El niño autista, su madre y la ciencia actual (Psicoanálisis) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El niño autista, su madre y la ciencia actual (Psicoanálisis)

martes, 8 de septiembre de 2015 0 comentarios


"Hoy sabemos que no todos los niños que los analistas llaman autistas, lo son por problemas de la relación de la madre con ellos. También sabemos que lo que los psiquiatras y neurólogos adeptos de las llamadas neurociencias llaman autismo, dándole una causa genética, carece de extensión universal válida, ya que confunden autismo de origen psíquico con debilidades mentales orgánicas." 


Revista literaria online psicoanálisis autismo



El niño autista, su madre y la ciencia actual

Escrito por 

 Héctor Yankelevich
Psicoanalista


Hoy sabemos que no todos los niños que los analistas llaman autistas, lo son por problemas de la relación de la madre con ellos. También sabemos que lo que los psiquiatras y neurólogos adeptos de las llamadas neurociencias llaman autismo, dándole una causa genética, carece de extensión universal válida, ya que confunden autismo de origen psíquico con debilidades mentales orgánicas. 


Hay niños con problemas genéticos, en quienes ciertos genes homeóticos, responsables de la morfogénesis durante la embriogénesis, situados en la totalidad del ADN –que codifican para una cantidad de genes-blanco (target) que construyen el sistema nervioso– han sufrido una deleción (destrucción), o una falla de transcripción. En la medida en que las modificaciones suceden en cascada, y que las homeoboxes (1) (que consisten en pares de bases que dan un grupo de aminoácidos) codifican para un homeodominio (proteínas, construidas por los aminoácidos, que tienen una acción sobre la transcripción de otros genes), es preciso, dicho de un modo resumido y superficial, encontrar cuál es el gen “patrón” (master) del proceso. 


El aspecto facial de estos niños delata, por un cierto dismorfismo, que allí donde éste existe, está acompañado por algunas modificaciones de la corteza cerebral – es en esto que se comprueba la acción de estos genes que actúan en “paired boxes” por ello llamados PAX –. Podrían ser anatómicas. Las neuro-químicas se comprueban porque la administración oral de ciertas enzimas que no existían en el organismo –ya que codificadas por los genes mal transcriptos o delecionados– cambia parcialmente el estado de las cosas. Todavía no ha sido demostrado, en nuestro conocimiento, que una cura fuese posible con reversión completa de la debilidad mental, pero el avance científico es, sin duda alguna, inmenso. No sabemos tampoco si las debilidades mentales son o no monofiléticas, esto es si hay un único gen patrón, o no, que controla todos los genes mal transcriptos. 




Si para los genetistas es la prueba del carácter genético del autismo pensado como un todo, ya que confunden autismo y “debilidad mental”– no hereditaria, ya que los problemas encontrados fueron siempre errores de transcripción durante la formación del embrión, en la formación del patrimonio genético de un sujeto – no es así, ya que niños autistas, seguidos con sus madres en terapia analítica, adquieren marcha y lenguaje, llegan a la escuela, lo que no es el caso de los que llevan consigo atrasos de origen genético. Trabajando con ellos, no conocimos nunca los cambios radicales que nos sorprendieron en los análisis de niños autistas. 


En Francia trabajamos durante más de diez años en una unidad de pediatría infantil, donde la pediatra nos enviaba bebés y niños pequeños cuya patología no presentaba, para ella, una causalidad orgánica. Al mismo tiempo, lo hicimos también durante veinticinco años, en un servicio de psiquiatría infanto-juvenil. 



La experiencia en pediatría nos volvió atentos a algo que nos había llamado ya la atención mucho antes, en la época en que estudiamos en el manual de psiquiatría de Henri Ey los llamados delirios y depresiones pre y post puerperales. En aquél momento la pregunta que nos habíamos formulado –fines de los años ’60 – era ¿cómo incidía la sintomatología materna en el recién nacido? No ya en su estado extremo, en donde era necesaria la hospitalización y la búsqueda de una madre sustituta, sino cuando depresión o delirio se presentaban de modo insidioso, subclínico, para los médicos y el entorno, lo cual obviamente permitía que la madre se ocupara del bebé como si nada le ocurriera. 



Este “como si nada ocurriera” era tan cierto que los pediatras se negaron, durante muchos años, y a pesar de que el niño no se sentaba, o no se ponía de pié, o no comenzara a hablar en el período en el cual deben hacerlo, a considerar que una patología de orden psíquico se estaba instalando. 


