El héroe reticente - Capítulo 25 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 25 (Novela Policial Negra)

martes, 22 de septiembre de 2015 0 comentarios


"Me despierto después de dormir más de diez horas. Necesitaba una noche sin la sensación de tener un blanco dibujado en la espalda."


Revista literaria online policial



Una novela policial negra por entregas 


Escrita por AQ Gimenez

Exclusivo para Diario Literario Digital

gun sniper rifle
Me despierto después de dormir más de diez horas. Necesitaba una noche sin la sensación de tener un blanco dibujado en la espalda.


Desayuno en la vereda del hotel disfrutando de los edificios coloniales que hacen famosa, quizás demasiado, a ésta ciudad. Estoy famélico, como jamón, huevos revueltos, tostadas y, para garantizar un funcionamiento digestivo eficiente y confiable como un Banco Suizo, frutas de todos los colores.

Me dan ganas de descansar un día más, pero ya no tengo tiempo que perder. Tengo que terminar mi entrenamiento. 


Si peleás con monstruos, para ganar tenés que ser peor que ellos.


Dejo el hotel, voy a la Estación de Ómnibus y compro un pasaje directo a Río. Cuando esto termine, espero no tener que pisar otra puta Rodoviaria por el resto de mis días.


Llego a la Cidade Maravilhosa a media tarde. No entramos por la zona turística, sino que nos dirigimos a la Estación Novo Río por el camino más corto. Pero aún las partes más feas de Río tienen algo diferente. No sé si es saber que a pocas cuadras están algunos de los paisajes urbanos más “baladados do mundo” o lo que sospecho: a pesar de la delincuencia, la suciedad y la pobreza, aquí hay una vibración especial, que como en todos los lugares mágicos, es difícil explicar usando la lógica.

Ya investigué cual es el Club de Tiro que me conviene, está en el centro y se especializa en tiro de combate. Ya es tarde para ir, y además me conviene tener una dirección y un teléfono local para inscribirme sin sospechas.




Es la tercera vez que llego a Río y el lugar que más me gusta, mucho más que Copacabana, y un escalón por encima de Ipanema, es Santa Teresa. Ese barrio relativamente pobre que se ha ido aburguesando sin perder su espíritu, tiene el encanto de la ciudad multiplicado por dos. Construido sobre una colina, es como una favela de clase media. Se puede llegar en colectivo, pero lo más lindo es tomar el Bondinho, que pasa sobre los coloniales arcos del antiguo acueducto, haciendo un recorrido que parece sacado de la montaña rusa más peligrosa de un Parque de Diversiones. Antes, la estación de ese trencito de trocha angosta era lo único interesante del barrio de Lapa, junto con la extraña Catedral que está enfrente, algo así como un templo maya en la versión de un arquitecto amante del cemento de los años 60. Pero ahora esta zona se ha transformado en el centro de la noche bohemia de Río, título que en una ciudad como ésta, no es poca cosa. Algunos boliches son demasiado “top”, pero en los más auténticos los turistas se mezclan con los cariocas y la música inunda las veredas.



Desciendo del Bondinho en la parada que me recomendó la agente inmobiliaria con la que hablé desde la Rodoviaria de Paratí. Continúo usando el “verso” de que viví varios años en Uruguay hasta divorciarme. Sigue funcionando perfectamente.

Alquilo un amplio monoambiente que forma parte de un caserón antiguo divido en varias unidades. Dejo mi equipaje y voy a cenar a un restaurante de comida nordestina. Luego de una enorme moqueca de peixe y una cocada de postre, termino el día tomando una caipirinha en el balcón de mi cuarto.

A veces la vida de un fugitivo no parece tan terrible.

El momento de paz dura poco. Me despierto la mañana siguiente sudando frío como si tuviera dengue. Pasé la noche dando vueltas imaginándome lo que hasta ahora intenté no dejar entrar en mi cabeza. Mi punto fuerte es la imaginación, pero en estos casos me juega en contra. Entre dormido y despierto veía en la sala 3D de mi cerebro, cada humillación, cada golpe, cada penetración. Tengo que volver pronto a Buenos Aires, si no voy a explotar como un sapo.

