el propio Lacan se encarga de denunciar como erróneo el método que explicita el detective para resolver el caso, esto es, razonar poniéndose en el lugar del contrincante, el ministro en la ocasión. 

Creemos además que los versos vengativos que Dupin le espeta al ministro cuando logra la recuperación de la lettre son diametralmente opuestos al deseo del analista. Recordémoslos : « Un dessein si funeste, s’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste ». Poe toma estos versos de la tragedia de Crebillon[14], donde se relata cómo un hermano, Thyeste, ha cometido una acto desleal terrible contra Atrée. Pero el designio funesto aludido en los versos no es el del ofensor, sino el del ofendido, quien se vengará de su hermano haciéndole comer a su propio hijo cocido y presentado como carne de un banquete. Si traspolamos estos avatares a la obra de Poe, resulta que el designio vengativo funesto es el de Dupin en relación al ministro. Dupin goza explícitamente de la extracción de la lettre que le inflige al ministro.[15]

Otra vez nos hallamos en las antípodas del deseo del analista, quien está por fuera de toda posibilidad de gozar de la castración que le inflige a su analizante.

El deseo del analista impide, sin que medie prohibición alguna, sino que es la propia dinámica de ese deseo la que impide, en el sentido de la imposibilidad, tanto el tomar para sí a hainamoration liberada por el acto analítico, como disfrutar de los efectos de castración que produce la cura.

Pero no por ello se trata de un deseo puro, ni uno de muerte, ni de una posición de héroe trágico, sino de un deseo no basado en un fantasma de sujeto, y por ende un deseo que no aspira a alcanzar el goce « en la escala invertida de la ley del deseo ».[16]

Este deseo tan particular, tan sui generis, implica, para quien sostiene su acto en ese pilar, la consecuencia de -en tanto y en cuanto esté convidado a esa intervención, y no fuera de ese momento– el mantener abierta la hiancia que nuclea el inconsciente en su raíz real urdida en la Urverdrängung, colocándose al borde de la identificación y la represión primarias.

Esto es realmente sorprendente, dado que el movimiento por así llamarlo « normal » de un sujeto es el cierre del inconsciente con aperturas apenas momentáneas.

Profesión imposible, insistimos una vez más, además de enigmática.

Por qué desear estar expuesto tantas horas diarias a esa apertura ?

Tal como Safouan lo indicara, la lectura del inconsciente del analizante hace retomar una y otra vez la lectura, equivalente a una apertura, del propio inconsciente. Abierto, paradojalmente, no entra en juego con su propio deseo subjetivo sobre el analizante.

Por qué algunos fines de análisis, verdaderos finales llevados hasta la deducción de a en tanto tal, su caída y la reagalmatización del objeto a que relanza la posibilidad de amar y desear, aún así no producen el pase al acceso al deseo del analista ?

Por qué otros sí lo hacen ? Si bien por lo general los analistas no suelen contar en su haber con un enorme número de verdaderos finales de análisis, la intensa interlocución con quienes han podido conducir algunas curas hasta este final permite afirmar que suele aparecer el deseo del analista como eficacia relacionable con ese fin en aquellos cuya historia ha sido particularmente poco standard, donde ha habido astillamientos yoicos y atipías, donde no ha resultado fácil ninguna de las dos caras arriba descriptas de la extracción de a.

Por supuesto este observable debería ser formalizado.

Queda en pié también una pregunta para la que no tenemos, aún, una respuesta formalizada : excluido en un analista de suficiente formación el furor curandis... ¿Qué clase de satisfacción obtiene cuando logra llevar adelante su acto en el sentido de la consecución de la cura ? Si el deseo del analista implica un no precisar alcanzar el goce « en la escala invertida de la ley del deseo », la satisfacción de curar, observable también en cualquier interlocución con analistas que merecen nuestro respeto y reconocimiento, en qué orden de satisfacción podría ser ubicada ?



Del libro de Silvia Amigo "Paradojas Clínicas de la vida y la muerte":




Otro artículo de la autora que trata sobre este aspecto del psicoanálisis:



Notas



[1] Reescritura de la ponencia sobre « El deseo del analista » expuesta el 28 de junio de 2OO2 en el curso del seminario dictado en la E.F.B.A. sobre ese tópico. 


[2] Así lo afirma, y coincidimos con ello, Benjamín Domb en su intervención de diciembre de 2001 durante el mismo seminario. 


[3] Pieza teatral de M. Frayn presentada durante la temporada 2002 en el Centro Cultural San Martín, en una excelente puesta de Carlos Gandolfo. 


[4] Clase N° 4 del seminario XXII R.S.I. Inédito. En la biblioteca de la E.F.B.A. se cuenta con una excelente traducción de Ricardo Rodriguez Ponte. 


[5] Héctor Yankelevich fue el primero en subrayar la importancia de este punto de caída del objeto “en tanto tal”. Véase el capítulo “El marco del análisis y el cuerpo del analista” en el libro Lógicas del goce. Ed. Homo Sapiens. Rosario 2002. Pag. 19 a 31. 


[6] Palea, voz latina que significa « paja », esto es residuo a separar del grano precioso. 


[7] El lector encontrará también en el capítulo “Comer rien” la diferenciación entre las dos voces francesas. Preferimos conservar la reflexión dado que el volumen fue pensado como para poder< ser leído separadamente cada capítulo 


[8] La palabra « astilla » la tomamos del excelente libro de Solal Rabinovitch Freud et Moïse. Ecritures de père N°3. Ecritures du meurtre. Ed Erès Paris 1997. No lo trabaja la autora en el sentido de astillamiento yoico, sino en el de residuo no incorporado del padre. De todas maneras manifestamos nuestra deuda con la autora por el concepto que nos lagara. 


[9] Debemos a Héctor Yankelevich la idea de caída de los paréntesis en i (a) como explicación de las alteraciones profundas del campo yoico. 


[10] Isidoro Vegh, en su ponencia de noviembre de 2001 en este mismo seminario, acentúa pertinentemente las dos caras posibles de la función deseo del analista. 


[11] Yankelevich, Héctor Lógicas del goce Ed. Homo Sapiens. Rosario. 2002 


[12] Safouan, Moustapha. Jacques Lacan et la question de la formation des psychanalystes. Ed du Seuil. Paris 1983. 


[13] Acordamos con José Zuberman, quien, durante su exposición en el curso del mismo seminario alertara contra la moda de « tirar contra los ideales » 


[14] Crebillon, Prospère. Poeta dramático del siglo XVII. 


[15] También comenta estas dos obras literarias Chaboudez, Giselle en su artículo « Le psychanalyste en héros ». Figures de la psychanalyse N° 6 Ed. Erès Paris 2002 





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