En el servicio de psiquiatría infantil comenzaron a enviarnos chicos autistas, diagnosticados como tales tanto por el servicio de pediatría como por el de neurología. 


Aquellos sobre quienes podemos decir algo de nuestra experiencia y sacar ciertas conclusiones no presentaban dismorfimos y todos conquistaron sea la marcha y el lenguaje articulado, sea sólo éste último ya que caminaban. A posteriori, mostraron que si eran capaces de moverse, caminar, contar con un lenguaje articulado y relatarnos en sesión fragmentos fantasmáticos, contaban desde el comienzo con una corteza cerebral que, in statu nascendi, no tenía daños ni a nivel de su anatomía ni en su funcionamiento neuroquímico. 


Aclaremos, eso sí, que no se curaron como si hubiesen podido llegar a la neurosis. No conocemos niños que hayan podido hacerlo y nuestras grandes antecesoras, Dolto, Mannoni, Lefort, tampoco dieron a esto chance alguna. 






Conocimiento científico y saber analítico 




Fue el trabajo con las madres de estos niños, así como con alguna analizante que se encontraba ya en análisis antes de ser madre y que a los dos años del nacimiento nos revelara el estado de su hijo, que comenzó a aclararnos el problema clínico y teórico que este cuadro presentaba, y a responder las preguntas que nos formuláramos años antes. 


Antes de resumir lo que fue el resultado teórico de nuestra clínica, y en la medida en que a partir del psicoanálisis norteamericano – de sus mejores representantes, como Bettelheim – se ha dado una imagen caricatural de las madres de niños autistas, especialmente gracias a la obra y al empeño de todas las corrientes conductistas hermanadas para este fin, debemos decir que no todo niño cuya madre presenta problemas depresivos u otros antes de su nacimiento y después, produce un estado autístico que, en el mejor de los casos, se transformará en una psicosis de alto rendimiento –los así llamados “Asperger”– o de muy bajo, una psicosis deficitaria o una hebefrenia, o simplemente, y hemos también trabajado con ellos, seres humanos que no entran en ninguna categoría psiquiátrica y son simplemente autistas adultos. 



En este punto, la intersección entre lo real biológico del hombre y su advenir humano gracias a la palabra nominante del Otro, tocamos algo que produce antinomias teóricas, ya que ni el análisis ni la genética o la neurobiología pueden, por ahora, dar una solución satisfactoria. 


Podemos suponer, y quedar en esta suposición, de que o bien estos bebés poseían una percepción innata (sin consciencia) demasiado aguda – o quizá demasiado pobre, ya que hermanos o hermanas no fueron autistas – de la perturbación materna y no encontraron en su contacto ni el deseo ni el goce necesario para devenir seres hablantes, y es la inclinación en general de los analistas, que quedamos siempre sorprendidos por la inmensa riqueza de los intercambios que mantuvimos con ellos durante las sesiones; o bien, y será la inclinación de los científicos, suponer que hay una falla desconocida a nivel genético, que se traduce a nivel de la organización de las redes neurales y, fundamentalmente, de algo cuyo conocimiento comenzó hace cincuenta años, con el descubrimiento de los primeros neurolépticos y antidepresores, desarrollándose de modo acelerado desde hace unos pocos : el funcionamiento de los neurotransmisores y los neuroreceptores en las sinapsis, allí donde se producen los contactos entre dos neuronas y un astrocito, cuyo conocimiento se da por ahora a nivel químico, probablemente de acá a un cierto tiempo lo sea a nivel cuántico. 


Sin embargo, el conocimiento fino de este funcionamiento neurológico no suplanta ni hace desaparecer, muy por el contrario, pone de relieve más que nunca la cuestión de la causa ¿Es éste el estrato fundacional, en el caso de las psicosis o los autismos “veros”, o por el contrario sus desarreglos, profundos, y difícilmente controlables, son efecto en lo real del funcionamiento de la química cortical de operaciones simbólicas que no tuvieron lugar? Luego de este fracaso son sólo tratables –al mismo tiempo que terapéuticamente– sea por inhibidores de los receptores de la dopamina – esto es los neurolépticos –; sea por los que tienen efecto contrario o correctivo, inhibidores que permiten un mayor tiempo medio de vida plasmática a la noradrenalina y la serotonina –los tricíclicos y los tetracíclicos, derivados de los primeros imipramínicos–, sea con efecto postsináptico –los inhibidores de la enzima que los oxida–, o selectivos de su recaptura – selectivos, esto es, que seleccionan el blanco, discriminando serotonina, dopamina, y noradrenalina. 