Tomo un colectivo que baja hacia el Centro. El Clube de Tiro tiene un nombre que lo define: Colt 45. Me inscribo, pago la clase introductoria y me asignan un instructor. Esta vez es hombre, heterosexual y antipático. Se presenta con su sobrenome: Barbosa. Hasta en eso es inusual. Acá hasta al presidente se lo llama por su nombre de pila, no por su apellido. Nada de eso importa, enseguida me doy cuenta que sabe lo que hace. Es un ex integrante del BOPE, la fuerza de elite de la policía local que logró eliminar el narcotráfico de la Rosinha y otras favelas de Río.


Me caga a pedos durante las dos horas que dura la clase pero mejoro rápidamente. Le pido tomar dos clases diarias. Me mira con sospecha. ¿Para qué quiere un civil un entrenamiento así?

Le cuento una versión “aggiornada” de mi supuesto pasado. En esta realidad alternativa, también estoy divorciado, pero voy a volver a Uruguay en cuanto mi ex esposa se case con su nueva pareja y se vaya a vivir a otra ciudad. Yo compraré la mitad de nuestra casa de Montevideo para ir allí a vivir. Pero la vivienda está en una zona peligrosa, y quiero aprender a defenderme.

La historia no es demasiado creíble para alguien que conozca la Banda Oriental, pero mi instructor se la traga con plomada y anzuelo.




Paso una semana levantándome temprano, café da manhã en el balcón, llegar al Centro, dos horas de tiro, dos horas de práctica de defensa personal en un gimnasio cercano que recomendó Barbosa (con la cara de ningún amigo que tiene, no me animo a decirle que “Apenas se lo divisa cuando llovizna en el cerro”).

Luego un buen almuerzo, más o menos sano y sin alcohol, seguido de un rato de lectura. Ahora estoy releyendo “El Conde de Montecristo”, en portugués. No se me escapan las implicancias psicológicas de mi elección literaria.

Por la tarde es cuando Barbosa me somete a un entrenamiento específico de tiro de defensa. Utiliza siluetas marcadas con distintos colores. Tengo que dispararle solamente a los de un color. A veces es el rojo, otros el azul, etcétera. El objetivo es diferenciar al enemigo de los inocentes antes de disparar. El polígono de tiro está dividido con mamparas móviles en sectores y los blancos están agrupados siempre de manera diferente y a distintas distancias. Es lo más parecido a una situación de combate real en la que puedo practicar sin disponer de las instalaciones de la Policía.

Al principio “mato” a más inocentes que culpables. Pero con el transcurrir de los días, impulsado por los gritos de Barbosa, voy mejorando. 

El instructor también me hace cambiar de modelos de arma y de calibres para que me familiarice con distintos tipos de pesos, potencias y retrocesos. 




Cuando llego a la estación del Bondinho, las manos me duelen por las patadas de mula de los calibres más poderosos y los oídos me zumban a pesar de las orejeras que usé. Me voy calmando al subir la cuesta, y cuando llego a Santa Teresa, me baño y salgo a cenar. Hablo con los vecinos, tomo unas cervezas y me preparo para dormir lo suficiente como para encarar un nuevo día exactamente igual a los anteriores. 

Voy a extrañar un poco el barrio cuando me vaya. A pesar de la mala onda que planea constantemente sobre mi cabeza, no pudo evitar sentirme bien acá.

Al terminar la semana, a pesar de que sigo practicando, considero que ya estoy suficientemente experimentado en el manejo de las armas para lo que necesito hacer.


Decido correr otro riesgo calculado y llamar al Subcomisario Peña. Solo espero que sea tan honesto como Ágata piensa.



Lee la primera parte de esta novela en: 
El héroe reticente - Prólogo

 para DIARIO LITERARIO DIGITAL
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