El héroe reticente - Capítulo 24 (Novela Policial Negra) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

El héroe reticente - Capítulo 24 (Novela Policial Negra)

miércoles, 9 de septiembre de 2015 0 comentarios

"La paranoia es la mejor amiga del fugitivo.
Si la información llega a la policía o a la banda que me busca, las posibilidades de evitar ser metido en un calabozo de una patada en el orto o de ser cortado en pedacitos, son parecidas a las que tendría si jugara a la ruleta rusa con seis balas en el tambor."







Una novela policial negra por entregas 


Escrita por AQ Gimenez

Exclusivo para Diario Literario Digital
En mi pasado de persona normal, cuando no era fugitivo de la justicia, ni perseguido por los carteles de la droga, ni ladrón, ni asesino, aterricé una vez en San Pablo para cambiar de avión. Conocía el aeropuerto, grande, lindo y organizado como todos los aeropuertos de todas las grandes ciudades del mundo. Era de noche y, al descender y al despegar, vi por la ventanilla, que en esta oportunidad, milagrosamente, era casi transparente, una sábana bordada con diamantes.

No, es demasiado cursi, mejor digamos un montón de luces, que eran simpáticas y hasta lindas vistas desde un avión que iba a otro lado.

Esta vez llegué en un camión por las rutas atestadas y de día, lo que me permitió apreciar esta ciudad sucia y ruidosa en todo su patético esplendor. Estoy seguro de que aquí hay gigantescos shoppings, barrios privados con casas principescas rodeadas de cuidados jardines, hoteles con más estrellas que la Osa Mayor y rascacielos que reflejan la roja luz del atardecer semitropical. Pero esos lugares, como los aeropuertos, son iguales en todos lados, desde Kuala Lumpur a Lagos. Lo que para mí hace vivible y digna de ser visitada a una ciudad es la calle y la gente. En Río, Buenos Aires, Nueva York, Londres o París uno puede pasarla bien, entretenerse y ver cosas interesantes, sin gastar un peso y sin visitar los lugares turísticos. Por supuesto que la mayoría visitará la torre Eiffel, la Boca o el Pan de Azúcar, pero aunque no lo hiciera, la estadía sería igual de memorable. En ciudades como San Pablo, la calle no se disfruta… se sobrevive.

Pero debo reconocer que, vestido con un jean, una camiseta de un club de Paraná y ojotas, si uno habla portugués, es uno de los mejores lugares del mundo para perderse en la multitud.

Mi problema es el de siempre. Acá no voy a poder conseguir donde dormir sin presentar alguno de los dos documentos que cargo encima. En una gran ciudad, peligrosa y con sus habitantes siempre en guardia, serán revisados cuidadosamente y por lo tanto no me animo a usarlos. Después de todo pertenecían a dos criminales, probablemente con antecedentes, a los que yo mate. Si la información llega a la policía o a la banda que los envió a buscarme, las posibilidades de evitar ser metido en un calabozo de una patada en el orto o de ser cortado en pedacitos, son parecidas a las que tendría si jugara a la ruleta rusa con seis balas en el tambor.

Le pido al chofer del camión que me deje en la primera estación de Metro que veamos.





Entramos por el oeste de la ciudad, pero para evitar el centro, toma la Avenida Marginal que esquiva lo peor del atolladero. Hacemos más kilómetros pero avanzamos más rápido que si hubiéramos continuado en línea recta, hasta que me deja en el norte cerca de la Rodoviaria de Barra Funda y la estación del Metro del mismo nombre.

Saludo a ese hombre hasta ayer desconocido que sin saberlo arriesgó su vida para ayudar a escapar a un ¿inocente? Bajo del camión y esquivo heroicamente el tráfico para cruzar hasta la estación. Pago el pasaje, varias veces más caro que en Buenos Aires y me dirijo hasta la última estación hacia el sur, Jabaquara, otra más dentro de la colección de Rodoviarias de esta inmensa ciudad.




Allí tomo un ómnibus local, de los que no piden documentos , sólo que pagues el boleto, hasta São Bernardo do Campo, una ciudad industrial donde lo más bonito son los baldíos, que por lo menos son verdes. De allí otro transporte a Santos, y luego uno final hasta Guaruja, la “Mar del Plata” de la costa Paulista. Final del recorrido por ahora.



No es mi estilo de lugar de veraneo: muchos edificios y poca playa. Pero es mil veces más agradable que San Pablo y hay tanta gente que es fácil pasar desapercibido. Además ya comprobé que en las playas, la mayoría está de paso, por lo que alquilar un departamento por una semana no sorprende a nadie. No me queda otro remedio que usar uno de los RG (como llaman acá al equivalente a nuestro DNI) de los mafiosos que liquidé. No me parezco mucho a la foto, pero con la barba cada vez más densa que tengo, alcanza para pasar el mínimo escrutinio de la inmobiliaria.

Que pueda mirar las fotos de los que maté sin remordimiento me asusta un poco, pero también me asegura que podré hacer lo que falta, que será muchísimo peor.