Los psicoanalistas, el psicoanálisis – todas sus corrientes –, para debatir y mantener el lugar del Inconsciente en la relación –simpática o antipática – entre discursos, deberán responder al desafío “neurocientífico” introduciéndose en el debate, rico y de modo alguno monolítico, que tiene lugar en biología fundamental en torno a la cuestión de la definición de causa material y al lugar del lenguaje en ella como introductor del goce – el significante Φ – en el cuerpo, y como su inhibidor y traductor –el significante  S1 en la teorización de Lacan.–. Esto es, no es sólo cuestión de dopamina, serotonina, noradrenalina y otros neuromoduladores y sus receptores. Del mismo modo deberán nuevamente articular cómo el lenguaje es término y locus solus de la selección natural en lo que al taxón homo sapiens respecta. El freudismo, que siempre se reconoció en el darwinismo como siendo una de sus filiaciones, no debe perder ese lugar de debate en su ramal lacaniano, ya que éste deberá discutir con la biología más avanzada, la llamada “Evo-Devo” –Evolution - Developpement– su avance teórico sobre el lugar y la eficacia biológica del lenguaje, introduciendo lo que los darwinistas – toda la biología actual– de algún modo saben pero dejan en general de lado : la cultura es el lenguaje y es éste es el lugar, el ecosistema, del hombre. Para ello deberán hacer lo que Freud recomendaba en su tiempo : para viajar en país extranjero es preciso usar su moneda. Esto es, usar su idioma. Simple si se trata sólo de orientarse, más complejo si se pretende introducir preguntas, aunque más no fuera haciéndose el idiota, que los habitantes del lugar nunca se hicieron. 


Los analistas vieneses al llegar a los EEUU, en los años treinta, en lugar de formularle preguntas a los nativos, se esforzaron en obedecer a las reglas del lugar, se volvieron ante todo médicos, luego analistas – lo que los llevó a rechazar como no analíticos los escritos de Freud sobre la cultura – y se dedicaron a biologizar su instrumento, ya que no podían explicar químicamente la libido ni podían justificar la identificación a la traza filogenética del homicidio del Padre. 


No tendría que ocurrirnos a los lacanianos olvidar que la ciencia, de la cual debemos seguir nutriéndonos, e importando retrabajados los conceptos que nos sirvan para señalar el lugar del Inconsciente, forma parte del discurso del Amo – lo cual no es una injuria– simplemente está en el origen de nuestro malestar en la civilización, como la Iglesia lo fue anteriormente. Así, al recusarle ser el lugar único de la Razón, no debiéramos perder de vista, en la tranquila y pacífica certeza de la verdad en cuanto a la relación entre Inconsciente y lenguaje, que para las ciencias biológicas –neurología, genética– hoy en día más que nunca, el lenguaje es sólo un instrumento de la “autoorganización” del cerebro como un todo. 


Esta posición de la biología, fundando el pensamiento en la red neural, no sólo lleva a desconocer la eficacia del lenguaje en la necesaria construcción post-partum de la corteza cerebral, y el papel del Otro. La cultura humana sería, a partir de allí, desde el paleolítico inferior hasta hoy día, producto del cerebro. En lugar de un materialismo, como lo quieren y lo creen los grandes científicos fundadores de las neurociencias, estamos más bien en presencia de un espiritualismo que se ignora a sí mismo. 



Nuestra posición es la de mantenernos en el camino de nuestra práctica, sin desconocer lo mucho que puede haber de verdaderos descubrimientos en el campo de la medicina, separándolo de su tendencia imperial y reduccionista, que fue siempre la inclinación de la ciencia, de la verdadera, comenzando por la mecánica celeste, parangón de cientificidad hasta que las otras ciencias construyeron su propio formalismo, no siempre matemático, y su campo de experiencia. 


