Conocí un apóstol, la Cacho (Nouvelle) | DIARIO LITERARIO DIGITAL

Conocí un apóstol, la Cacho (Nouvelle)

martes, 22 de septiembre de 2015 0 comentarios

"Poner en duda mi ateísmo, fue la mejor manera de reencontrar mi fe en la razón"

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Escrito por Lic Ramón D. Peralta

Exclusivo para Diario Literario Digital

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CONOCÍ UN APOSTOL, LA CACHO (Nouvelle)

Mejor con música



Primer Capítulo



Conocí a Malvina en la secundaria, un año mayor patentizado en el tercer año del Colegio (cuando yo estaba en segundo). El chino Benavidez  nos presentó, no recuerdo cuándo pero si el cómo (aunque su fisonomía no me era ajena). Fue en el balneario de Gualeguaychú, supongo que era verano, sino cómo explicar que haya memorizado su anoréxica bikini. El erotismo reminiscente, en el mejor de los casos un malentendido.   

Malvina era la más sofisticada metáfora del género perdido. En aquellos días le decían "La Cacho" (ella nunca se enteró). Era típicamente marimacho, y si alguno la veía así no era yo. Lo nuestro fue simpatía mutua a primera vista. Quizás su asimétrica chuequera la hacía ver más masculina que los masculinos, pero en realidad la caracterizaba la forma ecuestre de caminar. No pocos sostenían que los primeros años de su vida habían transcurrido montada a caballo (los más ladinos asumían que la yegua era ella). Aquellas acostumbradas sombras, célebres por jalonar la frivolidad antes que mesurar el irreparable daño al espíritu (adolescencia, edad criminal).    

Malvina poseía el don de la preclara palabra, con sus ciento diez decibeles de pura verborragia, era lo suficientemente mordaz, obscena y enérgica como para sonrojar al mismo mefistófeles ¿Cómo una adolescente de un metro cincuenta y cinco de estatura, podía putear de tan gravitatoria y diversificada manera?. Su fecundidad en soeces (formato insulto) era la envidia del grupo. Asimismo solía hacernos levitar con mitologemas, el Minotauro, Apolodoro o Tántalo estaban en su repertorio; también era capaz de inmolar a Murena o Chandler, expurgar a Camus, Tagore,  o conceptuar la Humanae Vitae de Pablo VI (nosotros atónitos). 

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El cóctel tendía a confirmar el estereotipo, mal hablada, logorreica, incontinente y de porte viril; los motes lésbicos no se hicieron esperar, develados ante la mera sospecha (sería impropio prejuzgarlos por ello). Malvina (la Cacho), era imaginable en la versión travestida de Calígula con túnica sepia de danzarina, pero sin flores en la cabeza, o en forma de sombra chinesca proyectada tras las enmohecidas páginas del Crátilo. Ella se escondía detrás de un discurso e imagen hechos a la medida de sus miedos y angustias (recién de grande entendí el porqué).

Sin embargo, cuando se dejaba conocer todo cambiaba. Tal vez deba decir, quien cambiaba era el Otro o más propiamente ambos. De hecho, con el paso de la relación y a pesar de su sempiterno pelo corto, la llegué a ver muy atractiva, quizás fui algo patitieso, prejuicioso, cobarde o todo ello. A esa edad era un bobo insignificante (un  dormido), pero con los años me convertí en un destacado mentiroso. Hoy no hubiese titubeado, es fácil decirlo cuando el desafío se escurre entre lo mínimo de acuciante que tiene lo máximo de levedad (hacerse el heroico cuando ya se extinguió el riesgo, no redime a nadie).  


Con seguridad lo que más me sedujo fue su inteligencia y cultura, inconcusa serendipia para aquellos mentecatos que tal como yo, se habían dejado llevar imprudentemente por los epítomes enlatados del estudiantado (construidos capsiosamente en su derredor). Con Malvina comencé a intuir que la intelectualidad femenina sería mi dionisíaca fuente de debilidad (hoy refrendada con inusitada inclemencia). Las eruditas me pierden, posiblemente eso explique por qué regresé con mi primer ex-esposa.  



