La crisis puberal (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

La crisis puberal (Psicoanálisis)

lunes, 21 de septiembre de 2015 0 comentarios

"Algo arde y urge en la adolescencia, y ese ardor va a poner en juego con fuerza toda la batería de letras que el púber traía desde la infancia."

La continuación de 
"El segundo despertar sexual" :


Revista literaria online psicoanálisis


Punto 2

La crisis puberal

El muchacho del auto azul, primera parte.





Escrito por  Silvia Amigo Psicoanalista

Exclusivo para Diario Literario Digital

Parte 2

La crisis puberal


Tal como intentábamos formalizar en el punto anterior, se trata de que en la infancia hay algunas cimas y performances cuyo alcance resultará inminente en la adolescencia y que de ningún modo entran en juego en el tiempo lógico de la infancia.

Ningún niño debe acceder a los primeros escarceos genitales con el partenaire sexual, pletóricos de significación simbólica y que exigen “sacar del bolsillo los títulos” y poner a prueba su valor o su falta de garantía y de fondos.
Al no tener en su horizonte esta iniciación, el niño no tiene por qué imaginar cuántas responsabilidades en los tres registros, simbólico, imaginario y real aparejaría el engendramiento de un posible hijo, dado que la posibilidad de procrear acompaña inevitablemente al “acto” sexual.Tampoco tiene el niño, entonces, la exigencia de probar en lo real que ha abandonado al objeto incestuoso, pues no tiene forzosamente que elegir un objeto pantalla exogámico.
Esta elección del objeto otro que el Otro se anticipa en la posibilidad de jugar con otros niños, pero no debe pasar por el filoso desfiladero de la elección de partenaire sexual.
Por ello es posible que con títulos apenas miméticos, por así decirlo, con remedos burdos de esas letras cruciales, un niño puede pasar por la infancia sin desencadenar un primer brote, que aparecerá recién cuando esos títulos sean exigidos en el segundo despertar sexual. Téngase en cuenta el hecho, totalmente constatable en la clínica, de la cantidad de niños sobreadaptados, que jamás molestan, que andan bien en los estudios, y dejan confundir a padres distraídos por sus propios problemas de estructura (sea ésta cual fuere) que no advierten que sus retoños más tarde van a desarrollar, en la adolescencia, por ejemplo un primer brote de esquizofrenia.
Por ende, no es lo mismo poseer títulos en el bolsillo que probar su validez cuando la vida exija que estos entren como moneda de pago y garantía de los goces exogámicos adultos.





Estas reflexiones podrán hacernos inteligible el verdadero momento dramático (en los mejores casos, dado que puede también resultar trágico) que constituye aquel tiempo en que desde lo real del cuerpo y desde la sanción del Otro se arribe al puerto de la pubertad.
Desglosemos ambos componentes:
En principio el cuerpo infantil va a ser literalmente desajustado en su imagen y en lo real van a cambiar trascendentalmente sus posibilidades de goce cuando irrumpan en su superficie los caracteres sexuales secundarios y ese niño o esa niña aparezca en escena del mundo como hombrecito o mujercita.
Volvamos aquí a la discronía que señaláramos en el apartado primero. Así como durante el estadío del espejo presenta la paradoja de que la imagen "puede" más que lo real biológico del niño, dado que ésta se presenta erecta, coordinada y parformante; al tiempo que el niño apenas puede dominar su soma; en la adolescencia la imagen que el niño en vías de devenir adolescente tiene de sí es aún la de un niño, mientras que su cuerpo biológico está ya apto para el coito y la procreación. En este quiasma se encuentra la ocasión de comprobar cuánto el tiempo, uno de los a priori de la estética trascendental kantiana, se encuentran subvertidos por el psicoanálisis.
Consideremos ahora la sanción del Otro, y no ya solo el Otro de la historia sino el Otro social que comienza a tomar a ese que hasta ayer era un niño como posible partenaire sexual.
Recuerdo aun paseos por la ciudad acompañada de mi hija en la época en que ella entraba en la pubertad. Aun jugaba con muñecas cuando los hombres la miraban y la piropeaban por la calle. El Otro, en este momento, ése que acucia con su deseo, comienza a encarnarse paulatinamente en el Otro sexo. Frente a esa anticipación a la que el Otro obliga, el púber en ciernes se verá compelido, no sin angustia y, muchas veces, fastidio y rehusamiento (que por un tiempo resultarán normales y esperables) a tener que ver qué diablos hace con esos a la vez atractivos y conflictivos caracteres sexuales que, bajo la presión de los convites del Otro, no tendrá más remedio que asumir como pueda. 
Como comentábamos más arriba la palabra pubertad tiene su raíz en la palabra pubis. Es ese pubis, alterado tanto en su aspecto morfológico como en su capacidad de encarar el coito, el que da nombre al momento de este pasaje.
Reiteremos también, a riesgo de repetirnos la etimología de la palabra adolescencia. Esta proviene del latín adolescere, que no significa adolecer (aunque la homofonía con este “adolecer” se preste a interesantes conexiones) sino que significa “crecer” y “estar ardiendo”.