Lo más perturbador que podemos decir, que marca el lugar de la frontera entre lo que mal llamamos « biológico » y la humanización por la palabra del Otro, es no sólo que el infans, el hijo del hombre, es embriológicamente prematuro, esto es que termina su desarrollo puramente neurofisiológico sólo gracias al Otro, lo que dura aproximadamente entre 9 y 12 meses después de su nacimiento – tiempo necesario para alcanzar las capacidades con que nace su primo más próximo después de la desaparición de Neanderthal, el chimpancé – sino que esa prematuración muestra que lo biológico humano no es el de un animal que « aprenderá » a hablar, sino que a su cuerpo biológico la palabra le está destinada de antemano como aquello que le falta y que éste la pide tanto o más que la leche materna para saciar su hambre y su sed. O mejor dicho, tomar el seno es la cara visible de la incorporación del lenguaje



Podríamos decir que la aparición del lenguaje hizo desaparecer totalmente, arrasó todo lo que en el hombre podía haber quedado de saber biológico como adaptación al medio natural. Lo que se desarrolló, y la psicolingüística (2)(más actual lo muestra en sus estudios sobre la audición y la fonación en los niños – a partir de los recién nacidos – y sus modificaciones funcionales hasta el momento en que comienzan a hablar, es una aptitud biológica al reconocimiento de la voz del Otro. Lejos estamos de hipostasiar las leyes gramaticales, corticalizándolas…tal como fuera la posición de Chomsky en sus albores, por ejemplo en "La lingüística cartesiana". 


La neurología humana no es la de un animal que desarrolló sus áreas de Broca y Wernicke –transformando, probablemente, las neuronas-espejo de los grandes simios y otros mamíferos, descubiertas hace tiempo por la neurología italiana, pero reconocidas como válidas hace unos quince años– es una neurología que conquista su funcionalidad, su capacidad de establecer 102 a 103 más sinapsis que neuronas (la proporción que maneja la neurología en este momento es 1011 y 1013 a 1014) gracias a la palabra del Otro, en la que su goce adviene al deseo a través del amor. 


Todos los animales poseen una guía biológica interna para construir su cuerpo y adaptarse a su medio, aún los mamíferos que dependen durante varios años del cuidado y de la enseñanza materna. 


Para erguirse, para conquistar la posición eréctil y caminar, para “lalear” respondiendo al canto que lo llama en la voz del Otro y hablar después, no hay lugar alguno en el cerebro que pueda dar esa orden. No hay centro del cerebro que ejercite por sí sólo la acción voluntaria. Esta proviene del psiquismo. La zona motriz primaria es aquella que recibe la orden y la ejecuta, pero la orden no se forma a nivel de los haces de neuronas piramidales que, pasando por los núcleos grises de la base del cerebro llegan a las neuronas de la médula. La zona motriz secundaria coordina con el cerebelo y otras zonas los acomodamientos automáticos del cuerpo, descargando así a la primaria de una cantidad de cálculos que, de ser conscientes, harían del movimiento algo lento, fastidioso e inseguro. Caminar, moverse en general, sería como aprender a tocar un instrumento en el nivel de un buen músico. 


Lo curioso es que este funcionamiento es propio de la corteza cerebral y lo compartimos, efectivamente, con los mamíferos superiores. Pero cuando el cuerpo carece de la marca que en él hace el lenguaje, esto es, la identificación primordial a la falta en el Otro, la incorporación primordial, lo que sucede es que el funcionamiento cortical no responde a sus “patterns” puramente biológicos. Ahí es el psicoanálisis que puede responder que la falla no es cortical, sino que, lo que le permite su funcionamiento puramente biológico le viene del Otro. Sin este aporte de la palabra, del amor y del deseo, el funcionamiento biológico más íntimo de nuestro ser se desregula. 


El lenguaje y la palabra no están solamente localizados en áreas cerebrales, salvo, una vez el lenguaje incorporado, en aquello que hace a la pérdida de su intelección, o de su ejecución, por daños traumáticos irreversibles que destruyen las zonas específicas del hemisferio izquierdo. En esto reside el debate con una neurología que no es funcional –es decir que se propone a sí misma como detentora de la causa en lugar de partir de síntomas que no son de origen biológico. El estudio neurolingüístico de las afasias es por cierto muy importante, pero no da saber alguno sobre cómo la palabra del Otro fue incorporada y cómo se vuelve –nunca enteramente – palabra del sujeto. La neurología actual sabe que es todo el cerebro el que piensa, ya que el estudio de sujetos con destrucción accidental del cuerpo calloso – que sirve para la comunicación entre hemisferios – siguen pensando aunque la ejecución de la palabra sea imposible. 
Pero de ahí deduce que el pensamiento se origina en las redes neurales, siendo el lenguaje sólo su instrumento (3)


La antinomia del doble carácter de la luz, tanto corpuscular como ondulatorio, no pudo resolverse desde Newton, que lo sistematizó. Pero la disputa entre físicos relativistas –“ondulatorios”– y cuánticos –“corpusculares” – dio lugar a que hoy en día todos los físicos se formen en las dos teorías, aunque la solución de continuidad entre las dos físicas siga existiendo. La teoría unificada todavía no ha sido aún construida, y en niveles diferentes las dos son válidas. Tratándose de una ciencia, el campo experimental permitió que las dos se reconociesen. 