Instalo mis cosas en el pequeño departamento de medio ambiente, con una hermosa y panorámica vista de la pringosa pared del edificio de al lado. Abro la botella de pinga, me sirvo un vaso bien cargado, me tiro en la cama, y mientras tomo el licor sorbito a sorbito, me tranquilizo y comienzo a pensar en un plan que me permita obtener un documento de identidad no “contaminado” sin dañar a nadie. De ahora en más, si quiero hacer lo necesario para salvar a mi mujer y a mi hija, tendré que eliminar a muchos culpables, pero ya no soportaría lastimar a un inocente.




Como sucede tantas veces cuando uno piensa mucho en un problema, no encuentra la solución. El cansancio y la bebida causan efecto y me quedo frito.

Al otro día, cuando comienzo a despertarme y estoy en ese limbo entre la realidad y el sueño, como por arte de magia, o lo que es igual, como en una película de Hollywood, la respuesta se materializa en una imagen clara e indiscutible.

Si quiero conseguir un RG tengo que ir a un lugar donde te los entreguen voluntariamente en grandes cantidades y puedas elegir sin problemas el que te convenga. Hasta ahora pude zafar con un parecido mínimo, pero para pasar una frontera necesito que la foto sea lo más parecida posible.

¿Parece imposible? ¡Pois não! El lugar existe y es muy fácil entrar en él sin que nadie sospeche: ¡Un supermercado!

Tengo que conseguir trabajo en uno. Supongo que los más pequeños harán menos averiguaciones que las grandes cadenas. Compro el diario pero sólo hay un aviso de un Carrefour. No creo que me convenga.

Voy a desayunar y comienzo a caminar por la ciudad. Pateo todo el día, muerto de calor, pero no encuentro nada. He fracasado, pero hay que pensar positivamente: Por lo menos mantengo el estado físico.

Compro una pizza carísima y la devoro rociada por un par de botellas de Cerpa, una cerveza del Norte que no conocía. Es espectacular, como la pizza. Ya me empieza a gustar un poco Guarujá.





Al otro día comienzo a buscar bien temprano. El diario no me ayuda así que ¡A caminar!

Cerca del mediodía empiezo a buscar un lugar no demasiado caro donde morfar. Y entonces veo el mágico cartelito:

Procura-se empregado”.

No es tan buena opción como un supermercado, pero es lo que hay.

Me presento, explicando, para justificar mi acento y mi falta de antecedentes laborales en Brasil, que estuve varios años viviendo en Montevideo, casado con una uruguaya. Recientemente me divorcié, y estoy de vuelta intentando comenzar de nuevo.

El dueño me pregunta si tengo documento brasileño, le digo que sí y se lo muestro. Me pregunta por la barba y le “confieso” que me la dejé ahora porque mi ex-mujer la odiaba. Debe haber tenido algún problema similar porque se ríe y me da el trabajo.



El lugar es como un barzinho pero con un menú más sano y original. Versiones novedosas de sanduiches naturais, con avocado y abacaxi, licuados de frutas y vegetales mezclados, y hasta woks y bocaditos de tofu. Hay pocos empleados y mi trabajo es de mozo, cadete, lavavajillas y, si es necesario, asistente de cocinero. El que cobra es el dueño, y a mí me toca buscar la plata o la tarjeta para llevarla a la caja. Cuando aparezca algún candidato que se me parezca verdaderamente, tendré que hacer algo para quedarme con su RG. Ya se me está ocurriendo un plan sencillo pero que puede funcionar.

Los horarios serían una pesadilla para un tipo normal, en mi caso es perfecto. Tengo que estar cuando abren a las ocho de la mañana para el desayuno, luego ayudar a preparar todo para el mediodía donde se trabaja fuerte. Tengo libre desde las tres y media de la tarde hasta las siete y media. Esas horas las utilizo para practicar defensa personal. Todavía no puedo entrar a un Club de Tiro, así que esa parte de mi entrenamiento tendrá que esperar a que consiga un documento impoluto. Después trabajo desde las siete y media hasta las diez de la noche, cuando cierran. Pagan poco, pero tengo todas las comidas de arriba y me dan un uniforme con diseño hindú bastante lindo. Como no tengo otros gastos más que los del alquiler del departamentito, no tengo que tocar mi pequeña fortuna, y hasta me sobran unos reais.


Llevo una semana sin encontrar a nadie que tenga mi aspecto. El lugar atrae sobre todo a personajes New Age, una especie de hippies de principios de los setenta con más plata y menos droga. Jamás podría pasar por uno de esos flacos fanáticos de la meditación y el veganismo salvo que el aduanero que me toque fuera no vidente. Empiezo a impacientarme, todavía tengo que practicar tiro con pistola una o dos semanas más y recién dar inicio a mi plan. No puedo esperar demasiado.

Ya estoy por renunciar a mi voto de no violencia hacia los inocentes, cuando entra una pareja gay. Se supone que los escritores somos observadores y he notado que hay una combinación no demasiado frecuente de pareja homosexual que casi no existe entre los heterosexuales: la pareja de dos hombres o mujeres casi iguales. Como si estuvieran enamorados de una copia de sí mismos.