Algo arde y urge en la adolescencia, y ese ardor va a poner en juego con fuerza toda la batería de letras que el púber traía desde la infancia.
Consideramos de relevancia la sanción del Otro sexo. Hay niños, en efecto, que preferirían conservar su angélica vida infantil desconociendo las exigencias de este “ardor”.
Hay padres que, por su propio malentendido estructural, no pueden re-investir a sus retoños bajo las nuevas vestiduras que esta etapa les proporciona, y siguen tratándolos como niños.  Muchas veces el Otro de la historia, que venía invistiendo con amor al niño o niña, vira a la hostilidad abierta, al rechazo, no pudiendo investir al joven sexuado en que se ha transformado su retoño. Momento doloroso pero inevitable de "dejar ir" al que fuera un niño hacia los brazos del Otro sexo, a sus aventuras y sus riesgos. Suele suceder que padres o madres aceptablemente dispuestos a dejar crecer a sus hijos en la primera infancia y la latencia súbitamente se rehúsen a aceptar la nueva y posiblemente definitiva separación que implica la adolescencia.Este rehusamiento puede ser acatado por el púber, quien oculta su crecimiento y se refugia en una prolongación sine die de la niñez.
Puede producir retracciones pseudomelancolicas en algunos que de pronto se ven frustrados de un amor con el que habían contado en tanto y en cuanto continuaran cerca de sus padres.
O, las más de las veces, suscita verdaderas tormentas domésticas donde el púber, impedido del acompañamiento y la mirada aprobadora de la separación que se avecina, actúe aún más alocadamente de lo que habitualmente lo hace. Verdaderos tsunamis de acting outs, impulsiones, y episodios en que se pone en riesgo son la ruidosa manera en que suele actuar un joven a quien se le niega el aval del mero hecho de crecer.
Pero el Otro sexo, que puede encarnarse en cualquier transeúnte (como en el caso que comentaba más arriba) en los amigos del barrio o en los compañeros de estudios, va a poner entre la espada y la pared al niño que deviene adolescente: más temprano que tarde deberá hacer algo con el formidable empuje pulsional que lo acomete, visible en los cambios corporales indisimulables en esa etapa. Como también a sus padres, que deberán aceptar este desprendimiento de sus angélicos herederos...o peor, vérselas con las consecuencias que someramente enumerábamos renglones arriba.
He aquí que los mentados títulos tendrán que mostrarse solventes para asumir el costo de esta asunción.
Ante este empuje que llega por las dos vías que señaláramos, lo real del cuerpo y la sanción del Otro que anticipa al niño como “grande”, el adolescente suele buscar refugio en la formación de bulliciosos y muchas veces transgresores grupos de pares.

A este ímpetu colectivo de salvaguarda lo llama Daniel Paola, quien se ha ocupado de forma brillante de la adolescencia, el “frenesí adolescente”. 
Esta impetuosa pertenencia a un grupo de pares con códigos de vestimenta, corte de pelo, gustos musicales y larguísimas salidas a vagabundear por la calle o los “boliches” suele preceder al temido momento en que el sujeto deba encontrarse a solas con el compañero sexual para encarar el ansiado y temido encuentro sexual. El coito, al que Lacan , dada su importancia simbólica (reproduce la escena primaria en que cada quien fue concebido) llamara coiteración es sumamente difícil de abordar (razón por la cual muchas veces se lo fuerza para "trivializarlo" "curtiendo" con cualquier "flaco" o "flaca" para que de una buena vez haya sucedido). Cuando el verdadero quid de la cuestión radica en estabilizar algún lazo con el otro bajo la forma de algo parecido a un noviazgo.
 La pertenencia a estos grupos suele estar acompañada de “transa” esto es, entregarse a escenas de besos y algún que otro toqueteo que, para sorpresa del adulto no implican compromiso alguno (ningún chico considera a otro “novio” por haber “transado”) ni preceden al acto sexual, que puede postdatarse indefinidamente.
Además la jerga adolescente que cunde en estos grupos "frenéticos", que cambia año a año, pretende dejar fuera a los adultos que nunca estamos seguros de comprender la nueva acepción de un vocablo o un neologismo hecho ad hoc para que no comprendamos lo que sólo comprenden entre ellos.En estos grupos el adolescente encuentra una comunidad de sostén donde guarecerse.
Hostigar la pertenencia del hijo o hija a uno de estos grupos es manifestar no comprender cuán necesario resulta, en esta etapa, tener "el grupo" que acompañe al chico en el trance por el que atraviesa.