En lo que respecta al “goce humano” es más fácil reconocer como materiales, para nuestra civilización, la dopamina o la serotonina, en tanto que la propuesta analítica, que postula la palabra de amor en la que el Otro significa su deseo como lo que vehiculiza el goce en el cuerpo –permitiendo que el funcionamiento de la química cerebral no se enloquezca– no tiene cabida a nivel de la ciencia, ya que no es “localizable”, no hay instrumentos para ello, no es numéricamente calculable. 


Sin embargo, es el goce – escrito por una lógica que se desprende de la palabra, el que nos da un lugar, el cuerpo imaginario y el simbólico que no terminan en los límites del organismo – que nos hace calcular, para tratar vanamente de medirlo. La ganancia que esto permite no es comparable con la de la economía de la salud. 


No obstante, esta causa perdida es la de la cultura. 






La función materna y la causa del goce 






Una depresión puerperal profunda no puede, en general, no dejar huellas en el bebé, con más razón un delirio puerperal que lo concierna. Cuáles serán, no está escrito de antemano. También puede suceder que de la perturbación de la madre no sea la maternidad su causa. Un duelo difícil en ese tiempo de espera o en los que lo suceden, pueden retrotraerla sobre sí, y no contar con los investimientos necesarios para recibir a su retoño. Al contrario de la ciencia, el análisis no es predictivo, construye la causa a posteriori. Y su causa no es apoyo de un juicio universal y necesario – la atracción de la gravedad, el movimiento rectilíneo uniforme – sino la vía por donde se formula la relación entre lo real y su contingencia. Los niños autistas de los que nos ocupamos, –esto también es del orden de un encuentro– salieron todos del autismo, pero con destinos muy disímiles. 


Pero nuestro tema será la función de la madre : ¿qué es lo que le permite, o no, serlo? Esto es, ponerse en el lugar del gran Otro para el bebé, lo que significa una creación particular, de la que las mujeres, en principio, son capaces, pero sólo si lógicamente están preparadas para ello. Lo que hace posible que esta función pueda fallar, no hacerse presente. Lacan decía (4) que el deseo de la mujer está determinado: tener hijos. Lo cual hace más urgente y necesario saber porqué esta determinación puede fallar. 

En principio, lo que encontramos en el largo, o corto, diálogo que mantuvimos con ellas, fue el fracaso del deseo infantil edípico de tener un hijo. Lo que no quiere decir, de ninguna manera, en cuanto a ellas como sujeto, que la metáfora paterna no haya tenido efecto. La mayoría se situaba en la neurosis, y sólo una minoría no se encontraba en el discurso. Lo que no se produjo en la infancia fue el deseo por el padre, el deseo de tener un hijo como equivalencia fálica, en general respuesta al no amor del padre por su hija. 


Al casarse y tener hijos, deseados, con el hombre que querían, no encontraron, sin saberlo, el estrato de goce infantil, olvidado y transformado, sin el cual, podríamos afirmar, su deseo de maternidad, su deseo de un hijo estaba forcluído de su goce. Este hiato no las afectaba, fundamentalmente, como sujeto, pero sí el que no hubiese lazo entre el deseo paterno en ellas y el dar a luz un hijo. No existía fantasma de maternidad, no había imaginario de maternidad. Lo encontramos también en mujeres que, amando a un hombre, se negaron siempre a tener un hijo de él, pudiéndolo. Llegando incluso al aborto repetido, lo que no puede no dejar heridas y una culpabilidad profunda. 


Si tratamos de pensarlo de otro modo, el fracaso fue del orden de la invención. A un bebe se lo espera, y cuando nace representa la realización de un deseo largamente soñado. En ese caso, la madre le habla suponiendo que ese bebé que acaba de nacer entiende y responde, a su manera. Y ella puede retomar el diálogo y durante meses contarle lo que ocurre en la casa durante el día, hablarle del padre y reunir todos los gestos corporales del hijo respondiéndole, dándoles sentido. Aunque su palabra es una palabra de amor, este sentido, en el cuerpo del niño, se transforma en sentido sexual. Es esto lo que le permite, no sólo gozar del contacto con el Otro, sino apreciar las palabras que se le dirigen como la fuente misma de goce. 