Cierto día, protagonizamos una tertulia inolvidable. La recuerdo muy bien, puesto que en aquellos tiempos, me solía jactar introduciendo a Nietzsche hasta en los juegos de ta-te-ti. Ya entonces mi incipiente ateísmo solía motorizar absurdas y acaloradas discusiones con mis compañeros (hasta que me ganaron por aturdimiento). Pronto aprendería que ciertos goces del ego era mejor reprimirlos (al menos postergarlos) .   
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Uno es presa de su destino (asumí con teatral resignación), no obstante necesitaba expresarme y ostentar (no tenía mucho más para darme) A partir de ahí, a excepción de Malvina, ninguno resultaría digno de mi narcisismo; subterfugio que emergió como inequívoco salvoconducto creado para la ocasión. Fue mi primer baño de multitud y también el bautismo de ésta irreverente misantropía que hoy exhibo sin mayores remordimientos. No soy más que un sobreviviente de mi propia egolatría. 


-- Malvina, ¿Cómo puedes hablarme así del cristianismo?. Me resulta extremadamente curioso la traición del dogma a la vida ¿Cómo confiar en una perspectiva que de entrada desprecia y subestima el testimonio de los sentidos? 


-- Diego ¿Qué es lo que te ha dejado así? ¿Acaso has sido violado por un ángel o elegiste a Nietzsche para ti como un refugio teórico? ¿No puedes ver lo evidente del problema evaluativo y valorativo?


-- Mira amiga, no veo cómo haces ante lo improbable y el estremecimiento que provoca erigir lo fantasioso mientras el dogma reduce en simultáneo las percepciones al inframundo de la realidad aparente y el pedido acerbo. Rezar primero para en caso de que el Superior cumpla, ratificar la fe, sin que haya solución de continuidad en esa antinomia ¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo en tales incongruencias?


-- Diego, la manera de rezar de los Esenios, etnia judía en donde nació y se educó Jesús, era completamente distinta a la que los cristianos adoptarían. 

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-- Eso es interesante ¿Y cómo funcionaría eso Malvina? (pregunté incrédulo esperando poder impresionarla a posteriori)
-- Diego, ajenos a los tormentos, en lugar de demandarle a Dios, los esenios daban como implícito que ese faltante ya se había saciado. Es decir que, la creencia bien entendida debe ser subsumida como la determinación de la fe a priori, que luego es vehiculizada en la palabra o no. El orden correcto sería, primero asumo con fe sincera al Señor para luego proyectarlo en la oración. Bajo éste canon, mi palabra se transforma en la palabra de Dios, porque solo así es imaginable el fideísmo inquebrantable. 

(Me limité a profanar sus rutilantes e indescifrables ojos celestes, como señal de reverencia y respeto)  
  
-- Mira Diego, visto de otro modo, al revés de lo que hacen los cristianos modernos, quienes reclaman la justicia de Dios para en caso de cumplir reafirmar su convicción; los esenios ejercitaban una fe sin vacilaciones, porque no había mayor verosimilitud que Dios y sus capacidades. En síntesis, se oraba en forma de "Gracias" sobre una ofrenda que se daba en obviedad. 

(Mi intuición me decía que permaneciera en silencio, un exótico escalofrío me había tomado por sorpresa, me sentí vulnerable por un instante que pareció eterno)  

-- Recuerda estimado Diego, que el gentilicio esenio deriva de los cercanos de Esen (más importante discípulo de Moisés, heredero de los siete Libros de la Sabiduría traídos de Egipto, luego Sapiensales), y  a posteriori su plebe y descendencia. Identificados por una vida abnegada, honorable, asceta, humilde, sencilla pero sumamente estudiosa y culta. La palabra estaría un paso más adelante en la creación de lo real, por lo que, según estos parámetros teológicos, hay que tener cuidado con la letanía, pues de alguna manera, estamos estimulando los anhelos en tanto destino (profecía autosatisfecha). Claro que la acción como proyecto debe preceder esas aspiraciones, porque el verdadero hombre de Dios, es verbo ante que palabra.  

FIN DEL PRIMER CAPÍTULO 

Malvina, después de mis padres, fue la persona que más influyó en mis decisiones, especialmente en la de elegirme escritor y filósofo. Aún sigo siendo ateo, pero dudando si ese presunto racionalismo tiene sentido ¿Qué significa para mí un universo sin abstracciones y una palabra estéril para argumentar percepciones que ya no describen absolutos? Hoy lo que toco y se me opone, es lo que menos comprendo.  

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