Los códigos comunes que comparten le ofrecen algún amparo para mantenerse a flote mientras van saliendo de a poco los mentados títulos del bolsillo. Por ello resulta clínicamente importante no sumarse a la eventual ansiedad de los padres, quienes ven a su antes angélico niño enredado en estas pequeñas hordas de las que necesita vitalmente.
La verdadera situación preocupante la constituye el aislamiento y la falta de pares durante ese período crucial de pasaje.


Comentaremos aquí un recorte clínico al que ya nos hemos referido en otros lugares[1]. Se trata de un muchacho que consulta en la adolescencia, cuando está volviendo a pasar, según la certera definición de Freud, por el segundo despertar sexual, reinscribiendo  los tiempos de la falta transitados en la primera vuelta edípica. En esa primera pasada ningún niño precisa poner a prueba en lo real la solidez de las adquisiciones de la primera vuelta. El encuentro con el Otro sexo y las responsabilidades del engendramiento, dado que en la adolescencia “el individuo pasa a la especie”[2], quedan por fuera del horizonte del niño.Cuando llega el momento de estas verificaciones en lo real, suelen presentarse desajustes importantes de los equilibrios precarios que se habían logrado la infancia. Así le sucedió a un joven que me consultara hace ya varios años, enviado por un tío analista, preocupado a la vez por la "locura" de su sobrino y por la inacción de sus padres.En principio, este joven se presenta  exhibiendo un personaje de éxito. No era falso, dado que se trataba de un muy buen estudiante,  de un deportista solvente, y de un galán que tenía muchas mujeres.
Hay algún matiz de exceso bizarro en su relato: en Ciencias Exactas cree que podrá descubrir "las relaciones formales de la sustancia extensa y la pensante"!  Ahondando interrogamos esta extraña afirmación: en verdad quiere demostrar la existencia de Dios de alguna manera que le resulte irrefutable. No logra creer, y no puede aceptar que "con la muerte se termine todo".
En su instituto de artes marciales debieron varias veces detener una pelea deportiva porque tendía nuestro héroe a hacerlas virar en una pelea a muerte.
Su personaje de galán había producido algunas refriegas en su barrio porque no podía dejar fuera de su alcance a algunas chicas de sus íntimos amigos...
Relata algunos sueños, que no suscitan asociaciones: con mares, oleajes tempestades.Pero que, lejos de producirle temor, le parecen "fantásticos", energizantes, exaltantes.Esto resultaba paradójico porque en general no se toma un turno con un analista para contarle lo bien que andan las cosas.
Por mi parte yo comenzaba a barruntar que la preocupación de su tío era justificada.Tardó mucho, realmente, en comentar qué lo hacía sufrir. Estaba evidentemente probando el territorio transferencial, básicamente en el sentido de poder establecer si me sumaba yo a la corte de partenaires fascinados con su carismático personaje.
En efecto pertenecía a un grupo “frenético” de pertenencia, donde chicos y chicas se encontraban en las calles del barrio y muy frecuentemente en la terraza de su casa. Allí bebían un poco más de la cuenta, fumaban algún “porro”, comentaban sus hazañas deportivas o las características risibles de los adultos y… transaban. El, por su parte, "curtía" bastante. Con muchas. Con todas las que pudiera. Ninguna lograba ese valor añadido que despertara su amor. En este grupo ocupaba el lugar indiscutido de líder.





Su madre parecía no ver ni las latas de cerveza, ni las botellas vacías de vodka, ni las colillas de cigarrillos...ni de porros. Su padre ni siquiera se molestaba en subir a la terraza.Cuando se siente seguro de que no me ha deslumbrado pero que tampoco lo juzgo, puede comentar que en realidad en medio de esta vida de éxitos tenía momentos de crisis muy complicadas, muy graves.
En medio de éstas, afirma, todo se le hace “gris” (guarde el lector el dato de esta pérdida de color) y padece una angustia demoledora.
Se trata de una angustia que lo inunda, no de la angustia señal que a todos nos permite orientarnos en la existencia.
En medio de esas crisis, donde él ve todo gris y donde se anega de angustia, una voz, cuyo estatuto me costó determinar (deduje luego de un tiempo que no se trataba de una voz alucinada, sino de una voz superyoica) le espeta: “sos impotente, sos maricón, vas a perder un ojo, vas a perder un dedo o un brazo” y “Dios no existe”. 