Finalmente, lo que Freud decía en los años treinta, que los cuidados que el bebe recibe eran la primera seducción, es, evidentemente, cierto. Sin embargo, el cuidado de los cuidados es la palabra: el modo de tenerlo en los brazos, de acunarlo, de abrigarlo, cómo se lo acaricia, se le da de comer, el conjunto de los gestos con que el Otro se dirige a él, son modalidades de la palabra. Con una condición, que esa palabra lo nombre. No tanto que el Otro pronuncie, chatamente, su nombre de pila, sino que en su palabra haya algo que el hijo oiga como dirigiéndose a él. Es por esto que desde que hay madres, o nodrizas, la palabra dirigida al bebe está enriquecida con rasgos no pertinentesv, no necesarios y redundantes en la pronunciación de los fonemas de la lengua. Esta redundancia, el pronunciar añadiendo rasgos de contorno, tímbricos, de acento de la palabra y de la frase, modulando la voz diferentemente, son la muestra del gozo de la madre, es esto lo que al bebe lo nombra, ya que éste escucha cuándo la madre le habla a él y cuándo a los otros miembros de la familia. 


Este gozo, que es goce transformado por amor, es lo que Lacan llama el significante causa de goce, y escribe Phi Φ. Es a éste significante que el bebe se identifica: a lo que él recibe por ser, en ese momento, la falta del Otro. Recibe lo que es, aunque ni el Otro ni él lo sepan; se le presta esta creación porque es él quien a sido creado. Esto es la ecuación freudiana desarrollada. El significante fálico es un significante, que se añade, sumándose a los significantes de la palabra y a toda la gestualidad que forma parte de ella. Posteriormente deberá perderse para que el sujeto sea, efectivamente, uno, pero entre todos. 


El significante Phi Φ da significación, y erotiza, todos los movimiento del cuerpo del bebé, sobre todo los voluntarios, permitiendo que la fibra estriada del orbicular de los labios, que es un esfínter, adquieran ese carácter, lo que les permite no sólo el goce oral sino también una motilidad capaz de articular fonemas. Y no debería significar, pero ocurre, lo que hace a las funciones vegetativas, que no requieren del deseo para cumplirse : respirar, digerir. No en vano cuando el otro se inmiscuye demasiado en la vida de alguien, las imágenes que se emplean para significarlo son tomadas de la respiración o de la digestión, “me ahoga”, “no lo digiero”. Lo que puede aparecer, como síntoma, en ciertas afecciones respiratorias – acompañadas a menudo por problemas de piel – o en dolores gástricos, que se dan, aparentemente, en el interior del cuerpo, siendo, en realidad, irritación de mucosas que representan el contacto entre medio interno y medio externo. En lo que hace al ritmo cardíaco, mediado por ganglios específicos, está controlado por un par craneano, el neumogástrico, que regula funciones tanto motrices como neurovegetativas o autónomas. De ahí que un desmayo de origen vagal pueda también tener causas eróticas. 

Aunque nazca en el Ecuador, un bebé necesita ser arropado, tanto como acariciado y mecido. El contacto físico del Otro con él llega, por vía de las aferencias sensitivo-sensoriales al giro post-central de la corteza (vía el núcleo LVP del tálamo y la corona radiante) y es de ese contacto que la imagen especular no genética del cuerpo –la genética es la de los eferentes motores, situada sobre la frontal superior– se formará en su especificidad. Es en ese contacto que obtendrá su percepción de masa y peso, de calor y frío, de hambre y saciedad –las aferencias sensitivas llegan a la corteza desde la piel, el periostio, las vísceras, de placer y displacer, que la urgencia de la vida inscripta en la necesidad orgánica –que sólo existe si previamente hay un goce que la haga existir, sea atenuada por la palabra del Otro que le otorga una capacidad de espera y, es de esperar, una atenuación de su intensidad. 


Sea cual fuere la contingencia de la causa, los niños autistas que recibimos durante diez, quince años, con sus madres reales o sustitutas, no se habían identificado a (Phi) Φ, ya que las madres, sea por su depresión, o por la imposibilidad estructural o pasajera de identificarlos simbólicamente con la causa de su goce, no los habían supuesto sujetos antes de serlo. No habían podido, les era imposible formular el juicio inconsciente que se enuncia haciendo la hipótesis de que eran sujeto. Esta hipótesis es fálica, es lo que hace fálica la serie de pensamientos que le están dirigidos. 


