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Dos primeras horas (Cuento jurídico)

sábado, 5 de septiembre de 2015 0 comentarios

"No fue vagancia (bueno, sí, un poco), ni ignorancia (sin comentarios), ni pánico escénico (en realidad bastante). Un yanki lo llamaría procrastination... pero era simple pelotudez..."



Revista literaria online cuentos


Escrito por AQ Gimenez

para Diario Literario Digital, 
la Revista Literaria sincrética, plural y abierta.



Era el juicio más importante de mi corta carrera legal. Había tardado bastante en recibirme y aún más en establecer mi estudio jurídico unipersonal. La plata no sobraba, en realidad faltaba.
Este asunto podía aportarme apetecibles honorarios. Se lo debía a mi suegro, que a pesar, o quizás por causa, de despreciarme cordialmente me había recomendado a un empresario en problemas. Me imagino que para él, verme retorcer de inseguridad y pavor valía más que perder un contacto.
No fue vagancia (bueno, sí, un poco), ni ignorancia (sin comentarios), ni pánico escénico (en realidad bastante). Un yanki lo llamaría procrastination... pero era simple pelotudez.






El último día del plazo para la contestación de la demanda pasó rápidamente, mientras estudiaba y escribía todo lo que debía haber hecho mucho antes. Dieciocho febriles horas de trabajo después, el escrito, no digno de ganar el Oscar al mejor letrado pero casi aceptable, estaba prolijamente impreso.

Por supuesto el juzgado había cerrado su ventanilla nueve horas y diecisiete minutos antes.


Existe en la justicia una norma sin la cual los contadores, los ingenieros y los científicos pueden funcionar sin problemas, pero jamás los abogados: Es la posibilidad de presentar un escrito en las primeras dos horas del día siguiente al de la defunción del plazo.




Mi mujer estaba visitando a alguno de sus muchos parientes en el norte del país. Esa noche tomé poco vino, me acosté temprano y preparé relojes despertadores, alarmas digitales, celulares y computadoras para ser despertado a las 6 de la mañana. 


Obviamente esa noche se cortó la luz. Todo falló. 





Todo menos el celular. Sonó despacito, como con vergüenza. No logró despertarme. Pero parece que algún coreano, con miedo a ser echado por llegar tarde, incluyó un sistema que repite la alarma cada diez minutos... la quinta repetición me despertó. 





Todavía podía llegar si me apuraba. Sin bañarme ni afeitarme, me puse la misma ropa de ayer que hedía a stress y urgencia.



Salí a la carrera pateando sin querer al afeminado perrito de la vecina. Mi apurada disculpa no logró morigerar el agravamiento de su cara de vieja chota.

Corriendo por las escaleras mecánicas del subte oí la siniestra chicharra que presagia el cierre de las puertas del tren. El presagio se cumplió. Las hojas de metal casi realizan una cirugía nasal, que en otro momento me hubiera resultado útil.



El próximo convoy no se demoró demasiado, pero para mis nervios destrozados parecieron eones. 


Subí y me atrincheré en la puerta opuesta, la que se abriría, con suerte, sin el grito de sésamo, al llegar a Tribunales.


No era mi día para amar y respetar a las señoras de edad avanzada. Una dama, ya pasada su fecha de vencimiento, pintarrajeada como para ser expulsada por puta de un prostíbulo de Marsella, quizás asfixiada por los efluvios del perfume barato que la rodeaba como un ejército invasor, cayó como un canario alcanzado por un misil.





Gritos, corridas, escandalete de baja intensidad. Resultado: tren detenido a dos estaciones de mi destino. Me catapulté del vagón y corrí por las escaleras y luego por las calles afortunadamente poco pobladas. 


El reloj digital en mi muñeca, con menor dramatismo que los de aguja, marcaba los minutos que transcurrían hacia el fin de esta última oportunidad. Parecía esas películas donde el guardia está con la mano en la palanca de la silla eléctrica.





58...59...00...



Cuando llegué a la puerta el reloj marcaba 03. ¿Sería posible que, si rogaba y amenazaba, aceptaran el escrito?




La puerta estaba cerrada. 






Me derrumbé en las escaleras, pálido y seguramente al borde de un ataque cardíaco, y por qué no de una intensa diarrea.



El kiosquero de enfrente me vio allí despatarrado, más resto biológico que ser humano y se dignó a gritarme a través del tráfico:



"¡Hoy es feriado judicial... vuelva mañana!"



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