En medio de estos derrumbes subjetivos, este joven mujeriego y brillante científico en ciernes tiene serias dificultades para estudiar y para “levantarse minas”.He aquí el motivo de su pedido de análisis. Es claro que la integridad de su cuerpo viril y su identidad sexual están amenazadas. Y que la existencia de Dios guarda una relación enigmática con esta amenaza.
Lo que va a desplegar en análisis es típico: un ligamen excesivo con su madre, a cuya falta –localizada correctamente, según lo planteado bajo los conceptos que venimos desarrollando, nuestro joven ha suturado demasiado plenamente.
Este joven realizó en exceso la identificación al significante fálico y a la imagen yoica ideal. Preso en la sublimidad, cautivo en la atmósfera del pleno del ser, sus apasionadas relaciones con las chicas no encontraban adecuada resolución. Este joven ingresó excesivamente en la equivalencia “yo soy tu falta”.
El trabajo analítico dejaba colegir que funcionaban en él, si bien puestas rudamente a prueba, las letras obtenidas como títulos en el curso identificatorio. Su decir estaba ordenado por la significación fálica, que hace que toda la cadena simbólica se refiera como referencia a un punto agujereado umbilical. Esta direccionalidad hacia un nudo vacío asegura que no se esté en el delirio.
Además pudo desgajarse, en medio del análisis, como en seguida veremos, el trazo unario que le permitía separar de los dichos del Otro la temible holofrase, con una rara transparencia. Es decir, que también contaba con su S1, producto de la identificación a lo simbólico del Otro real. Pero este tiempo se lo adeudaba más a su abuelo materno, a quien quería y respetaba muchísimo, y cuya muerte lloró con sincero pesar; que a su propio padre.
Por este último sentía un desprecio indisimulado ya que lo consideraba una suerte de caricatura autoritaria del pater familias. Puro grito, puro ejercicio de chantaje económico. En efecto, este hombre muy rico supeditaba la entrega de dinero a todo tipo de deals  degradantes para con su mujer y sus hijos. Nuestro joven no había advertido, y no advertiría hasta bien establecida la transferencia y bien entrado en análisis, en qué medida su madre participaba de esta estructura extorsiva.
La mamá no era una mujer ni perversa ni especialmente incestuosa con el chico, sobre todo en la primera infancia. Veremos más tarde qué paso en la entrada a su pubertad. Pero si se transformaba en una madre seductora e inductora de una inmensa fijación de este chico con ella (y esto sí, desde la infancia), no era tanto porque lo sedujera directamente a él, aun cuando, por así decirlo, se pasara un poco de la raya con los mimos y con ciertas proximidades físicas.
El factor inductor de esta fijación era otro ingrediente mucho más poderoso:  esta madre rechazaba sistemáticamente al padre. Lo rechazaba rudamente en el plano erótico. Y exhibía ante quien fuese, inclusive frente al hijo, este rechazo como signo de superioridad. Le daba  vuelta la cara, fruncía el ceño y muchas veces estas muecas solicitaban y obtenían la explícita complicidad de su hijo.

Para conseguir fondos para una viaje, una compra importante de ropa, joyas o autos la madre “se dejaba”, jugaba el juego de “gatita” con el marido. Sistemáticamente repetido este ritornello en escenas domésticas, quedaba destruido en la base la mínima posibilidad de respeto por el padre, quien por supuesto no era inocente en toda esta triste trama.
Este hombre resultaba indigno en su rol de varón de la madre. En esas condiciones no estaba habilitado  para desplazar normativamente a su hijo de la posición en la que se hallaba de saturar de forma excesivamente plena la falta de la madre. No podía acreditar él mismo título alguno creíble para hacerse cargo de poner fuera de cuestión para su hijo la garantía de la satisfacción del hueco de la madre, ocupándose él de la tarea.




[1] Pueden hallarse referencias a este mismo caso en De la práctica analítica. Escrituras Ed. Vergara Buenos Aires 1994, capítulo N° 1, y en Los discursos y la cura Ed. Acme-Agalma Buenos Aires 1999. Capítulo dedicado al discurso del analista. Ambos por Silvia Amigo.
[2] Así lo afirma Freud en sus “Tres ensayos para una teoría sexual”.Obras Completas  Biblioteca Nueva. Madrid 1972.
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