Este tiempo, el de la identificación primordial, no es mesurable cronológicamente. Comienza antes del nacimiento, hundiendo sus raíces tanto en el goce sexual de la madre como en el goce de la vida misma, como el enigma que para una mujer representa su maternidad, ya que ésta junta, hace confluir los dos goces. El que el hijo sea un objeto entre dos goces, lo hace un objeto que está tanto dentro como fuera de las equivalencias fálicas. 


Esto lo muestran algunas mujeres que, ante la pérdida o la enfermedad incurable de un hijo, abandonan al resto de la familia, dedicándose cuerpo y alma sólo a aquél para quien su amor es ya ineficaz. Como si la enfermedad que los vuelve vegetativos, o la simple muerte les otorgara, y de hecho les otorga un suplemento de Goce del Otro, frente al cual los demás hijos, representantes de la vida en lo que ésta tiene de fálica, no tuvieran peso alguno. Ocupar cuerpo y alma en un desafío inconmensurable se vuelve un menester al que se dedican con desesperado ahínco. 


Es la falicidad otorgada e incorporada lo que hace que un bebe quiera incorporarse, levante la cabeza, se siente, se pare y camine, para angustiarse de felicidad al ver que puede alejarse de la madre y volver a ella. Cada hijo que se yergue fálicamente es motivo de goce y un memorial, como lo son los menhires paleolíticos, también erigidos para conmemorar la erección del falo y del cuerpo. 


Ahora bien, si la causa de la depresión o del delirio no son extranjeras a la maternidad, esto querría decir que ese lugar real no está simbolizado, que no se puede encontrar un deseo de maternidad, aunque la conciencia lo afirme, no puede haber un deseo de producir en lo real un ser que es tanto causa de goce sexual, transformado en gozo, como causa imposible del goce de la vida. 


Algunas teorizaciones analíticas afirman, con razón, que le hijo es un puro real. Para nosotros esto dará, más bien, psicosis infantiles en las que el abandono es consecuencia de una erotización que el amor no transforma. Habría carencia del Otro Goce, que hace del amor materno un amor tan singular, tan rico de modalidades de goce, que a menudo el amor por el hombre carece. 


Pensamos que los delirios puerperales obedecen a que el niño que se espera, o que nace, es realmente un falo radiante, que se apodera de toda la libido de la madre. No hay una ecuación niño  falo, en donde el tilde sobre el signo de igualdad marca la diferencia simbólica. Este hijo, paradojalmente, es el retorno del Urvater freudiano, temible, puro goce fálico, ya que se careció de padre edípico amante. Frente al retorno de (Phi) Φ, que no fue escrito en su debido tiempo, la única solución es el delirio, que actúa como la única defensa posible. 


En la estructura de un sujeto que se encuentra en el discurso, no hay contingencia alguna en la que pueda haber reencuentro con el significante causa de goce como tal. Sólo atisbos, que serán, ciertamente, traumáticos. Ya que la estructura es el significado, la marca en lo real de las escrituras lógicas de Phi Φ, escrituras que impiden su retorno. Lo que sucederá a Phi Φ  como causa de goce, en el tiempo lógico, será ‘a’ como causa de deseo. Y sólo a través de éste, producción de goce en el cuerpo. 


Una vez que el significante que a la vez es causa de goce como de incorporación de la palabra, no tuvo lugar, no habrá más lugar. Ni lugar para el nombre ni nombre para el lugar. 


El análisis con estos niños y sus madres, sacándolas de la depresión gracias a la transferencia, permitió que adquirieran el reconocimiento del nombre, que hablaran, que llegasen al espejo. Pero la falla en la metáfora paterna que les legara un otro que no fue Otro, no fue nunca subsanado. 


Un descubrimiento interesante tuvo lugar con madres que había producido delirios puerperales al nacer uno de sus hijos. Años después, durante el trabajo con ellos, al que en general no querían asistir, una de ellas – tras árduo esfuerzo de nuestro lado y sin que el niño la escuchara, ya que se encontraba con su padre en la sala de espera– nos contó con minucia su infancia y el texto del delirio del que su hijo fue causa y objeto en el momento mismo de su nacimiento. A la semana siguiente que el hijo en cuestión comenzó, lenta pero seguramente, a hablar. 


