Los hombres-pájaro (Cuento para niños) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Los hombres-pájaro (Cuento para niños)

viernes, 4 de septiembre de 2015 0 comentarios

"Nada supera al tiempo, como dilecto posicionador del lenguaje fantástico"






Escrito por Isabel Llor Cerdán

Exclusivo para Diario Literario Digital



A finales del otoño y en invierno, las tardes eran mucho más cortas, empezaba a hacer frío y entonces era cuando se encendían las chimeneas y después de un rato practicando con los instrumentos, los niños se sentaban junto al fuego y escuchaban como las instructoras les contaban cuentos. 

Historias de todo tipo y argumento, a veces cosas alegres, tristes, de miedo, de mucho miedo. Relatos venidos de otros tiempos, atrás o hacia delante ¿cómo sería todo dentro de mil años? Y todos inventaban de qué estarían hechas las casas, cómo serían los animales nuevos, ¿alguien seguiría contando cuentos?. 

Todos inventaban o estaban muy atentos y luego decían qué les había parecido. No era obligatorio quedarse, podían dibujar o cualquier entretenimiento que no hiciera ruido... y algunos, los más activos, estaban ya muy cansados y se quedaban dormidos. 
Pero cuando se hablaba de los hombres-pájaro no se perdían detalle porque eran grandes, bellos y los podían ver cada día. Tenían caras hermosas, alargadas, de labios finos y ojos claros igual que el cabello, casi color platino. Sus grandes alas eran espectaculares y les dejaban acercarse y tocarlas y algunos niños habían conseguido que les regalaran una de sus plumas y eso también tenía un significado: serían sus invitados por un día y podían estar en sus casas encima de los árboles y compartir con sus hijos. 

Se comunicaban por telepatía pero a veces, muy de cuando en cuando, se juntaban y cantaban y entonces como si fuera algo muy fuerte que los llamaba, acudían y escuchaban en total silencio, apenas si respiraban y aquella sensación era bella sentirla justo en el pecho y de pronto su corazón latía al mismo ritmo que el de ellos y sin haberla aprendido se unían a la melodía y también cantaban formando entre todos un coro perfecto en belleza y armonía. 

Habían llegado hacía mucho tiempo -decían las instructoras- de lugares lejanos y eran muy pocos, llevaban a su espalda flechas y arcos que ellos mismos habían fabricado: madera finísima y bien tallada los arcos y las flechas con puntas de plata que herían pero no mataban, nunca, porque ese era el pacto de ellos con sus armas y con su voluntad de estar en paz porque ellos ya la sentían. 

Apenas se diferenciaban de los ángeles y, como ellos, vestían túnicas blancas. Eran capaces de volar muy alto, hasta las cumbres de las montañas o aún más arriba y decían que si dibujaban puertas en el cielo, éstas se abrían y los dejaban entrar y de allí traían todavía más paz y armonía. Esa era su misión, una de ellas. 

Sus hijos no eran pájaros, ni animales, ni humanos, solo a veces cuando iban a lo más alto los pequeños venían con ellos ya con la edad de un niño de cuatro o cinco años. Siempre sonreían y se acomodaban en las casas que los adultos construían para ellos en las copas de los árboles más grandes. Nada precisaban solo beber el agua pura de algunos manantiales o fuentes y el néctar de algunas frutas y con eso era suficiente. 

 

Tenían buena comunicación con hadas, gnomos, duendes y con todos los animales mágicos. 

A veces se les veía en lo alto de las montañas formando grupos, como si estuvieran muy atentos a algo y tiempo después descargaba la tormenta y ellos con sus flechas de plata desviaban los rayos para que no dañaran a nadie. 

Cuando llovía muy fuerte, nevaba o el aire era muy intenso tenían sus refugios en cuevas o pedían pasar las noches en las cabañas sobre todo si en invierno hacía mucho frío, se ponían cerca del fuego de tal forma que a veces escuchaban sus propias historias y con una sonrisa se dormían confiando en que allí estarían bien. 

Tenían una piel tan fina que su corazón se podía ver, hubieran sido presa fácil si alguien quisiera hacerles daño pero trasmitían tanta ternura y paz que si los buscaban era porque era hermoso sentir aquello que irradiaban. 

 

Cuando un árbol grande enfermaba hacían un corro en torno a él y si sanaba bailaban a su alrededor sino se alejaban para no trasmitir a nadie su dolor. 

En el momento en que un árbol nacía, empezaba a vivir también un gnomo, era una unión para toda la vida y se prolongaba hasta quinientos o más años. 

Cuando los hombres-pájaro buscaban dónde hacer su casa, iban de árbol en árbol, hablaban con ellos, les pedían permiso y, si se lo daban, entonces construían una cabaña grande en la parte más alta. Estudiaban bien que el árbol no sufriera y que de verdad estuviera dispuesto a que aquella fuera su morada. 

Ellos cuidaban a los seres del aire sobre todo y por eso las hadas emitían sonidos con sus alas y por eso había alegría y paz por donde ellos pasaban. 

Exactamente anunciaban cuando cambiaban las estaciones: una canción para la Primavera, otra para el verano, el otoño, el invierno... Todos las conocían y las cantaban y celebraban una fiesta porque cada estación tenía algo bueno. 

Cuando nacían sus pequeños se reunían todos los que podían, rodeaban el árbol y cantaban bajito para no molestar y emitían mucha paz hasta que de pronto se oía una canción nueva, recién estrenada y era que el crío nacía cantando, con su propia melodía se daba a conocer. 
Todo eran sonrisas, felicitaciones, bendiciones y alabanzas y, al momento, repetían la canción que también acababa de nacer y así celebraban la vida todos juntos Los padres salían de la cabaña y presentaban al nuevo ser e inmediatamente volaban acompañados de todos los seres que quisieran acompañarlos. Le mostraban al pequeño todo el territorio, subían a la montaña y allí, solemnemente, le entregaban el arco y las fechas que su padre había construído para él y su madre, poniendo sus manos, hacía que su corazón latiera acompasado a todos los miembros de la comunidad. 

Todos podían ver en ese momento, como en su pecho se producía como una explosión de luz y al aquietarse era cuando empezaba a latir con el latido adecuado. 

Ya todos dormían. La instructora también se fue enseguida no sin antes decir:
-Ésta que habéis oído es la voz de la inocencia, la que poseen todos los niños. 

Os deseo bellos sueños, Hasta mañana mis pequeños.

FIN 


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