Estos dos eran lo que llaman “Osos”. Dos gorditos, con cara simpática, barba, peludos, bajo unas musculosas que mostraban unos cuerpos voluminosos, pero no débiles. Pienso en el famoso chiste y me rio solo:

“¿Doctor qué padezco?”… “Padeze un ozito”.

Me caen bien cuando me llaman y en lugar de un batido de zanahoria, jengibre, manzana y mango piden unas capirissimas.






Resulta que están festejando su compromiso y comenzando su luna de miel. Me dicen que viajarán a Europa dentro de tres días. Me alegro por ellos y por mí. Uno pesa como veinte kilos más que yo, pero es uno de esos gorditos engañosos con cara de flaco.

Estoy seguro que la foto se me debe parecer mucho.

Pero lo mejor es que si va a Europa tendrá que usar un pasaporte, por lo que probablemente deje el RG en Brasil y no note que no tiene el suyo hasta su regreso.

Así es el truco que tengo pensado: Si me pagan con tarjeta la llevo junto con el documento a la caja y luego, regresando a la mesa cambio el documento por el que he estado usando. Si se aviva, pido disculpas, le digo que lo confundí con el mío y problema resuelto.

Piden dos caipiras más y unos bocaditos de tofu y sésamo. Las liquidan bastante rápido y deciden seguir el festejo en otro lugar con música más fuerte. Piden la cuenta. La traigo a la carrera.

Uno busca en su cartera y afortunadamente saca una tarjeta y el documento. Tengo suerte en que no pagará en efectivo. El pequeño inconveniente es que el que va a pagar es el “Osito” equivocado.




Inmutable agarró los plásticos y voy para la caja. Me pongo a hablar de cualquier huevada con el dueño mientras tapo la caja con la espalda. Sin haber mencionado el tema del pago con mi jefe vuelvo a la mesa. Le digo que el aparato no la lee. Probablemente es nuestro Post Net, ya pedimos que lo cambien. ¿No tendrían otra? El otro gordito saca una de otro banco y me la da con su preciado RG. Tenía razón, el tipo de la foto podría ser mi hermano.

Esta vez presento todo en la caja como se debe. El propietario hace el tiquete, cobra y me da el comprobante para que lo firme el cliente. Mientras lo imprime, cambio mi documento por el otro y lo pongo dado vuelta bajo la tarjeta. Llevo la cuenta a la mesa. El muchacho, mientras mira enamorado a su pareja, firma y guarda todo sin mirar. ¡Viva el amor!

Cuando termina mi turno, le pido al jefe llamar por teléfono a Montevideo. Tengo, le cuento, unos temas que me falta arreglar con mi ex-esposa. Me dice que sea breve pero me deja. Llamo al número de la estación de ómnibus qué busqué en internet y da información grabada. Parece que estuviera hablando con alguien. Un minuto más tarde, con una cara de sorpresa digna, sino del Oscar, por lo menos del Globo de Oro, le comento que mi ex dice que está embarazada. Tengo que volver a ver qué pasa.

Me paga la parte proporcional de lo que trabajé y salgo cabizbajo hasta que me pierdo de vista, luego corro hasta mi departamento a preparar todo. A la mañana siguiente, apenas abre la inmobiliaria, devuelvo las llaves, me entregan el depósito que hice y me voy.

Me tienta ir a la Rodoviaria y tomarme un ómnibus directo a Río, que será mi última etapa, espero, dentro de Brasil. Pero no quiero usar mi nuevo documento en el Estado de São Paulo. ¡Qué le voy a hacer!: La paranoia es la mejor amiga del fugitivo.

Así que vuelta a tomar buses locales y la puta madre que los parió. Son incómodos, más caros que ir directo, tardan mucho más, pero son totalmente anónimos. No queda ningún rastro salvo la poco fiable memoria de los choferes.

El recorrido es peor que el de un tren lechero: Inicialmente tomo uno hasta Bertoga, donde empiezan las playas no tan urbanizadas. De allí a São Sebastião. Próxima parada Caraguatatuba, luego Ubatuba y cuando los ecos de mis puteadas a las Deidades de los ónibus ensordecían a Júpiter, llegamos finalmente a Paratí, unos kilómetros más allá de la frontera estadual.


Ya estoy en el Estado de Rio de Janeiro. Esta vez me merezco un hotel. Encuentro uno en la zona histórica que parece sacado de una de esas telenovelas sobre la época de la esclavitud. Uso mi nueva identificación. Cuando me piden una tarjeta de crédito, informo con un guiño que vine sin mi mujer y no quiero que mis gastos salgan en el resumen. Pago cash sin problemas, después de todo estamos en Brasil y no soy el primero que tira una cana al aire.

Cuelgo el cartel de “No molestar” en la puerta (casi agrego en lápiz “¡Ni en pedo!”), y caigo sobre la cama, agotado como si hubiera cruzado a nado el Atlántico. Mañana será otro día.

 




Lee la primera parte de esta novela en: 
El héroe reticente - Prólogo

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