Como si el delirio en el Otro fuese un objeto de goce que, obturando la falta, impedía que el niño fuera referencia de su palabra. No sólo comenzó a hablar, sino que en sesión comenzó a treparse a la madre dejándose caer a lo largo del cuerpo. Este saber del nacimiento, y del lugar de gestación en el vientre materno lo encontramos también en varios pequeños pacientes, que luego de las primeras entrevistas con nosotros y la madre, dibujaron una figura relativamente grande, de tres volúmenes, con otra figura de tres volúmenes, mucho más pequeña, dentro del que representaba el vientre de la primera. Fue siempre el signo precursor del advenimiento de la palabra, como si el nacimiento al significante permitiera marcar y producir un saber inconsciente que por y en el acto mismo de ser trazado se perdiera para siempre, constituyéndose en real. Como si en los albores de la palabra ésta no pudiera hacer pié sin un objeto, que en este caso representa un saber que será, para siempre, enterrado, como condición misma del advenimiento de aquella que lo produjo. Esto que también sucedió, no con un dibujo, sino jugando, con una niña que llegó a nuestro consultorio sin habla, cubierta de equimosis, temblequeando sobre sus piernas, como si éstas no pudieran sostenerla, y que advino a la palabra encerrándose en el fondo oscuro de un armario, la puerta cerrada, desde donde nos dirigía la palabra con voz cavernosa y quebrada. 


El autismo ‘vero’, diferenciado de los cuadros orgánicos, así como las grandes psicosis, esquizofrenia y psicosis maníaco-depresiva, son el lugar de un combate teórico, cuyas líneas forman figuras complejas y no simplemente dos líneas enfrentadas, entre el psicoanálisis y, no puramente la genética, la neurología, la farmacología, sino el discurso de la ciencia que pretende representarlas. Se nos podría argumentar que no se da en las neurosis, ya que en general las terapias substitutivas al análisis han mostrado ser más superficiales. Pero no es así. La batalla del autismo y las psicosis es la del dominio teórico del hospital psiquiátrico y de la clínica psiquiátrica, sea donde fuere que ésta tenga lugar, y por ende, de las cátedras de psiquiatría y neurología, y luego de las facultades de psicología. 


Es también una línea de separación entre la “eficacia” de la multimillonaria economía farmacológica – absolutamente indispensable como instrumento – y otra eficacia, que no consideraría nunca que Rimbaud, por ejemplo, fue más rico adulto, comerciante de marfiles, que joven, hambriento escritor de “A un autre amour”.









Trabajo incluído en el libro de Héctor Yankelevich "Ensayos sobre autismo y psicosis II"







Notas




[1] No siendo en absoluto nuestro dominio, lo traemos a colación para señalar que en este momento, desde el descubrimiento de los homeoboxes por Walter Gehring, biólogo molecular suizo, en 1983, y luego del secuenciamiento del genoma humano, a principios del siglo XXI, los genetistas cuentan con un dominio experimental que les permite pasar a la clínica. El descubrimiento de los genes implicados en la debilidad mental de origen orgánico fue hecho en el hospital “Necker–Enfants Malades” en Paris. 

[1] Ver Bénédicte de Boysson Bardies, « Comment la parole vient aux enfants », Odile Jacob, Paris, 1996. Su libro representa una síntesis original del estado de la psicolingüística en ese momento. Su posición, aunque de origen chomskiano y claramente antiestructuralista, no le impide mostrar que sus descubrimientos alimentan y enriquecen la posición del psicoanálisis. 

[1] Estos descubrimientos, por cierto esenciales en su realización, son el resultado del trabajo de Roger Wolcott Sperry, Premio Nobel de Medicina en 1981. La conferencia pronunciada al recibir el premio se llama” Some Effects of disconnecting Cerebral Hemispheres”. Se la encuentra en el sitio “nobelprize.org” 

[1] Conferencia dada en Sainte-Anne, durante el dictado del Seminario « La Identificación », reconstruida sobre notas de participantes. 



[1] Los rasgos pertinentes son el conjunto de rasgos necesarios, sine qua non, que permiten la pronunciación de cada fonema de la lengua. Es una de las grandes creaciones de Roman Jakobson, inventor, con Nicolai Troubetzkoi, de la fonología estructural, en Praga, durante los años treinta. Esto no existía en Saussure. 
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